Capítulo 4 #3
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el chasquido en la mandíbula.
El aire me faltaba. La humillación era total: escuchar a mi compañero de trabajo describir con precisión milimétrica la forma en que mi jefe fornicaba a mi mujer, y tener que quedarme callado, bajando la cabeza como un cobarde emasculado, porque si decía una sola palabra, el velo caería y mi vida entera se convertiría en el hazmerreír del edificio.
—Tengo... tengo que volver a mi lugar —dije con un hilo de voz, dejando el vaso medio lleno en la barra y huyendo por el pasillo central con las piernas de trapo.
Para escapar de la mirada pesada del piso y de los comentarios lascivos que aún me zumbaban en los oídos, decidí refugiarme en el sótano del corporativo.
Aproveché una solicitud atrasada de auditoría y tomé las llaves del cuarto de archivo muerto, un espacio lúgubre, frío y aislado donde se acumulaban las cajas de expedientes fiscales de los últimos diez años.
El área de archivo era un laberinto de anaqueles metálicos de cuatro metros de altura, iluminado apenas por tubos fluorescentes parpadeantes que zumbaban con un zumbido eléctrico constante. El aire olía a papel húmedo, a polvo y a encierro.
Bajé por las escaleras de servicio, abrí la pesada puerta de lámina y me adentré en el pasillo central, buscando la sección de subsidios federales.
Apenas había dado diez pasos cuando un sonido rompió el silencio del sótano.
No era el crujido de una rata ni el goteo de una tubería. Era una respiración entrecortada. Un jadeo sofocado y femenino, seguido del chasquido húmedo de una boca devorando a otra.
Me congelé entre los anaqueles tres y cuatro.
—Espérate... Rodri, aquí no... por favor, alguien puede bajar... —la voz de Macarena sonaba rota, ahogada por un pánico que no lograba enmascarar su propia excitación.
—Cállate y no te muevas, princesita —le respondió la voz áspera y autoritaria de Rodrigo—. Nadie baja a esta cueva a esta hora. Y si te portas bien, no le muestro a Evaristo las fotos de tu culito abierto en el baño del antro.
Di dos pasos cautelosos sobre el piso de concreto, asomándome por la comisura de un estante metálico.
La escena me heló la sangre.
Maca estaba acorralada contra los anaqueles de metal, con la espalda arqueada y los brazos inmovilizados por encima de su cabeza, sostenidos por una sola mano grande de Rodrigo.
Su blusa color mostaza estaba completamente desabotonada, desgarrada en dos ojales, dejando al descubierto un sostén de encaje blanco que había sido empujado hacia arriba, exponiendo sus pechos pequeños y pálidos.
Rodrigo tenía la otra mano metida descaradamente dentro de la falda ejecutiva de ella, amasándole los glúteos con una rudeza humillante mientras la besaba con violencia, mordiéndole los labios.
Maca lloraba con los ojos apretados, emitiendo gemidos sofocados contra la boca del rubio, pero sus caderas se movían con un temblor involuntario, entregadas a la perversión del chantaje.
La náusea y la culpa me golpearon al mismo tiempo. Era la repetición exacta de mi propia tragedia: la mujer sumisa corrompida por el depredador, mientras el prometido bueno y ciego trabajaba arriba sin sospechar nada.
No lo pensé. No podía permitirme ser el cómplice silencioso una vez más.
Retrocedí un paso y pateé una caja vacía de archivo que estaba en el suelo, haciendo resonar un estruendo metálico por todo el sótano. Luego cambié la voz, fingiendo un tono apresurado:
—¡Evaristo! ¡Creo que las cajas del 2022 están en este pasillo, ven por aquí!
El efecto fue instantáneo y demoledor.
Rodrigo soltó a Maca de golpe, dando un salto hacia atrás con los ojos desorbitados por el susto, acomodándose la bragueta a toda prisa.
Maca soltó un grito ahogado de terror puro; con las manos temblando de forma espasmódica, se bajó la falda, intentó cubrirse los pechos con los restos de la blusa desgarrada y se pasó el dorso del antebrazo por la boca para limpiarse la saliva brillante de su agresor.
Salí al pasillo fingiendo sorpresa.
—¿Qué... qué hacen aquí? —pregunté, forzando la voz.
Rodrigo me miró, pasando del pánico inicial a una furia contenida al darse cuenta de que estaba solo.
—¡Qué chingados te pasa, Marco! —me siseó el rubio, dando un paso amenazante hacia mí—. ¿Estás sordo o qué te traes?
Maca no esperó explicaciones. Con el rostro desfigurado por el llanto, empapada en sudor frío y con la blusa hecha un desastre, pasó corriendo a mi lado como una exhalación, chocando su hombro contra el mío, huyendo despavorida hacia las escaleras de servicio.
Rodrigo se acomodó el cuello de la camisa, clavándome una mirada cargada de veneno.
—Te gusta mucho meterte donde no te llaman, ¿verdad, Marquito?
—soltó en voz baja, con una sonrisa torcida—.
Ya van dos veces que me arruinas el juego.
Pero no te preocupes... la princesita de nóminas ya tiene la correa puesta.
Y tú... tú deberías cuidar mejor tu propia espalda, no vaya a ser que te toque una auditoría sorpresa.
