Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 4
27%

Capítulo 4

Habían transcurrido diez días. Doscientas cuarenta horas exactas desde que la reconfiguración de mi matrimonio había dejado de ser una pesadilla abstracta para convertirse en un sistema operativo implacable.

Diez días desde aquella mañana en que Regina tomó posesión formal de la Dirección de Finanzas Corporativas en el quinto piso y David selló mi estatus no solo como analista subalterno, sino como el celador oficial de su adulterio.

En ese lapso, el tiempo dejó de medirse en semanas o quincenas; se medía en la vigilia insomne de la madrugada, en el tic-tac sordo del reloj de pared de la sala y en la agonía cotidiana de esperar a que la cerradura de la puerta principal hiciera girar sus pernos de seguridad.

La dinámica se había asentado con una frialdad matemática que me helaba la médula.

Yo salía puntual del edificio a las siete de la tarde, manejaba en medio del tráfico espeso con las manos crispadas al volante, llegaba a una casa fría, calentaba cualquier sobra insípida en el microondas y me sentaba en el sofá a oscuras.

Esperaba.

Miraba la pantalla de mi celular con los ojos ardidos por el cansancio y el llanto contenido.

Las once de la noche.

La una de la madrugada.

Las dos y media.

Aquella noche del martes fue la culminación de esa rutina perversa.

Eran exactamente las 3:15 de la madrugada cuando el sonido metálico de la llave tanteando el cerrojo quebró el silencio fúnebre de la casa. Me incorporé en el sofá como un resorte, con el pulso disparado y un nudo amargo atragantado en la garganta. La puerta se abrió despacio, empujada con torpeza.

Regina entró dando un traspié en la pequeña alfombra del recibidor.

Venía borracha. Pero no era la borrachera descompuesta de quien bebe para ahogar una pena; era una embriaguez densa, caliente, saturada de placer y cinismo.

Llevaba el saco sastre gris desabotonado y colgando de un solo hombro, la blusa de seda arrugada y abierta dos botones más abajo de lo habitual, y su melena negra, siempre pulcra, caía en mechones desordenados sobre su cuello y sus mejillas sudorosas.

Y el olor... Dios todopoderoso, el hedor que entró con ella me golpeó el rostro a tres metros de distancia como una bofetada física.

No era solo el aroma a tabaco importado o al licor caro de las botellas de David. Por encima de todo eso, flotaba la inconfundible loción maderada del macho alfa mezclada con el vaho crudo, punzante y salado de sexo salvaje.

Pude percibir a fluidos corporales concentrados, a sudor animal de alcoba cerrada.

—Ya llegué, mi amor... —arrastró las palabras con una risita lánguida, dejando caer su bolso de diseñador sobre el suelo con un golpe sordo.

Se apoyó contra la pared blanca, intentando descalzarse, pero el equilibrio le falló y resbaló varios centímetros.

Me acerqué a ella de prisa, sosteniéndola por la cintura con las manos temblorosas.

—Cuidado, Regi... te vas a caer —murmuré, odiando la debilidad servil que delataba mi voz.

—Ay, despacio, Marco... no me aprietes, mi amor, que me duele todo el cuerpo —se quejó, echando la cabeza hacia atrás contra el muro, cerrando los ojos mientras soltaba un suspiro entrecortado—. Ese animal me dejó molida... me duelen hasta las entrañas.

La ayudé a quitarse los zapatos de tacón. Al agacharme frente a sus piernas, percibí el calor que emanaba de su vagina.

La tomé del brazo y la guié con pasos torpes hacia nuestra recámara matrimonial.

Regina se desplomó de espaldas sobre el edredón blanco, abriendo los brazos y las piernas con un abandono absoluto, gimiendo de alivio.

—Desvísteme, ándale... mi amado Marquito —me dijo entre cariñosa y burlona, con los párpados entrecerrados, balbuceando con esa voz pastosa de la borrachera—. Me dejó los brazos engarrotados... no puedo ni levantar los dedos de tremenda cogida que me puso.

Me arrodillé en el borde del colchón. Mis dedos resbalaban sobre los botones de su blusa.

Al abrir la seda, vi las marcas de la follada: el nacimiento de sus enormes pechos blancos estaba tapizado de manchas rojas, pequeñas equimosis circulares y raspaduras de barba cerrada que bajaban hasta las areolas oscuras.

Bajé la cremallera de su falda de tubo con un cuidado enfermizo y tiré de la tela hacia abajo.

Mi respiración se detuvo por completo.

No llevaba ropa interior. Ni rastro de la tanga.

Sus muslos gordos, pálidos y generosos estaban completamente batidos. Una piel brillante, lechosa y espesa cubría la piel interna de sus piernas, secándose en costras transparentes cerca de las rodillas y acumulándose en charcos densos en la comisura de sus ingles.

Su sexo depilado estaba exageradamente hinchado, de un color carmesí vivo, palpitando con una lubricación residual que no era suya. El semen de David goteaba lenta y constante desde su interior, resbalando por la hendidura de sus nalgas hacia las sábanas limpias de nuestra cama.

