Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capitulo 3 #3
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Capitulo 3 #3

—Pues sí, David, la verdad es que apenas si dormimos —le dije, mirándolo a los ojos—. Hablamos mucho. Aclaramos cosas... y sobre todo, hicimos cosas de marido y mujer.

David sonreía con cierto escepticismo a lo que le decía.

—Oye, pues que bien, ¿no?, que arreglaran las cosas… y que hicieran cositas de marido y mujer… solo espero, pues que… ya sabes, ¿no?, no habértela mandado… tan abierta de ahí abajo… por aquello de mi tremendo… ya sabes…

—No, no —dije casi con odio—, ya sabes que a las mujeres eso… aunque se metan un bate de beisbol, luego vuelve a la normalidad.

—Okey, okey, me alegra saber eso.

—Sí. Como te digo, las cosas entre nosotros están mejor que nunca. De hecho, hoy en la noche la voy a llevar a cenar para arreglar por completo nuestro matrimonio.

Esperaba que David se encabronara. Que apretara los puños o me amenazara. Pero su reacción me desconcertó.

Sonrió ampliamente, asintiendo con la cabeza, y me puso una mano pesada en el hombro.

—¿De verdad, Marco? Me alegra muchísimo escucharlo —dijo él, y su tono sonó tan jodidamente genuino que me dio un escalofrío—.

No hay nada más hermoso en esta vida que un matrimonio estable.

Las crisis pasan, y me da gusto que ustedes dos hayan encontrado la forma de perdonarse. Disfruten mucho su cena.

Se dio la vuelta y se metió a su oficina de cristal. Me quedé parado en el pasillo, confundido por su tranquilidad, pero decidí no darle vueltas. Era un psicópata, a saber qué mierdas pensaba.

A las ocho de la noche, llegué al restaurante.

Regina ya estaba ahí. Se veía espectacular con la falda de tubo gris perla y la blusa blanca. Irradiaba una belleza madura, elegante. Me senté frente a ella y le tomé las manos por encima de la mesa.

—¿Hiciste enojar a esas víboras de la tal Leonela y compañía?

—Mucho —comenzó a reír—, lo mejor fue que ella notó que su marido, Armando, no me quitaba los ojos encima.

—Anda, mujer, que me voy a poner celoso ahora del tal Armando.

—No seas bobo —siguió riendo—, el caso es que la muy cabrona, no sé, me veía y me veía, y como que le molestaba mi mirada altanera, es que te digo que a mí esta lencería que traigo… la tanga y tal, los ligueros, y así, me hacen sentir poderosa.

—¿Me dejarás… quitarte esta noche esta tanguita con los dientes, preciosa? —dije, intentando sonar seductor.

Mi mujer, tan hermosa, hizo un gesto sexo con la boca y me dijo:

—Si sólo por eso me urge terminar de cenar y regresar… aunque acabamos de llegar ¿eh?

Pedimos de cenar. Pedimos una botella de Merlot. El ambiente era perfecto. Había una música de jazz de fondo, y la luz de las velas le daba un brillo precioso a sus ojos grises.

—Oye... he estado pensando en algo toda la tarde —le dije, sirviéndole un poco de vino en su copa—. ¿Qué te parece si este fin de semana nos largamos de aquí?

Regina levantó la vista, sorprendida.

—¿Largarnos? ¿A dónde, Marco?

—No sé, rentamos una cabaña en Mazamitla. O nos vamos a la playa, un fin de semana en Vallarta. Solo tú y yo. Para desconectarnos de todo este puto infierno. Caminar por la playa, dormir hasta tarde... empezar de cero.

Una sonrisa genuina, casi infantil, se dibujó en sus labios.

—Me encantaría, mi amor... de verdad me haría muchísima ilusión —dijo ella, apretándome los dedos—. Necesitamos salir de la ciudad. Pero, Marco... los gastos. No podemos darnos el lujo de un viaje ahorita. Tenemos la hipoteca encima, y...

—Ya no —la interrumpí, con una sonrisa triunfal.

—¿Qué quieres decir?

—Ya pagué la hipoteca, Regi. Hoy en la tarde hice la transferencia. Estamos completamente al corriente con el banco. Ya no debemos ni un peso de atraso.

Regina abrió los ojos de par en par. La sorpresa y el alivio le iluminaron el rostro.

—¿En serio? Dios mío, Marco, qué peso me quitas de encima... ¿pero de dónde sacaste el dinero? ¿Te pagaron sobre ese proyecto que me dijiste, tan rápido?

Tragué saliva. La mentira tenía que salir fluida. No podía arruinar este momento.

—Sí... bueno, hablé Maca, la chica de nóminas, y luego con recursos humanos y les expuse mi situación.

—¿Y “ese” lo aceptó así como así? —dijo arrugando la frente, sin atreverse a mencionar el nombre de “David”.

—“Ese” no tiene vela en el entierro en todo esto, Regi. Te recuerdo que “ese” solo es el jefe de esa sucursal, como tal, es el responsable de todos los proyectos asignados en esa oficina, pero por encima de él, hay todo un mundo de superiores.

