Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 5
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Capítulo 5

Manejé hacia el Blackwood Bar con un nudo en la garganta que no me dejaba tragar saliva; me sentía como un reo manejando su propia carroza fúnebre directo al paredón.

Me había puesto mi mejor traje gris marengo, una camisa blanca recién planchada y me eché loción cara para intentar camuflar el hedor de fracasado que sentía pegado al cuerpo.

Pero era una armadura de papel. Por dentro iba podrido, consumido por una mezcla enferma de terror y morbo que me hacía latir la verga adolorida contra el pantalón de vestir.

Llegué al bar cerca de las ocho y media.

El Blackwood era un antro exclusivo en la zona corporativa: un lugar oscuro, caro, con luces de neón ámbar y azul cobalto, y música electrónica densa retumbando en el suelo.

Todo era justo lo que yo no frecuentaba, pero ahí estaba.

Al entrar, la música me retumbó en el pecho como un bajo eléctrico. Tuve que parpadear un par de veces para acostumbrar los ojos a la penumbra.

Caminé entre las mesas altas, esquivando a grupitos de ejecutivos en camisa y corbata desabrochada. Y entonces, en la zona de las salas privadas tipo lounge —los reservados con sillones de herradura de piel negra—, los vi.

Se me paró el corazón.

El grupo de Finanzas estaba casi completo.

Rodrigo estaba de pie en una orilla de la mesa con un tarro de cerveza en la mano, riéndose a carcajadas con Claudia y un par de analistas.

Evaristo estaba en una esquina, con cara de muerto, apretando un vaso con refresco mientras Maca, pegada a él, no dejaba de mover una pierna con una ansiedad evidente, mirando de reojo a Rodrigo como una presa que huele al cazador.

Pero lo que me desencajó la mandíbula fue el centro del reservado.

Esperaba ver a Rubí masticando veneno en una esquina o mirándola con odio asesino como en la mañana.

Pero no. Rubí estaba sentada insólitamente cerca de Regina, bebiendo un martini de copa delgada, inclinada hacia ella con una confianza repentina, riéndose por lo bajo de algo que mi mujer acababa de decirle al oído.

¿Qué carajos estaba pasando? En la mañana casi se agarran a golpes por las facturas y ahora parecían dos cómplices de toda la vida compartiendo un secreto sucio.

Y en medio de todo... Regina.

Dios santo bendito.

La respiración se me cortó en seco.

Regina era el centro de gravedad del maldito lugar.

El vestido de cuero negro brillaba bajo los destellos de las luces azules, pegado a su cuerpo abundante como si se lo hubieran derretido encima. El escote delantero, con el cierre metálico bajado más allá de lo debido, dejaba sus dos enormes ubres blancas prácticamente al aire.

Las tetas de mi esposa, colosales y pesadas, se apretaban en una zanja profunda y carnosa que hipnotizaba a cualquiera que se atreviera a mirar.

El largo del cuero apenas le tapaba la mitad de las nalgas; con cada movimiento sobre el sillón, el dobladillo se le subía peligrosamente, enseñando los muslos blancos y lechosos tensados por los tacones de quince centímetros.

Y a su lado, con el brazo ancho y pesado recargado detrás de ella sobre el respaldo de piel, estaba David Montenegro.

David traía la camisa blanca con tres botones abiertos, el saco azul oscuro doblado en el reposabrazos y un vaso de whisky en la mano. Parecía el dueño del antro, de la empresa y de la mujer que tenía sentada al lado.

Mientras yo me quedaba petrificado en la orilla de la pista, David levantó la vista. Sus ojos verdes cruzaron el bar y se clavaron en mí. Una sonrisa lenta, sádica, se le dibujó en la boca.

—¡Hombre! ¡Miren quién se dignó a salir de la cueva! —gritó David por encima de la música, levantando su vaso de whisky hacia mí.

Todo el módulo volteó.

Rubí me miró y, en lugar de su habitual desprecio abierto, se le dibujó una sonrisita burlona, perversa, cargada de una malicia que me heló la sangre. Rodrigo soltó una carcajada estrepitosa.

—Pásale, Marquito, no te quedes ahí parado como pendejo —me gritó el rubio de sistemas, haciéndome señas con la mano—.

Pensamos que te ibas a quedar en tu casa haciéndole compañía a tu “supuesta esposa”.

Y digo supuesta, cabrón, porque llevas años aquí y nadie le ha visto la jeta.

¿O qué? ¿La tienes amarrada a la pata de la cama para que no se te escape?

Todos en la mesa se echaron a reír. Rubí soltó una risita chillona, mirando a Regina con complicidad:

—Ay, Rodrigo, no seas malo con Marco —dijo Rubí, clavándome los ojos con un doble sentido tan filoso que me cortó la respiración—.

A lo mejor la esposa de Marco es una santa que se queda rezando en la casa mientras él viene a desvelarse con nosotros.

O a lo mejor es de esas mujeres complacientes que dejan que otros se encarguen de atenderla, ¿verdad, licenciada?

Regina no bajó la mirada. Al contrario, le sonrió a Rubí con una calma altiva, paladeando su trago de ginebra.

—Hay mujeres que simplemente sabemos lo que valemos, Rubí —contestó Regina, con una voz ronca y pesada que silenció la mesa—. Y hay hombres que saben cuándo hacerse a un lado para dejar que las cosas fluyan.

