Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2
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Capítulo 2

La pantalla de mi computadora me devolvía el reflejo de un hombre muerto en vida.

Mis manos sudaban sobre el teclado mientras llenaba el formulario digital de Recursos Humanos.

Nombre: Regina Bracamontes. Puesto: Directora de Finanzas Corporativas. Estado Civil: Casada.

Cada vez que tecleaba una letra, sentía que me clavaban una aguja en las yemas de los dedos.

Estaba procesando el alta de mi propia esposa como alta ejecutiva en la misma empresa donde yo era un don nadie.

Estaba documentando su ascenso, un ascenso pagado con fluidos, con sumisión, con sus inmensas tetas expuestas en el escritorio de mi jefe mientras yo, el marido, fungía como su puto secretario.

Y lo peor era el ruido de fondo.

La oficina de David estaba a unos quince metros de mi módulo.

Las persianas horizontales seguían cerradas a cal y canto.

No se escuchaba nada desde afuera gracias a los cristales dobles, pero mi mente enferma se encargaba de rellenar el silencio.

Me imaginaba a Regina de rodillas sobre la alfombra gris, con el saco blanco abierto, atragantándose con la verga de David a plena luz del día, mientras él revisaba sus correos.

O tal vez la tenía a cuatro patas sobre el inmenso escritorio de caoba, ensartándosela por detrás, manchando de fluidos los mismos reportes que yo me había desvelado armando.

“Asegúrese de que ese reporte esté en Recursos Humanos en cinco minutos. La Directora y yo tenemos asuntos estratégicos que discutir...”

Las palabras de David resonaban en mi cabeza. Me froté los ojos por debajo de los lentes. Mi verga estaba dura, palpitando contra la tela del pantalón de vestir con una insistencia dolorosa y patética. Sentía asco de mí mismo, pero el morbo me tenía completamente secuestrado.

Envié el correo a Recursos Humanos con un clic que sonó como el cierre de mi propio ataúd.

De pronto, un perfume dulzón y empalagoso invadió mi módulo, tapando el olor a café de la oficina.

Levanté la vista. Rubí estaba parada frente a mi escritorio.

Llevaba una falda de tubo negra tan ajustada que parecía a punto de reventar en las costuras, y una blusa roja escotada. Pero su rostro no tenía esa habitual arrogancia coqueta; estaba descompuesta, roja de la ira, masticando su chicle con una ferocidad que daba miedo.

—Esa gata ha llegado a jodernos, a ti y a mí, Marco —siseó Rubí, apoyando ambas manos sobre la mampara gris de mi cubículo, inclinándose hacia mí.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía perfectamente de quién hablaba.

—¿De... de qué hablas, Rubí? —balbuceé, intentando hacerme el desentendido.

—¡No te hagas el pendejo, Marco! —escupió ella, bajando la voz para que los de los módulos cercanos no la escucharan, pero con un tono letal—.

Hablo de la nueva "Directora". La zorra esa que acaba de entrar.

¿Viste cómo me miró? Me miró como si yo fuera la de intendencia.

Y David... ¡David me sacó de su oficina para quedarse a solas con ella! A mí. ¡A mí!

Los celos de Rubí eran un espectáculo lamentable, pero me aterraba lo que su despecho pudiera provocar. Rubí no sabía que la "zorra" a la que estaba insultando era mi esposa, y yo daría mi vida entera para que nunca lo descubriera.

—Es... es una decisión corporativa, Rubí —intenté calmarla, sudando frío—. Es la nueva Directora de Finanzas. Viene recomendada.

—¿Recomendada? —Rubí soltó una carcajada amarga, seca—.

¡Por favor! Recomendada por sus pinches nalgas y por andarse paseando sin blusa bajo el puto saco.

Esa vieja es la nueva puta de David. Se la trajo para tenerla aquí encerrada y follársela a sus anchas en horario laboral.

¡Las persianas llevan veinte minutos cerradas, cabrón!

¿Crees que están revisando el puto balance? ¡Se la está cogiendo ahorita mismo!

Las palabras de Rubí me taladraron los tímpanos. Escuchar mi propia teoría confirmada en voz alta, por la examante de mi jefe, me revolvió el estómago. Sentí que el aire me faltaba.

—No hables así, te pueden escuchar... —susurré, mirando a todos lados con pánico.

—¡Me vale madres! —Rubí se inclinó aún más cerca.

Pude ver el fuego venenoso en sus ojos oscuros—.

Sé perfectamente cómo opera David. Y te juro por Dios, Marco, que a esa arribista de mierda le voy a hacer la vida de cuadritos.

Voy a investigar quién es. Voy a averiguar de qué alcantarilla salió.

Si tiene marido, si tiene novio, me voy a encargar de que el pobre pendejo se entere de lo que hace su mujercita en la oficina a puerta cerrada con el jefe. La voy a destruir.

El corazón se me detuvo. Dejó de latir por tres segundos completos.

Si Rubí investigaba, si escarbaba en los archivos de Recursos Humanos, encontraría el acta constitutiva de mi matrimonio. Vería los seguros de gastos médicos donde Regina aparecía como mi cónyuge.

