Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Con el aire acondicionado central zumbando a dieciocho grados, sus pezones estaban completamente endurecidos, proyectándose hacia adelante como dos protuberancias obscenas, afiladas y turgentes que tensaban la seda clara con un relieve descarado.

El nacimiento de su busto se desbordaba en un escote discreto en corte, pero colosal en volumen.

Traía en la mano una carpeta ejecutiva color rojo vino. Sus ojos grises centelleaban con una furia gélida. Caminó directo hacia el cubículo de Rubí.

Yo me encogí instintivamente en mi asiento, fingiendo revisar un informe de subsidios, conteniendo el aliento. Rodrigo asomó la cabeza por encima de su mampara desde el área de sistemas, mordiéndose los labios con una sonrisa morbosa.

Regina se plantó frente al escritorio de la pelirroja. La sombra de su figura imponente cayó sobre el teclado de Rubí como una losa.

—Rubí —soltó Regina. Su voz no era un grito, pero tenía la resonancia metálica y cortante de una guillotina que hizo eco en todo el piso.

Rubí levantó la vista lentamente. Masticaba su chicle con una lentitud estudiada, cruzándose de brazos para empujar sus pechos operados hacia arriba, intentando sostenerle la mirada con altanería.

—¿Sí, licenciada? —arrastró el título con un tono cargado de sarcasmo—. ¿Se le ofrece algo o viene a modelar?

El murmullo de las impresoras pareció detenerse. Nadie respiraba.

Regina no parpadeó. Levantó la carpeta roja y la dejó caer sobre el escritorio de Rubí con un impacto seco que hizo saltar la engrapadora y la taza de café.

—Se me ofrece que dejes de actuar como una incompetente resentida —disparó Regina, inclinando el torso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de la analista.

Al agacharse, sus pezones erectos casi rozaron la pantalla del monitor—.

Te pedí la consolidación de auditoría de los viáticos regionales de la zona norte para las nueve de la mañana.

Son las once y cuarto. Y la basura que tu asistente acaba de ir a botar a mi bandeja no tiene las conciliaciones bancarias ni los comprobantes fiscales timbrados.

Faltan trescientos cuarenta mil pesos por justificar en hospedajes inexistentes.

La cara de Rubí perdió un poco de color, pero su soberbia le impidió retroceder. Se puso de pie, encarándola a escasos centímetros.

—Es el preliminar que siempre se entrega a mitad de mes —respondió Rubí, elevando la voz para que todos la escucháramos—.

David nunca me exigió los folios fiscales antes del cierre del día quince.

Si usted no sabe cómo se manejan los tiempos en esta empresa porque viene llegando de un despacho de pacotilla, ese es su problema, no el mío.

Regina soltó una carcajada seca, desprovista de humor, que congeló el ambiente.

—En primer lugar, analista, para ti soy la Directora Bracamontes.

No soy tu amiga ni tu comadre de bar —dijo Regina, bajando la voz a un registro gélido y letal que resultaba diez veces más aterrador que un grito—.

Y en segundo lugar, lo que David te permitiera hacer cuando te revolcabas con él en su camioneta para no revisar tus números mediocres se terminó en el minuto exacto en que yo firmé mi contrato.

A mí no me vas a ver la cara con reportes inflados para cubrir tus desvíos de caja chica.

El piso entero se sumió en un silencio sepulcral. La mención directa a los privilegios sexuales pasados de Rubí cayó como una bomba incendiaria. Evaristo, en su módulo, se acomodó los lentes con una incomodidad palpable; Rodrigo soltó un silbido ahogado entre dientes.

Rubí se puso roja de rabia, con los labios temblando y los ojos inyectados en bilis.

—¡A mí no me hables así, zorra trepadora!

—siseó la pelirroja, perdiendo por completo el control y señalándola con una uña acrílica—.

¡Todo el mundo sabe por qué estás sentada en esa oficina!

¡No te vengas a dar baños de pureza ejecutiva, que sabemos perfectamente lo que le entregaste a David para quitarme mi puesto!

Regina no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, dio medio paso al frente, haciendo que su busto imponente casi chocara contra el pecho de la analista. Su mirada gris era de un desprecio tan absoluto que empequeñecía a cualquiera.

—Tienes hasta las dos de la tarde para entregarme esa auditoría cuadrada hasta el último centavo y con cada factura validada en el portal del SAT —sentenció Regina, con una calma espeluznante—.

Si a las 2:01 pm ese archivo no está en mi correo institucional, Recursos Humanos tendrá tu acta administrativa redactada por negligencia deliberada y retención dolosa de información financiera.

Y te vas a ir de este edificio escoltada por los guardias de seguridad, con una caja de cartón y sin un solo peso de liquidación.

Y si te atreves a meter una demanda laboral, yo misma me encargo de que ninguna firma contable de este país vuelva a contratar a una defraudadora fichada.

