Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 3 #4
24%

Capítulo 3 #4

Al agacharme, un golpe de calor denso, húmedo y sofocante me invadió la nariz.

Traspasaba la tela de la falda y el nylon de las medias.

Olía a su perfume floral caro, sí, pero eclipsado por una fragancia vaginal, sexual, carnal, animal y punzante: el aroma concentrado de sus propios flujos íntimos.

Regina estaba hirviendo. No había fingimiento ni desgano; mi esposa estaba brutalmente empapada, excitada hasta el delirio por la idea de ser desnudada por su marido para que su jefe la fornicara sobre el escritorio a las diez de la mañana.

El calor que irradiaba entre sus muslos era una caldera.

Levanté las manos temblando de forma incontrolable. Con los pulgares torpes alcancé los costados de la falda tubo y la levanté con cuidado, plegando la tela negra sobre la curva pronunciada de sus caderas.

Al hacerlo, la visión me destrozó la cordura: el hilo elástico de encaje negro estaba totalmente incrustado en la hendidura de sus nalgas gordas, y en el centro, el puente de tela minúsculo estaba completamente oscuro, satinado, empapado de líquido transparente que brillaba a la luz fluorescente de la oficina.

—Con cuidado, analista —murmuró Regina sobre su hombro, mordiéndose el labio inferior, clavando sus uñas largas en el borde del cristal—. No vayas a desgarrar la tela... es de diseñador... y me urge que la quites ya...

Su voz era un gemido apenas contenido. Mi esposa estaba jadeando.

—Sí… señora… sí…

Tragué el nudo amargo y caliente que me taponaba la garganta.

Enganché los elásticos laterales de la tanga negra con las yemas de los dedos.

Sentí el contacto directo con su piel lechosa, ardiendo, estremeciéndose con un espasmo eléctrico al roce de mis dedos fríos.

Comencé a deslizar la prenda hacia abajo, bajándola despacio sobre la carnosa y colosal culo y la tensión tirante del liguero.

—Así… Marco… así…

Al descender la tela sobre sus ingles, el olor se liberó con una potencia salvaje, llenándome la boca de un sabor metálico y salado. El puente de la tanga resbaló pesado, viscoso, dejando un rastro brillante sobre la parte interna de sus muslos.

Regina separó las piernas un par de centímetros más, con un temblor deliberado, regalándome la confirmación absoluta de su perversión: sus labios carnosos estaban hinchados, palpitantes, goteando un flujo espeso que amenazaba con manchar la alfombra de la empresa.

David soltó un silbido bajo, obsceno, deleitándose con mi tortura desde arriba.

—Miren nada más cómo chorrea la señora Directora...

—dijo David con una voz cargada de morbo, inclinándose para ver el desastre entre las piernas de mi mujer—.

Mírala bien, Marquito. Huele a perra en celo.

¿Acaso se pone así de empapada contigo en las mañanas?

No, ¿verdad? Esa calentura se la saco yo solo con pararme enfrente.

Regina soltó un quejido gutural contra el cristal, cerrando los ojos con fuerza, arqueando la espalda aún más, entregada al descaro.

—Cállate, David... no digas nada... —suplicó ella con la respiración rota, sin pudor alguno frente a mí, alzando un pie con tacón y luego el otro para zafarse del elástico que yo había bajado hasta sus tobillos—. Apúrate, Marco... dásela...

Recogí el trozo minúsculo de encaje negro con los dedos empapados de sus fluidos. La tela pesaba en mi mano, caliente, tibia como una víscera recién extraída, desprendiendo ese olor punzante a sexo y adrenalina que se me quedó impregnado en la piel.

—Dame la tanguita de tu mujer —ordenó David, extendiendo una mano firme y grande.

Me puse de pie con las rodillas flojas, con la cabeza gacha, incapaz de mirarlo a los ojos. Le entregué la tanga húmeda de mi esposa como quien entrega un documento oficial sellado por la gerencia.

David tomó la prenda sin prisa, acercándosela a la cara para aspirar el aroma con una sonrisa perversa, antes de guardársela en el bolsillo interior de su saco gris marengo.

—Excelente —dijo David, apoyando una mano pesada y posesiva sobre la cadera desnuda de Regina, apretando una de sus enormes nalgas, hasta dejar una marca rojiza efímera—. Ya ves que cuando te aplicas, eres de gran utilidad para este departamento, Marco.

Regina no se incorporó de inmediato. Se quedó inclinada sobre el escritorio, mirando de reojo hacia mí con una mezcla de superioridad y lascivia satisfecha, mostrándome con su silencio que su cuerpo, su oficina y su lealtad ejecutiva ya no me pertenecían.

—Ahora sal de aquí, cierra bien la puerta y ponte a trabajar. Tu jefa y yo tenemos una reunión ejecutiva que empezar de inmediato.

Me di la media vuelta con el alma hecha pedazos y la entrepierna ardiendo. Quité el seguro con manos torpes, abrí la puerta y salí al pasillo alfombrado.

Lo último que alcancé a ver antes de que la puerta se cerrara fue a David levantando a Regina del sillón para sentarla sobre el escritorio de cristal, mientras las manos de mi esposa iban directo a desabrocharle la corbata a su dueño.

Caminé hacia mi módulo gris arrastrando los pies, con la cabeza gacha, sintiendo la mirada curiosa de Rodrigo y el odio silencioso de Rubí taladrándome la espalda.

Me senté en mi silla, abrí una hoja de Excel en blanco y me quedé mirando la pantalla vacía, escuchando el zumbido del aire acondicionado, sabiendo que mi matrimonio había muerto para siempre...

y que yo acababa de aceptar mi puesto como el sirviente oficial de mi esposa y su dueño.