Capítulo 3 #3
—David... aquí no... —murmuró ella, con una vocecita lánguida, sin la menor convicción de detenerlo—. Marco está aquí... y las persianas están abiertas...
—Que mire tu marido, preciosa —respondió David con voz ronca, acariciando con la yema del pulgar el pezón erizado de mi esposa, haciéndolo rodar entre sus dedos grandes—.
A él le fascina ver cómo te pongo la piel de gallina.
Y las persianas no importan; los cristales están polarizados hacia afuera. Desde los cubículos solo ven sombras.
David giró el rostro hacia mí. Sus ojos verdes brillaban con un sadismo exquisito.
—A ver, analista —me ordenó David, señalando con la barbilla hacia el frente del escritorio—. Acércate. No te quedes ahí parado como un pendejo.
Di dos pasos mecánicos hacia adelante. Mis piernas temblaban bajo el pantalón de vestir. La verga me palpitaba con una violencia dolorosa, atrapada en mis calzoncillos.
—Tu esposa acaba de darle una lección magistral a Rubí en el pasillo —continuó David, mientras su mano comenzaba a amasar la teta desnuda de Regina con una fuerza posesiva que hacía jadear a mi mujer—.
Me impresionó su carácter. Tiene madera de líder.
Pero para que este departamento funcione a la perfección, las jerarquías tienen que quedar selladas desde el primer día.
Regina abrió los ojos, empañados por una niebla de lujuria y poder. Me miró fijamente mientras la mano de mi jefe estrujaba su pecho blanco.
—Marco... —susurró ella, arrastrando las palabras con una mezcla de cinismo y placer—.
A partir de hoy, tú serás mi asistente técnico directo además de analista.
Te vas a encargar de mis reportes personales, de mi correspondencia confidencial...
y de asegurarte de que nadie me moleste cuando la puerta de esta oficina esté cerrada.
—Exactamente —remató David, soltando una risa oscura—.
Eres el perro guardián oficial de tu esposa…
quiero decir, de la Directora. Si yo estoy aquí adentro con ella revisando "asuntos estratégicos", tu trabajo es quedarte en la puerta o en tu módulo, asegurándote de que pendejos como Rodrigo o ardidas como Rubí no vengan a meter las narices. ¿Entendiste tu nuevo puesto, Marco?
Tragué saliva. La humillación era total, absoluta, perversa. Me estaban nombrando el celador oficial de mis propios cuernos dentro de la empresa.
—Sí... señor —balbuceé, bajando la cabeza—. Entendido.
—Mírame a los ojos cuando me respondas, analista —me exigió David con un tono de mando que me heló la sangre.
Levanté la vista. Lo vi a él, imponente, sonriendo con desprecio, y vi a Regina, mi esposa de cinco años, con la blusa corrida, la teta de fuera brillando bajo las lámparas de la oficina, mirándome con esa superioridad de mujer empoderada que acababa de encontrar su verdadero lugar en el mundo.
—Y una cosa más, Marco —dijo Regina, cruzando aún más las piernas, tensando el encaje de su liguero sobre el muslo descubierto, clavando sus pupilas grises en las mías—.
Hoy saldremos tarde. El licenciado Montenegro y yo tenemos una cena de trabajo con los auditores regionales a las ocho de la noche. No me esperes para cenar en la casa.
El mensaje fue una puñalada limpia en el corazón.
—¿A... a qué hora vas a regresar, Regi? —pregunté con un hilo de voz patético.
David soltó una carcajada vibrante, le dio una nalgada fuerte a Regina en el muslo descubierto que resonó en el despacho con un chasquido seco, y me miró con desdén.
—Llegará cuando yo termine con ella, Marquito. Por cierto… en un momento más, le haré una auditoría a su coñito jugoso, como asistente, ¿podrías ayudarme a quitarle la tanguita a tu mujer?
—¿Qué…? ¿Yo?
—Sí, tú… vamos, rápido… Regi, mi putita hermosa —le dijo David a mi mujer—, ¿por qué no te pones a cuatro patas para que tu cornudito te quite tu tanguita?
El silencio cayó en el despacho como una losa de concreto. El zumbido constante del aire acondicionado pareció amplificarse, llenando el espacio entre nosotros tres con una frialdad artificial.
Me quedé clavado en la alfombra, con la boca entreabierta, buscando en el rostro de Regina algún rastro de rechazo, algún vestigio de dignidad conyugal que le hiciera ponerle un freno a semejante salvajismo en pleno horario laboral.
Pero Regina no retrocedió.
Sus ojos grises brillaban detrás de los cristales delgados de sus lentes con un fuego lascivo, descarado.
La comisura de sus labios carmesí se curvó en una sonrisa minúscula, cargada de una condescendencia y un morbo absolutos.
Lentamente, como si estuviera ejecutando una rutina corporativa previamente ensayada, se levantó de su sillón ejecutivo.
El sonido de la seda de su blusa rozando contra el cuero sonó nítido.
Apoyó ambas palmas sobre el cristal templado del escritorio, inclinando el torso hacia adelante y arqueando la cintura con una soltura que me dejó sin aire.
La postura hizo que su falda lápiz se tensara brutalmente sobre la redondez masiva de sus glúteos, subiéndose varios centímetros más y dejando al descubierto los broches metálicos, los tirantes y el encaje oscuro que se hundía en sus muslos gruesos.
—Apúrate, Marco —dijo ella, sin mirarme, con una voz arrastrada, densa, entrecortada por una respiración que delataba una calentura súbita y ardiente—. No hagas esperar al licenciado. Cumple tu trabajo.
La orden fue directa, fría, pero vibraba con una lujuria espesa que me erizó los vellos de la nuca. Venía de la mujer con la que compartía el acta de matrimonio, pero en este instante sonaba como una perra insaciable delegando una tarea de servicio a su esclavo personal.
David me clavó la mirada, cruzando los brazos sobre su pecho ancho, apoyando la cadera contra el lateral del escritorio.
—Ya la escuchaste, asistente. No te quedes pasmado como si fuera la primera vez que ves un par de nalgas. Cumple con tu función… ¿o prefieres que mande llamar a Rodrigo de sistemas para que me ayude a desnudar a tu esposa en este escritorio?
—¿Qué? ¡No te atreverías… David!
—Ponme a prueba, cornudo… y lo verás entrar babeando en tres segundos.
Di dos pasos al frente, aterrorizado, arrastrando los pies como si llevara cadenas de plomo, con una erección descomunal y dolorosa martillándome contra el cierre del pantalón.
Mis manos sudaban tanto que sentía los dedos resbalosos.
Me arrodillé sobre la alfombra gris, justo detrás de los tacones de aguja de mi esposa.
Estar ahí abajo, a la altura de sus piernas abiertas, me noqueó los sentidos. No era solo la memoria visual: fue el impacto del aroma.