Capitulo 3
Me desperté con el cuerpo molido, como si me hubieran dado una paliza.
La cabeza me palpitaba por la falta de sueño y la tensión acumulada. Por un segundo, al abrir los ojos y ver el techo de mi recámara, quise creer que todo había sido una puta pesadilla, un mal viaje provocado por el estrés, las deudas y mis foros de internet, pero la realidad me golpeó de frente.
Mi matrimonio pendía de un hilo finísimo, a punto de reventar.
Me senté en la orilla de la cama y me froté la cara con ambas manos. Regina ya estaba despierta. Se estaba moviendo por la habitación en silencio.
La miré. Se estaba arreglando para ir al despacho. Pero había algo muy distinto en su rutina. Estaba de espaldas a mí, frente al espejo de cuerpo entero. No llevaba el babydoll transparente de anoche, obviamente, pero tampoco traía su ropa interior aburrida de algodón que usaba todos los días.
Llevaba puesta una tanga negra minúscula.
Una tirita de encaje que se le perdía por completo entre la inmensidad de sus nalgas blancas y carnosas.
Pero lo que me dejó sin aire, lo que hizo que el estómago se me revolviera en una mezcla de pánico y morbo, fue lo que se estaba poniendo en las piernas.
Se estaba ajustando unas medias de nylon negro, enganchándolas a unos ligueros de encaje que le apretaban los muslos gruesos. La piel lechosa resaltaba brutalmente contra los tirantes oscuros.
Tragué saliva. Era una visión espectacular. Mi mujer se veía como una diosa sacada de una revista para adultos, pero verla arreglarse así un martes por la mañana me llenó de terror.
—¿Qué haces vestida así, Regi? —le pregunté. La voz me salió ronca, casi un susurro asustado.
Ella dio un pequeño respingo, como si hubiera olvidado que yo estaba ahí, viéndola. Se giró a medias, mirándome a través del reflejo del espejo.
—Me estoy arreglando para ir a trabajar, Marco —respondió en un tono seco, sin dejar de ajustar el broche de metal en su muslo derecho.
—Tú nunca te pones ligas ni medias de esas para ir a la oficina —me puse de pie, caminando un par de pasos hacia ella—. ¿A quién quieres impresionar? ¿Acaso es para él? ¿David te pidió que te pusieras eso debajo de la ropa?
Regina soltó el liguero de golpe. Se dio la vuelta por completo y me fulminó con la mirada. Su rostro no tenía esa expresión de perra sumisa o descarada que yo temía ver. Al contrario, se veía cansada, harta, y profundamente herida.
—¿Puedes dejar de meter a tu puto jefe en todo? —me soltó, alzando la voz—. ¡No todo en esta vida gira alrededor de él, ni de tus pinches fantasías paranoicas, Marco!
—¡Pues perdóname si dudo! —le reclamé, sintiendo que la desesperación me ganaba—. ¡Pero mírate! Llevas un puto liguero y una tanga que no te tapa nada, y cuyo hilo se te está clavando entre las nalgas. ¿Vas a ir al despacho así, en serio? ¡Dime la verdad!
Regina apretó los labios. Caminó hacia la cama, agarró una falda de tubo gris perla, de una tela cara y pesada, y se la subió por las piernas con movimientos bruscos. La falda le quedó ajustadísima, marcando cada curva de su culazo y de sus caderas, pero tapando por completo la lencería atrevida.
Luego agarró una blusa de seda blanca, impecable, y empezó a abotonársela rápidamente, ocultando sus pechos. A simple vista, volvía a ser la contadora estricta de siempre. Solo yo sabía la vulgaridad exquisita que llevaba debajo.
—¿Quieres saber por qué me lo pongo? —dijo ella, abrochándose el último botón cerca del cuello, mirándome con los ojos llorosos—. Porque me siento como una puta mierda, Marco. Porque me siento fea, gorda y usada.
El tono de su voz me desarmó por completo.
—Regi... yo nunca te he dicho eso.
—¡Tú no! —exclamó, pasándose una mano por el cabello—. Ayer en la tarde, antes de salir del corporativo, fui al baño. Estaba en el cubículo y entraron Leonela y su grupito de víboras de auditoría. No sabían que yo estaba ahí. Se pusieron a burlarse de mí, Marco.
—¿De ti? ¿Qué decían?
—Leonela me llama "la gordis". La muy zorra, esposa de Armando, uno de los socios mayoritarios, que está toda operada y se cree modelo, se estaba riendo de cómo me quedan las faldas.
Decía que parezco un tamal mal amarrado, que no entiende cómo me atrevo a usar ropa ajustada con estos muslos y este culo. Se reían de mí a carcajadas.
Regina se sentó en la orilla del tocador. Una lágrima de pura frustración le rodó por la mejilla.
—¡Pero qué cabrona!
—Me dio muchísimo coraje, Marco —continuó, limpiándose la lágrima con rabia—. Me quedé ahí escondida, llorando de impotencia, sintiéndome la mujer más horrible del mundo. Así que hoy... hoy quise ponerme esto.
Ella suspiró, y tragó saliva.
—Me compré esto para mí. Quise ponerme algo que me recordara que debajo de este puto uniforme de oficina, soy una mujer de verdad.
Que le quede claro a mi propio ego que la "gordis" les da mil vueltas a esas plásticas.
