Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capitulo 4 #2
34%

Capitulo 4 #2

Aparqué mi sedán modesto a una cuadra de distancia y caminé hacia la entrada principal.

Los inmensos cristales del lobby brillaban con lujo, reflejando las luces de la ciudad como un puto palacio inalcanzable.

El guardia de seguridad, un hombre alto, fornido, de traje negro impecable y expresión de piedra, me vio acercarme desde lejos y se paró justo frente a la puerta corrediza, bloqueándome el paso con su cuerpo.

—Buenas noches, señor —dijo con voz neutra pero firme, escaneándome de arriba abajo. Su mirada se detuvo en mi traje arrugado, en mi corbata torcida, en mi cara empapada de sudor y lágrimas secas—. ¿A dónde se dirige?

—Voy al penthouse —respondí, intentando que mi voz no temblara tanto—. Al departamento del señor David Montenegro.

El guardia arqueó una ceja, claramente escéptico. Cruzó los brazos sobre el pecho ancho.

—¿Lo están esperando? No tengo ningún aviso en bitácora. Permítame anunciarlo.

—No, no… yo le llamo —dije rápidamente, sacando el celular con manos torpes.

El guardia no se movió ni un centímetro. Siguió mirándome como si fuera un mendigo intentando colarse en un hotel cinco estrellas.

—Señor, tengo órdenes estrictas. Nadie sube a los penthouses sin confirmación previa. Especialmente a esta hora. ¿Es usted familiar, amigo o…?

—Soy… soy su empleado —mentí a medias, sintiendo cómo se me cerraba la garganta—. Trabajo con él. Es urgente. Por favor, solo déjeme pasar.

Tampoco podía decirle que había ido a buscar a mi esposa, quien posiblemente en ese momento estuviera a cuatro patas, recibiendo la enorme polla de David.

Sin embargo, el guardia negó lentamente con la cabeza, sin apartarse de la puerta.

—Lo siento, pero no puedo. Si quiere, puedo marcarle yo mismo desde la recepción y confirmar lo que usted me dice. Así que dígame su nombre completo, por favor.

—Marco… Marco Antonio —respondí, ya sudando más—. Mire, no tengo tiempo para esto. Él me está esperando. Es un asunto personal.

—Todos dicen lo mismo, señor —contestó el guardia con tono cansado pero inflexible—. ¿Tiene alguna identificación? ¿Credencial de la empresa? ¿Tarjeta de acceso?

Saqué mi cartera con dedos temblorosos y le mostré mi identificación. El guardia la tomó, la revisó con calma exagerada, iluminándola con su linterna.

—Marco Antonio… sí, aquí está. Pero sigue sin haber registro de visita. ¿Me permite llamar al señor Montenegro?

—¡No! —casi grité, bajando la voz de inmediato al darme cuenta—. No… no es necesario. Él ya sabe que vengo. Por favor, solo déjeme subir. Es muy importante.

El guardia me devolvió la credencial y me miró directamente a los ojos, evaluándome como si pudiera leer mis intenciones enfermizas.

—Señor, entiendo que es urgente, pero las reglas son claras. Si sube alguien sin autorización y pasa algo, soy yo el que pierde el trabajo. ¿Por qué no lo llama usted y me deja hablar con él un momento? Solo para confirmar.

Tragué saliva. Sabía que si David contestaba y oía los ruidos de fondo, todo se iría a la mierda. Pero también sabía que si seguía insistiendo, el guardia podía llamar a la policía.

—Está bien… déjeme intentarlo —murmuré, alejándome unos pasos y marcando con el corazón en la garganta.

Saqué mi celular, alejándome unos pasos de la entrada. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Le marqué a David.

Un tono.

Dos tonos.

Tres.

Cuatro.

Estaba a punto de mandarme a buzón, cuando el tono se cortó. La llamada se conectó.

—Marco, no mames... —La voz de David sonó grave, rasposa, arrastrando la palabra.

Pero no fue su voz lo que me heló la sangre. Fue el sonido de fondo.

A través del auricular, con una claridad asquerosa y perfecta, escuché el ruido húmedo de carne y saliva.

Slurp... slurp... glup...

Eran unos chupetones obscenos, largos y dedicados. El inconfundible sonido de una boca succionando una verga, atragantándose con ella.

—Mmm... ahhh... —se escuchó un gemido femenino, ahogado por la inmensidad del miembro que le ocupaba la garganta.

Sentí que las rodillas me iban a ceder ahí mismo en la banqueta. La calle a mi alrededor empezó a dar vueltas.

—David... —sollocé, con un hilo de voz, sintiendo que me moría por dentro—. Necesito… subir… Déjame subir.

—Te dije que no está aquí, cabrón... ahhh, despacio, mami... —gruñó David a través de la línea, soltando un suspiro de placer mientras el sonido de succión se volvía más rápido y furioso.

—¡La estoy escuchando... por favor, David...! —supliqué, humillándome, llorando abiertamente, pegando la frente al cristal frío del edificio—. Déjame verla...

David soltó una risita suave. Una risa cargada de una lástima monumental.

—Sube pues, pobre diablo... —cedió él, con un tono de condescendencia brutal—. Dile al guardia que vienes al penthouse 402. Pero hazme un puto favor, Marco... entra callado. La puerta está sin seguro. Pasa, pero por favor, no interrumpas.

La llamada se cortó.

Me quedé mirando el celular. "¿No interrumpas?".

