Capítulo 9
Las palabras de mi esposa me llegaron a mi pecho como si fueran balazos. Los latidos de mi corazón me reventaban por dentro.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba mi respiración errática, un jadeo asfixiado que no lograba llevar oxígeno a mis pulmones. Estaba congelado, de pie en medio de la inmensa sala de mármol, con la camisa desabotonada y el alma hecha pedazos.
David no dudó. Su sonrisa se ensanchó, transformándose en una mueca de victoria total. Llevó sus manos grandes hacia su pantalón. El sonido metálico hizo eco como un disparo. Luego, el ruido de la cremallera bajando.
—No... Regina, por favor... no hagas esto... —supliqué con un hilo de voz, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos.
Pero ella ya no me escuchaba. Sus ojos grises estaban fijos en la entrepierna de mi jefe.
David se sacó la verga.
El enorme pollón saltó hacia afuera, pesado, oscuro, venoso, latiendo con una fuerza brutal.
Era una polla inmensa. Ya la había visto en fotos, la había visto en el video, la había visto de lejos, a oscuras, la noche en que él estaba con Rubí, pero tenerla ahí, a tres metros de distancia, en vivo y a todo color, a punto de ser engullida por la mujer que me juró fidelidad en el altar, me partió el cerebro en dos.
Y entonces Regina me miró, y luego se puso de rodillas.
El sonido de sus rodillas golpeando el piso de mármol fue seco.
Su vestido verde esmeralda se arrugó alrededor de sus caderas.
Desde mi ángulo, la visión era una obra de arte de la perversión: su espalda ancha, su cintura marcada por la seda, y debajo, asomándose por la abertura de la falda, los ligueros negros de encaje tensando las medias oscuras sobre sus muslos lechosos, terminando en esos tacones de aguja que la hacían ver como una puta de altísimo nivel.
David dio un paso hacia ella, imponiendo su presencia, obligándola a levantar un poco la cabeza.
—Abre la boquita, preciosa —le ordenó David, en un tono suave, seductor, pero que no admitía réplica. El tono de un amo hablándole a su mascota favorita—, que te vea la lengua, mi amor.
Regina no lo dudó. No hubo asco, no hubo resistencia. Abrió sus labios pintados de un tono nude profundo, sacó un poco la lengua y tomó la cabeza de la verga.
Levantó la vista hacia él, y luego, lentamente, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos grises se clavaron en los míos con una mezcla de desprecio y excitación cruel.
—¿Esto es lo que querías ver, Marco? —preguntó con voz ronca, casi susurrando, con sus labios pegados en la punta de la cabeza del falo de su amante—. ¿Querías verme de rodillas, tragándome la verga de otro hombre?
Mi mujer no esperó respuesta. Llevó sus manos a la polla monstruosa de David. La sostuvo con las dos manos, admirándola, pesándola. La verga latió en sus palmas.
—Dios mío… qué grande es —murmuró ella, casi para sí misma, con un tono de reverencia que me destrozó—. Es mucho más gruesa que la tuya, Marco. Mucho más caliente, ¿la ves?
Se inclinó hacia adelante. Sacó la lengua otra vez y lamió lentamente desde la base hasta la cabeza, dejando un rastro brillante de saliva.
—Mmm… sabe rico —gimió ella, mirándome de reojo—. Sabe a hombre de verdad.
Abrió la boca y se metió la cabeza. Sus labios se estiraron al máximo. No le cabía completa, y eso me tenía al borde del colapso. Y entonces ella empezó a chupar con lujuria, moviendo la cabeza en círculos lentos.
Slurp… slurp…
—Glup… mmmhh… —gemía ella con la boca llena, sin sacarla, sin podérsela meter completamente, luego se la sacaba sólo para decirme—. Mira, Marco, es tan gruesa que apenas me cabe… me está abriendo la boca, Marco… ¿ves cómo me cuesta tragármela?
David soltó un gruñido de placer y le puso una mano en la cabeza, guiándola. Y ella se la chupó. Le daba lamidas de adoración. Luego, de pronto, se la sacaba y le daba besitos en la punta del glande, y yo sentía que me moría.
Entonces mi esposa se la volvía a meter, hasta donde podía abarcar semejante longitud y grosor, y luego se la sacaba, jadeando, con hilos de saliva colgando de sus labios hinchados.
—¿Esto es lo que te excita, cornudo? —me preguntó, mirándome directamente, con la voz rota por la saliva y la lujuria—. ¿Ver cómo tu esposa se arrodilla como una puta barata y se traga la verga de tu jefe?
Volvió a metérsela. Esta vez más profundamente. Empujó hasta que la mitad desapareció en su garganta.
Glup… glup… glup…
—Ghhh… glup… —se ahogaba ella, pero no paraba. Las lágrimas le corrían por las mejillas por el esfuerzo, pero seguía chupando con devoción
Y es que era tan grande, que muy seguramente le llegaba el glande hasta la garganta…
Y entonces mi mujer se sacó la verga con un plop húmedo de nuevo, y la golpeó contra su lengua varias veces, mirándome, conectando sus pupilas con la mía, una conexión sádica, cómplice, irreal.
—Dime, cornudito —jadeó, con la voz pastosa de saliva—, ¿te excita verme así? ¿Te excita saber que tu esposa es una puta para otro hombre? Porque a mí sí… me encanta… me encanta sentirme sucia… me encanta que David me use la boca como un agujero.
Y volvió a tragársela con furia. Movía la cabeza rápido, chupando con sonidos obscenos y húmedos.