—Ah, okey, okey, entiendo.

—Y pues eso. Me dieron un adelanto del bono anual y el pago del proyecto de los subsidios todo junto —mentí mirándola directo a los ojos—. Me la jugué, pero valió la pena. Estamos limpios, mi vida.

Regina soltó un suspiro que parecía contener años de estrés. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Eres increíble, Marco. De verdad. No sé qué haría sin ti. Te partes la madre por nosotros —susurró ella, llevándose mi mano a los labios y dándole un beso—. Y yo... yo me he portado como una verdadera basura contigo.

—Ya no hablemos de eso, Regi. Lo malo ya pasó.

—No, escúchame. Necesito decírtelo —insistió ella, soltándome la mano para limpiarse una lágrima con la servilleta de tela—.

Quiero pedirte perdón. De todo corazón. Perdón por haberte tratado como basura.

Perdón por haber sido tan débil y haberme dejado llevar por todo esto con “ese”. Fui una estúpida.

—No te tortures, mi amor...

—Es que me siento tan sucia, Marco —continuó ella, bajando la mirada hacia su plato de pasta, con la voz quebrada—.

Me dejé deslumbrar por el morbo, me dejé manipular como una niña tonta, y casi tiro a la basura al único hombre que de verdad me ama.

Te lastimé muchísimo. Te humillé. Y no me lo perdono.

El corazón se me encogió. Verla tan arrepentida, tan vulnerable, me hizo amarla todavía más. La Regina altiva se había roto para mostrarme a la mujer real que estaba dispuesta a luchar por lo nuestro.

—Te perdono, Regi. Te perdono todo. Pero con una condición —le dije, acariciándole la mejilla a través de la mesa—. Que a partir de hoy, él deje de existir. Lo bloqueas de todos lados. Si te busca en el despacho, le llamas a seguridad. Se acabó el juego.

—Te lo juro por mi vida —asintió ella con vehemencia—. Esta tarde ni tiempo tuve de bloquearlo de WhatsApp, pero llegando a casa te daré el gustito de que tú mismo lo hagas.

—¿En serio, mi amor? —le pregunté con una gran sonrisa.

—No quiero saber nada de él.

Levantó su copa de vino.

—Si vamos a seguir juntos, si vamos a arreglar esto de verdad, tiene que ser desde la verdad absoluta. Ya no quiero más secretos entre nosotros, Marco. Necesito que me prometas algo.

—Lo que sea, mi amor.

—Prométemelo tres veces, Marco. Prométeme que no habrá más mentiras entre nosotros. Prométeme que no me vas a ocultar nada nunca más. Prométemelo.

—Te lo prometo, Regi. Te lo prometo, mi amor. Te juro por Dios que no hay más secretos —le dije, chocando mi copa de vino con la de ella, sintiendo que por fin nuestra vida se estaba encarrilando y que habíamos vencido a la oscuridad.

—Te amo, Marco, no sabes cuánto.

—¡Yo te amo más, mi mujer!

Estábamos en nuestro mejor momento. Ella sonreía con los ojos brillantes, yo sonreía sintiéndome un ganador.

Y entonces, mi celular vibró sobre la mesa.

La pantalla se iluminó. Una notificación de WhatsApp. No era un chat directo. Era del grupo: "Dueño de tu mujer".

Tragué saliva. Mi primera reacción, puramente instintiva, fue querer apagar la pantalla o darle la vuelta al teléfono, pero el aparato estaba justo en el centro de la mesa, exactamente frente a Regina.

Ella bajó la vista automáticamente al ver la luz.

El texto se podía leer con perfecta y maldita claridad en la pantalla de bloqueo.

David: Qué hermoso es ver triunfar al amor. Los felicito por arreglar las cosas. Me alegra saber que el dinero de mi apuesta, esos cinco mil dólares, por lo menos les sirva para darse el lujo de una buena cena esta noche y pagar sus deuditas. Disfruten, yo invito.

El tiempo se detuvo. El ruido del restaurante, el jazz, el tintineo de los cubiertos, todo desapareció.

Y yo sentí que todo el mundo me caía encima.

La apuesta, la maldita apuesta. Eso no lo sabía ella. ¡Y habría dado mi vida entera para que nunca lo supiera!

Vi cómo el rostro de mi esposa cambiaba en cámara lenta. La sonrisa tierna y esperanzada se congeló en sus labios como si le hubieran inyectado cemento. Sus ojos grises, que hace un segundo derramaban amor y arrepentimiento, se clavaron en la pantalla de mi celular.

Leyó el mensaje. Lo volvió a leer. La palabra "apuesta" y "cinco mil dólares" parecieron brillar con luz propia.

Levantó la vista hacia mí. El color había abandonado su rostro por completo. Estaba tan pálida que parecía que la sangre se le había escurrido por los pies.

—¿Qué... qué significa esto, Marco? —preguntó, con un hilo de voz que me heló el alma, soltándome las manos como si las mías estuvieran hechas de fuego—. ¿Qué apuesta? ¿Cuáles cinco mil dólares?