Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Me agarró por la nuca, tú lo viste, supongo —continuó ella, su voz perdiendo la dureza, volviéndose un murmullo arrastrado—.

Yo intenté empujarlo, Marco. Te juro que al principio quise apartarlo porque estábamos en la calle, a plena luz del día, frente a tu trabajo.

Pero él es demasiado fuerte. Me pegó a su cuerpo.

Sentí sus músculos. Sentí su erección marcándose contra mi estómago a través de la falda del traje.

—Sigue... —le ordené, tragando saliva.

—Cuando me metió la lengua... me perdí —confesó ella, con una sinceridad que me destrozó—.

Su sabor… tan intenso. A menta. A hombre, Marco.

A un hombre dominante… ufff. Sus labios son grandes.

Calientes. Me mordió el labio inferior hasta hacerme soltar un quejido ahí mismo en la banqueta.

Sentí que me derretía. Mis piernas se me aflojaron.

Si no me hubiera estado agarrando tan fuerte de la cintura, me habría caído al piso.

Levanté mis manos temblorosas. Rompí la regla de oro, impulsado por una mezcla de rabia, dolor y una calentura bestial. Llevé mis manos hacia sus pechos enormes. Agarré los tetones de mi esposa. Eran inmensos, pesados, y llenaban mis palmas por completo. Apreté la carne blanca y suave.

Regina dio un respingo. Soltó un gemido ahogado en la garganta.

—¡Ahhh...! —jadeó, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos—, ya estás de agarrichi.

No me apartó. Al contrario, se dejó tocar, arqueando ligeramente la espalda para ofrecerme más el peso de sus senos.

Pero yo sabía la verdad. Ella no estaba gimiendo por mí.

Estaba gimiendo porque el recuerdo del beso de David y la rudeza de mis manos se habían fusionado en su cabeza.

Estaba imaginando que era él quien la estaba manoseando.

—Cuando te llevó a su penthouse... en la madrugada —murmuré, acercando mi rostro a su cuello, sintiendo su respiración agitada—. Dime cómo te quitó la ropa. Cuéntame los detalles, Regi. Paso a paso.

—Te digo que estás loco, Marco.

—Sólo dímelo… por favor.

—Pues ¿qué te puedo decir?, nada especial, creo…

—No importa, solo dime…

—Pues en cuanto cerró la puerta... me acorraló contra la pared —relató ella, respirando por la boca, embriagada por la memoria—. Ni siquiera me dejó caminar hacia la cama. Me aventó contra la madera. Me agarró del cabello.

—¿Te besó otra vez?

—No. No me besó con cariño. Me trató como a un objeto. Me dijo: "A ver qué tienes aquí abajo, puta". Me arrancó el vestido rojo. La tela se rasgó. Yo estaba temblando, Marco. Nunca nadie me había tratado con esa brutalidad.

—¿Te gustó que te tratara así? —apreté sus tetones con un poco más de fuerza, imitando la rudeza que ella describía.

Regina abrió los ojos. Me miró con una saña impresionante, dispuesta a destruirme con la verdad.

—Pues no te lo voy a negar —escupió ella, con una sonrisa torcida—.

Estaba harta de todo lo que estaba pasando.

Estaba enojada por todo lo que había ocasionado esto…

lo único que hice fue dejarme llevar… y el cabrón de David me agarró los pechos y me los apretó con tanta fuerza que me hizo gritar.

Así como lo haces tú ahorita, pero él tiene las manos inmensas.

Me dolía. Pero era un dolor... riquísimo.

Me sentí como una mujercita débil. Contigo siempre tengo que llevar las riendas, planear todo, controlar todo…

y, mira, Marco, no te lo tomes a mal, pero con David…

sentí que yo… sólo debía disfrutar… sentí que solo era un cuerpo destinado al placer.

Solo un agujero para que él se desahogara.

Las palabras se me clavaron como clavos en mi orgullo, pero mi verga estaba a punto de reventar el resorte de la pijama. Solté uno de sus senos y bajé mi mano derecha. Deslicé mis dedos temblorosos por su vientre liso, bajando hasta su sexo desnudo y depilado.

Llegué a su rajita.

Mis dedos rozaron sus labios vaginales. Estaban calientes, hinchados, latiendo. Y lo más impactante: estaban completamente empapados.

Un charco de lubricación espesa y resbaladiza cubría toda su intimidad.

—Estás empapada... —le dije en un susurro, mirándola a los ojos, frotando mis dedos sobre su clítoris mojado.

Regina no se apartó. Al contrario, separó ligeramente las piernas gruesas sobre el colchón, permitiéndome un mejor acceso en agujero, mientras su pecho subía y bajaba con violencia.

—¿En verdad estás tan mojada? —le pregunté, arrastrando las sílabas, ahogándome en el fondo del morbo—. Al contarme todo esto... al recordar lo que él te hizo... ¿te pusiste a escurrir por él?

