Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 8 #4
79%

Capítulo 8 #4

—Regi... yo... déjame explicarte... —balbuceé, levantando las manos en un gesto de súplica patético. Las lágrimas empezaron a nublarme la vista—. Estaba asustado... yo quise ayudarla, pero ella... ella se dejó...

—¡Eres un puto cerdo! —gritó ella, y esta vez la voz se le quebró de asco puro—. ¡Te masturbaste viendo cómo arruinaban a una mujer que se iba a casar! ¡Viste cómo la destruían y tú te corriste en los pantalones en lugar de ayudar!

No pude responder. Me quedé ahí, mudo, llorando en medio de la sala del penthouse, ahogado en mi propia inmundicia.

—¿Con quién mierdas estoy casada, Marco? ¿Qué clase de pusilánime eres, cabrón?

David soltó una carcajada vibrante, oscura. Deslizó sus manos hasta su cintura, y luego bajó nuevamente hasta agarrarle el culo, estrujándole las nalgas con fuerza a través de la seda.

—¡Ahhh... David! —soltó Regina un gemido sordo, involuntario, un quejido que delataba lo hipersensible que seguía estando a pesar de su enojo.

—Pero eso no es todo, preciosa —remató mi jefe, acariciándola las nalgas sin pudor mientras ella ni siquiera hacía el intento de apartarlo, demasiado absorta en el asco que yo le provocaba—. Tu marido es tan adicto a su propia humillación, que antier vino hasta mi penthouse en la noche.

Regina parpadeó, girando la cabeza ligeramente hacia él.

—¿Y… y…a qué carajos vino aquí?

—Pensó que tú estabas aquí conmigo —continuó David, con una sonrisa sádica, apretando la cadera de mi esposa—.

Yo le abrí la puerta. Le dije que pasara sin hacer ruido.

Y el muy cabrón se quedó parado en el pasillo, en lo oscurito, agarrándose la verga otra vez mientras veía cómo otra mujer, Rubí, me la mamaba hasta el fondo de la garganta.

La revelación cayó como un bloque de cemento.

Regina frunció el ceño. Por un microsegundo, la indignación hacia mí pareció chocar con otra emoción mucho más visceral. Sus ojos se afilaron, y la línea de sus labios se endureció.

—¿Rubí? —escupió Regina, y su voz destilaba un coraje diferente, un ego femenino herido—. ¿Quién chingados es Rubí?

El tono celoso y territorial de mi mujer me partió el alma de un solo tajo. Le importaba más saber qué otra zorra le estaba chupando la verga a David que el hecho de que yo estuviera llorando frente a ellos.

—Una amiguita de la oficina. Nada importante, preciosa —respondió David con tranquilidad, dándole un beso suave en el hombro desnudo—.

Aquí lo importante es la enfermedad de tu esposo.

Vino hasta acá, cruzó la ciudad entera a medianoche para buscarte, y terminó babeando escondido en las sombras viendo cómo otra puta se tragaba mi leche.

Él no vino a rescatarte. Él vive para mirar.

Regina se quedó callada. Miró a David, asimilando la magnitud de su poder. Y luego, lentamente, volvió su mirada hacia mí.

Ya no había decepción. Ya no había la furia de una esposa traicionada. Lo que había en sus ojos grises era una claridad absoluta, fría, destructiva. Una mujer que acababa de llegar a su propio límite, convencida de que yo no valía ni un gramo del respeto que alguna vez me tuvo.

—Eres un pinche enfermo... —dijo Regina, apretando los puños a los costados de su cuerpo—.

Eres un cerdo. Todo el tiempo fingiendo ser el esposo bueno, el marido preocupado, y no eres más que un pervertido asqueroso con fetiches raros.

Me vendiste. Me apostaste por tu puta calentura, para alimentar tus fantasías de pajero.

Y encima… te gusta mirar… te gusta mirar…

a esas otras mujeres… y a esa tal Maca… ni siquiera la ayudaste.

¡Pero de qué estas hecho, cerdo de mierda!

—¡Regina, por favor, te juro que te amo!

Regina soltó una carcajada seca que me heló la sangre.

Se enderezó, echando los hombros hacia atrás, empujando sus enormes senos hacia el frente.

La decencia se le resbaló del cuerpo junto con la culpa.

Si yo era un enfermo que la había empujado a este infierno por morbo, ella no iba a ser la víctima. Iba a ser mi verdugo.

—¿Así que te gusta mirar, cabrón mirón? —me preguntó ella, con una voz profunda, oscura, venenosa—. ¿Te excita ver cómo se cogen a otras mujeres en la oscuridad? ¿Te excita imaginar a tu propia esposa retorciéndose por la verga de otro hombre?

Di un paso atrás, aterrado por el cambio en su actitud. Su mirada era la de una depredadora.

—Pues entonces... ahora mismo vas a mirar —sentenció Regina, implacable, sepultando los últimos restos de nuestro matrimonio en el suelo de mármol del penthouse.

Se volteó lentamente hacia David. Lo miró a los ojos con una lujuria desbordante, descarada. Llevó su mano blanca y regordeta directamente hacia la bragueta del pantalón de mi jefe, y con una sonrisa que me rompió la mente en mil pedazos, le dio la orden:

—Sácatela, David. Es hora de darle a este cornudo el espectáculo que tanto quiere.

—¡Regina, basta! —grité yo, pero ella me ignoró.

David me miró con una sonrisa siniestra, y le preguntó a ella, con sadismo:

—¿Segura que me la quieres mamar delante de tu marido, putita?

—A él le gusta mirar, ¿no?, por eso comenzó toda esta mierda. Pues entonces que este pendejo vea cómo me la trago toda… hasta el fondo.