Capitulo 4
Me quedé ahí, sentado en la mesa del restaurante, como un puto pasmarote.
El mesero de chaleco negro se acercó lentamente. Me miró con esa mezcla de incomodidad y lástima que la gente reserva para los que acaban de hacer el ridículo en público, cuando a la novia o a la esposa se le rompe el corazón a gritos y sale corriendo.
Las dos copas de vino Merlot seguían ahí, una de ellas manchada con el labial rojo de Regina. El plato de pasta estaba a la mitad.
—¿Todo bien, señor? ¿Desea que le retire los platos? —preguntó el muchacho, bajando la voz.
—La cuenta... —balbuceé. Mi propia voz me sonó ajena, como si saliera del fondo de un pozo—. Tráeme la puta cuenta, por favor.
Cerré los ojos con fuerza. Sentí que el estómago se me revolvía, amenazando con hacerme vomitar la cena ahí mismo, sobre el mantel blanco.
Pagué con la tarjeta, agarré mi saco y me levanté a trompicones.
Chocamos con una silla vacía al salir al pasillo.
Las miradas de las parejas en las otras mesas me quemaban la piel.
Salí a la calle. La noche estaba fresca, pero yo sudaba a mares. Miré hacia ambos lados de la avenida iluminada por las farolas amarillas. No había rastro de Regina. En su desesperación y asco, debía haber parado el primer taxi que vio y se había largado.
Corrí hacia mi carro. Me subí, encendí el motor y arranqué pisando el acelerador a fondo. Manejé como un loco desquiciado, pasándome dos semáforos en ámbar, con la respiración entrecortada y las lágrimas empañándome los lentes.
«Tiene que estar en la casa», me repetía a mí mismo, golpeando el volante con la palma de la mano. «Fue a la casa a hacer sus maletas. No tiene a dónde más ir. Voy a llegar, me voy a hincar, le voy a rogar, le voy a decir que fui un estúpido pero que el dinero era para nosotros...»
Mentiras. Puras putas mentiras de un cobarde que no sabe cómo arreglar el jarrón que él mismo estrelló contra el piso.
Llegué a nuestra calle. El portón eléctrico me pareció el más lento del mundo. Metí el carro a la cochera derrapando un poco, apagué el motor y me bajé sin molestarme en ponerle seguro a las puertas.
Abrí la puerta principal de un empujón tan fuerte que la madera crujió contra el marco.
—¡Regina! —grité, con la voz desgarrada, rota, casi animal. Encendí las luces de la sala de un manotazo, parpadeando bajo la luz blanca y fría que inundó todo.
El silencio me respondió como una bofetada. Un silencio denso, pesado, horrible. La casa estaba vacía. No había maletas tiradas en el pasillo, no se escuchaba el ruido frenético de cajones abriéndose, ni el llanto ahogado que esperaba encontrar.
Solo el eco hueco de mi propia respiración agitada haciendo eco contra las paredes, y el ligero, traicionero olor a su perfume floral que aún permanecía en el aire. Ese mismo perfume que se había puesto horas antes, cuando todavía creíamos —o fingíamos creer— que íbamos a salvar nuestro matrimonio.
Me quedé ahí parado en medio de la sala, con las manos temblando a los costados. El corazón me latía con tanta fuerza que parecía que iba a reventarme el pecho.
—¡Regina, mi amor! ¡Por favor…! —volví a gritar, pero esta vez la voz me salió más débil, patética, suplicante. Caminé hacia la cocina, luego al baño de visitas, encendiendo todas las luces a mi paso como si la iluminación pudiera espantar la verdad.
Nada.
—¿Regina, mi vida?
Me fui directo hacia donde pensé que estaría, a trompicones. Entré a la recámara como un huracán.
Pero la cama seguía deshecha como la dejamos en la mañana, con las sábanas revueltas donde ella se había corrido recordando a David.
Abrí el clóset de par en par. Su ropa seguía intacta, colgada en perfecto orden: las blusas de oficina, las faldas de tubo, ese vestido rojo que David le había comprado. Sus zapatos estaban acomodados en fila militar, como siempre. Ni una sola prenda faltaba. Ni una maleta. Ni una nota.
No había venido.
No quería ver mi cara. No quería pisar esta casa que yo había intentado salvar usándola a ella como moneda de cambio. La había apostado. La había vendido. Y ahora ella lo sabía todo.
Me dejé caer sentado en la orilla de la cama, con las manos en la cara.
El olor de su perfume aquí era más fuerte.
Cerré los ojos y por un segundo la imaginé sentada en esta misma cama, llorando, decidiendo que no podía volver.
Que yo ya no era su marido. Que solo era el proxeneta que la había entregado.
—Regina… por favor… —susurré contra mis palmas, sintiendo cómo las lágrimas calientes me corrían entre los dedos—. Vuelve… te juro que te explicaré todo… que fue una estupidez… que te amo…
Pero sabía que eran mentiras. Mentiras de un cornudo desesperado. Porque en el fondo, una parte enferma de mí ya estaba imaginando dónde estaba realmente: en ese penthouse, de rodillas, buscando en David el consuelo que yo nunca podría darle.
Y esa imagen, en lugar de destruirme del todo, hizo que mi verga se removiera dentro del pantalón, traicionándome una vez más.
