Capítulo 1 #2
—Sí... sí, ahorita lo cuadro. Es una póliza rezagada —balbuceé, sin saber cómo reaccionar.
David levantó la vista. Sus ojos verdes, serios y calculadores, se clavaron en los míos.
—En la oficina, soy tu jefe, Marco. Y tú eres mi analista estrella. El negocio es el negocio, y a mí no me gusta perder dinero. ¿Quedó claro?
—Claro... clarísimo, David.
—Perfecto. Porque la empresa está a punto de hacer unos ajustes importantes en el organigrama y no quiero errores en tu departamento —David se recargó en el sillón de piel negra, entrelazando los dedos sobre el estómago—. Te lo comenté ayer. Quiero a Regina aquí.
Sentí que la sangre se me helaba en las venas.
—¿Qué...? —dije, sabiendo exactamente a dónde iba.
David asintió lentamente, y una sonrisa pequeñita, casi imperceptible, asomó en la comisura de sus labios.
—Lo de la oferta de trabajo que escuchaste ayer no era parte de ningún jueguito sádico para excitarte, Marquito.
Yo no mezclo la calidad empresarial con mis cogidas.
Regina es una mente brillante. Revisé su currículum y su historial en ese despachito miserable donde la tienen atascada.
Es un Ferrari estacionado en un pinche garaje de lámina.
Tragué saliva. Mis piernas temblaban bajo el pantalón de vestir.
—David... no puedes hablar en serio —supliqué en un susurro, acercándome al escritorio—. Te la entregué. Cumpliste tu fantasía. Tienes el control total sobre nosotros. Pero no la metas aquí... no la traigas a la oficina. Me vas a volver loco. Me vas a destruir la puta vida.
David suspiró, levantando una ceja.
—Me caga la gente egosíta, Marco. ¿Ni siquiera por qué le estoy haciendo un favor a tu esposa me lo agradeces?
—Es que ella ya tiene un trabajo, ¿la vas hacer renunciar a él, donde ha estado establemente desde hace años?
—Ella tomó su propia decisión. Es una mujer adulta, ambiciosa y con ganas de devorarse el mundo. Anoche, después de que tú le quitaste la bata y la dejaste impecable en mi cama, platicamos de negocios mientras le masajeaba las nalgas adoloridas.
Mierda. El dolor en el pecho era insoportable.
—Aceptó mis términos —continuó David, con una frialdad que me aniquilaba—. Le igualé su sueldo, le di el treinta por ciento más, los bonos y su oficina privada. Va a entrar como Directora de Finanzas Corporativas de esta sucursal. Me va a reportar directamente a mí.
Se me cayó el mundo encima. Mi propia esposa se convertiría en un alto mando dentro de la misma puta empresa donde yo me partía el lomo como un simple analista. Iba a ganar más que yo. Iba a tener más poder que yo.
Iba a estar a escasos metros de la oficina de David, ocho horas al día, cinco días a la semana. ¿En la oficina de al lado?
—¿Cuándo... cuándo entrará? —pregunté, sintiendo que me desmayaba.
—Empieza oficialmente el lunes. Pero los trámites administrativos se harán hoy.
—¿Cómo que hoy?
—Sí. Hoy tiene que firmar su contrato de confidencialidad y hacer su onboarding con recursos humanos —David miró su reloj suizo—. Debería estar por llegar.
El terror se apoderó de mi cuerpo.
—¿Hoy? ¿Ahorita?
—Sí, Marco. Y te voy a dar un consejo como tu superior —David se inclinó hacia mí, bajando la voz a un tono letal—.
En este edificio, nadie sabe que tú y ella están casados.
Tú mismo me dijiste que preferías mantener el perfil bajo.
Así que a partir de este momento, cruza esa puerta y pórtate como el puto profesional que eres.
Porque para efectos legales y corporativos, ella es la nueva Directora, y tú eres su subordinado.
Y no quiero escenitas de celos baratos en mis pasillos. ¿Entendido?
Asentí mecánicamente, incapaz de articular una sola palabra. Estaba atrapado en una red de acero. David no solo me la había quitado en la cama; me la estaba quitando en la vida real, elevándola a un estatus donde yo no era digno ni de mirarla a los ojos sin bajar la cabeza.
Agarré mi carpeta con los errores y salí de su oficina de cristal.
Caminé hacia mi módulo arrastrando los pies. Me senté, hiperventilando. Abrí el Excel, pero los números bailaban frente a mis ojos. El sudor frío me escurría por la nuca.
El reloj de mi computadora marcaba las 10:45 am.
El murmullo de la oficina seguía igual. Claudia hablaba por teléfono en la recepción. Rubí se pintaba las uñas. Rodrigo reía con alguien de intendencia. Todos ignoraban que la bomba nuclear estaba a quince minutos de detonar.
¿Cómo iba a entrar? ¿Cómo me iba a mirar? ¿Iba a fingir que no me conocía? ¿Iba a saludarme como a un compañero más?
Y entonces, a las once en punto, el ruido de las puertas principales de cristal del piso me erizó la piel de los brazos.
El ruido sordo de unos tacones firmes, seguros y pesados resonó en el pasillo de mármol. No era el caminar apresurado de una oficinista asustada; era el paso de alguien segura de sí misma.