Las palabras se me clavaron en el cerebro. Me estaba invitando a mi propia ejecución. Me estaba abriendo la puerta para que presenciara en vivo y a todo color cómo mi esposa se consolaba chupándole la verga a su dueño.

Caminé hacia el guardia, y dije fuerte.

—Pero David… El guardia no me deja subir. Dile que me deje pasar, por favor.

Hubo un segundo de silencio. Escuché de fondo un sonido ahogado, como un gemido amortiguado. David soltó un suspiro lento.

—Pásamelo.

Le entregué el teléfono al guardia con la mano temblando. El hombre habló brevemente, escuchó, asintió un par de veces y me devolvió el celular.

—Está bien, tengo la autorización del señor Montenegro —dijo finalmente, aunque seguía con cara de desconfianza—. Vaya al Penthouse 402. Pero le advierto que si hay algún problema, llamaré a la policía. Que pase una buena noche.

—Sí, sí, gracias.

Entonces la puerta corrediza se abrió con un zumbido suave. Entré casi corriendo, sintiendo la mirada del guardia clavada en mi espalda hasta que el elevador se cerró.

Me subí. Apreté el botón del último piso. Durante el ascenso, el estómago se me revolvía. La erección en mi pantalón era una roca ardiente, latiendo al ritmo de mis propios sollozos. Estaba aterrorizado, pero el morbo me jalaba hacia arriba como un imán.

Las puertas del elevador se abrieron en un pequeño y lujoso recibidor privado.

Solo había una puerta inmensa de madera oscura. Agarré el pomo de metal, giré la perilla lentamente. David no mentía; no tenía seguro. Empujé la puerta y entré al penthouse.

El lugar estaba casi todo a oscuras. Las penumbras eran iluminadas únicamente por los inmensos ventanales que dejaban entrar las luces de la ciudad a lo lejos, proyectando sombras alargadas sobre los muebles de diseñador y los pisos de mármol.

El olor era embriagador. Una mezcla de la loción de David, alcohol caro y el penetrante aroma a sexo crudo y saliva.

Caminé a pasos cortos, silenciosos. Mi respiración era un jadeo que intentaba ahogar mordiéndome el labio. Sentía que la cabeza me iba a estallar.

Al fondo del inmenso pasillo principal, vi la entrada de una habitación enorme. La puerta estaba abierta de par en par. La oscuridad ahí adentro era aún más densa, rota solo por los destellos de la ciudad y una pequeña lámpara de cortesía apagada a medias.

Me acerqué, pegándome a la pared fría, asomando apenas la mitad de mi rostro por el marco de la puerta.

Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a las penumbras.

En el centro de la inmensa habitación, vi la cama king size. Las sábanas blancas estaban revueltas, formando sombras sobre el colchón.

Ya había visto esa imagen en aquél video, sólo que ahora… todo lo presenciaba con mis propios ojos, ahora todo era real.

Y entonces lo vi.

Y ahí estaba él.

David estaba sentado a la mitad de la cama, recargado hacia atrás contra la cabecera acolchada, con las piernas abiertas, descansando los brazos detrás de la cabeza en una postura de relajación y poder absoluto.

Entre sus piernas, de rodillas sobre el colchón, había una mujer.

No lograba distinguir su identidad. La oscuridad y la posición me ocultaban su rostro por completo. Solo veía los contornos.

Pero yo sabía que era ella. ¿Quién más podría ser? Regina había huido del restaurante destrozada, buscando refugio en el único hombre que le había hablado con la verdad.

Me quedé ahí, paralizado, escondido en las sombras, observando lo que la mujer hacía.

El sonido era mil veces más pornográfico en vivo.

Slurp... slurp... glup... ahhh...

La mujer seguía de rodillas en el centro de la cama king size. Completamente desnuda. Su espalda pálida y curva se movía rítmicamente hacia adelante y hacia atrás. Su cabeza subía y bajaba con un ritmo constante, casi mecánico, pero lleno de hambre.

Entre sus muslos gruesos y abiertos, su culo oscurecido por las sombras se balanceaba ligeramente. No alcanzaba a ver su cara. Solo veía el cabello suelto cayendo sobre sus hombros y me imaginé la forma en que su garganta se tensaba cada vez que bajaba hasta el fondo.

David estaba recostado contra la cabecera, completamente relajado, con las manos detrás de la cabeza y las piernas abiertas. Su verga enorme, gruesa y brillante de saliva, desaparecía una y otra vez dentro de la boca de la mujer. Cada vez que ella bajaba, se escuchaba un sonido húmedo, obsceno:

Glup… slurp… glup…

Largo, lento, deliberado. Ella se atragantaba un poco cada vez que llegaba al fondo, pero no se detenía.

Al contrario, parecía esforzarse más. Su mano derecha sostenía la base del miembro de David, bombeándolo mientras chupaba la cabeza con fuerza.

La izquierda descansaba sobre el muslo de él, como si necesitara apoyo para no caerse del esfuerzo.

Vi cómo la saliva le chorreaba por la barbilla, cayendo en hilos gruesos sobre sus tetas. Esas tetas… pesadas, redondas, que se balanceaban con cada movimiento de su cabeza.

¿Pero ella era Regina? El cuerpo era parecido. Las curvas anchas, las caderas generosas, la forma en que su culo se abría ligeramente cuando se inclinaba hacia adelante… Me dolía el pecho solo de mirarla.