Slurp… glup… slurp… glup…
Y yo estaba como estúpido allí, mirando, mientras mi mujer se metía y se sacaba ese falo enorme de su boca, solo para decirle:
—Ghhh… mmmhh… ¡qué rica verga tienes, David!
—¿Te gusta mi vergota enorme, mami?
—Mmhhh, sí, mucho.
—¿Te gusta más que la de ese? —le preguntó, señalándome con la mirada.
—Mhhhg, sí, sí… Es mucho mejor que la de mi marido… mucho más gruesa… mucho más dura… mucho más larga… y me está destrozando la garganta y me encanta…
David le agarró el cabello con más fuerza y empezó a follarle la boca con movimientos cortos y profundos.
Regina se dejó usar cual muñeca de sex shop. Sus ojos llorosos seguían fijos en mí.
—Glup… glup… glup… —se ahogaba, pero seguía mirándome.
Y mentalmente ella me decía “¿Ves, Marco? ¿Ves cómo me la trago toda? ¿Ves cómo me estoy ahogando con una verga de verdad? Esto es lo que mereces ver… esto es lo que te mereces por venderme… por ser un pajillero de mierda…”
Sacó la verga un segundo, jadeando, con la cara empapada en lágrimas y saliva, solo para decirme:
—Dime que te gusta, Marco… Dime que te excita ver a tu esposa convertida en una puta para tu jefe.
Y entonces ocurrió lo inevitable. A pesar del dolor, a pesar de que acababa de descubrir que mi mujer me despreciaba por ser un voyerista, mi propia enfermedad mental me secuestró.
La visión de mi esposa, elegantísima, de rodillas, humillándose voluntariamente y disfrutándolo, me encendió la sangre.
Llevé mi mano derecha a mi pantalón. Agarré mi propia verga, que ya estaba dura, palpitando, cubierta aún con los fluidos de Regina por mi intento fallido de hace unos minutos, y empecé a masturbarme.
Regina me miró, y sonrió con crueldad, diciendo:
—Eres patético, Marco…
Y volvió a metérsela hasta el fondo, tragándosela con ganas, chupando con toda su alma, como si quisiera demostrarle a David —y a mí— que ya no me pertenecía.
Glup… glup… glup… glup…
Los sonidos húmedos y obscenos llenaban la sala mientras mi esposa le hacía la mamada más apasionada y degradante de su vida… delante de mí.
Entonces David me miró de reojo. Su sonrisa sádica se iluminó al verme de pie, pajeándome con el espectáculo.
Y yo volví a mirar a Regina, que estaba de rodillas, con la verga de David metida hasta la mitad de la garganta.
Sus labios estirados al máximo, los ojos llorosos por el esfuerzo, pero no paraba.
Chupaba con hambre, con devoción, moviendo la cabeza de arriba abajo mientras los sonidos húmedos llenaban la sala.
Slurp… glup… slurp…
David soltó un gruñido de placer y le agarró el cabello con más fuerza, controlando el ritmo. Miró hacia abajo, hacia mi esposa, y sonrió con esa arrogancia sádica que tanto odiaba.
—Mueve el culo como las perras, mami —le ordenó con voz grave, ronca de placer—. Muévelo para mí. Pero no dejes de darle besitos a mi verga… y luego escúpela… como te he enseñado.
Regina sacó la verga de su boca con un plop húmedo. Un hilo grueso de saliva conectó sus labios hinchados con la cabeza brillante de David. Respiraba agitada, con la cara empapada.
—Sí, mi amor… —susurró ella, obediente, casi en trance.
Y la palabra “mi amor” me dejó destrozado, sin aliento, aterrorizado.
Y entonces mi mujer, mi amada esposa, se humilló, se degradó, y se puso a cuatro patas sin soltar la verga. Apoyó una mano en el muslo de David para mantener el equilibrio y empezó a mover el culo como una perra en celo.
El vestido verde esmeralda se le había subido hasta la cintura, dejando completamente expuestas sus nalgas grandes y blancas. La tanga negra se le clavaba entre ellas. Los ligueros y sus medias estirándose.
Y ella movía las caderas en círculos lentos, provocadores, haciendo que su culo carnoso se bamboleara de un lado a otro.
—Mira cómo muevo el culo para ti, David… —gimió ella, mirándolo desde abajo con ojos vidriosos—. ¿Te gusta verme así? ¿Como una perra?
—Así, preciosa… muy bien —gruñó David, acariciándole la cabeza como a una mascota—. Ahora dale besitos a mi verga.
Regina sacó la lengua y empezó a kissing la verga de David con devoción. Besos suaves, húmedos, sonoros. Besaba la cabeza, bajaba por el tronco, subía de nuevo. Le daba besitos tiernos, casi amorosos, mientras seguía moviendo el culo en círculos lentos y obscenos.
Muah… muah… muah… —se escuchaban los besos húmedos—. Me encanta tu verga… es tan grande… tan rica…
David soltó una risita oscura.
—Ahora escúpela, puta. Escúpela toda.
Regina abrió la boca, sacó la lengua y escupió un chorro grueso de saliva sobre la verga de David. El escupitajo cayó pesado, brillante, cubriendo toda la longitud. Luego, sin que él se lo pidiera, ella misma lo untó con la mano, masturbándolo despacio, extendiendo su propia saliva.
—¿Así, mi amor? —preguntó ella, con la voz rota, casi suplicante—. ¿Te gusta que tu puta te escupa la verga mientras muevo el culo para ti?