Capítulo 1 #3
—¡Rodrigo, cállate! Te van a escuchar —lo regañó ella, aunque su propia curiosidad era evidente—. Ni siquiera sabemos quién es. Se ve que es alguien importante, por cómo la recibió el licenciado Montenegro.
Rodrigo soltó una carcajada vulgar, cruzándose de brazos.
—¿Importante? Ay, mi querida Claudia, eres tan inocente. Si no me equivoco, esa culona que vieron entrar con aires de grandeza, es la nueva perra del jefe.
Me atraganté con mi propia saliva. Sentí que me clavaban alfileres en el estómago. Clavé la mirada en mi monitor, tecleando a lo tonto en la hoja de Excel, tratando de hacerme invisible mientras escuchaba cómo hacían pedazos la reputación de mi esposa a tres metros de distancia.
—¿De qué hablas? —preguntó Rubí.
Su voz denotaba un tono ácido, afilado por los celos. Ella había sido el juguete de David y ver a una hembra tan espectacular como Regina cruzar esa puerta la estaba consumiendo.
—Te lo digo en serio, preciosa —le respondió Rodrigo a Rubí, acercándose más a ella—.
El otro día la vi con el jefe. Estaban en un bar, muy acaramelados, bailaron juntos, tomaron, y luego se fueron.
Se la traía de un ala. Y la vieja iba vestida con un vestido putón que le apretaba todas las nalgas.
Esa hembra es la nueva zorra de David. Se ve a leguas.
—Ay, por favor, no hables así de esa mujer —insistió Claudia, aunque su tono ya era más de chisme que de reprimenda—. A lo mejor es una consultora externa.
—Sí, una consultora que le va a dar las nalgas en el escritorio —se burló Rodrigo—. Te apuesto cien pesos a que en este mismo momento se la está cogiendo ahí adentro.
La sangre me hirvió en las sienes, casi igual que como le hervían a Rubí.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula.
Estaban hablando de mi Regina. De mi propia esposa.
Estaban imaginándose a mi mujer siendo penetrada por mi jefe, y lo peor de todo, es que Rodrigo probablemente tenía razón.
Rubí se cruzó de brazos, tamborileando sus largas uñas acrílicas sobre su escritorio.
—Pues se ve muy mayorcita para él —dijo Rubí, escupiendo veneno—. Y con esa ropita, qué ridícula. Sin blusa debajo del saco. Pidiendo a gritos que le miren las tetas.
—No seas envidiosa, preciosa —se burló Rodrigo de ella—. Esa culona por lo menos se ve que tiene tetas naturales, no como otras…
Pero rubí ni siquiera lo escuchó, más bien seguía especulando.
—¿Y esa puta será casada o soltera? Digo, para saber si le gusta la adrenalina completa o si solo es una arribista más.
Evaristo, que había estado imprimiendo unos papeles cerca de ahí, se unió a la conversación con su típica inocencia de buenazo.
—Pues la verdad, casada o no, la mujer es guapísima —comentó Evaristo, suspirando un poco—. Tiene un porte muy elegante. Y la verdad, haría bonita pareja con David. Digo, los dos se ven del mismo nivel, guapos, como de revista.
El comentario de Evaristo dolió más que los insultos de Rubí y Rodrigo. Evaristo, sin saberlo, acababa de validar lo que yo mismo había pensado la noche anterior en el bar: que ellos dos juntos se veían perfectos, y que yo era el error en la ecuación.
—A ti todo el mundo te parece bonito, Eva —se burló Rodrigo, dándole una palmada en la espalda—. Pero te lo firmo, esa es la nueva gata de David. Ya verás que al rato la va a andar paseando por aquí como su trofeo.
Me encogí en mi silla, sudando frío. Estaba atrapado en el puto epicentro de mi propia destrucción.
El chisme se apagó lentamente cuando los teléfonos empezaron a sonar, pero la tensión en el ambiente era insoportable.
Me pasé casi una hora mirando la persiana cerrada de la oficina de David.
Cada minuto que pasaba era una eternidad.
¿Qué estaban haciendo? ¿Estaba ella de rodillas?
¿O solo estaban firmando papeles mientras él le tocaba el muslo?
De pronto, el timbre de mi extensión me sacó de mi letargo.
Sobresaltado, levanté la bocina.
—Marco, el licenciado Montenegro te quiere en su oficina de inmediato —me informó Claudia desde la recepción—. Y también a Rubí.
El corazón se me disparó. Tragué el nudo espinoso que tenía en la garganta.
—Voy para allá —murmuré.
Me levanté de mi módulo justo al mismo tiempo que Rubí. Ella me miró de reojo, alzando la barbilla con su típica actitud de superioridad, y empezó a caminar hacia las puertas de cristal moviendo las caderas. Yo la seguí unos pasos atrás, sintiendo que caminaba hacia la horca.
Rubí tocó la puerta de cristal.
—Adelante —se escuchó la voz grave de David desde el interior.
Rubí empujó la pesada puerta y yo entré detrás de ella, cerrándola lentamente a mi espalda.
El aire acondicionado estaba helado, pero el ambiente adentro de esa oficina quemaba. David estaba sentado en el borde de su inmenso escritorio de caoba. Llevaba el saco desabotonado, luciendo tan imponente y relajado como siempre.
Y Regina...