¿Fui lo suficientemente clara, o necesitas que te lo dicte con manzanitas?

Rubí abrió la boca para replicar, pero la voz se le estranguló en la garganta.

La mirada de Regina, respaldada por la certeza de que David no movería un solo dedo para proteger a su vieja amante, la aplastó de forma fulminante.

Las lágrimas de pura impotencia y humillación comenzaron a agolparse en los ojos de la pelirroja.

Apretó los puños sobre el escritorio, respirando con dificultad, antes de dejarse caer pesadamente en su silla giratoria, derrotada frente a todo el departamento.

Regina alisó su falda tubo con un gesto soberbio, tensando la tela sobre sus caderas masivas, y se dio media vuelta.

Avanzó por el pasillo central con la barbilla en alto, marcando el ritmo marcial de sus tacones, mientras los hombres del piso desviaban la mirada con una mezcla de pavor y lujuria incontenible.

Al pasar junto a mi cubículo, clavó sus ojos en mí por una fracción de segundo. No hubo complicidad conyugal; solo la mirada distante de un general pasando revista a su tropa más insignificante.

El ambiente en el piso quedó enrarecido, tóxico y cargado de murmullos.

Cerca de la una de la tarde, sintiendo que la cabeza me iba a estallar por la tensión acumulada, me levanté de mi asiento para ir a la pequeña cocineta del fondo a servirme un vaso de agua fría. Necesitaba mojarme la nuca y respirar.

Apenas llegué al dispensador de plástico, una sombra se interpuso entre la máquina y yo.

—¡Qué fiera tenemos de jefa, carajo! —soltó una voz cargada de cinismo.

Me tensé de inmediato. Era Rodrigo.

El rubio de sistemas estaba recargado contra la barra de formica, con una taza de café en la mano y la camisa arremangada hasta los codos. Traía esa sonrisa socarrona, depredadora, que utilizaba siempre que el morbo rondaba los pasillos.

—Hola, Rodrigo... —murmuré, intentando llenar mi vaso de cono sin mirarlo fijamente.

—No mames, Marquito, ¿viste cómo sentó a la Rubí?

Le puso una arrastrada histórica —se rio por lo bajo, inclinándose hacia mí con una confidencia que me revolvió las tripas—.

Esa mujer tiene unos ovarios de titanio.

Pero lo cabrona se le perdona con ese perro monumento de cuerpo que se carga.

Puta madre, ¿viste cómo venía vestida hoy?

Apreté el vaso de papel hasta que el agua helada estuvo a punto de derramarse sobre mis dedos.

—Es... es su forma de vestir ejecutiva —atiné a balbucear, sintiendo que la sangre me subía a las orejas.

—¿Ejecutiva? ¡Mis huevos ejecutivos! —Rodrigo soltó una carcajada sorda y miró hacia el pasillo para asegurarse de que nadie más escuchaba—.

Venía con los pezones como clavos de dos pulgadas, cabrón.

No trae sostén. Te juro que si le pasas un encendedor cerca de la blusa, la seda se prende sola de lo caliente que anda esa hembra.

Y esas nalgotas... Dios mío. Cuando se dio la vuelta para regresar a su oficina, ese culazo blanco parecía tener vida propia dentro de la falda negra. Es una bomba sexual.

Tragué saliva, sintiendo que un ácido corrosivo me quemaba el esófago. Estaba hablando de mi esposa. De la mujer con la que me había casado por la iglesia. La estaba desnudando verbalmente a medio metro de mi cara.

—Rodrigo... no deberías expresarte así de una Directora —intenté sonar firme, pero mi tono salió apagado, patético—. Te pueden reportar con David.

—¿Con David? —Rodrigo soltó un bufido de desprecio y me dio una palmada pesada en el hombro que me hundió la clavícula—.

Por favor, Marquito, no seas tan ingenuo.

Todo el maldito piso sabe lo que está pasando ahí adentro.

Esa vieja es la perra personal de David Montenegro.

Se la trajo exclusivamente para tener carne fresca en el escritorio.

El corazón me dio un vuelco violento.

—No inventes chismes, güey...

—¿Chismes? Ayer por la tarde me tocó ir a configurar el conmutador de la oficina de enlace, la que comparte pared con el despacho de ella —Rodrigo bajó la voz a un susurro denso, cargado de un morbo que me hizo temblar las rodillas—.

Eran pasadas las seis. Se escuchaban ruidos raros contra el muro de madera, Marco.

Golpes secos, pesados, rítmicos. Y luego...

chapoteos. Gemidos ahogados de una vieja que se está atragantando.

David la tenía doblada sobre el escritorio de caoba dándole por donde no le da el sol.

Te lo firmo ante notario. A esa mujer le están dando la revolcada de su vida todas las tardes.

Qué envidia le tengo al pinche jefe, te lo juro.

Si a mí me dieran a esa culona una sola noche, no la dejo caminar en tres días.