Capítulo 4 #4
—¡¿Qué?! ¡No, Evaristo, por Dios bendito, no! —grité, levantando las manos con un espanto genuino, horrorizado de que pensara semejante monstruosidad—. ¡Te juro por mi madre, por mi vida entera, que yo jamás he tocado a Maca! ¡Jamás te haría una canallada así, hermano! ¡Nunca!
Evaristo me escudriñó el rostro durante varios segundos agónicos.
Leyó mi espanto, el pánico real en mis pupilas y la repugnancia sincera ante la sola idea.
El temblor en su mandíbula cedió lentamente.
El aire se le escapó del pecho en un gemido desinflado y se dejó caer pesadamente contra el respaldo de plástico, cubriéndose la cara con ambas manos mientras sus hombros se sacudían en un llanto silencioso y devastador.
—Perdóname, Marco... perdóname... me estoy volviendo loco —sollozaba entre sus dedos—. Veo fantasmas en todos lados. Siento que todo el mundo se ríe de mí a mis espaldas. Si alguien me la está quitando... te juro que me muero. No sabría cómo seguir viviendo sin ella.
Me quedé sentado frente a él, petrificado, incapaz de articular una sola palabra de consuelo.
Yo sabía la verdad. Sabía que el depredador era Rodrigo.
Sabía que las pruebas estaban en el celular del rubio.
Pero mi cobardía me ataba la lengua con alambre de púas: si yo delataba a Rodrigo, Rodrigo expondría a Maca, Maca me señalaría a mí como el mirón que se masturbaba en las sombras, y Rubí terminaría de escarbar hasta destapar que la nueva Directora de Finanzas era la puta de David y mi esposa legal.
Para salvar mi propio pellejo miserable, dejé que mi amigo se hundiera en el fango de su paranoia.
El jueves por la tarde, el destino decidió que la farsa corporativa debía dar un salto definitivo hacia el abismo.
Faltaban escasos quince minutos para las seis de la tarde.
El cansancio del cierre semanal pesaba sobre los módulos como una neblina densa.
Yo estaba terminando de archivar unas pólizas, rezando en silencio para que el reloj marcara la hora de salida para largarme a mi casa y encerrarme a sufrir en soledad, cuando unos aplausos sonoros rompieron la monotonía del área común.
Rodrigo estaba parado en medio del pasillo central, sonriendo con esa arrogancia insolente que le sobraba.
—¡A ver, mi gente trabajadora! —gritó el rubio, captando la atención de los cubículos—.
¡Ya estuvo suave de tanto número y tanto estrés!
Hoy es jueves con sabor a viernes y el cuerpo lo sabe.
La primera ronda de tequila corre por mi cuenta en el Blackwood Bar.
¿Quién se apunta para desentumir las piernas?
Rubí levantó la mano de inmediato, masticando su chicle con una sonrisa calculadora.
Varios analistas de operaciones se sumaron al alboroto.
Maca levantó la mirada con timidez, buscando la aprobación de Evaristo, quien asintió débilmente, intentando forzar una sonrisa de integración para complacerla.
En ese momento, la puerta de la Dirección General se abrió.
David Montenegro salió al pasillo. Llevaba el saco azul marino doblado sobre el antebrazo, la camisa blanca desabotonada en el cuello y esa postura dominante de macho alfa que devoraba cualquier habitación en la que se parara.
—¿Qué es todo este desmadre a media jornada? —preguntó David con una sonrisa relajada, paseando sus ojos verdes sobre el grupo.
—¡Jefe! —exclamó Rodrigo, acercándose con confianza zalamera—. Estamos armando una salida de integración al Blackwood Bar. Ya hace falta bajarle dos rayitas a la tensión del piso. ¿Nos acompaña? Le prometo que no le vamos a hablar de balances.
David se detuvo a medio pasillo. Sus ojos escanearon los cubículos y se cruzaron con los míos por una fracción de segundo. Una chispa sádica, lenta y letal, brilló en su mirada.
—Suena bastante bien, Rodrigo —dijo David, alzando la voz con naturalidad—. Pero si vamos a hacer integración del departamento, la directiva no puede quedarse fuera.
Dio media vuelta y caminó directo hacia la oficina de Regina. Empujó la puerta de cristal sin molestarse en tocar.
—Regina —la llamó desde el marco, con un tono que combinaba la autoridad del jefe con la insolencia del amante—. Guarda tus carpetas. El equipo está organizando unas copas en el Blackwood. Es evento oficial de integración para la nueva jefatura. Vienes con nosotros.
Alcancé a escuchar la voz de mi esposa desde el interior del despacho, intentando mantener la compostura corporativa:
—Licenciado, tengo las conciliaciones de la zona sur pendientes para mañana temprano...
—Esas concilian mañana. Te quiero lista en diez minutos —ordenó David, cerrando la puerta con una sonrisa que no admitía réplica—. Nos vamos en mi auto.
Mi estómago se contrajo como si me hubieran propinado un puñetazo seco. Se me fue el aire.
El Blackwood Bar. Alcohol, música alta, luces tenues, Rodrigo morboseando, Rubí esperando cualquier desliz para destruirla, y David fungiendo como el dueño indiscutible de mi esposa frente a todos mis compañeros de trabajo.
