Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 4 #5
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Capítulo 4 #5

Me quedé sentado en la alfombra, con los brazos caídos y el alma reducida a cenizas.

La miré desvestirse frente a mí sin el menor pudor: se despojó del traje sastre, dejando caer la falda y la blusa al suelo, exhibiendo su cuerpo blanco, carnoso y rotundo, apenas cubierto por una tanga minúscula de encaje negro.

Y entonces, del fondo del clóset, sacó la prenda.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones de un solo golpe.

No era un vestido formal para un evento de oficina. No era ropa ejecutiva ni un atuendo casual de cóctel.

Era un diminuto vestido de cuero negro.

Una pieza ultra ajustada, de piel brillante, con una cremallera metálica frontal que bajaba desde el cuello hasta el borde inferior. La tela era una segunda piel concebida para la provocación carnal absoluta.

—Regina... ¿qué carajos es eso? —balbuceé, sintiendo que la garganta se me cerraba.

—Ayúdame con el cierre de la espalda baja para que entre —ordenó, dándome la espalda.

Me puse de pie mecánicamente, con las manos temblando de forma incontrolable.

La ayudé a meterse en la prenda. El sonido del cuero estirándose contra su piel tibia y abundante fue un latigazo en mis sentidos.

La tela se adhirió a sus caderas masivas y a sus glúteos colosales con una precisión milimétrica, conteniendo sus carnes al límite de la resistencia de las costuras.

El largo apenas le cubría la base de las nalgas; con el menor paso en falso, el encaje de su tanga quedaría completamente expuesto.

Al frente, Regina jaló la cremallera metálica hacia abajo, deteniéndola a escasos centímetros del ombligo.

Sus enormes ubres blancas quedaron apretadas, levantadas por la estructura del cuero, amenazando con desbordarse por el escote abismal. El canalillo profundo, pálido y carnoso quedaba a la vista de cualquiera, exhibiendo una extensión pornográfica de su busto bajo la luz cálida de la recámara.

Se sentó en el tocador. Con movimientos rápidos y seguros, se alborotó el cabello oscuro con los dedos, dándole un aspecto salvaje, desordenado, de mujer que acaba de salir de una sesión intensa en la cama. Luego tomó su labial rojo carmín y se pintó los labios gruesos con una precisión letal.

Para rematar el cuadro, deslizó sus pies en unos tacones de aguja de quince centímetros, de charol negro, que tensaron brutalmente los músculos de sus pantorrillas y arquearon su espalda hacia adelante.

Se veía imponente. Criminal. Se veía exactamente como la cortesana más cara y deseada de la ciudad.

Se puso de pie, alisó el cuero sobre la curva monumental de sus caderas y me miró a través del espejo con una suficiencia que me aniquiló.

—Regina... vas a ir a un bar con los analistas de la oficina... —atiné a decir con la voz rota por el llanto—. No puedes presentarte así... pareces una teibolera de lujo... te van a devorar viva...

Regina sonrió con frialdad, tomando su pequeño bolso de mano.

—A mí nadie me devora si yo no quiero, Marco —respondió con una calma aplastante—. Y si me visto así... es porque a David le fascina el cuero. Me lo pidió especialmente para esta noche. Y a mí me encanta complacer a mi dueño.

La confesión fue la estocada final. Ya ni siquiera se molestaba en maquillar la sumisión. Se estaba vistiendo como la fantasía porno del jefe frente a su propio esposo, dispuesta a pavonearse ante los compañeros de trabajo que me veían la cara todos los días.

Me acerqué a ella, tomándola de las manos frías, llorando abiertamente.

—Regi... tengo miedo... —sollocé, sintiendo que me moría por dentro—. Tengo un miedo espantoso de estarte perdiendo del todo... de que esta noche cruces una línea de la que jamás puedas regresar...

Regina me miró. En sus ojos grises ya no había amor conyugal, ni compasión. Solo quedaba la adrenalina de la hembra empoderada por el libertinaje.

—Ya me perdiste hace mucho, Marco —sentenció en un susurro gélido—. Ahora solo te queda aceptar tu lugar.

En ese instante, un sonido grave y seco retumbó desde la calle, colándose por la ventana abierta de la recámara.

¡Bip... bip!

El claxon inconfundible del Audi plateado de David Montenegro afuera de nuestra cochera.

Regina sonrió con los ojos iluminados por el deseo. Se soltó de mi agarre con suavidad, se roció una última ráfaga de su perfume floral caro sobre el escote desnudo y caminó hacia la puerta.

—Ya llegó por mí —dijo, pasando a mi lado y rozándome el brazo con el cuero frío de su vestido—. Si tienes un poco de dignidad, báñate, cámbiate y alcánzanos en el Blackwood. Para que veas con tus propios ojos cómo se divierte tu mujer. O quédate aquí llorando en la alfombra, como prefieras.

Escuché el eco seco de sus tacones de aguja alejándose por el pasillo, el sonido de la puerta principal abriéndose y cerrándose con un golpe definitivo, y el rugido del motor del Audi acelerando por la avenida, llevándose a mi esposa hacia la oscuridad de la noche.

Me desplomé de rodillas sobre la alfombra de la recámara. Las lágrimas me nublaron la vista mientras miraba mi reflejo patético en el espejo de cuerpo entero: encorvado, derrotado, emasculado.

Sabía con aterradora certeza que esa noche en el Blackwood Bar sería la ejecución pública de mi dignidad.

Y supe también, con la desesperación de un adicto a su propio veneno, que no me quedaría en casa.

Me iba a levantar, me iba a bañar, me pondría mi mejor traje y los seguiría directo al matadero.