Capítulo 26
—Así está mejor... —alegó acercándose a él para colocar su cabeza en el pecho de aquel—. Hoy quisieron atentar contra mí vida.
—¿Cómo es posible? ¿Dónde estaban esos inútiles que te sirven? —gruñó con impaciencia apretándola contra su pecho.
—Ay, excelencia, no me deja contar toda la historia y se anticipa absurdamente.
.. Para su tranquilidad, ellos me han defendido gracias a una planificación.
Harper se dio cuenta de que estaban espiando la casa.
Antes de venir aquí, Ingrid y él salieron con una doncella fingiendo ser yo en el carruaje y fueron perseguidos por cuatro personas, ellos los mataron, se deshicieron de los cuerpos y después me trajeron aquí.
Han sido eficientes, no los juzgue con dureza.
—Eso me alivia, Helen, estaba a punto de revisar si estabas herida.
—No, no lo estoy. Estuve quieta en casa esperando noticias de ellos. Confío en mis sirvientes, a veces son tontos, pero por algo aún los conservo.
—Ahora que la amenaza se ha disipado temporalmente, ¿qué piensa hacer?
—Quería alargar esto, pero me doy cuenta de que no lo soportaré. Terminaré estallando de furia y me delataré. Deseo terminar el asunto, en lugar de darme satisfacción, como creía que ocurriría, no me hace tan feliz.
—¿Es por mí?
—¿Por un caballero? Caballeros abundan como peces en el mar.
—Pero no uno como yo, que es tan fiel como un perro, ¿no lo cree? Estoy de acuerdo en que deje esta venganza, aunque no sin haberse bebido el trago final. Usted escoge cómo y yo la ayudaré. De hecho, me he tomado el atrevimiento de hacer el plan para que no se sofoque pensando.
—Veremos si me agrada lo que pensó.
—A usted la secuestraron, entonces, secuestre. Será un ojo por ojo y diente por diente, ya no se deberán nada. Las dos son solteronas y solo a una le falta perder la reputación...
—Creo que me ha leído la mente. Es lo que pensaba hacer. En el próximo baile, usted me ayudará. Tendré que tolerar verlos juntos un rato, el tiempo justo que necesito para que se la lleven por unas horas al mismo lugar en que me dejaron a mí.
—Sabía que soy el objeto de su deseo. En mí tiene al aliado más leal y letal.
Deje todo en mis manos y disfrute del espectáculo desde el palco de honor.
Este siervo no fallará... —Él cogió la mano de la joven e hizo que esta recorriera su pecho para que pudiesen estar aún más cerca de lo que ya estaban.
Con un poco de tentación tenía a Helen en donde quería.
Era una damita codiciosa, pero todavía demasiado puritana para exaltarse mucho y desear más que solo besos y caricias—.
Después de que todo esto acabe, ¿considerará mi propuesta de matrimonio?
He dado múltiples soluciones y he dicho que ningún rumor me importa.
Le demostré que jamás la torturaré ni le haré pasar malos momentos, soy un hombre honorable y de palabra.
¿Acaso eso sigue sin ser suficiente para aceptarme?
—No veo la diferencia entre usted y una paloma en el parque, excelencia, a los dos les gustan las migajas.
—Qué palabras tan crueles para alguien que ofrece tan poco para que una paloma quiera comer de sus sobras. No desperdicie mi buena voluntad, milady, me ofrezco como un festín y me comparan con una paloma come sobras. ¿No teme que alguien más pueda aprovechar mi disposición?
—Puede intentarlo, de hecho, lady Eliana está disponible, al menos hasta dentro de unos días, después su reputación estará arruinada, revolcándose junto a la mía en el lodo del desprestigio.
—Me ofende, Helen, no tengo mal gusto. Prefiero ser célibe si me casaré con esa arpía.
Mi objetivo es usted y tarde o temprano lo conseguiré, puedo persuadirla de muchas formas.
La cama de la taberna es una de ellas y la otra un salón de baile repleto, en donde alguien comentará que está comprometida conmigo.
¿Cuál prefiere? ¿Que sea paciente u obligarla a aceptar?
El único impedimento aquí es usted y sus ideas maníacas.
Nadie presta atención a lo ocurrido en el pasado, es un asunto viejo.
Además, lo nuevo será cosa de lady Eliana.
Cuando la vean como la prestigiosa duquesa, de este servidor solo le darán halagos por cada paso que dé.
—Posee una labia envidiable, casi me convence. Mentira... Quiero salvarlo de usted mismo. No sabe en lo que quiere meterse. Su familia puede reprenderlo...
—¿Mi familia? Usted no sabe qué tipo de vertedero es mi casa.
Mi primer cuñado estaba en la quiebra, el segundo, el lord del Almirantazgo, que es como un delincuente legal, el tercero es un duque de mal genio, ama cortar extremidades y matar, el cuarto era un ladrón de poca monta, el quinto, una rata de biblioteca con pocas palabras y muchas ganas de hacer dinero; y mi cuñada, la joya de la corona, estuvo en Bedlam por diez años e intentó matar al que la metió ahí.
Helen, créame, es más que apta para integrar la familia Preston.
Ahí no tendrá miedo ni vergüenza, recuerde que hay cosas peores que las suyas.
