Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Regina estaba vestida con un vestido floreado, holgado, y unas chanclas que me remontaban a nuestros días felices.

No entendía nada, no sabía por qué estaba aquí y no en la casa de David, pero me sentí feliz.

Durante la cena, hablamos de todo, menos del trabajo, menos de David.

Sólo me hizo un comentario en relación en que el viernes firmaría su carta de renuncia en el despacho, y que iría de compras para poder vestir “lo que el jefe le había indicado”.

Para mi buena fortuna, David salió esos días a la capital, y todo el fin de semana. Él tenía que arreglar el papeleo del nombramiento con los corporativos de Ciudad de México, y yo tuve a mi esposa para mí solo desde el viernes por la noche hasta el domingo.

Y así entendí por qué Regina había vuelto a casa.

Esos días sin David fueron una ilusión perfecta de paz mental. Regina y yo parecíamos la pareja de siempre. El sábado cocinamos juntos.

—Pásame la sal, mi amor —me dijo ella, sonriendo, picando tomate en la tabla de madera.

—Toma, preciosa. Oye, ¿qué te parece si en la tarde vemos una de esas series de asesinos que tanto te gustan? —le propuse, abrazándola por la cintura desde atrás, recargando mi barbilla en su hombro.

—Me parece perfecto —asintió, dándome un besito rápido en la mejilla.

El sábado por la tarde, incluso nos fuimos a un pueblito cercano a turistear. Caminamos de la mano por la plaza empedrada, compramos helado, nos tomamos fotos. Sorprendentemente todo parecía normal, una fachada doméstica impecable.

Excepto por dos detalles que me estaban destrozando por dentro.

El primero: Regina no soltaba su celular ni para ir al baño. Cada vez que vibraba su teléfono, yo veía cómo sus ojos se iluminaban. Se iba a la cocina con el pretexto de servir agua, o se encerraba en el sanitario por veinte minutos.

—¿Todo bien, Regi? —le pregunté el sábado en la noche, viéndola teclear frenéticamente recargada en la puerta del baño.

—Sí, mi amor —respondió, bloqueando la pantalla de inmediato y metiéndose el celular en la bolsa del pantalón—. Es David. Me estaba explicando unas cosas de la reestructuración. Está en México cerrando los acuerdos de las comisiones del trimestre. Qué hueva trabajar en fin de semana, pero ni modo.

Lo decía con un tono casual, relajado, pero yo no era imbécil.

El brillo húmedo en su mirada, esa pequeña sonrisa mordiéndose el labio inferior...

no estaban hablando de tasas de interés.

Se estaban mandando mensajes sucios. El macho alfa, a kilómetros de distancia, la mantenía atada a su correa invisible.

Y el segundo detalle, el más doloroso de todos: no habíamos tenido intimidad. Ni un solo beso apasionado. Ni siquiera una caricia que subiera de tono.

Quise verlo todo normal, darte su espacio, pero en el fondo me dolía. Amaba pensar que Regina volvía a ser mía, pero el domingo por la tarde, la careta empezó a caerse.

Regina empezó a morderse las uñas. Caminaba de un lado a otro por la sala, acomodando cojines que ya estaban acomodados, mirando el reloj de la pared cada diez minutos.

Estaba ansiosa. Sudaba frío. Le temblaba una pierna cuando se sentaba a ver la televisión.

Parecía una adicta en abstinencia. Y yo sabía exactamente de qué estaba en abstinencia.

Le urgía que fuera lunes. Le urgía que David volviera. Le urgía su dosis de sumisión, de castigo y de semen. Sentía que el pecho se me abría de puros celos al verla así, tan desesperada por el otro, pero fingí estar en paz.

El domingo en la noche, acostados en la oscuridad de nuestra recámara, decidí que no podía más. Necesitaba reclamar lo mío. Me acerqué a ella, deslicé mi mano por su estómago, acariciando la piel tibia bajo su blusa de pijama, y empecé a besarle el cuello.

Mi verga estaba dura. Necesitaba sentirla, hacerla mía de nuevo.

—Marco... —murmuró ella, agarrándome la muñeca con firmeza para detener mi mano.

—Mi amor... llevamos todo el fin de semana juntos. Te extraño —le susurré, intentando besarle la boca.

Regina volteó el rostro.

—No, Marco. Hoy no. Estoy cansada y mañana es mi primer día oficial.

—Solo un ratito, Regi... —supliqué, sintiéndome patético.

—Dije que no, Marco. Además... estoy un poco resentida de...

de la última vez. Mi cuerpo necesita descansar —soltó una excusa que era una daga directa a mi orgullo.

Su cuerpo estaba "resentido" por la brutalidad de David, y se estaba guardando, preservando sus agujeros frescos para el dueño que regresaba mañana.

Me quedé congelado, retirando la mano. La humillación me hizo un nudo en la garganta.

—Pero... —añadió ella de pronto, con una voz más baja, ronca, que me erizó la piel—. Sí tengo ganas. Solo que no quiero penetración. Mejor ayúdame con otra cosa.

—¿Ayudarte? —pregunté en la oscuridad.

—Saca la caja.

El corazón se me detuvo.

—¿Cuál caja?

—Tú sabes cuál, Marco. La caja que está guardada al fondo del clóset, debajo del vestido. Sácala y tráeme el negro.

