Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 1
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Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)

Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)

Por Reina de Picas

© inepub.com

Capítulo 1

Desperté mucho antes de que sonara la alarma de mi celular.

Abrí los ojos en la penumbra de mi propia recámara.

Estaba abrazado a un trapo arrugado. El vestido verde esmeralda de Regina.

Lo tenía apretado contra mi pecho, hundiendo la nariz en la seda fría.

Me quedé inmóvil, mirando el techo blanco, mientras la realidad me caía encima como una puta loza de cemento.

Estaba solo, en nuestro cuarto matrimonial.

Mi mano viajó instintivamente hacia el lado derecho del colchón.

Liso. Helado. Intacto. Regina no había dormido aquí.

Mi esposa, la mujer con la que había compartido esta misma cama durante cinco años de matrimonio, la que me regañaba si no me lavaba los dientes antes de acostarme, se había despertado a kilómetros de distancia.

Me incorporé, sintiendo que el cuerpo entero me pesaba una tonelada. La resaca emocional me partía la cabeza.

Agarré la ropa interior de encaje negro que había recogido del piso del penthouse y la sostuve en mis manos.

La tanga todavía estaba un poco rígida en el puente de algodón por los fluidos secos.

Y entonces, las preguntas que había logrado ahogar la noche anterior con mi propia humillación y cansancio, empezaron a taladrarme el cerebro sin piedad.

¿Qué carajos habrían hecho después de que yo cerré esa pesada puerta de roble y los dejé solos?

Ella estaba limpia, humectada, envuelta en esa bata de seda color vino, acurrucada en el pecho inmenso de David. ¿Se habrían quedado dormidos así, abrazados toda la noche? ¿O él, con esa energía animal que parecía no agotarse nunca, la habría despertado en la madrugada para volvérsela a coger?

Cerré los ojos, torturándome. Me lo imaginaba apartando las sábanas gruesas a las tres de la mañana, poniéndola a cuatro patas medio dormida y ensartándosela otra vez, con la ciudad en silencio de fondo. Y ella, mi Regina, dejándose hacer, gimiendo adormilada, adorando cada embestida.

Pero lo que más me aterraba, lo que me revolvía el estómago y me producía unas náuseas espantosas, no era el sexo. El sexo ya lo había asimilado. Lo había visto en vivo, lo había limpiado. Lo que me aterraba eran sus putos sentimientos.

"No estoy enamorada de él... a ti te amo, Marco", me había dicho ella, mirándome a los ojos.

¿Pero era verdad? ¿Se puede separar el cuerpo del alma de una forma tan fría? ¿Se puede gemir con esa devoción, mirarlo con esa adoración enfermiza, besarlo, enredarse con su lengua, dormir en su pecho desnudo y luego decir que no sientes nada por él?

Las mujeres mienten. Se enamoran del poder, de la seguridad, de la fuerza. David no solo le estaba destrozando su vagina a pollazos, le estaba destrozando la voluntad.

¿Y la propuesta de trabajo? Anoche, mientras yo se la metía patéticamente intentando hacerla gemir, ellos estaban negociando un contrato blindado.

Treinta por ciento más de sueldo. Coche utilitario. Seguro de gastos médicos. Oficina privada.

David le estaba ofreciendo el mundo entero.

Le estaba dando la independencia financiera que yo, con mis miserables quincenas y mis horas extras rogadas, jamás pude darle.

Si Regina aceptaba ese trabajo, ¿qué carajos le iba a quedar de mí?

Si ella ya tenía el buen sexo, el dinero, el estatus y el poder con él...

yo me iba a convertir en un puto fantasma en mi propia casa.

Su sirviente. Su ancla a un pasado aburrido que terminaría por desechar cuando David decidiera que la quería de tiempo completo.

Me levanté de la cama de un salto, sintiendo que me asfixiaba.

Fui al baño, me metí a la regadera y abrí la llave del agua helada. Me tallé la piel con desesperación, intentando quitarme la peste a derrota. Me afeité, me un traje limpio y salí de la casa sin desayunar.

El trayecto a la oficina fue automático. Mi cerebro estaba desconectado.

Llegué al edificio corporativo pasadas las ocho de la mañana.

Entré al piso de los cubículos. Las luces fluorescentes me lastimaron las retinas.

El ruido de las sumadoras, los teléfonos y el murmullo de los analistas me pareció un insulto.

Todos vivían sus pequeñas vidas mediocres ignorando que el infierno existía y estaba en el quinto piso.

Me senté en mi módulo. Encendí la computadora. Hoy era el cierre de subsidios. Tenía que mandar el reporte antes del mediodía.

Mientras abría las hojas de Excel, sentí una presencia a mi lado.

Levanté la vista. Era Evaristo.

El pobre "Nerd" de logística traía dos vasos de café en un portavasos de cartón, pero su rostro era un poema de tristeza. Tenía los ojos hinchados, los hombros caídos y una expresión de angustia que me partió el alma.

—¿Qué onda, Eva? —le pregunté, forzando un tono normal, aunque la culpa me taladraba las costillas.

—Maca no vino hoy, hermano —me dijo él, con la voz apagada, dejando uno de los vasos de café en mi escritorio sin que yo se lo pidiera—. Te traje un americano.

—Gracias... ¿Qué pasó? ¿Está enferma o algo así?

