Capítulo 3 #2
—A partir de hoy, señorita Rubí, soy tu superiora directa en la cadena de validación contable.
Si una sola de tus auditorías tiene un desfase de diez centavos, la que va a revisar tu liquidación en Recursos Humanos voy a ser yo personalmente.
Así que ahórrate los berrinches de pasillo, siéntate en tu módulo y ponte a desquitar tu miserable sueldo antes de que decida que tu plaza es prescindible. ¿Quedó claro?
Rubí abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
Rodrigo casi suelta una carcajada. La frialdad de Regina, respaldada por la autoridad incontestable de su puesto, la dejó completamente desarmada frente a todos.
Tragándose el veneno, Rubí apretó la mandíbula y se dejó caer en su silla, clavando la vista en su monitor con las manos temblando de rabia.
Regina sonrió con una suficiencia devastadora. Se alisó la falda de tubo con ambas manos, tensando la tela sobre sus caderas gigantescas, y reanudó su marcha por el pasillo.
Pasó justo frente a mi cubículo.
Mi corazón latía a mil por hora. Bajé la vista hacia el teclado, rogando a Dios que no me hablara, temiendo que mi propia cara me delatara.
Pero sus tacones se frenaron a un costado de mi mampara.
El perfume floral de mi esposa, ese aroma dulce que yo conocía desde hacía cinco años, invadió mi espacio de trabajo. Levanté la cabeza lentamente.
Regina me miraba desde arriba. Sus ojos grises no tenían la furia con la que había destrozado a Rubí. Me miraban con una distancia burocrática impecable, teñida de una pequeña chispa de diversión perversa al ver mi pánico.
—Analista Marco Antonio —dijo ella, usando mi nombre completo con una formalidad cortante—. Buenos días.
—Buenos... buenos días, Directora Bracamontes —logré articular, con la garganta seca como lija.
—Necesito que traiga las carpetas de los cierres operativos del último trimestre a mi oficina en quince minutos. Quiero una revisión detallada antes del mediodía.
—Claro que sí, licenciada. Enseguida se las llevo.
Regina asintió con un gesto mínimo de la barbilla, dándome la espalda. Sus nalgas inmensas se menearon frente a mis ojos con una insolencia calculada mientras se dirigía hacia la puerta de cristal de su nueva oficina privada, ubicada justo al lado del despacho de David.
Rodrigo soltó una carcajada baja, dándome una palmada pesada en la espalda que casi me hace tirar los lentes al escritorio.
—¡Puta madre, Marquito! —exclamó el rubio, mirándome con envidia mal disimulada—.
Te tocó bailar con la más buena... pero con la más cabrona.
Viste cómo sentó a la Rubí de un solo chingadazo?
Esa mujer tiene unos ovarios de acero. Te va a traer cortito, mi hermano.
Te va a hacer sudar la gota gorda en esa oficina.
—Sí... se ve que es muy exigente —balbuceé, limpiándome el sudor frío de la frente con un pañuelo arrugado.
—Exigente y buenísima —remató Rodrigo, mordiéndose el labio inferior mientras veía a Regina abrir la puerta de su despacho privado—.
Ya viste cómo se le marcan los pezones con esa blusita azul?
Cabrón, no trae brasier. Te lo juro por Dios que no trae nada abajo.
David se debe de estar dando la encerrona de su vida con ese mujerón.
Qué envidia le tengo al pinche jefe, carajo. Menudo putón tenemos por jefa.
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el chasquido en la mandíbula.
Escuchar a Rodrigo desnudar a mi esposa verbalmente a medio metro de mí me encendía la sangre de celos, pero mi cuerpo traidor reaccionaba enviando pulsaciones calientes directo a mi entrepierna. Era una tortura esquizofrénica.
A las 9:30 am, las puertas de cristal del elevador principal volvieron a sonar.
David Montenegro hizo su entrada triunfal.
Llevaba un traje gris marengo de tres piezas, confeccionado a la medida, que resaltaba la anchura de sus hombros y su presencia imponente de macho alfa corporativo.
Caminaba con la energía arrolladora de quien sabe que es el dueño absoluto de todo lo que pisa.
Traía un maletín de cuero en la mano izquierda y un abrigo ligero doblado en el antebrazo.
Al pasar por el pasillo central, David no se detuvo en ningún módulo, pero al pasar junto al mío, clavó sus ojos verdes en mí. Fue solo un segundo, una mirada cargada de una complicidad sádica y burlona que me heló los huesos.
David no entró a su propia oficina. Caminó directo hacia la puerta de cristal esmerilado de la oficina de Regina.
Tocó dos veces con los nudillos y abrió sin esperar respuesta.
Entró y cerró la puerta detrás de él.
A través de las persianas venecianas que estaban a medio cerrar, alcancé a ver cómo Regina se levantaba de su sillón de piel para recibirlo. Vi la silueta de David acercándose a ella, acortando la distancia con una naturalidad posesiva que me desgarró el alma.