Una mezcla de vergüenza y maldad cruzó por sus facciones.

—No me preguntes lo obvio —confesó ella, con la voz desafiante—.

Estoy mojada y… de alguna manera me da pena estarlo…

pero más pena me da saber que eres un cobarde por excitarte con esto, Marco.

Deberías estar enojado, gritando, celoso, reclamándome de manera firme, y en lugar de eso, me estás frotando la panocha… y tú estás empalmado. Que asco.

Me tragué sus palabras como si fuera un trago de ácido. Me dio vergüenza. Apreté los dientes pero eso no evitó hundir el dedo medio un poco más profundo en su intimidad empapada.

—No lo puedo evitar, Regina… ¡estoy celoso, estoy enfadado, muy enfadado, pero… no lo puedo evitar… a pesar de no saber… si este fin de semana en verdad David te cogió por primera vez, como dices, o si lo hizo desde antes.

—¿Ahora de qué mierdas hablas, Marco?

—Pues de eso Regina... —dije, sintiendo cómo se me secaba la boca—. Necesito saber desde cuándo soy el cornudo. ¿Fue solo este fin en el penthouse de David? ¿O ya te la había metido desde antes…?

Regina desvió la mirada. Un atisbo de duda asomó a sus ojos grises. Suspiró profundamente, como si de pronto todo el peso de la situación le cayera encima.

—Por favor, Marco... ya no sigas —susurró ella, bajando el tono defensivo, intentando zafarse sutilmente de mi mano que la tocaba en el interior de su agujero—. No quiero lastimarte más de lo que ya estás. Ya escuchaste suficiente. Déjalo así.

—¿Estás diciendo que cogieron desde antes?

—le rebatí, aferrándola de las caderas desnudas para mantenerla frente a mí, negándome a dejar que cerrara el telón—.

Dime. ¿Me viste la cara desde entonces? Cuando te metió a su camioneta...

el jueves que me dijiste que todo era un plan para castigarme... ¿Ese día te cogió?

Regina tragó saliva. La vergüenza y el cinismo peleaban en sus facciones, iluminadas tenuemente por la calle.

—Ya te estás haciendo películas en la cabeza, Marco, yo ni siquiera he dicho eso —respondió, evadiendo la respuesta directa, usando ese tono frío de contadora acorralada—.

Ese día me llevó al estacionamiento subterráneo.

Platicamos. Las cosas se salieron de control...

pero no fue como este fin de semana en su casa. Me enseñó lo que podía hacerme.

—¿Pero entonces te la metió? —exigí, sintiendo que la taquicardia me mareaba.

Ella cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, había una mezcla de odio genuino y una perturbadora admiración.

—Hizo cosas, pero no eso que piensas —confesó, y al decirlo, una mueca de fastidio absoluto le torció los labios—.

Te juro que lo odié en ese momento. Lo odio, Marco.

Es un prepotente, un sádico de mierda que cree que puede manipular a la gente.

Cree que puede tratarme a mí como su puta, pero no lo soy, y me enferma su actitud arrogante...

—Es que entonces ya no entiendo nada, Regina.

—Es que no hay nada que entender.

—Me dices una cosa pero actúas de otra… Me confunde saber si te cogió por primera vez este fin… como aseguras, o si lo hizo antes. Pero luego dices que lo odias, y sin embargo, tu actitud dice lo contrario.

La vi fruncir el ceño, convencida de su propio odio hacia el hombre que la había doblegado. Pero entonces, mientras hablaba, su mirada se perdió en un punto invisible sobre mi hombro. El coraje en su voz se fue apagando, reemplazado por un tono arrastrado, hipnótico.

—...tú… te estás volviendo loco, Marco, y yo junto contigo. Y es verdad cuando te digo que lo odio. Pero una cosa no quita la otra.

El contraste era brutal. Diciendo que lo odiaba, pero con las piernas temblando y la vulva escurriendo en mis dedos. Diciendo que estaba harta de él, pero dando a entender que había algo más en ese odio: algo que me daba asco y me excitaba a partes iguales.

Retiré los dedos de su rajita mojada, mirándome las yemas brillantes por los fluidos de mi esposa, sobreexcitada por el recuerdo de otro hombre.

Yo sabía perfectamente que él le había dejado ir todo su semen en el cuerpo, los videos de su celular me lo habían demostrado, pero mi obsesión me obligaba a preguntar.

—¿Usó condón… cuando te la metía? —solté la pregunta que más terror y excitación me causaba. La pregunta clave del cornudo.

Regina soltó una carcajada maliciosa, limpiándose una lágrima de la mejilla.

—¿Condón? —dijo ella, casi en un suspiro nervioso—. Le pregunté si traía, asustada. Se rio en mi cara, Marco. Me dijo que a sus putas se las cogía a capela. Que quería sentirme caliente y apretada por dentro, sin putos plásticos de por medio. Y pues ya sabes que yo me cuido con el parche y…