Mi esposa estaba sentada en una de las sillas ejecutivas de visitas, frente al escritorio.
Tenía las piernas cruzadas con una elegancia apabullante.
El saco blanco cruzado resaltaba sobre su piel y su cabello oscuro.
Estaba perfectamente peinada. No había rastro de sexo desenfrenado, pero la mirada que le dirigió a David mientras nosotros entrábamos era de una complicidad profunda, húmeda.
—Rubí, Marco, acerquen sillas —ordenó David, señalando con la mano.
Rubí, tratando de mantener su estatus de "favorita", le sonrió a David con coquetería.
—Claro, licenciado. ¿En qué podemos ayudarle? —dijo ella, lanzándole una mirada evaluadora, llena de celos disimulados, a Regina.
David no le devolvió la sonrisa a Rubí. Su rostro se volvió completamente profesional.
—Les mandé llamar para hacerles una presentación oficial —comenzó David, extendiendo una mano hacia mi esposa, con un gesto cargado de respeto empresarial, aunque noté cómo sus dedos rozaron levemente el brazo de ella al hacerlo—.
Les presento a la Licenciada Regina. A partir del próximo lunes, ella será la nueva Directora de Finanzas Corporativas de esta sucursal.
La cara de Rubí fue un poema. Su sonrisa coqueta se desmoronó instantáneamente. Pasó de sentirse la amante secreta a verse reducida a polvo frente a la nueva jefa. Parpadeó un par de veces, apretando la mandíbula.
—Ah... mucho gusto, licenciada —murmuró Rubí, tragándose el veneno.
Regina la miró con una frialdad gélida. Una mirada de mujer alfa que sabe exactamente lo que la otra estaba pensando. Mi esposa había escuchado el nombre de Regina la noche anterior, y ahora sabía que esa mujer era la otra puta de David.
—El gusto es mío, Rubí —respondió mi esposa, con una voz aterciopelada pero firme.
—Y tú, Marco —David clavó sus ojos verdes en mí—. Vas a reportarle todos los cierres de subsidios directamente a ella. Tendrán que trabajar muy de la mano.
—Sí... sí, licenciado. Bienvenida al equipo, Directora —logré decir, usando el título que me quemaba los labios.
Regina asintió hacia mí, sin mostrar un solo atisbo de que compartíamos la misma cama, la misma hipoteca y la misma puta vida. Jugaba su papel a la perfección.
—Bien. Eso es todo, Rubí. Puedes retirarte a seguir con las verificaciones —ordenó David, descartándola como a un pedazo de papel usado.
Rubí asintió, furiosa por el desdén, y salió de la oficina marchando rápidamente.
Hice el ademán de girarme para seguirla, pensando que la reunión había terminado, pero la voz de David me detuvo en seco.
—Tú no, Marco. Quédate. Tienes que recolectar los datos de la nueva Directora para mandarlos a Recursos Humanos y darle de alta en el sistema.
Me detuve. Mis manos empezaron a sudar de nuevo. La responsable de eso era Maca, pero la muy cabrona no había venido…
David esperó a que los tacones de Rubí se alejaran por el pasillo. La oficina quedó sumida en un silencio denso y pesado, aislado del resto del piso por los gruesos cristales dobles.
Y entonces, el tono de David cambió. La máscara corporativa se cayó de golpe, revelando a la bestia.
—Cierra la puerta con seguro, Marco —ordenó, y su voz ya no era la del CEO, era la del amo del penthouse.
Me quedé helado. Obedecí mecánicamente. Llevé la mano a la perilla y giré la mariposa metálica. El clic del seguro resonó como un disparo en el cuarto.
Apenas escuchó el seguro, David se apartó del borde del escritorio. Caminó hacia Regina. Ella lo miró desde abajo, y toda esa frialdad de mujer alfa se derritió en un instante.
David la agarró de la cintura con sus dos manos enormes y tiró de ella hacia arriba, levantándola de la silla de visitas. Con un movimiento fluido y lleno de posesión, se sentó él mismo en su sillón ejecutivo de piel y jaló a Regina para que se sentara a horcajadas sobre sus piernas.
—David... no... —susurró Regina, soltando una pequeña risita nerviosa, apoyando las manos en el pecho de él, mirando de reojo hacia donde yo estaba parado—. Aquí no... nos pueden escuchar.
No era una negativa real. Era el pudor de una mujer que todavía no se acostumbra a ser corrompida a plena luz del día, en una oficina corporativa.
—Shhh... a mi perra le encanta que la miren ¿no? —le susurró él, acercando su rostro al de ella, ignorando sus tibias protestas.
—Pero no que me escuchen… los de afuera.
David la besó. La besó obscenamente, metiéndole la lengua en la boca.
Regina cerró los ojos y se dejó hacer, rindiéndose de inmediato.
Yo estaba a dos putos metros de distancia, sosteniendo una libreta de notas institucionales, viendo cómo mi esposa se entregaba a mi jefe en el sillón que todos respetaban.
—Saca tu pluma, analista —me ordenó David, sin soltar los labios de Regina—. Haz tu trabajo. Empieza con las preguntas de Recursos Humanos.
El sadismo era total. Quería que yo fuera el burócrata patético que registraba el ingreso de mi esposa a la empresa mientras él le metía las manos al cuerpo.
—Nombre... nombre completo, por favor... —balbuceé, sintiendo que las piernas me temblaban.