Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capitulo 3 #2
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Capitulo 3 #2

Se dio la media vuelta y se fue caminando, feliz de la vida. Apreté los puños. "Cariñosa y con culpa", pensé. Claro que tenía culpa. Pero Evaristo no tenía puta idea de que esa culpa venía de haberse dejado reventar por el cabrón de sistemas mientras él le compraba electrolitos.

Volteé hacia los módulos y vi a Maca sentada en el suyo.

Llevaba puesto una blusa ajustada de color mostaza y el cabello recogido.

Tenía una mirada mucho más despierta. Sus labios estaban pitados de un tono más fuerte que otras veces.

Definitivamente había cambiado, así como estaba cambiando Regina.

Traté de concentrarme en mi trabajo. Pero no pude. Sentía remordimiento por ocultarle a Evaristo… la clase de novia que tenía. Y todo por culpa del rubito ese de Rodrigo.

No aguanté. Y a media mañana, esperé a que Maca se levantara hacia el área de copiado donde no había nadie y la seguí.

—Maca... —le dije, deteniéndome detrás de ella.

Ella dio un brinco y tiró unas hojas. Se giró hacia mí. Sus ojos me miraban con una mezcla de miedo y hastío.

—Qué tal, Marco.

—¿En serio te valió mierda todo lo que te dije la última vez? —le pregunté directo, sin anestesia—. ¿En serio te metiste otra vez con Rodri?

Maca me miró fijamente. Yo esperaba que llorara, que me suplicara perdón o que se encogiera de vergüenza. Pero su rostro se endureció. Apretó la mandíbula y me fulminó con una mirada cargada de odio.

—Tú no sabes nada —escupió ella.

—¿Y lo del bar qué? —le reclamé—. ¡No puedo creer que le estés haciendo esto a Evaristo! ¡Te acaba de perdonar, cree que eres una santa!

—¡Cállate el puto hocico, Marco! Ahora te haces el digno, pero no eres más que un hipócrita —me siseó Maca, acercándose a mí, apuntándome con el dedo índice.

—¿Ahora el hipócrita soy yo? No me digas

—¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que no me di cuenta?

Sentí un frío en la espalda.

—¿De qué hablas?

—Rodri y Rubí tienen razón. Y yo misma me di cuenta después —susurró ella, con la voz temblando de rabia—. ¡Estabas escondido en la casa viéndonos! ¡Nos estabas espiando en el pasillo mientras él me cogía! ¡Eres un puto pajero mirón!

Me quedé helado. Sin aire.

—Maca, yo... yo solo quería ayudar...

—¡Mentira! —me cortó ella—. No vengas a hacerte el pinche moralista conmigo, Marco.

Me acosté con él porque me dio la gana, porque me chantajeó, por lo que sea.

Pero yo sí me atrevo a hacerlo. Tú nomás te escondes a hacerte pajas viendo cómo le dan a las demás. Eres igual de asqueroso que él, o peor.

El golpe fue devastador. La princesita de nóminas me estaba escupiendo mis propias verdades en la cara.

—Así que no te metas en mi vida —continuó Maca.

Su voz ya no era un grito, sino un susurro tenso, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie nos escuchara—.

Si le dices a Evaristo... si abres la boca, te juro por Dios que le digo a toda la oficina que te la estabas jalando en la puerta viéndome gemir. Si caigo yo, caemos todos, Marco.

Me quedé mudo.

Sus ojos detrás de los lentes se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. Era una mezcla de rabia y desesperación cruda.

—¿En serio crees que estás en posición de amenazarme, Macarena?

—No, no, no… lo que quiero decir es que no le puedes decir nada —agregó, y su tono se volvió casi suplicante—.

Él no se merece esto. Evaristo es demasiado bueno, no tiene malicia.

Si se entera de lo que hice... de lo que sigo haciendo...

lo voy a destruir por completo. Le voy a arruinar la vida. ¿Tú crees que yo quiero esto?

—¿Entonces por qué lo sigues haciendo, Maca? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Porque soy una pendeja —se limpió una lágrima rebelde con el dorso de la mano—.

Porque estoy confundida y Rodrigo sabe perfectamente cómo manipularme...

y porque me da miedo. Pero yo amo a Evaristo, a mi manera, y no quiero verlo sufrir por mi culpa.

Así que tú te callas la boca y me dejas resolver mis putos problemas sola.

—¡Pero Maca!

—¡Por favor!

Se dio la media vuelta y me dejó parado junto a la copiadora, reducido a cenizas.

Tenía razón. No tenía ninguna puta autoridad moral.

Caminé de regreso a mi módulo sintiendo un zumbido en los oídos.

Me senté frente a mi computadora. Mis ojos viajaron instintivamente hacia las oficinas de cristal del fondo. A través de las persianas a medio abrir, pude ver la silueta ancha de David sentado en su sillón ejecutivo, hablando por teléfono.

Solté un suspiro largo. Sentí un alivio asqueroso, una tranquilidad patética al confirmar que mi jefe estaba ahí adentro. Si estaba ahí, encerrado en el quinto piso, significaba que no estaba en algún rincón oscuro fornicando con mi esposa.

Regina estaba a salvo, en su despacho contable, amándome como siempre, me lo digo.

Sin embargo, a pesar de la promesa que me hizo mi esposa, esa misma tranquilidad duró un parpadeo. La inquietud me empezó a carcomer el cerebro. No lo había visto físicamente en todo el día. No me había cruzado con él en los pasillos, no me había mandado a llamar.