La recibirán con los brazos abiertos y mucha algarabía.
Estoy seguro de que querrá regresar a su casa al poco tiempo por lo amorosos que podemos ser.
Helen se quedó boquiabierta. No sabía si él decía todo eso para consolarla o si era verdad, porque no podía creer tanta desgracia junta y que todos fueran felices. Su caso no era menor, sobre ella existía la sombra de la duda y temía por lo que dirían de su persona.
—Es una historia increíble, William...
—Es la realidad, puedo presentárselos para que los conozca y sepa que es cierto; sin embargo, hablé de los pecados de mis cuñados, pero no de los que compartieron techo conmigo.
Él comenzó a contar la historia de cada una de sus hermanas para que aquella comprendiera que no todos los buenos eran tan así y los malos tampoco, que los motivos de cada uno fueron válidos y que no por eso fueron excluidos, sino que con paciencia terminaron siendo aceptados.
La noche llegó y William estaba mentalizado para conseguir lo que deseaba. La venganza de Helen estaba a menos de una hora de concretarse. Dentro del salón buscó a la joven y a sus padres. Ellos estaban en un rincón con caras de circunstancia, entonces se acercó para conversar.
—Buenas noches, ¿cómo han estado? ¿James aún no está listo para dejar su casa? —curioseó William.
—Oh, excelencia, es un gusto verlo. James no tiene paciencia para la silla de ruedas. Cuesta movilizarla por todas partes, la usa solo para ir al jardín, aunque el enfado siempre termina llevándolo a la cama —comentó la madre de Helen.
—Buenas noches, excelencia. A mi hermano le gusta el drama. No puede estar si hacer uno. Se siente solo e inútil por más que está más trabajador que nunca con todos los asuntos del ducado —replicó Helen.
—Excelencia, James está frustrado. Debería visitarlo y tomar un té con él y Helen. Ellos dos se llevan bien con usted… —dijo el duque, que se colocó junto a William. Aquel era un viejo zorro que estaba a punto de poner a su hija en el hombro de él para que se la llevara lejos.
—Iré mañana, lo prometo. No puedo abandonar a mi amigo y socio. Les prometo que estará de buen humor. Si me permiten, ¿podría llenar el carnet de su hija?
—Llénela cuantas veces quiera… —pidió la duquesa que se enroscó al brazo del joven duque como una serpiente.
Tenía al duque de Albine de un lado y a la duquesa del otro.
Eran como dos diablillos sugiriendo cosas.
Ellos eran igual de sutiles que sus padres, o más bien, no tenían ni un gramo de sutileza y se arriesgaban sin importar que pudiesen fracasar.
Helen rodó los ojos. Sus padres ni siquiera se atrevían a vacilar un poco para avergonzarla, pero William era un santo que tenía una paciencia infinita y les seguía el juego.
Él siempre le demostraba lo valioso que era con esas acciones.
Cada noche pensaba en aquel cuando no estaba haciendo algo que la mantuviese ocupada, evitaba hacerlo porque de esa forma creía que no alimentaría ilusiones absurdas; sin embargo, falló y estaba más que interesada en el duque de Welberg.
—Adelante, excelencia. —La joven sabía que bailar era la forma de decir del duque que necesitaba hablar con ella.
No sabía qué podría decirle. Helen tenía en mente disfrutar del botín que significaba darle un punto final a la historia que la había atormentado por años.
Después de eso decidiría si escogía el camino a la felicidad con William o la soltería para protegerlo.
—Debo conversar con usted para unos ajustes. ¿Será posible que busque conmigo una copa para beber? —indagó mientras escribía su nombre en el carnet.
—También tengo la boca seca, excelencia —concedió.
Los dos se despidieron de los padres de la joven y fueron a buscar unas copas de vino.
—Quería preguntarle algo, ¿cómo se supone que escapará de sus padres para ir a visitar a la secuestrada cuando lo hagamos? Tengo a la gente lista en el jardín.
—Mmm… no había considerado a mis padres, de hecho, los olvidé. Es cierto que me preguntarán mucho y se preocuparán si desaparezco.
—Entonces… ¿Les contará sus planes? Tarde o temprano será acusada del hecho.
La joven suspiró y asintió. El duque sabía que no podría ocultar su pecado por más tiempo.
—William, piensa todo. No había considerado lo que me dice. Tendré que confesar que estamos juntos en esto.
—Es así. ¿Y sobre el prometido falso?
—Eso… no lo sé.
—Eso es bueno, si tiene dudas es porque puede cambiar de opinión a mi favor.
—No se cansa de ser optimista. Parece que terminaré contagiada con su buen ánimo. Es el mejor cómplice que alguien podría tener. Aún no le he agradecido su generosidad.
—Helen, no vendo unicornios, nada es gratuito, siempre espero un pago y ese es un simple y sencillo: sí.
—Tampoco compro unicornios, William. Tengamos cuidado el uno del otro y esperemos el desenlace.
Los dos cogieron sus copas y compartieron un brindis casi imperceptible entre los dos.
Esperar era la parte más difícil del plan.
Esa noche William se comportaría con amabilidad y bailaría con la joven Eliana.
Mientras él la distraía y después la enviaba al jardín, Helen contaría lo que estaban haciendo a sus padres para poder vengarse de verdad.