Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capitulo 3 #4
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Capitulo 3 #4

Se me cerró la garganta. Intenté hablar, intenté inventar una excusa rápida, una mentira piadosa que nos sacara del apuro.

—Es... es una broma pesada de David... ya ves cómo es de cabrón para tratar de jodernos... —balbuceé, sudando frío, sintiendo que me asfixiaba bajo el cuello de la camisa—, no arruinemos este momento, Regina.

Pero Regina no era ninguna estúpida. Era una mujer sumamente inteligente, analítica, contadora.

Su mente procesó las palabras del mensaje a una velocidad aterradora.

Recordó las fechas. Recordó la insistencia inusual de David por ella.

Recordó mi extraña pasividad y mi cobardía durante las últimas semanas cuando permití que me humillara en mi cara.

Y, sobre todo, recordó el repentino y milagroso pago de la hipoteca de hoy en la tarde.

Todo encajó en su cabeza como un mecanismo perfecto, lógico y letal.

—Me acabas de prometer que no había más secretos...

—susurró ella, y una lágrima gruesa y pesada rodó por su mejilla.

Su voz ya no era de enojo, no estaba gritando.

Era de una decepción tan profunda, tan insondable, que me partió el alma en dos—.

Dime la verdad, Marco. No me mientas una vez más. ¿Tú me apostaste con él?

No pude sostenerle la mirada. Agaché la cabeza, clavando la vista en el mantel blanco, sintiendo que el peso del mundo me aplastaba los hombros.

—Regi... yo... yo estaba desesperado por las deudas... y él vio mi historial en la computadora de la oficina... vio lo que yo leía...

—¡Dímelo, Marco! —alzó la voz, ya sin importarle que las mesas de al lado, las parejas elegantes que cenaban cerca, nos voltearan a ver.

Sus ojos derramaban lágrimas de pura amargura, de dolor absoluto—.

¡Mírame a los ojos y dime si me vendiste por cinco putos mil dólares, como su yo fuera una vil puta!

Levanté la vista, llorando como un niño miserable.

—¡Sí! —grité en un susurro desesperado, con la voz rota—. ¡Sí, fue una apuesta! ¡Él me dijo que te iba a seducir en quince días y yo acepté el puto trato porque pensé que tú nunca caerías! ¡Pensé que eras intocable!

Regina se quedó petrificada.

—¡Pero yo pensé que esto de… de entregarme a él… había sido… así… sólo como… una petición… no así… no con dinero de por medio!

—Regina, escúchame…

—¡Dios mío, Marco Antonio!

El horror en su rostro fue la imagen más devastadora de mi existencia.

La mujer que se había estado flagelando con la culpa toda la tarde, la que había llorado pidiéndome perdón por haber sido débil, la que había rechazado al macho alfa para regresar a reconstruir nuestro matrimonio, acababa de descubrir la verdad más grotesca de todas.

Acababa de darse cuenta de que el esposo por el que estaba dispuesta a luchar, el hombre que le juraba amor eterno, era el mismo cabrón que la había puesto en una mesa de apuestas como un puto pedazo de carne para salvar su propia economía y satisfacer sus perversiones.

Se tapó la boca con las dos manos, sollozando con una amargura que me desgarró las entrañas.

Lloraba de humillación. Su sacrificio, su arrepentimiento, sus intentos de arreglar el matrimonio...

todo había sido una puta farsa. Había estado viviendo en una comedia retorcida donde ella era simplemente el premio que dos hombres enfermos se estaban disputando.

Se levantó de la mesa de golpe. La copa de vino tinto tembló, casi derramándose sobre el mantel. Agarró su bolso con manos temblorosas.

—Regi, por favor, mi amor, no te vayas, déjame explicarte... —supliqué, poniéndome de pie a medias, intentando agarrarla del brazo por encima de los platos.

—¡No me toques! —gritó ella, apartándose de mí como si le diera asco el simple roce de mi piel—. Eres un puto cerdo, Marco. Eres mil veces peor que él. Él es un depredador, un sádico, pero tú... tú eres mi esposo. ¡Tú debías cuidarme! ¡Y, sin embargo, me apostaste como una vil puta!

Miré a mi alrededor, esperando ver si alguien nos escuchaba, pero parecía que todo el mundo era invisible, excepto ella.

—¡Regina!

Me miró por última vez. Había asco, desprecio y una muerte absoluta del amor en sus pupilas. Se dio la media vuelta y salió corriendo del restaurante, huyendo hacia la calle, perdiéndose en la noche.

Me quedé ahí. De pie junto a la mesa. Completamente solo.

Ni siquiera me pude mover. ¡Ni siquiera pude reaccionar!

Con las copas de vino a medio tomar, la cena servida y el maldito mensaje de David brillando en la pantalla del celular como un letrero de neón.

David no había necesitado amenazarme ni quitarme el trabajo. No había necesitado gritar ni usar la fuerza. Era mucho más listo, mucho más letal que eso. Había usado nuestra propia ilusión de felicidad, nuestro intento desesperado de sanar, para darnos el tiro de gracia.

Me dejé caer en la silla. Me pasé las manos por la cara, llorando en silencio mientras los meseros me miraban con lástima desde la barra.

Había perdido. Esta vez sí, la había perdido para siempre.

Y lo peor de todo, es que yo mismo le había entregado el martillo con el que destrozó nuestro matrimonio.