Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Gastos médicos mayores, caja de ahorro, y carro utilitario a los seis meses —confirmó David, bebiendo su whisky, mirándome a mí por encima del hombro de mi esposa con una expresión de burla absoluta—.

A los empleados que me rinden bien, los trato como reyes.

Especialmente si saben cómo... hacer su trabajo.

Dejé de embestir.

Las fuerzas me abandonaron por completo. Mis brazos temblaban. Mis rodillas cedieron y estuve a punto de caerme al suelo de mármol.

La saqué.

Mi verga salió de su vagina empapada con un ruido húmedo, triste y vacío. Estaba medio flácida, cubierta por los jugos espesos de mi mujer, esos fluidos que habían sido invocados por la mente maestra de David y no por mis caricias.

Regina ni siquiera se dio cuenta al instante de que ya no estaba adentro.

Se tomó un par de segundos para incorporarse, bajándose la falda verde esmeralda con las manos, alisando la seda sobre sus nalgas para quitarle las arrugas, como si acabara de salir de usar el retrete.

—Bueno —dijo Regina, girándose hacia mí, arreglándose la gargantilla negra en el cuello—. Ya pasó. Ya te di el gusto, Marco. Ya hiciste tu intento.

Me miró. Estaba ahí parado, sudoroso, humillado, con la camisa blanca desabotonada y los pantalones en el suelo, con la polla encogiéndose a la vista de todos.

No me dijo que le di asco. No me dijo que fui rápido. Su reacción fue mil veces peor.

Me miró con una profunda y absoluta lástima.

—No me digas que te corriste dentro de mí —dijo de pronto.

—No… —contesté con la voz apagada.

—Vístete, entonces, Marco. Por favor —murmuró ella, desviando la mirada hacia el ventanal, como si mi imagen patética le diera vergüenza ajena—. Ya no te humilles más. Es deprimente.

David se puso de pie. Dejó el vaso vacío sobre la mesa de cristal. Se acercó a nosotros con pasos lentos y pesados. El macho alfa había terminado de jugar con su comida.

—Ya la oíste, Marquito. Súbete los pantalones —dijo David, parándose justo al lado de Regina, apoyando una mano inmensa y protectora en la parte baja de la espalda de mi esposa, justo sobre la seda esmeralda.

Y Regina, la mujer que me había jurado amor en el altar, no se apartó. Se recargó ligeramente en la mano de David, buscando el calor y la firmeza del hombre que sí sabía hacerla temblar.

—Tuviste tu oportunidad. Quisiste jugar en las grandes ligas y te rompiste tú solo —sentenció David, mirándome desde su altura—. Ella ya tomó su decisión. Vete a tu casa, Marco. Deja que los adultos terminemos de hablar de negocios... y de otras cosas.

Me agaché. Con las manos temblorosas, agarré mis pantalones y me los subí, tropezando, casi cayéndome. Me abroché el cinturón sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos. Agarré mi saco del suelo.

—No me iré de aquí sin mi esposa, David —dije, todavía temblando por la humillación que acababa de pasar.

—¿Te quieres ir con él? —le preguntó David entonces a mi esposa—, ¿te quieres quedar? ¿O dónde quieres estar?

Regina se estaba acomodando el largo del vestido, sus propias medias, tan sensuales que tenía.

—La verdad es que no quisiera estar en ningún lado. Ambos son detestables, David, tú y Marco.

David sonrió, casi divertido.

—Lo sé, preciosa, pero por lo visto, entre estos dos detestables, hay uno que cuando te la mete sí te hace bramar como perra.

Y sentí una punzaba en el pecho. ¿La había llamado perra? ¿En qué momento Regina le soltaría una bofetada? ¿A qué hora iba a soltarle una sarta de obscenidades por faltarle al respeto de esa manera?

Y, sin embargo, ella no dijo nada. Se acercó a la barra y se sirvió otra copa. David fue detrás de ella, y le dio un azote en el culo, y ella lanzó un gemido “Ahhmmm”, el gemido que a mí no me había regalado.

—No me pegues tan fuerte —dijo ella entonces, en lugar de reclamarle que no la tocara más, en lugar de decirle que no la azotara porque yo estaba delante de ellos.

No, ella lo que quería es que no la azotara tan fuerte.

—Uy, mami —se rio mi jefe—, otras veces no te has mostrado tan exigente, es más, hasta me pides que te de más fuerte.

—Ya basta —contestó Regina tajantemente, dando un trago.

Entonces David se giró hacia mí, fingiendo una epifanía, iluminando su rostro con un brillo malicioso, destructivo.

—Ah, ya, ya caigo. Es por tu marido, ¿no? Por eso estás tan tensa —David soltó una risita seca, acariciándole descaradamente la cadera a mi mujer—. Pero no te preocupes, Regina preciosa, a él no le importa. ¿Verdad que no, Marquito?

—Déjala en paz, David. ¡Deja de tocarla si ella no quiere! —dije yo, alzando la voz, tratando de sonar determinante, aunque mis cuerdas vocales vibraban de puro terror.

Pero David me ignoró. Me miró con una superioridad que me encogió el escroto y, sin apartar la mano de la seda verde del vestido de mi esposa, clavó el último puñal.

—De hecho, le gusta mirar —dijo David, arrastrando las palabras—. ¿Tú sabías, Regina, que a tu maridito le gusta mirar cómo se cogen a otras mujeres?

Regina dejó la copa de vino sobre la barra de granito. Se giró hacia nosotros. Frunció el ceño, completamente descolocada, sin entender a lo que David se refería.

—Tengo entendido que tu marido estuvo en la fiesta de Maca, ¿la conoces, Regina?

Una chica de nóminas, tierna, a punto de casarse con un pobre diablo de logística —dijo David, paseándose lentamente alrededor de mi esposa, como un tiburón rodeando a su presa—.

Resulta que a la pobre princesita la emborracharon, la acorralaron en un cuarto y se la cogieron sin piedad.

¿Y sabes dónde estaba tu intachable esposo, Regina, mientras a la otra le desbarataban el culo y le arruinaban su futura boda?

Regina me miró. Su rostro, antes inexpresivo, comenzó a mostrar un destello de genuina repulsión.

—¿De qué estás hablando? —preguntó ella, apretando los labios.

—Tu marido estaba escondido en la oscuridad, en la misma habitación —continuó David, deteniéndose justo detrás de ella y apoyando sus dos manos enormes en las nalgas de mi mujer—.

Estaba escondido como una rata, viéndolos follar.

Le gusta tanto mirar, preciosa, que según me contaron, se corrió en sus pantalones ahí mismo, en el rincón, como un puto pajillero de mierda.

El oxígeno abandonó mis pulmones. El color se me drenó de la cara. El secreto más vergonzoso de mi vida acababa de ser expuesto en voz alta.

Regina se quedó paralizada. Su respiración se detuvo por un segundo. Su mente analítica conectó los puntos a una velocidad aterradora. Sus ojos grises se abrieron de par en par, y la indignación se mezcló con un asco tan profundo que me dio náuseas.

—Esa mancha... —susurró Regina. El recuerdo la golpeó de lleno. Dio un paso hacia mí, apuntándome con un dedo tembloroso—. ¡La mancha de la madrugada del sábado! Cuando llegaste a la casa apestando a alcohol y a mecos... ¡¿Fue por eso, Marco?!