Me odiaba. Me odiaba tanto que casi me gustaba.
Quedé ahí, sentado en nuestra cama vacía, rodeado de sus cosas, de su olor, de los restos de la vida que acababa de destruir con mis propias manos. Y por primera vez en mucho tiempo, supe con absoluta certeza que esta vez sí la había perdido. Para siempre.
Saqué mi celular del bolsillo del pantalón con las manos temblando. Abrí WhatsApp y fui directo a su chat.
9:50 pm - Marco: Regina, por favor, mi amor, contéstame. Déjame explicarte. No es lo que parece.
9:51 pm - Marco: Cometí el peor error de mi vida, pero te juro que te amo. Dime dónde estás. Dime que estás bien.
Las palomitas se quedaron en un gris inerte. Mi esposa me había bloqueado, o simplemente había apagado el teléfono.
Me dejé caer sentado en la orilla de la cama. La desesperación se transformó en una rabia ciega. Una furia irracional contra el arquitecto de toda esta desgracia. Entré al chat de David, tecleando con tanta fuerza que casi rompo la pantalla del cristal.
9:52 pm - Marco: Eres un maldito hijo de puta. Nos destruiste la vida. Lo hiciste a propósito en plena cena para reventar mi matrimonio.
El estado de David cambió a "en línea" casi de inmediato. Se estaba tomando su tiempo para contestar.
9:54 pm - David: ¿De qué hablas, Marco? ¿Pasó algo con Regina?
La sangre me hirvió en las venas.
¡El muy cabrón se estaba haciendo el desentendido!
9:55 pm - Marco: No te hagas el pendejo, David. El puto mensaje de los cinco mil dólares de la apuesta. Lo mandaste al grupo. Ella lo leyó. Se dio cuenta de todo y salió corriendo del restaurante.
9:57 pm - David: Mierda. Marquito, te lo juro por mi vida que no sabía que ella no estaba al tanto. Tú me dijiste en la tarde que todo estaba arreglado entre ustedes, que ya habían hablado con la verdad y que no había más secretos en su relación.
9:58 pm - David: Como buen matrimonio que se perdona, asumí que ya le habías confesado lo de la apuesta para empezar de cero. Solo quería felicitarlos e invitarles la cena. Yo pensé que Regina ya sabía todo.
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo que el aire me faltaba. Era un monstruo. Un psicópata maestro de la manipulación. Estaba volteándome la jugada con una lógica tan perversa e impecable que me dejaba a mí como el único culpable.
10:00 pm - Marco: ¡Eres un puto mentiroso! Sabías perfectamente que ella no sabía de la apuesta. Lo hiciste para humillarla y destruirme.
10:02 pm - David: Discúlpame la indiscreción, Marco, pero yo no lo hice con malas intenciones.
Yo no tengo la culpa de que seas un marido mentiroso.
Si le hubieras dicho la verdad a tu mujer desde el principio, mi mensaje no habría causado ningún pleito.
El que le mintió en la cara fuiste tú, no yo. Arregla tu desmadre.
Tiré el celular al colchón y me agarré la cabeza, jalándome el pelo. El cabrón tenía razón en su retorcido argumento. Yo era el mentiroso. Yo le había prometido a Regina en la mesa que no habría más secretos, mientras los dólares de su prostitución descansaban en mi cuenta bancaria.
Agarré el teléfono de nuevo.
10:05 pm - Marco: ¿Dónde está mi mujer?
10:06 pm - David: ¿Yo qué mierdas voy a saber? No sé nada de ella ni de ustedes.
10:07 pm - Marco: Dime dónde carajos está, David. Tiene que haberte buscado a ti.
10:08 pm - David: Te repito que no la he visto. Seguramente se fue a llorar a un hotel o a casa de una de sus amiguitas del despacho.
No le creía ni una puta palabra. Regina no tenía a dónde ir.
Y en el retorcido estado mental en el que David la había dejado estos últimos días, llena de morbo, de sumisión y de odio hacia mí, el único lugar al que una mujer así correría al sentirse traicionada por su marido, era a los brazos del macho que no le había mentido.
10:10 pm - Marco: Iré para tu penthouse. Sé que está ahí contigo. Quiero hablar con mi esposa. Y esta vez tú no lo vas arruinar
Esta vez tardó tiempo responder, y cada minuto que pasaba, era una tortura para mí.
10:15 pm - David: No vengas a joder a estas horas, Marco. Te estoy diciendo que ella no está aquí.
10:16 pm - Marco: Ya veremos si no está allí, cabrón.
No me importó su negativa. Guardé el teléfono, agarré las llaves del carro y salí corriendo de la casa.
Manejé cruzando la ciudad en medio de la noche. Mi mente era un infierno de imágenes y escenarios.
Quería creer que Regina, en su infinita dignidad, se había encerrado en un hotel a llorar sola. O como trataba de hacerme creer David, que se había ido con alguna amiga.
Pero la otra parte de mí, el cornudo enfermo y masoquista que se alimentaba de mi propio sufrimiento, me decía que ella ya estaba en ese penthouse. Con él. Con ese hijo de puta que me estaba tratando de arruinar la vida.
Llegué a la exclusiva Torre Adamant. Tenía sus datos, su domicilio. Lo tenía todo.