—Regina... estás... vienes empapada de semen... —sollocé, sintiendo que las lágrimas me quemaban los párpados mientras mi propia verga, humillada y traidora, comenzaba a hincharse con un latido doloroso contra mi ropa de dormir.

Ella abrió un solo ojo gris, mirándome desde la almohada con una mezcla perversa de afecto protector y desprecio absoluto. Esbozó una sonrisa sucia, acariciándome la mejilla con el dorso de una mano lánguida.

—Por eso te tengo a ti, mi cornudito... mi amor...

—susurró con ternura venenosa—. Eres mi enfermero, ¿no?

Eres el que cuida a su mujercita cuando su dueño termina de follarla.

No seas flojo y tráete una toallita húmeda...

no, mejor no. Con la toalla me raspa. Ya sabes cómo me gusta que me limpies cuando él me deja así.

Tragué el nudo de bilis que me asfixiaba.

—Regi, por favor... déjame lavarte en el baño... con agua tibia...

—Dije que con tu boca, Marco —su tono perdió la languidez y adquirió ese filo tajante de la Directora del quinto piso—. Saca la lengua y límpiame bien los muslos. Me arde la piel de tanta leche que me vació ese cabrón. Y apúrate, que quiero dormir.

El mandato no admitía apelación. Sometido a mi propia patología, bajé la cabeza hasta colocar mi rostro entre sus piernas abiertas.

El impacto olfativo fue una conmoción directa al cerebro. Aspiré el del semen espeso de David Montenegro, que inundaba la panochita abierta de mi esposa. Saqué la lengua, temblando como un condenado, y di la primera lamida en la cara interna de su muslo izquierdo.

El sabor me invadió las papilas gustativas: amargo, espeso, con ese regusto ferroso y almizclado que ya conocía del penthouse, mezclado con la acidez tibia de los fluidos de Regina.

—Mmmhh... así, mi vida... qué buena lengua tienes siempre...

—gimió ella perezosamente, enredando los dedos en mi cabello para empujar mi cabeza con mayor firmeza contra su coño—.

Lame más arriba, no me dejes nada en los pliegues.

Si supieras cómo me agarró hoy, Marquito...

me estuvo follando por horas en todo su departamento.

Me dobló las piernas hasta las orejas y se me dejó ir como una bestia.

Me decía: "Pídeme la leche, perra, pídeme que te llene de mi leche para que tu maridito cene lechita caliente cuando llegues".

Cada frase se clavaba en mi orgullo, pero mis labios seguían chupando con devoción mecánica. Absorbía la eyaculación de mi jefe, succionaba los grumos blanquecinos adheridos a sus labios vaginales hinchados, limpiando a la hembra que legalmente era mía para dejarla impecable tras la fornicación.

—¡Aaahhh! ¡Sí! ¡Sí!

Lloraba en silencio, dejando caer mis lágrimas calientes sobre su pubis, mientras me masturbaba frenéticamente con la mano libre por encima del pantalón de pijama, alcanzando un orgasmo amargo, solitario y miserable en el suelo alfombrado mientras ella gemía suavemente, completamente saciada.

—¡Huuummm!

Si las madrugadas en la casa eran un calvario de servidumbre íntima, las jornadas laborales en el corporativo se habían convertido en un campo de batalla donde la humillación se volvía colectiva.

La llegada de Regina como Directora de Finanzas había dinamitado todo el quinto piso.

Respaldada por el poder ciego y absoluto que David le confería desde la dirección general, mi esposa no tardó ni cuarenta y ocho horas en demostrar que no había llegado a contemporizar con nadie.

Se movía por los pasillos con una seguridad aplastante, administrando presupuestos con mano de hierro y castigando la menor deficiencia operativa con una agresividad quirúrgica.

El blanco principal de su cacería tenía nombre y apellido: Rubí.

El rencor entre ambas no era solo profesional; era territorial, visceral.

Rubí, desplazada no solo de su condición de favorita del jefe sino reducida a una analista común y corriente, masticaba su veneno detrás de las mamparas grises, buscando desesperadamente cualquier resquicio para sabotear a la nueva jefa.

La oportunidad pareció presentársele el miércoles por la mañana.

Eran cerca de las once cuando el murmullo de teclados y llamadas telefónicas en el área abierta se cortó de tajo. La puerta de cristal templado de la Dirección de Finanzas se abrió con un chasquido violento.

Regina salió al pasillo central.

El impacto visual paralizó a los analistas de inmediato.

Llevaba una falda de tubo negra, de un corte tan ceñido que amenazaba con reventar las costuras sobre sus caderas monumentales a cada paso firme que daba.

Sus tacones de aguja de doce centímetros martillaban el piso de linóleo con un compás militar.

Pero lo que concentró todas las miradas masculinas —y el odio femenino— fue su blusa: una prenda de seda marfil, finísima, sin mangas y desprovista por completo de sostén.