Capítulo 25
—Esta nota tiene un perfume de mujer, milady... —aclaró Harper.
Helen cogió la nota que decía: «Tenga cuidado, la hija del marqués intentará matarla. No salga sin protección».
—¿Qué dice, milady? —inquirió Ingrid, curiosa.
—Que la hija del marqués quiere matarme y también que no salga sin acompañamiento. Sabía que esa arpía no tiene corazón ni remordimientos. Quiere sacarme del camino antes de que yo lo haga. Le escribiré a Su Excelencia. Esto será peligroso, por eso tomaré una decisión rápida sobre mi futuro...
—¿Qué decisión? —indagó Ingrid.
—Dar el primer golpe sin que lo vean venir. Será uno tan rápido que ni lo sentirán hasta que estén en el suelo, algo tan letal como lo que hicieron contigo.
—¿Eso significa que su venganza terminará pronto? —curioseó Harper.
—Mmm... Esta gente no se rinde por más que los golpeemos mortalmente.
—Entonces debería considerar sus estrategias, milady. Si ellos no se rinden, lo mejor es una decisión definitiva —dijo Harper haciendo un gesto con la mano hacia el cuello para indicar la muerte.
—Eso lo evaluaremos, no sabemos si será necesario, tal vez sí, tal vez no. Solo no quiero que esta mujercita ponga sus garras sobre el duque. Él es un festín que esa mendiga no merece. Si su seguridad corre peligro, no dudaré en matar con mi propia mano.
—Se preocupa mucho por alguien con quien no se casará, milady —afirmó Ingrid con desconfianza.
—Es el socio de mi hermano, ¿creen que deseo que mi hermano pierda dinero porque se muere ese hombre?
No crean que es interés personal —se excusó sonrojándose.
Todavía no le habían pasado los celos de la noche.
El duque sabía jugar el juego de la seducción a su manera.
Se dio cuenta muy tarde de que estaba en sus manos.
Quizá algún día ambos se aburrieran. Ella de rechazarlo y él de ser rechazado, mientras tanto, deseaba tenerlo cerca.
Al día siguiente por la mañana, Helen escribió la carta para el duque y colocó la prueba que recibió en el sobre para que viera lo que tenían como advertencia. Envió la carta por intermedio de Harper, aquel tenía instrucciones precisas de no regresar sin una respuesta.
Harper llegó a la residencia del duque y pidió hablar con este para poder entregarle el envío. Al parecer llegó muy temprano, pues el caballero aún no había bajado a desayunar. Estuvo esperando al menos media hora.
—Disculpe la interrupción de su rutina, excelencia, pero milady me pidió que viniera con presteza a comunicarle un evento… —Este extendió la carta hacia él.
William observó lo que le entregaba el hombre y asintió.
—¿Está seguro de que aquí no metió un escorpión para que me picara al meter la mano? La noche pasada estuvo celosa, no me atrevo a pensar lo que podría hacer siendo una dama con tantos celos en su haber.
—Créame, excelencia, ella es capaz de hacerlo, pero no con usted, lo tiene en alta estima.
Saberlo era un consuelo. Rompió el sello y comenzó su lectura.
Estimado William,
He recibido una corta misiva de un desconocido en donde me indican que estoy en peligro, que lady Eliana quiere matarme o al menos hará lo posible por lograr mi deceso. Necesitamos conversar sobre un cambio de planes. Lo esperaré mañana en la taberna, a la misma hora de siempre.
Aguardo una respuesta favorable. Piense en algo ingenioso para poner fin a este asunto.
Atentamente.
Helen.
Al terminar, encontró la nota que ella recibió y la leyó. Estaba preocupado, pero no lo suficiente para temer por su vida. Ella tenía a Harper e Ingrid y William tenía a sus cuñados. Con eso ya tenía una vaga idea de lo que ocurriría.
—Ella espera una respuesta. Ten paciencia —pidió el duque a Harper—. Acompáñame a la biblioteca, mientras escribo, puedes leer un libro.
—Sí, excelencia.
