Capítulo 1 #4
David separó sus labios de los de Regina. Ella jadeaba levemente, con el labial corrido.
—Dile a tu empleado tu nombre, mi amor —le murmuró David, bajando las manos hacia la solapa del saco blanco de Regina.
Regina me miró a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas por la excitación del peligro.
—Regina... Regina Bracamones —dijo ella..
David, con un movimiento rápido, desabrochó los dos botones del saco sastre blanco de mi mujer y tiró de la tela hacia los lados.
El saco se abrió por completo, deslizándose un poco por sus hombros.
Como yo había notado al verla entrar, no llevaba blusa, ni sostén.
Sus inmensas tetas blancas, pesadas y redondas, cayeron libres, quedando expuestas en toda su gloria dentro de la oficina de cristal.
El aire acondicionado hizo que sus pezones rosados se erizaran y se pusieran duros al instante.
Yo me quedé sin aire. El bolígrafo resbaló entre mis dedos sudados.
—Sigue preguntando, Marco. No te detengas —ordenó David, levantando sus manos inmensas y agarrando las tetas de mi esposa a manos llenas. Empezó a amasar sus ubres con rudeza, frotando los pulgares directamente sobre sus pezones endurecidos.
—¡Ahhh... David! —gimió Regina, echando la cabeza hacia atrás, clavando los dedos en los hombros del saco azul marino de mi jefe—. Nos van a oír...
—Que escuchen cómo bramas de placer en este mismo escritorio, preciosa —le dijo él, acercando la boca a uno de sus pezones y dándole un pequeño mordisco.
—Estado... estado civil... —logré articular, con la voz ahogada y excitación oscura. La verga me latía furiosamente dentro del pantalón de vestir al ver a mi esposa con las tetas de fuera, montada en las piernas de su jefe.
Regina abrió los ojos, empañados por la lujuria. Me miró mientras David le pellizcaba un pezón.
—Casada, señor analista —respondió ella, asestándome la estocada final, asumiendo su rol en el juego donde yo no era su marido, sino un simple empleado llenando un formulario para la puta del dueño.
—¿Felizmente casada, preciosa? —le preguntó él con sadismo.
—Aaahhh —gimió mi esposa, delante de mí—… Sí… Muy felizmente casada.
La humillación me quemó las entrañas. Ella estaba usando nuestro sagrado estado civil y religioso como parte del juego de rol sucio de David.
—Escolaridad... —tragué saliva, escribiendo rayas sin sentido en la libreta.
—Licenciada en Contaduría —respondió ella, gimiendo por lo bajo, cerrando los ojos de nuevo mientras David le acariciaba el cuerpo desnudo—. Con especialidad en... ahhh... finanzas.
David se rio, diciendo:
—Creí que dirías, “con especialidad en dar las nalgas a los jefes y a mamar vergas enormes”
—¡No seas bruto, David! ¡Aaaammmhh! —jadeó ella otra vez.
Y yo me sentía morir.
David la acomodó mejor sobre sus piernas. Le agarró nuevamente tremendas tetones y luego la miró a los ojos, adoptando un tono de autoridad que me puso la piel de gallina.
—A partir de ahora, mi amor, como Directora, quiero que cambies un poco tu código de vestimenta en esta sucursal —le dijo David, acariciando la suave curva de su seno—.
Quiero que vengas todos los días con faldas más cortas.
Escotes profundos. Medias, ligueros… tangas.
Siempre medias de nylon. Y tacones de aguja.
Quiero que todos en este piso sepan que la mujer más hermosa de la empresa me pertenece.
Regina asintió, hipnotizada, sumisa.
—Lo que tú digas, mi amor... lo que tú me pidas —susurró ella, frotando su nariz contra la mejilla de él.
David giró el rostro hacia mí, con esa sonrisa sádica brillando en sus ojos verdes.
—Y, usted, analista... —me dijo, con un tono burlón, despectivo—.
Asegúrese de decirle al marido de Regina…
(porque entiendo que usted lo conoce más que nadie en el mundo), que debido a su nuevo puesto, la Directora tendrá que quedarse trabajando horas extras muy seguido.
Principalmente a puerta cerrada, en esta misma oficina.
Llegará tarde a su casa varios días a la semana.
El mensaje era brutal y directo. Me estaba avisando en mi puta cara cuándo se la iba a coger. Estaba estableciendo el horario de mis cuernos en un entorno corporativo.
—Sí... señor —respondí, con la voz rota, asumiendo mi rol de perro faldero hasta el final—. Se lo... se lo diré a su marido. Entendido, Directora.
Regina me miró. Había un brillo de nerviosismo en sus ojos, pero también de una profunda y asquerosa diversión. El juego del empleado y la jefa puta la estaba volviendo loca.
—Puede retirarse, analista —me despidió David, dándole una nalgada fuerte a Regina que resonó en el cuero del sillón—. Asegúrese de que ese reporte esté en Recursos Humanos en cinco minutos. La Directora y yo tenemos asuntos... estratégicos que discutir a puerta cerrada.
Me di la media vuelta. El corazón me latía tan fuerte que creí que me iba a dar un infarto. Quité el seguro de la puerta con manos temblorosas y salí al pasillo, cerrando la puerta detrás de mí.
Lo último que vi fue a mi esposa, con los ojos entrecerrados, la lengua de fuera, su gesto de éxtasis congestionado, y sus tetas enormes, siendo estrujadas por David, mi puto jefe.
Las persianas seguían bajadas. Nadie afuera sabía lo que estaba pasando adentro.
Caminé hacia mi módulo arrastrando los pies. Me senté, hiperventilando. Estaba destruido. Mi esposa, la mujer que amaba, acababa de ser manoseada frente a mí mientras yo llenaba un puto formulario, y me había tratado como a un extraño.
El mundo real y mi matrimonio se habían fusionado en una sola pesadilla. Y yo, desde mi módulo gris, solo podía mirar las persianas cerradas, imaginarme a mi mujer gimiendo sobre el escritorio, y ponerme a trabajar.