Que soy una hembra a la que cualquier hombre desearía.
Me lo puse para sentirme empoderada, no para andarle abriendo las piernas a tu jefe.
Me quedé callado. Su explicación tenía todo el sentido del mundo. Era tan humana, tan real, nacida de una inseguridad de mujer que yo conocía perfectamente. Sentí una punzada de culpa y vergüenza.
Ella estaba lidiando con sus propios demonios en la oficina, y yo solo la estaba atacando.
Me acerqué a ella lentamente. Me arrodillé frente al tocador, quedando a su altura, y le tomé las dos manos. Estaban frías.
—Perdóname —le susurré, mirándola a los ojos—. Eres la mujer más hermosa de esa puta oficina, Regi, jamás lo tienes que dudar. Esas viejas son unas envidiosas de mierda porque no tienen ni la mitad de la presencia que tienes tú.
Regina soltó un suspiro tembloroso, apretándome las manos.
—Ya no sé ni qué pensar, Marco. Siento que mi vida es un caos ahorita.
—Lo sé… lo sé… y te juro que yo tengo miedo, Regi...
—le confesé. Se lo dije con el corazón en la mano, como un pobre diablo derrotado, desnudando mi cobardía—.
Tengo pavor de perderte. Me estoy volviendo loco.
Cuando te vas, cuando no me contestas, mi cabeza se imagina las peores cosas.
Tengo pánico de que cruces esa puerta y vayas a buscar a David.
No soportaría que volvieras a verlo, te lo juro por Dios.
Siento que él tiene todo lo que a mí me falta...
y tengo miedo de no ser suficiente para ti. Sobre todo… después de lo que pasó.
Regina me miró. Sus ojos grises, que anoche me miraban con asco, ahora estaban suavizados.
Soltó una de mis manos y me acarició la mejilla. El tacto de su piel tibia me hizo cerrar los ojos.
—Marco... mírame —me pidió con voz suave. Abrí los ojos—. Estuve pensando toda la puta noche. No dormí casi nada. Lloré mucho.
—Yo también...
—Es que todo lo que pasó… Fue un error. Todo esto ha sido un error asqueroso que se nos salió de control a los dos —dijo ella, con una firmeza que me sorprendió—.
Asumo mi culpa también. Lo de este fin de semana, lo que pasó con tu jefe...
fue un momento de debilidad. Me dejé envolver por el morbo, por la adrenalina, por el coraje que te tenía.
Me dejé cegar. Pero se acabó. Te lo juro que se acabó.
Sentí que volvía a respirar después de días de estar bajo el agua.
—¿De verdad? —balbuceé, casi suplicando que no fuera mentira.
—Sí, mi amor. Te juro que voy a ponerle remedio a esto —afirmó ella, asintiendo con la cabeza, con una determinación que me regresó el alma al cuerpo—.
No voy a volver a ver a David. No voy a contestarle ni un solo mensaje.
Lo voy a bloquear. No voy a permitir que un matrimonio de cinco años, con todo lo que hemos construido, se destruya así como así por un hijo de puta arrogante como él.
Nosotros valemos más que esta basura. Lo vamos a superar, Marco. Juntos.
Me abracé a su cintura, hundiendo la cara en su estómago, pegándome a la tela de su falda.
Lloré de alivio. Mi mujer era inteligente.
Era una mujer madura que había visto el abismo, había mirado a los ojos al depredador, había probado el veneno, pero había decidido regresar a la seguridad de nuestra vida.
—Te amo… Regina, y perdóname por todo lo que pasó.
El juego de David no iba a poder contra nosotros. Al final, ella me había elegido a mí.
—Yo te amo como nunca, Marco, y esto que pasó, te juro que sólo me hizo comprobar que jamás en la vida encontraré a un hombre mejor que tú.
Regina me dio un beso tierno en la coronilla, agarró su bolso y se fue a trabajar.
Más tarde, llegué al quinto piso de la oficina y fui a dejar mis cosas a mi escritorio. Me sentía mejor, más renovado. Pero sin duda la asfixia de entrar a ese lugar era tan peligroso que pronto me volví a sentir como en una especie de peligro.
Antes de sentarme, vi a Evaristo acercándose por el pasillo central. Traía su café en la mano y una sonrisa de oreja a oreja, de esas que solo tiene un tipo que cree que su vida es perfecta.
—¡Qué onda, Marco! —me saludó, dándome una palmada amistosa en el hombro que me supo a plomo—. Oye, te quería agradecer, bro. Tenías toda la razón.
—¿Razón en qué, Eva? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
—En lo de Maca. Hablé con ella ayer. Lloró un montón, me dijo que andaba muy estresada por lo de la boda y que por eso se había portado así de intensa y distante el fin de semana.
Pero ya lo arreglamos. Todo volvió a la normalidad.
Hasta la noté más... cariñosa, ¿sabes? Como con culpa por haberme tratado mal. Es un pinche ángel, no me la merezco.
Me sonrió, con esa cara de buen tipo, de cornudo ciego que vive en su propia burbuja feliz.
—Ah —contesté casi atragantándome—. Me alegra mucho, hermano. Qué bueno que todo está bien —mentí, tragándome el asco que sentía por mí mismo y por la situación.
—Sí, bro. Bueno, te dejo que el deber llama. ¡Nos vemos al rato!