Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Sus mega nalgas pálidas, redondas, con ese toque de celulitis que a mí me enloquecía, se menearon frente a mis ojos con una insolencia que me dejó sin aliento. El peso de su carne botaba a cada paso con una vulgaridad exquisita.

Abrió el cajón y sacó una tanga de hilo negra minúscula y un liguero de encaje grueso. Se puso la tanga despacio, levantando primero una pierna y luego la otra. Al ajustársela en las caderas, la tirita de tela negra se perdió por completo entre la inmensidad de sus glúteos, tragada por la raya.

Se acercó a mí, que seguía sentado en el borde de la cama, y me lanzó un par de medias de nylon negro y el cinturón del liguero.

—Ayúdame con el liguero, ándale —me ordenó, parándose frente a mí, con su coño depilado a la altura de mi cara.

—Regina… ¿sabes lo que dicen de ti en la oficina? —insistí, sintiendo que la garganta se me cerraba mientras me arrodillaba dócilmente para abrocharle el cinturón de encaje en la cintura.

—No me importa —respondió ella. Flexionó una rodilla, apoyando el pie descalzo en el borde del colchón, junto a mi pierna.

Agarré la primera media. Empecé a desenrollar el nylon oscuro por su pantorrilla, subiéndola lentamente por su muslo grueso.

El contraste de la media negra contra su piel blanca era una fantasía porno hecha realidad.

Enganché el primer broche de metal a la liga con un clic que resonó en el cuarto, rozando con mis nudillos la piel suave y caliente de su pierna.

—Dicen que eres la “perra” de David. Con esas palabras, Regina. Rodrigo y Rubí lo gritaron a los cuatro vientos.

—Gente envidiosa —desestimó ella, cambiando de pierna para que yo le pusiera la otra media. Su actitud era gélida, corporativa—. Cuando te ven escalar rápido, lo primero que hacen es ladrar. Ya está, apúrate con los broches traseros.

Enganché las ligas a la parte de atrás de sus muslos, mirando hipnotizado cómo el nylon apretaba la carne de sus piernas. Iba a ir vestida así a mi oficina, para que el cabrón de David se la follara a puerta cerrada con solo levantarle la falda.

—A ver, mientras me maquillo, ponme al corriente —dijo Regina, sentándose en el taburete del tocador frente al espejo, abriendo sus polvos—. Háblame de la gente de mi área. Necesito saber con qué idiotas voy a trabajar.

—Pues... está Rodrigo —empecé, todavía sentado en la cama, mirándole el reflejo de sus tetazas aplastándose cuando cruzaba los brazos para aplicarse la sombra de ojos—. El rubio patán de sistemas. Es el que anda diciendo las mamadas sobre ti y David.

—Un hablador de pasillo. Me lo como vivo. ¿Quién más?

—Evaristo, el de logística. Es reservado, pero útil. Es buena onda, pero súper inocente. Está a punto de casarse con Maca, la chica de nóminas.

—Ah, claro. Macarena —Regina sonrió con malicia, perfilándose las cejas con un lápiz café—. La mosquita muerta, según me contó David. ¿Sigue viéndole la cara a su prometido?

—Sí... Rodrigo la sigue chantajeando y se acuesta con ella cuando quiere. Y bueno... —tragué saliva, sintiendo que llegaba al terreno minado—. Y luego está Rubí.

Regina dejó el lápiz sobre la mesa. Se giró a medias en el taburete. El ambiente en la habitación cambió de golpe. Sus ojos grises se afilaron como cuchillos.

—La pelirroja operada —dijo Regina, arrastrando las palabras con un desprecio evidente—. A ver, dime todo de esa gata.

—Es analista de verificación —expliqué, sintiendo que me metía en un nido de víboras—. Es muy arrogante.

—¿Te trata mal?

—Pues sí… casi siempre…

—¿En qué sentido?

—Pues… por alguna razón me odia… se burla de mí, suele hacer chistes feos sobre mi persona… cree que una hombre como yo no podría… tener una mujer hermosa… me llama pajillero… casi siempre me trata mal.

—Hija de puta…

—Y... bueno, tú sabes... era el juguete de David antes de que tú llegaras.

Vi cómo los músculos de la mandíbula de Regina se tensaron. La chispa de los celos le incendió la mirada. La puta envidia territorial de la hembra alfa.

—¿Y ella tiene pareja? —preguntó Regina, cruzándose de brazos, haciendo que sus ubres se apretaran y se alzaran de forma provocadora.

—Sí, tiene un novio fuera de la oficina.

—Con que tiene novio la zorra... —Regina soltó una carcajada amarga, seca—. Y la muy puta se atreve a decirme perra a mí. Qué pinche doble moral tienen las gatas de barrio. Ayer la vi cuando entré a llenar los papeles. Me miró como si quisiera matarme.

—Y eso no es lo peor, Regi —me puse de pie, acercándome a ella—.

Rubí está furiosa de que le hayas quitado su lugar con el jefe.

Ayer me lo gritó en la cara. Me dijo que te iba a investigar.

Que iba a averiguar quién eres, de dónde saliste, y que si tenías esposo, se iba a encargar de que el pobre pendejo se enterara de todo.

