Capítulo 3
El trayecto en mi auto hacia el corporativo fue un viaje fúnebre.
Mis manos sudaban frío sobre el volante gastado. Miraba por el retrovisor cada tres minutos, como si esperara ver el auto de Regina siguiéndome de cerca, pero ella había sido tajante: saldría veinte minutos después, sola, impecable, lista para devorarse el quinto piso.
Cuando las puertas del quinto piso se abrieron caminé hacia mi módulo con la cabeza gacha, arrastrando los zapatos. Tenía la sensación de que todos sabían. Que David era el dueño de mi mujer. Era una paranoia absurda, pero sentía que cada mirada de mis compañeros llevaba una dosis de burla oculta.
—Tempranito el analista estrella —soltó una voz burlona a mis espaldas.
Me tensé. Era Rubí.
Estaba recargada en la entrada de su propio cubículo, a escasos dos metros del mío.
Llevaba el cabello teñido de un rojo encendido perfectamente peinado y una blusa de satén carmín con un escote que dejaba poco a la imaginación.
Sin embargo, su mirada no era coqueta; tenía los ojos oscuros inyectados en una bilis ácida y masticaba chicle con una lentitud amenazante.
—Buenos días, Rubí —murmuré, sentándome en mi silla giratoria sin voltear a verla del todo.
—¿Nervioso, Marquito? —siseó, acercándose a mi mampara, apoyando sus largas uñas acrílicas sobre la tela gris—.
Hoy empieza el reinado de la perra esa. Ya me enteré de que David mandó habilitar la oficina privada de la esquina, la que estaba vacía junto a la suya.
Le pusieron escritorio de cristal, sillón de piel y persianas automatizadas. A todo lujo para la nueva consentida.
Tragué saliva, sintiendo que un nudo espinoso me bajaba por el esófago.
—Es... es la Directora de Finanzas, Rubí. Es normal que tenga oficina propia.
—¡Por favor! —bufó con desprecio, tirando un mechón pelirrojo hacia atrás—.
La única finanza que sabe manejar esa trepadora es la de mover las nalgas.
Pero ya pedí acceso preliminar al archivo general de Recursos Humanos.
Maca me va a pasar la clave del servidor en cuanto se descuide.
Voy a averiguar todo de esa zorra, Marco.
Te lo juro por mi madre que voy a encontrar quién es su marido o qué muerto trae en el clóset.
El corazón se me detuvo. Si Maca le daba acceso al servidor, Rubí tardaría menos de diez minutos en ver que Regina Bracamontes compartía mi mismo domicilio y mi misma póliza de seguro médico conyugal.
—No te metas en broncas, Rubí —le rogué, sintiendo que me faltaba el aire—. David dijo claramente que ella viene blindada por los socios de la capital. Si te cacha hurgando en expedientes confidenciales, te va a correr sin liquidación.
Rubí entrecerró los ojos, clavándome una mirada llena de suspicacia y veneno.
—¿Y tú por qué insistes tanto en protegerla, imbécil? —escupió, inclinándose sobre mi mampara—. Desde el viernes andas con el culito en la mano cada vez que hablo de ella. Pareciera que le tienes miedo... o que le tienes ganas.
—No le tengo ganas a nadie —mentí, sintiendo que las mejillas me ardían—. Solo no quiero que el piso se vuelva un desmadre. Bastante presión tenemos ya con el cierre de subsidios.
Antes de que Rubí pudiera replicar, Rodrigo apareció doblando la esquina del pasillo central. Traía un vaso de unicel con café y una carpeta bajo el brazo. Su sonrisa arrogante de patán de sistemas brillaba bajo las luces fluorescentes.
—Ya dejen de pelear, tórtolos —se burló Rodrigo, dándole una palmada sonora a la mampara—. Mejor prepárense, que Claudia me acaba de avisar por el chat interno que la nueva jefa acaba de registrarse en la recepción de la planta baja. Dice que viene vestida que te cagas.
La sangre me bajó hasta los pies.
Miré el reloj digital en la esquina inferior de mi monitor: 9:02 am.
Veinte minutos exactos. Regina era una máquina de precisión suiza.
—Así que llegó esa perra… pues ya veremos quién gana la batalla.
Rubí chasqueó la lengua con desprecio y se dio la vuelta, regresando a su módulo para fingir que revisaba sus pantallas, aunque sus hombros rígidos delataban la rabia que le hervía por dentro.
Rodrigo se quedó recargado cerca de mí, cruzando los brazos, esperando el espectáculo con el morbo dibujado en la cara.
A unos metros, en el área de nóminas, vi a Maca sentada frente a su computadora.
Tenía el rostro pálido, casi fantasmal, con ojeras profundas que intentaba cubrir con polvo.
No levantaba la vista. Evaristo llegó a su lado, le dejó una botella de jugo natural sobre el escritorio y le acarició la mejilla con devoción de prometido ciego.
Maca forzó una sonrisa minúscula, casi dolorosa, y le dio las gracias con un susurro inaudible.
Rodrigo observó la escena amorosa entre Maca y Eva, y luego me lanzó a mí un guiño cómplice y sádico que me revolvió las tripas.
Y entonces, el sonido inconfundible llegó desde el vestíbulo principal.