Evaristo negó con la cabeza, recargándose en la mampara gris de mi cubículo.

—Ojalá fuera eso, Marco. No sé qué le pasa. Anoche se la pasó llorando. Me dijo que se siente enferma, pero no es físico. Me dijo unas cosas rarísimas... que no me merece, que es una mala persona, que debería cancelar la boda antes de que me arruine la vida.

Tragué saliva, sintiendo que un cubo de hielo me bajaba por la garganta.

Maca se estaba quebrando. La culpa de haber sido fornicada, humillada y grabada por el patán de Rodrigo la estaba consumiendo por dentro. No podía con el secreto. Tal vez mis palabras la última vez que hablé con ella hubieran tenido algún efecto importante, positivo en ella.

—Tal vez está alterada por lo de la boda, Eva —intenté consolarlo, usando mis mentiras piadosas—. A todas las novias les da pánico antes de casarse, sienten que no van a dar el ancho. Le pasó a la mía —En eso sí le dije la verdad—. Dale su espacio.

—Es que me asusta, cabrón. Yo la veo a los ojos y siento que estoy perdiendo a mi princesa —Evaristo se frotó la cara—. Hasta le dije que si quería posponer la fecha para que se relajara, lo hacíamos. Pero se puso a llorar más fuerte. No sé qué hacer.

Y mientras Evaristo me desnudaba su corazón, escuché las risas desde el pasillo.

Rodrigo venía caminando junto a Rubí. El rubio patán de sistemas traía su café en la mano, riéndose a carcajadas de algo que la pelirroja le acababa de decir.

Pasaron por detrás de Evaristo. Rodrigo me clavó la mirada, con esa sonrisa cínica, sádica, victoriosa.

Él sabía por qué Maca no había venido. Él la tenía destruida en la palma de su mano.

Nos miramos, cruzando esa línea invisible de complicidad asquerosa. Yo agaché la cabeza hacia el teclado, evadiéndolo.

—Ánimo, Evaristo. Vas a ver que mañana se le pasa. Tú nomás apóyala —le dije al de logística, sintiéndome la mierda más grande del universo.

—Yo sé, yo sé, gracias, Marco, por lo menos tú siempre me escuchas.

Tragué saliva.

—Ya sabes que aquí estoy para lo que necesites —le dije.

Evaristo asintió, me dio una palmada en la espalda y se fue a su lugar arrastrando los pies.

Me quedé solo con mis números.

El contraste era brutal. Maca estaba destruida por haber cedido a sus instintos, ahogada en culpa, sintiendo que no merecía a su hombre bueno.

Pero mi Regina... mi esposa no estaba llorando en una cama muerta de culpa.

Mi esposa había amanecido en el penthouse, seguramente cantando mientras le preparaba un corte de carne a su dueño, empoderada, satisfecha y lista para complacerlo.

Esa era la diferencia entre una víctima y una puta por vocación. Y eso me dolía muchísimo más.

A las nueve de la mañana, las puertas de cristal templado del quinto piso se abrieron de par en par.

El aire acondicionado pareció congelarse. El murmullo de la oficina cesó.

David Montenegro entró.

El puto rey. Llevaba un traje azul marino impecable, perfectamente untado en sus hombros anchos y su pecho inmenso. Emanaba una frescura, una energía y una autoridad al caminar que te aplastaban. Estaba recién bañado, afeitado a la perfección.

Y al pasar frente a mi cubículo, la ráfaga de aire que arrastró consigo me trajo su aroma.

Su loción maderada me remontó a la noche anterior, pero debajo de eso... debajo de eso, logré captar un ligerísimo e inconfundible rastro de lavanda.

Cerré los ojos, sintiendo un latido fuerte en el corazón. Era el jabón de sales minerales de su baño. El mismo puto jabón con el que yo había bañado a mi esposa anoche en su tina. Se habían bañado juntos hoy en la mañana. Lo sabía. Lo podía oler.

David no se detuvo en mi módulo. No me lanzó miraditas cómplices. Hoy no había juegos de morbo en el pasillo. Pasó directo, como la máquina corporativa que era, y entró a su oficina de cristal cerrando la puerta.

Dos minutos después, sonó mi extensión.

Contesté al primer timbrazo.

—A mi oficina con el pre-cierre de subsidios. Ahora —dijo David, y colgó.

Agarré las carpetas de argollas y caminé hacia las puertas de cristal. Sentía que el suelo era de gelatina. Empujé la puerta y entré.

—Hola, Marco —me saludó él, sin levantar la vista de su monitor.

Cerré la puerta. Me acerqué al escritorio de caoba y dejé los reportes frente a él.

Me quedé de pie, esperando que comenzara el bombardeo psicológico. Esperando que me restregara en la cara cómo había amanecido mi mujer, cómo se la había cogido antes del desayuno, o cuántas veces le había chupado los huevos antes de dejarla salir de su casa.

Pero David abrió la carpeta, tomó una pluma de tinta negra y empezó a revisar los números con una frialdad matemática.

—La columna C del balance operativo no cuadra con los reportes de egresos de la semana pasada, Marco.

Tienes un desfase de doscientos mil pesos —me dijo, marcando la hoja con un círculo—.

Corrígelo y me lo tienes en mi correo antes de las once y media.

Los socios de México están exigiendo los números.

Parpadeé, completamente descolocado.