Capítulo 2 #4
—¿Y entonces te penetró sin protección? —gemí, horrorizado de escucharlo de sus propios labios.
—Me puso a cuatro patas como a una perra sobre las sábanas —narró ella, sin piedad, destruyéndome por completo—.
Me agarró de las caderas anchas. Me embistió tan fuerte que la cama de la habitación chocaba contra la pared.
Plaff, plaff, plaff. El sonido de sus huevos golpeando mis nalgas me volvía loca.
Me abría la panocha al máximo. Yo gritaba, Marco.
Le suplicaba que no parara. Le rogaba que me rompiera por dentro.
—¡Mierda Regina!
—Perdona que te lo diga así, pero ya me quiero dormir…
—Pero… ¿dónde se vino, Regina? —le rogué, con la voz quebrada. En los videos que David me enseñó, vi cómo la manchaba por fuera, pero necesitaba saber si había llegado más lejos—. ¡Dime dónde terminó!
Regina me clavó una mirada de superioridad monstruosa. Era la dueña de mi tortura.
—Cuando iba a terminar la última vez... —susurró ella, acercando su rostro al mío, obligándome a oler su aliento— me agarró del pelo, me jaló la cabeza hacia atrás para que le viera la cara, y me dijo que me iba a preñar. Que me iba a dejar su marca adentro.
—¡No...! —lloriqueé.
—Sentí sus chorros calientes inundándome —remató ella, sin misericordia, dándome el tiro de gracia que el video me había ocultado—.
Chorros espesos, hirviendo, llenándome hasta el fondo de la matriz.
Me llenó de leche. Me dejó escurriendo de su leche, Marco.
Me vine con su semen adentro de mi cuerpo, temblando, gritando como una ramera cualquiera.
¿Eso querías escuchar? ¿Ya estás contento?
Mi mente colapsó por completo. Estaba hiperventilando. La imagen de mi esposa, abierta de piernas y escurriendo el esperma de David Montenegro desde lo más profundo de sus entrañas, me sobrepasó.
Metí la mano por el elástico de mis pantalones de pijama. Con movimientos torpes y desesperados, saqué mi verga, que estaba dura como la piedra, roja y latiendo de pura calentura. Empecé a masturbarme frente a ella, incapaz de contenerme un segundo más, frotándome con una rapidez patética.
Regina no se apartó. No se tapó los ojos ni hizo el menor gesto de sorpresa. Se quedó ahí de rodillas, completamente desnuda frente a mí, observando mi colapso mental y físico con una frialdad gélida.
Levantó su mano derecha. La misma mano con la que seguramente había acariciado el miembro enorme de David, la misma mano que minutos antes había apretado sobre mi propio pantalón amenazando con masturbarme.
Extendió los dedos, acercándolos lentamente hacia mi verga rígida, rozando apenas la punta de mi glande con las yemas húmedas de sus propios jugos.
—¿Te vas a venir, Marco? —me preguntó en un susurro letal, con una mueca que mezclaba el morbo con el asco—. ¿Te vas a venir escuchando cómo el cabrón de David me llenó de leche? ¿Te vas a venir imaginando cómo me fornicó tu jefe?
—Regi... me vengo... ahh... —jadeé, cerrando los ojos con fuerza, perdiendo por completo el control.
Solté un gemido ahogado y me vine. Los espasmos me sacudieron el cuerpo entero. Disparé chorros de semen caliente directamente sobre los dedos extendidos de mi esposa.
Regina no se apartó. Recibió mi eyaculación en la palma de su mano, manteniendo el brazo extendido. Cuando terminé, abrí los ojos, respirando por la boca, temblando de pies a cabeza.
Mi esposa bajó la mirada hacia su propia mano. Observó la mancha blanca de mi semen sobre su piel. Lo miró con una frialdad clínica, evaluándolo, seguramente comparando esa cantidad patética con la inmensidad que me acababa de describir.
Sin decir una sola palabra, levantó la mano y limpió los restos de mi eyaculación directamente sobre la tela de mi pijama, frotando sus dedos contra mi pecho con un desprecio absoluto.
Luego me miró a los ojos. En su rostro ya no había rabia, ni excitación, ni saña. Solo había una lástima aplastante.
—Te amo, Marco... —susurró ella, con una voz carente de cualquier pasión—. Te amo, de verdad que sí... pero eres muy patético.
Dio un movimiento hacia atrás, dándome la espalda. Caminó sobre las rodillas hacia el otro lado de la cama, agarró la sábana y se metió debajo de los cobertores desnuda. Se acostó de lado, encogiéndose en su propio espacio.
—Límpiate, Marco. Límpiate toda esa porquería, no quiero que ensucies las sábanas —ordenó ella, sin mirarme—. Y hazme un puto favor: no vuelvas a hablarme de este tema en tu vida. Nunca. Las explicaciones se acaban hoy. Acabaste con mi paciencia.
Se acomodó la almohada, cerrando los ojos.
La habitación quedó sumida en la penumbra.
—Sólo dime una cosa… ¿terminarás de tajo con David?
Me quedé ahí sentado, en medio del colchón, con la verga fuera del pantalón de dormir, la camisa de mi pijama manchada de mi propio semen.
—Tal vez…
—¿Qué significa eso?
—Ya te dije que tengo un asunto pendiente con tu jefe.
—¿Qué asunto pendiente?
—Ya duérmete, y déjame en paz, que tengo sueño.
Y ahí entendí, que tal vez mi pesadilla no había terminado. Quizás, sólo quizás, apenas había comenzado.