Tragué saliva y caminé con las piernas de trapo. Cada paso me costaba un kilo de orgullo.

—Buenas noches... —murmuré al llegar a la mesa.

—Siéntate aquí, Marco —ordenó David, señalando con la barbilla el único taburete individual de piel que quedaba libre, justo enfrente de él y de Regina, al otro lado de la mesa de centro de cristal—.

Estábamos celebrando la bienvenida oficial de la Directora Bracamontes.

Te perdiste los primeros tequilas, pero te toca emparejarte.

—Gracias, licenciado... con un refresco o un agua mineral estoy bien —balbuceé, intentando no clavar la vista en el escote descomunal de mi mujer.

—¡Ni madres de refresco! —saltó Rodrigo, empujándome un caballito de tequila reposado que me derramó un poco en los dedos—.

Hoy es noche de fiesta, cabrón. ¿A poco vas a despreciar el trago de bienvenida de la jefa?

Mírala nada más. Si la licenciada viene vestida como para levantar muertos del panteón, lo mínimo que podemos hacer los mortales es empedarnos a su salud. ¿A poco no, licenciada?

Rodrigo miró directamente el escote de Regina, relamiéndose los labios con un descaro vulgar.

Regina no se inmutó. Cruzó una pierna sobre la otra con una parsimonia letal. El rechinido del cuero estirándose sonó nítido incluso sobre la música. La falda se le subió tres centímetros más, dejando al descubierto el nacimiento del muslo interior, pálido y suave.

—A mí no me hables como a tus amigos de la peda, Rodrigo —soltó Regina, mirándolo por encima de la orilla de cristal—. Pero si vas a invitar las rondas, asegúrate de que no sea tequila corriente. Pide una botella buena si de verdad tienes con qué pagar.

—¡Ufff, qué fiera! —festejó Rodrigo, sobándose la nuca, pero con los ojos chispeándole de calentura.

En ese momento, Regina estiró la mano por encima de la mesa baja de cristal. Con una naturalidad pasmosa, me tocó la manga del saco, rozándome los nudillos con las yemas frías de sus dedos.

—Tómate el trago, Marco... —me susurró, con un tono suave, casi íntimo, que desentonaba por completo con el descaro de su escote—. Relájate, mi amor... todo va a estar bien. Disfruta la noche.

Ese "mi amor" dicho casi en un susurro, a escasos centímetros de David y frente a Rubí, me sacudió las entrañas.

Me miraba con esos ojos grises donde ya no había odio, sino una compasión perversa, una dulzura retorcida que me dolía más que un insulto.

Me estaba acariciando la correa mientras me paseaba frente a sus amantes.

Rubí se dio cuenta del gesto y soltó una risita burlona:

—Ay, qué tierno Marco, miren cómo tiembla. Pareciera que nunca ha visto a una mujer guapa de cerca. Oye, Marco, platícanos de tu esposa, ándale. Rodrigo dice que a lo mejor ni existe. ¿Es celosa? ¿Te deja salir seguido o te trae cortito?

Sentí lumbre en las orejas. Apreté los puños bajo la mesa.

—Es... es una mujer tranquila, Rubí. Muy trabajadora —atiné a balbucear, sintiendo que me ahogaba.

—¿Tranquila? —Rubí le lanzó una mirada cargada de veneno a David y luego a Regina—. Qué lástima. Yo me imaginaba que a un tipo tan reservado como tú le gustaría una mujer tetona… nalgona… como esas que aparecen en los relatos que lees.

Oí risas por todos lados, y sentí que mis orejas se ponían calientes. ¿Cómo se atrevía a decir cosa semejante? Sobre todo al recordar que gracias a esos putos relatos de mierda ahora estaba en esta terrible situación.

—Dejen a Marquito en paz, muchachos —dijo David, riéndose.

—Es que David… siento que si Marco finge tener una esposa… es porque tal vez tiene complejo de inferioridad… y yo solo trato de ayudarlo.

—Yo tengo esposa, Rubí, aunque no lo creas —me defendí—. Y por cierto… es muy hermosa.

Rubí soltó una risotada.

—¿Y entonces por qué nunca nos la has presentado? ¿Será porque es espantosa, o es porque en verdad es tan hermosa y cusca… que tienes miedo de que otro te la folle?

Ahora fue Rodrigo el que se echó a reír con intensidad.

—No lo presiones tanto, Rubí —intervino David, con una diversión cruel brillándole en la mirada—. Cada quien tiene lo que puede manejar. Hay hombres que nacieron para conducir deportivos y otros que apenas pueden con una bicicleta de segunda mano. ¿No crees, Regina?

—Totalmente, David —asintió mi esposa, recargándose con descaro contra el hombro de mi jefe, frotando su cabello revuelto contra el cuello de él—. Cada quien tiene su lugar y sus capacidades.

Delante de todos —delante de Rubí, de Rodrigo, de Evaristo y de mí—, David apoyó la palma grande y morena directamente sobre el muslo desnudo de Regina, justo donde el vestido de cuero terminaba. Con los dedos largos, empezó a apretarle la pierna, subiendo un par de centímetros hacia la ingle.

Regina ni siquiera parpadeó. No apartó la mano. Soltó un suspiro perezoso, entreabrió los labios y le clavó las uñas largas en la solapa del saco a mi jefe.