Tac... tac... tac... tac...
El eco seco, pesado y autoritario de unos tacones de aguja sobre el mármol del pasillo hizo que el murmullo de la oficina fuera muriendo de forma gradual, como si le bajaran el volumen a una radio vieja.
Medio piso levantó la vista discretamente por encima de las mamparas grises.
Las puertas de cristal templado se abrieron.
Regina entró.
El impacto visual fue un golpe demoledor en el pecho. Me quedé sin respiración.
Se veía imponente. Llevaba la falda de tubo negra, de corte lápiz, ridículamente ajustada. La tela le moldeaba las caderas inmensas con una precisión demoniaca, conteniendo la magnitud de sus nalgotas a cada paso firme que daba.
La falda era corta, terminando justo a la mitad de sus muslos gruesos; con cada zancada, la tela se estiraba al límite, insinuando peligrosamente el encaje oscuro del liguero que yo mismo le había abrochado hacía apenas un rato en nuestra recámara.
Pero la blusa... la blusa de seda azul marino era una provocación directa al infierno.
El color corporativo de la empresa brillaba sutilmente bajo las lámparas blancas.
La seda era fina, fluida, y caía sobre su torso sin la menor estructura de un sostén debajo.
Con el frío gélido del aire acondicionado a máxima potencia, sus pezones estaban completamente erectos, duros como piedras, marcando dos protuberancias obscenas y afiladas contra la tela azul que invitaban a pecar a cualquiera que la mirara de frente.
El escote en "V" estaba desabotonado hasta el nacimiento mismo de sus enormes ubres blancas, revelando un canalillo profundo, carnoso y pálido que se mecía con una cadencia hipnótica a cada paso que daba.
Tremendas ubres se le marcaban a mi amada esposa, y todo el mundo la miraba.
Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta alta, impecable, que dejaba al descubierto su cuello largo y blanco.
Sus labios estaban pintados de ese rojo carmín encendido que le daba un aire de dominatriz corporativa, y sus lentes de pasta fina enmarcaban unos ojos grises que escaneaban el piso con una superioridad aplastante.
—Puta madre... —susurró Rodrigo a mi lado, dejando escapar un silbido ahogado entre los dientes—. Mírale las tetas a la jefa... viene pidiendo verga a gritos. Qué culazo, cabrón. A esa mujer no le falta nada.
Apreté los puños bajo el escritorio hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
El morbo y el odio que sentía de que este cabrón hablara con tal vulgaridad de mi esposa me tenía los sentidos colapsados.
Mi propia verga, humillada y perversa, comenzó a despertar contra la tela de mi pantalón de vestir, latiendo con una pesadez vergonzosa.
El espectáculo de ver a mi esposa pavoneándose como un monumento a la lujuria frente a mis propios compañeros de trabajo era una mezcla de terror y éxtasis que me quemaba las entrañas.
Regina avanzó por el pasillo central con la barbilla en alto, sosteniendo una libreta ejecutiva de piel negra bajo el antebrazo. Caminaba despacio, sabiendo perfectamente el efecto paralizante que causaba a su alrededor.
Pasó junto al módulo de Rubí.
Rubí, incapaz de contenerse, se levantó de su silla, cruzándose de brazos, mostrando sus propios implantes a través del escote carmín, y le clavó una mirada cargada de odio puro.
Regina detuvo su paso. Se giró lentamente hacia ella.
El silencio en el quinto piso fue sepulcral. Hasta el sonido de las impresoras pareció detenerse.
—Buenos días —soltó Rubí, con una sonrisa falsa que chorreaba sarcasmo—. Veo que la nueva Directora vino lista para la pasarela, no para revisar balances. ¿No le avisaron en Recursos Humanos que aquí sí tenemos código de vestimenta?
El ataque fue directo. Esperaba que Regina se turbara o que mirara hacia la oficina de David buscando auxilio.
En lugar de eso, Regina arqueó una ceja perfectamente delineada. Bajó la mirada hacia el escote operado de Rubí, luego escaneó sus zapatos de plataforma barata y volvió a subir hacia sus ojos oscuros con un desprecio tan gélido que parecía congelar el aire entre ambas.
—El código de vestimenta corporativo, señorita Rubí...
—respondió Regina, y su voz sonó clara, aterciopelada, modulada con una calma aplastante que resonó en todo el piso—, aplica para el personal operativo y de soporte.
Los directivos respondemos a metas financieras, no a las inseguridades estéticas de nuestras analistas.
Un murmullo sordo corrió por los cubículos. Alguien de logística soltó una risita ahogada.
La cara de Rubí se tiñó de un rojo furioso, casi del mismo color que su blusa.
—A mí no me hables como si fueras mi dueña —siseó Rubí, dando medio paso al frente, perdiendo los estribos—. Sé perfectamente cómo llegaste a este piso, mamacita. Y créeme que no fue por tus calificaciones de la escuela.
Regina no pestañeó. Dio un paso hacia ella, imponiendo su estatura y la inmensidad de su presencia carnosa. Se inclinó apenas unos milímetros hacia el rostro de Rubí, bajando la voz a un tono letal, íntimo, pero lo suficientemente firme para que Rodrigo y yo lo escucháramos palabra por palabra.