La catástrofe era inminente. Si el alcohol aflojaba las inhibiciones de Regina o si David decidía marcar territorio frente al equipo, nuestro matrimonio saldría a la luz de la forma más grotesca posible.
Cerré mi computadora de golpe. Agarré mi maletín con manos torpes y me levanté de la silla antes de que alguien pudiera dirigirme la palabra.
—¿No vas con nosotros, Marco? —me preguntó Evaristo al pasar junto a su módulo.
—No, Eva... me siento pésimo del estómago, creo que me cayó mal la comida —mentí atropelladamente, sin detenerme—. Diviértanse.
Caminé a zancadas hacia los elevadores, bajé al estacionamiento subterráneo prácticamente corriendo y me subí a mi sedán.
Tenía una sola oportunidad. Regina me había mandado un mensaje relámpago mientras yo salía del piso: "Paso a la casa a cambiarme rápido, David me dio veinte minutos para arreglarme".
Encendí el motor y salí quemando llanta hacia la avenida. Tenía que interceptarla antes de que esa locura se consumara.
Manejé como un desquiciado, sorteando autos y pasándome semáforos en amarillo. Llegué a la casa en quince minutos que se sintieron como un suspiro en el patíbulo. Entré derrapando a la cochera.
La puerta principal estaba entreabierta.
Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón golpeándome la garganta, y me estampé contra el marco de la recámara matrimonial.
—¡Regina! —grité, jadeando por el esfuerzo.
Ella dio un pequeño respingo frente al espejo del tocador, soltando el bolso sobre la cama. Se giró hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Qué te pasa, Marco? Casi me matas del susto. ¿Por qué entras azotando las puertas?
Cerré la puerta de la recámara a mis espaldas y me acerqué a ella con las manos extendidas, desesperado.
—¡No puedes ir a ese bar, Regina! ¡Te lo suplico por lo que más quieras, no vayas!
Regina cruzó los brazos sobre su pecho, mirándome con un fastidio glacial.
—A ver, bájale a tu histeria. Es una salida de trabajo. David lo ordenó frente a todo el piso. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que hiciera un berrinche y le dijera que mi maridito tiene miedo de que la gente me vea tomar una copa?
—¡Es que no estás entendiendo el peligro!
—le rogué, bajando la voz a un susurro frenético—.
¡Rubí te odia a muerte! Está esperando un solo pretexto para escarbar en tu vida personal.
Y Rodrigo... Dios mío, Regina, Rodrigo estuvo hablando de tus nalgas y de tus pezones hoy en la mañana frente a mí.
Me dijo que todo el piso sabe que te acuestas con David, que escuchó ruidos en tu oficina...
¡Si te ven llegar con él a ese bar, si se toman dos copas y cruzan miradas, si David te toca la cintura, todo se va a ir a la mierda!
Van a descubrir que estamos casados, van a saber que eres su amante y yo voy a quedar como el hazmerreír de toda la empresa.
Regina me miró de arriba abajo. Una chispa de furia soberbia, alimentada por el poder que ahora ostentaba en el corporativo, le endureció las facciones.
—Me valen un reverendo carajo los chismes de tus amiguitos mediocres, Marco —escupió con desprecio—.
Yo soy la Directora de Finanzas. A mí un par de analistas muertos de hambre no me van a venir a intimidar con nada.
Sé perfectamente cómo comportarme. No necesito que mi esposo me venga a dar lecciones de decencia corporativa como si fuera mi papá.
—¡No es decencia, es supervivencia! —me acerqué a ella, cayendo de rodillas sobre la alfombra, abrazándola por la cintura, buscando su contacto—.
¡Por favor, Regi! Finge que te dio migraña, apaga el celular y quédate aquí conmigo.
Te preparo la cena, vemos una película... no vayas al matadero, te lo ruego.
Regina me apartó las manos con un tirón seco y violento, retrocediendo un paso como si mi contacto le quemara la piel.
—Eres tan patético, Marco... —susurró, negando con la cabeza, con una mezcla de lástima y asco en la voz—.
Eres un controlador asfixiante y mediocre.
Por eso nuestro matrimonio se estancó en la mierda.
Porque en lugar de tener la estatura para celebrar que tu mujer es una alta ejecutiva que se integra con su equipo, prefieres verme encerrada en esta casa lavando trastes para alimentar tus inseguridades de macho débil.
Pues fíjate que no. No me voy a quedar. Voy a ir.
Hizo una pausa. Respiró hondo, y por una fracción de segundo, la frialdad de su rostro se suavizó en esa ternura perversa que me destrozaba el alma. Se inclinó hacia mí y me acarició la coronilla con la punta de los dedos.
—Perdóname, mi amor... perdóname si te hablo duro —dijo con voz suave, hipnótica—. Pero tienes que entenderlo de una puta vez. Esto es parte de mi nueva vida. Es parte de lo que soy ahora con David. Tienes que aprender a compartirme sin hacer berrinches.
Se enderezó y caminó decidida hacia el fondo del vestidor.
—Y ahora, ayúdame a vestirme, que el tiempo se me acaba.