Me dio un empujón en el hombro al pasar y subió por las escaleras, dejándome solo en medio del polvo del archivo muerto, con el corazón martillándome las costillas.
Mi sentido de culpa no tardó ni una hora en pasarme la factura definitiva.
A las tres de la tarde, mientras intentaba concentrarme en la pantalla de mi monitor, una mano huesuda y helada se apoyó sobre mi hombro. Di un brinco en mi silla.
Era Evaristo.
El "Nerd" de logística parecía un cadáver ambulante.
Tenía el cabello despeinado, la corbata floja y unas ojeras moradas tan profundas que hacían que sus ojos se vieran hundidos detrás de los cristales gruesos de sus lentes.
La sonrisa bonachona y optimista que siempre lo caracterizaba había desaparecido por completo.
—Marco... ¿tienes un minuto? —me preguntó con un hilo de voz que apenas reconocí—. Necesito salir de aquí. Acompáñame a comer unos tacos afuera, por favor. No puedo respirar en este piso.
Acepté con un mal presentimiento taladrándome las sienes.
Salimos del edificio corporativo bajo un sol abrasador y caminamos en silencio dos cuadras hasta una pequeña taquería de banqueta con mesas de lámina doblada y bancos de plástico rojo.
El ruido del tráfico y el olor a manteca quemada llenaban el ambiente.
Evaristo pidió tres tacos al pastor que ni siquiera tocó cuando el mesero los dejó en la mesa.
Se limitó a apretar un vaso desechable de refresco con ambas manos.
—¿Qué pasa, Eva? —intenté sonar sereno, tragando saliva—. Te ves muy mal, hermano. ¿Sigues con los nervios de la boda?
Evaristo levantó la mirada. Sus ojos estaban enrojecidos, vidriosos por un llanto contenido que amenazaba con desbordarse en plena banqueta.
—Me estoy volviendo loco, Marco... —dijo, y su voz se quebró en la última sílaba—. Te juro por Dios que siento que la cabeza me va a estallar en cualquier momento. Maca... Maca ya no es ella. La perdí.
Sentí que un bloque de concreto me caía en el estómago.
—¿De qué hablas? El otro día me dijiste que todo estaba bien...
—Te mentí para no sentirme una mierda —confesó, tapándose la boca con una mano temblorosa—.
Nada está bien. Esta última semana ha sido un infierno.
En la casa se esconde para contestar llamadas.
Llega con pretextos estúpidos de que hubo problemas con el timbrado de la nómina.
Pero lo peor... lo que me está matando por dentro, es lo que pasa en la cama.
Aparté la vista hacia el asfalto, incapaz de sostenerle la mirada.
—Maca siempre fue tímida, Marco —continuó Evaristo, y una lágrima pesada le rodó por la mejilla, cayendo sobre la mesa de lámina—.
Éramos súper tiernos. Pero estos últimos días...
de repente me pide cosas horribles. Me pide que la jale del cabello con fuerza, que la insulte...
y cuando terminamos, se voltea hacia la pared y se suelta llorando a gritos como si tuviera asco de mí, o asco de ella misma.
Le pregunto qué tiene y me grita que la deje en paz, que no la toque.
—Eva... las mujeres a veces se estresan demasiado antes de casarse... —intenté balbucear la misma mentira piadosa, sintiéndome la criatura más despreciable del planeta.
—¡No es el estrés, Marco! —cortó él de golpe, inclinándose sobre la mesa. Su mirada, antes dócil, se volvió afilada, desesperada, casi paranoica—. Hay alguien más. Sé que hay alguien de la oficina que se la está cogiendo.
El aire se me escapó de los pulmones.
—No digas tonterías...
—Claudia me contó algo el lunes —soltó Evaristo, clavándome los ojos con una intensidad que me congeló la sangre—.
Me dijo que en la fiesta de cumpleaños de Maca, cuando ella andaba borracha y perdió el zapato, tú estabas parado en las escaleras que daban a los cuartos oscuros del segundo piso.
Como si estuvieras vigilando que nadie subiera.
El pánico me atenazó la garganta como una soga.
—Yo... yo solo andaba buscando el baño, Eva...
—Y hoy a mediodía —continuó él, elevando la voz, con la respiración entrecortada—, Claudia te vio salir del cuarto de archivo muerto del sótano.
Saliste pálido, sudando frío, mirando a todos lados...
y diez segundos antes, vio a Maca salir corriendo de ese mismo cuarto, con la blusa rota y llorando a mares.
El mundo empezó a girar a mi alrededor. El ruido de los carros se convirtió en un zumbido sordo. Evaristo estaba atando los cabos, pero su mente herida estaba disparando en la dirección equivocada.
Se inclinó aún más, invadiendo mi espacio, con las lágrimas escurriéndole sin control por la barbilla.
—Marco... por el amor de Dios, mírame a la cara —me suplicó con una voz desgarrada que me partió el alma en dos—.
Eres mi único amigo en este departamento.
Dime la verdad... ¿eres tú? ¿Tú te estás acostando con mi prometida a escondidas?
¿Tú me estás viendo la cara de pendejo mientras te burlas de mí?
La acusación cayó con la fuerza de un rayo.