¿Qué estaba planeando David ahora? Un depredador como David no se quedaba quieto sin una razón. ¿Mi esposa ya lo había rechazado? ¿Qué iba hacer él al respecto, tomando en cuenta que me aseguró que haría de mi esposa su puta por todos esos meses?

Me aterraba estar ahí sentado, sudando frío, esperando el siguiente movimiento, esperando a que mi celular vibrara con alguna nueva atrocidad.

Y luego estaban las palabras de Regina anoche.

"Tengo un asunto pendiente con tu jefe".

Y aunque me aseguró que todo acabaría por fin… no sabía de qué manera reaccionaría David ni cómo la propia Regina pondría fin a esto que había entre ellos.

"Tengo un asunto pendiente con tu jefe".

Me froté la cara con las dos manos. ¿A qué chingados se refería? ¿Qué asunto pendiente podía tener mi mujer con el cabrón que se la cogió y la humilló? ¿Iba a ir a reclamarle en persona? ¿Iba a exigirle respeto?

La duda me estaba taladrando la cabeza.

A la hora de la comida, el destino me jugó la peor de las pasadas. Terminé sentado en la mesa redonda de la cafetería de la oficina, justo en medio de la podredumbre.

Evaristo comía su ensalada con pollo, sonriendo, contándonos sobre los trámites del salón para la boda. A su lado estaba Maca, asintiendo y sonriéndole de vuelta, aunque sus manos temblaban un poco cada vez que levantaba el vaso de agua.

Frente a ellos, los buitres: Rodrigo y Rubí.

—Te ves cansada, Maca —dijo Rubí, llevándose un trozo de comida a la boca, mirándola con esa sonrisita venenosa—. Como si no hubieras dormido bien. ¿Mucho ajetreo anoche?

Maca se tensó, bajando la mirada hacia su plato.

—Puro trabajo, Rubí. Ya sabes cómo son los cierres de mes.

Evaristo le pasó el brazo por los hombros a su prometida y le dio un beso en la sien.

—Mi niña es bien trabajadora. Pero ya le dije que este fin de semana no hará nada, la voy a llevar a un pueblito a descansar.

Rodrigo soltó una carcajada seca, recargándose en la silla, abriendo las piernas por debajo de la mesa.

—Haces bien, Eva. A las mujeres hay que darles buenas... atenciones el fin de semana. Para que no anden estresadas buscando con quién desahogarse, ¿verdad, Maca?

Maca se puso roja como un tomate. Vi claramente cómo Rodrigo movió su rodilla por debajo de la mesa, estirando la pierna hasta rozar el muslo de Maca.

Ella dio un pequeño respingo, cerró los ojos un microsegundo, pero no apartó la pierna. Se quedó ahí, paralizada, recibiendo el roce clandestino del cabrón que la tenía sometida, mientras su futuro esposo le acariciaba el hombro con devoción.

Yo masticaba mi comida sintiendo que iba a vomitar.

Estaba sentado en una mesa de mentirosos.

Rubí y Rodrigo disfrutando su juego de poder sádico, Maca ahogándose en su doble vida sin el valor de soltar al pendejo de Evaristo, y yo...

yo había sido el rey de los cornudos, el esposo que no solo sabía que su mujer lo había engañado, sino que la noche anterior le había pedido a ella saber los detalles.

Cuando volví a mi cubículo, rato después, recibí sorpresivamente una llamada de mi mujer.

—Regina, mi vida, ¿pasa algo?

Tuve miedo de que me dijera que…saliendo volvería tarde a casa… que tendría una reunión fuera de la hora laboral. ¡Que volviera a atormentarme como lo había hecho las últimas semanas!

Y tuve miedo. Tuve terror. Hasta que de pronto me dijo:

—Hola, mi amor —tenía una voz suave, cariñosa—. Oye, estuve pensando toda la mañana. Quiero que vayamos a cenar hoy en la noche. Tú y yo solos. Quiero que platiquemos bien de nosotros.

Mi corazón dio un salto de alegría genuina y todo mi terror de disipó.

—¡Claro que sí, mi vida! Me encantaría. Salgo de la oficina y te veo allá.

Acordamos un restaurante por la zona centro. No era súper lujoso, pero era un lugar bonito, de esos con manteles de tela y luz tenue. Colgué el teléfono sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.

Abrí la aplicación del banco en mi celular. Ahí estaba parte del dinero. Antes de ir a trabajar había pasado a un banco y lo había depositado, no todo, por los asuntos de hacienda.

Con un par de clics, transferí la cuota atrasada de la hipoteca de la casa. Usé el dinero que me dio David, sí, los cinco mil dólares de esa apuesta maldita, pero en mi mente, era dinero que me había ganado a base de sangre, sudor y lágrimas.

Ya no había deudas. Empezaríamos limpios.

A media tarde, fui al baño a lavarme la cara. Al salir, me topé de frente con David en el pasillo.

Su sola presencia me intimidó y atemorizó al principio.

El cabrón me miró de arriba abajo con su típica sonrisa sobrada, esperando verme arrastrándome como el perro apaleado que fui ayer. Pero hoy yo traía el pecho inflado.

—¿Y esa cara, Marquito? Parece que dormiste bien anoche en tu camita, por fin acompañado de tu esposita —se burló él, en voz baja.

No me aguanté. La soberbia me ganó.