Me quedé sin aire. Se refería a su ajuar.

La caja donde guardaba el vestido de novia que usó el día que nos juramos amor eterno frente a Dios y nuestras familias.

Y justo ahí, debajo de esa tela blanca y pura, estaba la caja secreta de madera donde Regina escondía sus perversiones, sus juguetes sexuales, la lencería de cuero, las mordazas.

La caja que yo descubrí y que me hizo darme cuenta de quién era realmente mi esposa.

Me levanté temblando. Encendí la pequeña luz del buró. Caminé hacia el clóset. Me arrodillé en el piso frío y saqué la inmensa caja de cartón blanco que decía "Novias de España".

Aparté el vestido de seda y tul, profanando el símbolo de nuestro matrimonio, y saqué la caja de madera de abajo. La abrí. Adentro había de todo, pero ella había sido específica. "El negro".

Agarré el vibrador de silicón negro. Era inmenso, grueso, venoso. Más grande que mi propia verga, con unas medidas que se asemejaban peligrosamente a las proporciones bestiales de David Montenegro. Era grotesco.

Regresé a la cama con el juguete en la mano y el tubo de lubricante.

Regina se había quitado el pantalón de la pijama. Estaba acostada boca arriba, con las piernas gruesas abiertas de par en par, mostrándome su intimidad hinchada y jugosa bajo la luz tenue.

—Ven aquí... —me ordenó, con los ojos entrecerrados.

Me arrodillé en medio de sus piernas. Me sentía el eunuco más patético de la historia, el siervo castrado que tenía que usar plástico para darle placer a su mujer porque su propia herramienta no era suficiente.

Puse un charco de lubricante frío en mis dedos y se lo unté en los labios. Estaba calientísima. Luego, embadurné el monstruoso vibrador negro.

—Préndelo al máximo y mételo despacio, Marco —susurró ella, echando la cabeza hacia atrás en la almohada.

Hice clic en la base. El zumbido grave del motor llenó el silencio de la recámara. Apunté la cabeza gruesa de silicón a su entrada empapada, y empecé a empujar.

—¡Ahhh... sí... ahhh! —gimió Regina, agarrando las sábanas con fuerza a medida que el grosor inmenso iba abriendo sus pliegues.

Empujé hasta el fondo. El juguete desapareció en su interior. Empecé a bombear, sacándolo casi por completo y volviéndolo a meter, operando la máquina como un trabajador en una línea de ensamblaje.

—Más fuerte, Marco... ¡Ahhh! ¡Métemelo más fuerte! —gritaba ella, arqueando la espalda, retorciéndose en la cama, cerrando los ojos con fuerza.

Y yo sabía, lo sabía con una certeza que me destrozaba, que ella no estaba pensando en mí. Detrás de esos párpados apretados, Regina estaba imaginando que el plástico negro que yo le empujaba, era la verga hirviente y destructora de mi jefe, saciando la abstinencia de su fin de semana sin él.

Yo era solo el brazo mecánico de su fantasía cuckold. Mi verga estaba durísima, manchando mis calzoncillos de precum. Lloraba de humillación y celos, pero mis manos no dejaban de empujar el consolador dentro de ella con furia, escuchando el squish, squish asqueroso de sus fluidos.

—¡Dios... me vengo! ¡Me vengo! —chilló Regina, tensando los muslos inmensos, apretando el juguete de silicón con tanta fuerza que el motor pareció ahogarse.

Se corrió con una violencia brutal, temblando de pies a cabeza, jadeando con la boca abierta. Me quedé ahí, de rodillas, sosteniendo el vibrador cubierto de sus jugos, mientras mi propia polla dolía por la erección no resuelta.

Regina soltó un suspiro larguísimo, se giró dándome la espalda, se tapó con la cobija y dijo:

—Límpialo y guárdalo, por favor. Buenas noches, Marco.

Me quedé solo en la oscuridad, limpiando el juguete sucio de mi esposa con una toallita húmeda, metiéndolo de vuelta debajo de su puto vestido de novia, sintiéndome la mierda más insignificante del mundo.

La fantasía doméstica se hizo pedazos tan pronto como amaneció el lunes.

Estaba sentado en el borde de la cama, ya con mi pantalón de vestir puesto, mirándola arreglarse para su primer día oficial en el corporativo. No pude evitar que la ansiedad me comiera vivo.

—No sé si voy a poder, Regi —solté, frotándome las manos sudadas.

—¿Qué cosa? —preguntó ella, dándome la espalda frente al espejo de cuerpo entero.

—Pues hacer como que no eres mi esposa. Todo el puto día... a unos metros de distancia.

Regina soltó una risita baja, casi burlona. Con un movimiento fluido, desanudó la toalla blanca que llevaba puesta y la dejó caer al suelo.

El espectáculo me robó el aire.

Su cuerpo desnudo, abundante, se impuso en la habitación. Sus inmensas ubres blancas y pesadas rebotaron suavemente al liberarse, con las areolas grandes y los pezones rosados erizados por el aire de la mañana. Su piel lechosa, todavía tibia por la ducha, me provocó un pálpito en la entrepierna.

—Fuiste tú quien puso esa condición, Marco —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia el cajón de su lencería.