No hubo apretón de manos corporativo. David le puso una mano grande y firme en la cintura baja, atrayéndola hacia su cuerpo, mientras Regina alzaba el rostro para susurrarle algo al oído con una sonrisa que brilló incluso a través del cristal opaco.
Cinco minutos después, el interfono de mi escritorio timbró con un sonido estridente.
Contesté con dedos temblorosos.
—¿Sí?
—Marco —era la voz grave, profunda y autoritaria de David a través de la bocina—. Trae las carpetas de auditoría que te pidió la Directora. A su oficina. Ahora mismo.
—Voy para allá, licenciado.
Colgué. Me levanté de la silla sintiendo que las rodillas se me doblaban como papel mojado. Agarré las dos carpetas de argollas pesadas contra mi pecho, como si fueran un escudo inútil, y caminé hacia el corredor de las oficinas directivas.
Sentía las miradas del piso clavadas en mi espalda: Rubí observando con rabia desde su cubículo, Rodrigo sonriendo con morbo, Maca agachando la cabeza para no ser vista.
Llegué frente a la puerta de cristal que decía en letras doradas recién impresas: Lic. Regina Bracamontes - Dirección de Finanzas Corporativas.
Tragué saliva, levanté la mano y toqué suavemente.
—Adelante —dijo la voz de mi esposa desde el interior.
Empujé la puerta y entré.
La fragancia de mi mujer me llegó de inmediato: el perfume floral de Regina mezclado con la loción amaderada y penetrante de David, un aroma denso, cargado de una tensión íntima que llenaba los cuatro costados del despacho alfombrado.
El lugar era un palacio corporativo en miniatura. Un inmenso escritorio de caoba y cristal dominaba el centro, flanqueado por ventanales que daban a la avenida principal. Había un pequeño sofá de piel negra en la esquina y una mesa de juntas redonda para cuatro personas.
David estaba sentado cómodamente en el borde del escritorio de Regina, con los brazos cruzados sobre el pecho, el saco desabotonado y una pierna colgando con total relajación.
Regina estaba sentada en su imponente sillón ejecutivo de respaldo alto.
Tenía las piernas cruzadas. Con esa postura, la falda de tubo negra se le había subido casi hasta la ingle, dejando al descubierto una extensión criminal de sus muslos gruesos y pálidos, donde el encaje negro del liguero y los tirantes de metal brillaban sin el menor pudor bajo la luz blanca de la oficina.
—Cierra la puerta, Marco —ordenó David, sin cambiar su tono casual, casi aburrido—. Y ponle el seguro. No queremos interrupciones del personal chismoso.
Cerré la pesada puerta de madera y cristal. Mi mano tembló al girar la perilla metálica. El clic del seguro resonó en la habitación como el cerrojo de una celda.
Me acerqué al escritorio con pasos torpes, manteniendo la vista fija en las carpetas.
—Aquí... aquí están los reportes que me pidió, licenciada —dije, extendiendo los documentos hacia ella, intentando aferrarme a mi papel de analista.
Regina no tomó las carpetas. Se recargó en el respaldo de piel de su sillón, entrelazando los dedos sobre su abdomen, mirándome con una calma calculadora.
—Déjalas sobre la mesa, Marco —dijo ella, con una voz suave pero firme.
Dejé las carpetas sobre el cristal. Al agacharme, mis ojos no pudieron evitar descender hacia el escote de su blusa de seda azul.
Desde este ángulo superior, la vista era devastadora: sus inmensas ubres blancas caían libres, pesadas, y pude ver con perfecta claridad cómo la tela fina se transparentaba sutilmente bajo la luz cenital, revelando las areolas grandes y oscuras alrededor de sus pezones erectos.
David soltó una risita baja, disfrutando cada segundo de mi colapso.
—¿Te gusta la nueva oficina de tu señora, Marquito?
—preguntó David, descruzando los brazos, apoyando una mano sobre el hombro de Regina, rozando con el pulgar la piel tibia de su cuello desnudo—.
Mandé cambiar los muebles este fin de semana mientras ella y yo cerrábamos los últimos detalles de su contrato en la capital.
Creo que el ambiente le sienta bastante bien.
Se ve como una verdadera jefa, ¿no crees?
—Sí... se ve muy bien, licenciado —respondí, con la voz rota, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.
David se inclinó hacia Regina. Con una lentitud exasperante y una familiaridad que me destrozó el alma, deslizó su mano desde el hombro de mi esposa hacia el frente de su blusa de seda. Metió dos dedos por el escote en "V", enganchando la tela suave, y tiró de ella ligeramente hacia un lado.
El seno izquierdo de Regina quedó parcialmente expuesto en plena luz de la mañana corporativa. La carne blanca y abundante rebotó al ser liberada de la seda, mostrando la areola rosada y el pezón endurecido a escasos centímetros de mis ojos.
Regina soltó un suspiro entrecortado, ahh, cerrando los ojos por una fracción de segundo, pero no se apartó. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo de piel, ofreciéndose al tacto de su dueño con una sumisión natural y fluida que me partió el ego en mil pedazos.