El silencio en el cuarto fue sepulcral.

Esperaba que Regina se asustara. Que el miedo a ser descubierta públicamente la hiciera retroceder, o que al menos le preocupara mi seguridad en el trabajo.

En cambio, Regina se levantó del taburete. Se acercó al espejo y agarró su labial rojo carmín. Se empezó a pintar los labios gruesos lentamente, con una arrogancia y una soberbia que me aterraron.

—Pues a ver quién gana, Marco —dijo ella, cerrando el labial con un chasquido sordo—.

Si esa estúpida empleaducha de quinta, o la Directora de Finanzas.

Que me investigue. Que le busque. El día que esa gata se pase de lista, la corro de la empresa sin liquidación, y le mando las fotos que David tiene de ella mamando verga a su noviecito para que la boten a la calle.

A mí no me va a venir a amenazar una cualquiera.

Me quedé mirándola, pasmado. La transformación era total. El poder que David le había inyectado la había convertido en un monstruo corporativo, despiadada y calculadora.

—Regi, ten cuidado... te lo juro que esto se puede salir de control —le advertí, sintiendo que la situación era una olla de presión a punto de reventar.

Regina suspiró con fastidio. Caminó hacia el clóset y sacó una falda ejecutiva negra de corte tubo.

Se la metió por las piernas. Era ridículamente corta y ajustada; apenas le cubría la mitad de los muslos, dejando a la vista el inicio del encaje de sus ligueros si se sentaba sin cuidado.

Luego, agarró una blusa de seda azul marino, el mismo color corporativo que tanto le gustaba a David.

Se la puso sin sostén. La tela fina se le pegó a la piel, marcando obscenamente la redondez de sus tetas y el relieve duro de sus pezones.

—No tienes de qué preocuparte, Marco —dijo, abotonándose la blusa estratégicamente para dejar un escote profundo que invitaba a pecar—.

Me voy a portar bien. Seré la Directora de Finanzas, una mujer intachable.

Seré estrictamente profesional en los pasillos, no voy a dar pie a habladurías.

Nadie va a sospechar que nos conocemos, y mucho menos que compartimos cama. Actuaremos como dos extraños.

—No te creo, Regina —negué con la cabeza, viendo cómo se rociaba su perfume floral—. Tú sabes cómo es él. No se va a aguantar las ganas de exhibirte o de tocarte. Y tú te dejas.

—David sabe separar los negocios del placer, y yo también. Aprende a separar tú también. Por cierto... —hizo una pausa, metiendo sus pies en unos tacones negros de aguja altísimos que hacían resaltar sus pantorrillas—. ¿Cómo nos vamos a ir? Obviamente no podemos llegar juntos en tu carro.

—No. Me voy a ir yo primero —dije, sintiéndome como un criminal planeando una coartada patética—. Llego, checo mi entrada, y tú llegas unos veinte minutos después. Pides un Uber o te vas en tu carro y lo dejas en el estacionamiento de directivos. Entras por el lobby principal, sola.

—Me parece perfecto —sonrió ella, dándose un último vistazo al espejo. Se veía apabullante. Una jefa corporativa lista para comerse el mundo, o para ser devorada por él.

Me levanté, acercándome a ella con pasos dudosos.

—Regi... tienes que prometerme algo más. Ten mucho cuidado con Rodrigo.

Ella arqueó una ceja, agarrando su bolso de marca.

—¿Rodrigo? ¿El rubito ese de sistemas? —una pequeña sonrisa asomó en sus labios rojos—. Es guapito, ¿no? El otro día que fui a firmar los papeles se me quedó viendo muchísimo.

La sangre me hirvió en las sienes.

—¡No digas mamadas, Regina! Sí, el rubito ese. Pero es un puto cabrón. Es un peligro.

—Ay, Marco, por favor. Es un simple empleado de sistemas, ¿qué daño me puede hacer a mí, que soy su Directora?

—¡No lo entiendes! —la agarré por los brazos, obligándola a mirarme—.

Él es el que arruinó a Maca. Es un manipulador, un sádico igual o peor que David, pero sin dinero.

Descubrió un secreto de Maca, la chantajeó, y ahora se la coge cuando se le da la puta gana.

Está destruyendo su compromiso con Evaristo por puro deporte.

Si Rodrigo huele que tú y David tienen algo, o si descubre que eres mi esposa...

nos va a hacer la vida un puto infierno a los tres.

Regina me soltó de un tirón, alisándose las mangas de la blusa de seda azul marino con un gesto altivo.

—A ver, Marco. Ubícate —me sentenció con una frialdad corporativa—.

Yo no soy una pendejita asustadiza de nóminas como tu amiguita Maca.

A mí un escuincle calienta-sillas de sistemas no me va a venir a chantajear con nada.

Soy Regina Bracamontes, y mi jefe directo es el dueño de esta sucursal.

Si el tal Rodrigo se atreve a mirarme chueco, lo corro ese mismo día. Punto.

Me quedé mirándola, aterrado por su arrogancia. Se sentía invencible, protegida por el manto de David y por su propio ego. Ya no era mi esposa; era la reina del quinto piso, y yo solo era un súbdito más esperando a que la bomba estallara.