Los dos fueron hasta ese lugar. William pensaba en lo que pondría y Harper solo miraba la inmensa cantidad de libros de leyes que incluso estaban escritos en otros dialectos. Esa casa era un tesoro. Después de un buen rato, la respuesta estaba lista, la dobló y la entregó al enviado.
—Lo único que pediré a ti y a Ingrid es que no se separen de ella.
Cualquier oportunidad pueden aprovecharla los enemigos de milady.
Estoy seguro de que ya deben estar vigilando la casa.
Apenas salgan, serán el blanco de los ataques.
Mañana, al ir a la taberna, tengan cuidado.
Sé que eres habilidoso, pero no te confíes, por hacerlo, mis cuñados te dieron una paliza.
—Entendido, excelencia, no se preocupe, no lo defraudaré. Cuidaré a milady con mi vida, aunque ella está más preocupada por usted, teme que le pase algo.
—No me pasará nada. Ni esa mujer logrará seducirme, ni me hará daño.
Estoy preparado para cualquier acontecimiento, nada logra sorprenderme, he visto mucho en esta vida.
Cuando me case con milady, podrás hacer un par de entrenamientos con mis cuñados para que estés mejor preparado, te tocará escoltar a una duquesa.
—Es usted muy amable, excelencia. Con su permiso, me despido, milady debe estar esperando esta respuesta y se pone de mal humor si no le llegan las cosas a tiempo.
—Entiendo. Dígale que se quede tranquila y que tengo una solución para ella.
Harper asintió y se retiró raudamente. Este hombre se preocupaba mucho por su ama, solo que ella era caprichosa y no se daba cuenta de que estaba desaprovechando una gran oportunidad por hacerse la digna. Nunca volvería a cruzarse con alguien como el duque que estaba loco de amor por esta necia.
De regreso a la residencia del duque de Albine, notó que gente extraña miraba la residencia.
De inmediato recordó la advertencia del duque.
Eran blanco fácil si salían, por eso debían tomar más recaudos al hacerlo.
Ir a la taberna sería arriesgado, pero debían hacerlo.
Tendría que pensar en una solución para cuidar sus vidas y advertirle a su ama que no hiciera tonterías como salir para comprar joyas nuevas. Eso sería un suicidio.
Harper no solo no entró por donde debería, sino que lo hizo de otra forma para no ser visto. Una vez en el jardín de la residencia, se apresuró a darle la respuesta a su ama.
—Milady, el duque ha enviado su respuesta... —comunicó Harper extendiendo la carta hacia ella.
Helen la cogió con una mano e hizo un gesto con la otra para que él se retirara.
Querida Helen,
Tuve la desdicha de leer lo que te han escrito; sin embargo, sabíamos que este es un movimiento evidente de piezas en el tablero. No juegan con estrategia, juegan a matar a la reina. En cierta manera, no queda otra opción más que seguirles el juego y atacar primero.
La veré en la taberna como pidió.
Suyo,
William.
—Este hombre siempre es tan directo, por eso me gusta tanto... —murmuró Helen con la respuesta colocada en su pecho.
—Milady, hay personas espiando afuera. No estaban cuando me fui. Echaré un vistazo a lo largo del día para saber si siguen —anunció Harper, que miraba por la ventana.
—¿No estarás exagerando, Harper? —inquirió Ingrid.
—No creo que Harper esté exagerando. Son enviados por el duque.
Ya estoy advertida de muerte y ellos ya mueven las piezas.
Ahora nos defenderemos y después pensaremos en el siguiente paso en compañía del duque.
Ustedes dos estén listos para matar. Sus prendas deben ser ligeras para moverse con soltura.
Lleven espadas y pistolas. No hay que perder la oportunidad de dejar al marqués sin secuaces —ordenó Helen—.
Antes de ir a la taberna, acabarán con el problema de raíz.
—Sí, milady —replicaron sus sirvientes al unísono.
—Esto es solo el comienzo. Eliminaremos a uno o dos, pero aparecerán tres o cuatro. Es como ver una cucaracha cerca de una piedra, levantarla y encontrar una comunidad. Debemos ser inteligentes.
Sus sirvientes asintieron y salieron de la habitación dejándola sola.