—No... no hagas locuras, Rubí —le rogué, sintiendo que me temblaban las manos—. No te metas en pedos. Si David se entera de que andas investigándola, te va a correr a ti. Él la protege. Él mismo dijo que ella es intocable.

Rubí entrecerró los ojos, mirándome con desconfianza.

—¿Y tú por qué la defiendes tanto, pajillero? —escupió, recordándome la humillación del penthouse—. Porque esa hija de puta le está dando el culo. Tú estabas ahí adentro llenando el puto formulario. ¿Qué viste, eh? ¿Te excitaste viendo cómo se la comía con los ojos?

—¡No vi nada! Llené el formulario y me salí.

Rubí hizo un sonido de desprecio con la lengua y se enderezó.

—Pues prepárate, Marco. Porque esa guerra apenas empieza. Y cuando yo hundo a alguien, lo hundo hasta el fondo.

Se dio la vuelta y se alejó contoneando las caderas, pisando fuerte con sus tacones. Me quedé hiperventilando en mi silla, aterrado. El mundo entero conspiraba para que mi humillación fuera pública y absoluta.

A las doce del mediodía, las persianas de la oficina de David finalmente se abrieron.

El sonido de las láminas girando hizo que medio piso levantara la vista discretamente.

A través del cristal, vi a Regina sentada en la silla de visitas.

Estaba arreglándose el cabello oscuro con ambas manos.

Su saco blanco seguía puesto, pero ahora estaba perfectamente abotonado hasta arriba, ocultando cualquier rastro de su escote.

Sin embargo, su rostro... su rostro brillaba.

Tenía las mejillas sonrosadas y una sonrisa perezosa, satisfecha, dibujada en los labios.

David estaba detrás de su escritorio, con el saco desabotonado, revisando su monitor como si nada hubiera pasado.

Regina se levantó, le dijo algo a David que lo hizo sonreír, y caminó hacia la puerta. Abrió el cristal y salió al pasillo.

El silencio en los cubículos fue sepulcral.

Regina caminaba con una elegancia apabullante.

Sus caderas inmensas se movían con un ritmo lento y seguro bajo el pantalón negro.

Pasó junto a mi módulo sin siquiera voltear a verme.

Su perfume floral, mezclado ahora con un olor inconfundible a ¿semen?

, ¿sudor y a la loción de David?, dejó una estela a su paso.

—Puta madre... qué hembra —escuché murmurar a Rodrigo, que estaba recargado en el marco del cubículo de sistemas, a unos pasos de distancia—… tremendas tetas y tremendo culo se anda comiendo el jefe.

Rodrigo se le quedó viendo las nalgas de mi esposa hasta que ella desapareció por el pasillo que daba a la sala de juntas ejecutiva.

Luego, el rubio patán se giró, me vio mirándolo y me lanzó una sonrisa sádica, como si hubiéramos compartido un secreto sucio, sin saber que la mujer a la que acababa de desnudar con la mirada era mi mujer.

Rodrigo caminó hacia mi módulo. Traía una carpeta en la mano.

—Oye, Marquito —me dijo, recargándose en mi mampara con una confianza asquerosa—. Tampoco me veas con tal reproche, ¿eh?, si le miro el culo es porque me la puso dura, ¿a ti no?, no me digas que eres maricón.

Fruncí el ceño, y traté de ignorarlo.

—No digas mamadas, Rodrigo, obvio es hermosa pero..

—Pero entiendes, Marquito, que una hembra como esa, en su puta vida se atrevería a mirarte si quiera a los ojos.

Rodrigo soltó una risita baja, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie nos prestaba atención.

—Si tú supieras, pedazo de mierda —dije, casi riéndome de lo loco que se estaba volviendo todo esto.

A Rodrigo ni por la cabeza le pasaba que esa mujer que le había puesto dura la verga, era nada menos que mi esposa.

—¿Qué dijiste, Marquito?

—Nada, nada, que mejor te ahorres la baba y no pienses imposibles. Porque esa hembra, como tú la llamas, a la última persona que se follaría sería a ti.

—¿Apostamos, pendejo? —se echó a reír.

Y sentí que el mundo me caía encima. ¡Más apuestas no, por Dios! Si gracias a esas putas apuestas, ahora mi vida matrimonial pendía en un hilo.

De pronto, el sistema de megafonía interna de la oficina se oyó, seguido de la voz seca de Claudia, la recepcionista.

—Atención, equipo de analistas de la división financiera. Se les requiere en la Sala de Juntas A en diez minutos. El licenciado Montenegro presentará la reestructuración del área.

La junta fue lo que se esperaba, David dijo que a partir del lunes Regina Bracamontes estaría en nuestra área, como nueva Directora. El resto del día pasó desapercibido, y al llegar la hora de la salida, me fui directo a la casa, sin pensar que ahí encontraría a mi amada esposa.

—¡Regina! —dije con sorpresa—, ¡pero estás aquí!

—Pues esta es mi casa, ¿no? —dijo mientras servía la cena.

—Sí, sí, claro, solo que yo pensé, yo pensé que…

—¿Quieres pasta con mantequilla o sin mantequilla? Hice de las dos.

—Eh, bueno, con mantequilla está bien.

—Okey, deja tus cosas y vente a cenar.