Levanté la vista lentamente, asomándome por encima de mi mampara gris.
Y ahí estaba ella.
Regina cruzó el umbral.
El impacto visual fue tan abrumador que dejé de respirar.
Llevaba puesto un pantalón de vestir de corte recto, color negro, que le moldeaba las caderas inmensas y el culazo con una precisión milimétrica, y un saco sastre cruzado, blanco, sin blusa debajo, abotonado estratégicamente para mostrar el nacimiento de sus inmensas tetas sin cruzar la línea de lo vulgar.
Su cabello oscuro estaba suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros. Llevaba unos lentes de armazón delgado que le daban un aire intelectual, duro, implacable.
Pero lo que más destacaba era su aura. Irradiaba un poder, una confianza brutal. La piel de su rostro estaba luminosa, relajada. Esa tensión crónica, esa amargura que yo le conocía de años por las deudas y el cansancio, había desaparecido por completo.
Había sido fornicada, vaciada de estrés, amada y contratada por el rey de este lugar, y se le notaba en cada poro de la piel.
El silencio se hizo denso en la oficina.
Las miradas de todos los analistas masculinos se clavaron en ella, mirándole directamente las nalgas enormes.
Hasta Rodrigo se quedó mudo a medio pasillo, tal vez preguntándose dónde la había visto antes, si es que había olvidado su rostro, y la identificaba como la compañía de David en ese bar.
Regina caminó con la cabeza en alto. Su bolso colgaba de su antebrazo.
Pasó por la zona de recepción. Claudia, que siempre se creía la dueña del piso, se encogió un poco al verla pasar, intimidada por su presencia.
Regina avanzó por el pasillo central. Iba directamente hacia la oficina de David.
Y para llegar ahí, tenía que pasar justo al lado de mi módulo.
Mis manos sudaban a mares sobre el teclado. Mi corazón latía a mil por hora. Bajé la vista hacia mi monitor, intentando hacerme invisible, rogando a Dios que pasara de largo, que me ignorara.
Pero sus tacones se detuvieron. Justo a mi lado.
Sentí el olor a su perfume floral, mezclado con un levísimo rastro de la loción de David que todavía perduraba en ella, taladrándome los sentidos.
Levanté la cabeza, lentamente.
Los ojos grises de mi esposa me miraban desde arriba. Me miraba con una profesionalidad gélida, inalcanzable. Me miraba como se mira a un extraño. A un empleado menor.
—Buenos días... analista —me dijo Regina fingiendo que leía el titulo de mi cargo en lo alto del cubículo, donde decía “Analista”, con una voz clara, perfectamente modulada, lo suficientemente fuerte para que los de los módulos cercanos la escucharan—, ¿sabe dónde puedo encontrar al jefe del área?
El trato corporativo, el desconocimiento público de nuestro matrimonio de cinco años, me partió el ego en pedazos. Ella estaba jugando el juego de David a la perfección.
Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me cerraba.
Mi verga, humillada y perversa, se endureció al instante dentro del pantalón de vestir.
Ver a mi esposa tratándome como basura, viéndola tan empoderada y hermosa frente a mis propios compañeros de trabajo, era el éxtasis de mi condición de cornudo.
—Buenos... buenos días, licenciada —balbuceé, asumiendo mi rol de perro faldero—, al fondo… por favor…
Regina no dijo nada más. Asintió muy levemente, casi imperceptiblemente, continuó su camino.
Caminó hasta las puertas de cristal de David. El macho alfa ya la estaba esperando.
David abrió la puerta personalmente. Le sonrió. Regina le devolvió la sonrisa, esa misma sonrisa radiante y devota que yo le había visto en el video de la cocina, y entró a la oficina.
La puerta de cristal se cerró.
Y cinco segundos después, las persianas horizontales de la oficina de David bajaron lentamente, bloqueando por completo la vista desde afuera, encerrándolos a los dos en una caja de privacidad absoluta.
Me quedé clavado en mi silla, con el estómago revuelto, imaginando lo que estaba pasando ahí adentro.
Imaginando si ella se estaba quitando el saco blanco para mostrarle las tetas, o si él la estaba acorralando contra el escritorio para levantarle el pantalón, dándole su premio de bienvenida en la misma oficina donde ayer yo había llorado cobrando mi fajo de dólares.
El juego había cambiado para siempre.
El mundo real y mi matrimonio se acababan de fusionar en una sola pesadilla, y yo, desde mi módulo gris, solo podía mirar las persianas cerradas y ponerme a trabajar.
En cuanto el cristal quedó opaco, el murmullo estalló en los cubículos. Como si alguien hubiera quitado el modo de silencio a la oficina entera, los chismes empezaron a correr como pólvora.
Rodrigo, que se había quedado pasmado a medio pasillo, reaccionó sacudiendo la cabeza. Se acercó hacia el módulo de Rubí, justo a un par de metros del mío, y se recargó en la mampara gris.
—¡A la madre! ¡Qué pedazo de culo! —soltó Rodrigo, sin ningún pudor, alzando la voz lo suficiente para que todos lo escucháramos.
Claudia, desde la recepción, le hizo un sonido de desaprobación.