Ella tendría que prepararse mentalmente para lo que vendría.
No tendría tiempo de vengarse como deseaba, porque el enemigo era rápido y no soportaba las humillaciones.
Era evidente, la primera vez fue lo mismo, pero en esta ocasión Helen estaba preparada, ya no sería la víctima, se convertiría en la villana de la historia ajena.
No tendría tanto valor si no fuese por el apoyo del duque.
Su familia la apoyaba, pero William era como el rincón seguro en el que ella podía sentirse libre, decir lo que pensaba y no esperar un reproche, solo palabras razonables e incitadoras que le hacían cuestionar su buen juicio.
En verdad aspiraba a mucho cuando estaba a su lado, mas siempre recordaba lo que le impedía ser la esposa de ese buen caballero y no podía arrastrarlo al lodo.
***
Para un rato antes de salir rumbo a la taberna, los sirvientes de Helen salieron con una doncella haciéndose pasar por la joven de la casa. Todos usaban capas y subieron al carruaje esperando que alguien los siguiera y así ocurrió.
Apenas unas millas más adelante, unos cuatro caballos con sus jinetes se acercaban.
—Lo que decías era cierto —comentó Ingrid con su arma en la mano, mirando a través de la ventanilla del carruaje.
—Aprendí algo de haber espiado sin estar preparado: tarde o temprano te dan una paliza... —resumió Harper—. Cuando se acerquen un poco más, disparamos. Necesitamos ser precisos...
La doncella se agachó dentro del carruaje, mientras que Harper e Ingrid calculaban los movimientos que harían para eliminar a sus enemigos.
Una vez que llegó el momento, los dos salieron por la portezuela del carruaje y comenzaron a disparar. Ambos eran hábiles para hacerlo en movimiento. También terminaron encima de los caballos de los atacantes una vez que lograron matarlos.
La misión estaba cumplida. Quizá los jefes de aquellos se dieran cuenta de que estaban muertos en un día o unas horas, lo que les daba ventaja para salir sin problemas esa noche.
Regresaron a la residencia para recoger a Helen, pero antes recorrieron los alrededores de la residencia por si estuviesen más personas escondidas, puesto que antes solo eran dos los que espiaban la casa y después aparecieron otros y eso los hacía desconfiar de la paz que habían conseguido minutos atrás.
Una vez que se aseguraron de que no hubiese más de esos delincuentes, Harper e Ingrid pudieron buscar en paz a su ama.
—¿Cómo les fue? —curioseó Helen con los brazos cruzados bajo el pecho.
—Fue un éxito. En realidad eran cuatro personas, dos custodiaban la casa y los otros eran el respaldo. Apenas supusieron que usted salía, no dudaron en seguirnos —contó Harper.
—Sí, milady. Los matamos. Nos deshicimos de los cadáveres en un callejón —continuó Ingrid.
—Ahora sí valen lo que paga mi familia por usted, son muy hábiles. Denle a la doncella una recompensa por las molestias, debe estar asustada... Llévenme a la taberna. No querrán que su excelencia se impaciente y me reprenda por culpa de ustedes y sus hábitos de matar y deshacerse de los cuerpos.
Los dos sirvientes asintieron y la llevaron hacia el carruaje. En esta ocasión estaban saliendo en paz, al menos eso sería relativo, no sabía lo que pasaría en un par de días.
***
Mientras tanto, en la taberna, el duque creyó que la ocasión era seria y no conveniente para mostrar un poco de lo que tanto le gustaba a Helen.
Quería que se enfocara en lo importante.
Lo único que podía hacer mientras la esperaba era beber unas copas de vino.
Al oír que la puerta se abría, él se enfocó en la figura con la capa.
—Es de noche y está más cubierto que de costumbre, William...
—No creí que tuviese humor de verme sin muchos trapos.
—¿Por qué lo citaría aquí si no es para verlo mejor? No sea absurdo y quítese algo.
—Bien...
Él obedeció y se despojó de la camisa para que ella pudiese pasar sus dedos por su torso. No era un hombre musculoso, pero sí fuerte y atlético. Aquella siempre parecía disfrutar de lo que William podía ofrecer.