Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 24
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Capítulo 24

Mientras William y Helen se divertían, Eliana pensaba en cómo acabar con Helen de una vez por todas.

Era un estorbo, una verdadera piedra en el zapato, un agujero en su media, un dobladillo descosido y una patada en el estómago.

Le resultaba insoportable. Vivió bien dos años al saber que ella se había recluido, por eso nadie debía conocerla ni que captara la atención.

Creyó que con su ausencia surgiría como la gran sensación de la temporada; sin embargo, fracasó estrepitosamente dos años seguidos.

Escogió a varios caballeros, mas ellos no la escogieron.

Presionó a su padre para que intentara conseguirlos por cualquier medio, pero todo eso falló, lo que le llevaba a lo que era en ese momento: una solterona.

El duque de Welberg representaba la redención; no obstante, estaba pegado como mugre a la hija del duque de Albine.

Quería arrebatarle a ese hombre más por odio que por sentimientos hacia aquel. Las dos no podían respirar el mismo aire, por eso Eliana estaba dispuesta a vender su alma con tal de desaparecer a Helen del mapa inglés.

Ajenos a los pensamientos homicidas de Eliana, William y Helen disfrutaban de un baile divertido.

Ella no había disfrutado tanto en mucho tiempo.

La compañía lo hacía todo, estaba feliz con el duque, tanto que no quería soltarlo por nada del mundo, solo porque era incorrecto se veía obligada a soltarlo, mas si de sus ánimos dependiera, saldrían de ese lugar e irían a la taberna para ser felices un par de horas.

Cuando acabó la pieza, los dos se mostraron sonrientes y fueron a refrescarse con una copa de vino.

—No sabía que usted conociera esta danza, Helen. La imaginé un poco más salvaje, la subestimé, pero no me culpe, la vi con una gallina muerta.

—Es comprensible. Yo tampoco creí que fuese tan grácil. Se ha pasado riendo con todas las damas...

—Es imaginación suya, milady. Jamás me atrevería...

—No quise pasar vergüenza, pero estuve a punto de pisarlo en varias oportunidades para que se eduque, me contuve todo lo que pude.

—Exagera. Me he portado bien. Ahora viene la siguiente parte del plan. Debe mantener sus celos a raya o ambas me perderán. Se quedarán sin una cosa y sin la otra. Además, me extrañará cuando no tenga un regazo en el cual recostarse.

—No es tan importante, excelencia. Se da más importancia de la que merece. Sea un poco humilde y no alardee.

—Es mi atractivo, ¿por qué no lo haría?

—Solo cuídese de no caer en las tonterías de esa mujer. Quién sabe qué le dirá de mí.

—Nada que no sepa y todo lo que está alejado de la verdad. Deje que escuche la versión de los hechos. No iré a buscarla, dejaré que me aborde. Iré junto a mis padres. Por esta noche, nosotros solo nos veremos de reojo, Helen.

—No crea que lo miraré de reojo, sino que estaré acechándolo.

—Puede quedarse a ver cómo esa mujer hace la danza del cortejo frente a mí y cómo yo solo tengo ojos para usted, estimada lady Helen...

Se despidieron con una cortesía y se dieron la espalda para ir por caminos separados.

William se sentaría a esperar, mientras que la joven lo observaría como si fuese un águila en medio de la cacería.

Tendría que ser inteligente para lidiar con la hija del marqués después de que esta se desprestigiara sola, ya que se había puesto del lado de Helen en ese momento, por eso era probable que aquella considerara un acercamiento como algo difícil, no lo sabía con certeza, solo cruzando palabras podría hacerlo.

Primero debía pensar en cómo ponerse en bandeja de plata algo que resultara para que la joven o su padre se acercaran a hablarle. Él no pensaba hacer el mínimo esfuerzo por el contacto, si se acercaban, sería perfecto, pero si no, no había mucho que lamentar.

El duque regresó junto a sus padres, pero no dejó de seguir a Helen con la mirada.

Ella no bailaba con nadie, solo comía y bebía a sus anchas, pero sin dejar de verlo.

Los separaba una gran cantidad de personas, mas eso no impedía que sus ojos se encontraran.

Si seguía así, no podría conseguir ayudarla con presteza para que pronto pudiese dejar de lado la venganza y centrarse en ellos como pareja.

Llegado un momento, decidió arriesgarse y fue a buscar una copa.

Se quedó junto a la mesa del tentempié fingiendo pensar.

Solo estaba ahí de pie sorbiendo su bebida, esa debía ser la carnada perfecta.

Eliana no había dejado de seguir al duque con la mirada. Encontró una oportunidad de acercarse para conversar. Estaba decidida a hacer lo que fuese para sacar a Helen fuera de la jugada. Le hizo una señal a su padre para indicarle que haría algo.

Sin meditarlo demasiado, fue hacia la mesa del tentempié en la que se encontraba el duque. Fingió tropezar, perder el equilibrio y caer sobre su brazo izquierdo.

—¡Oh, lo siento! —expresó alejándose con presteza, poniendo expresión de susto como si en verdad se hubiera tropezado.

El duque miró a la joven con desdén en un primer momento, pero después tuvo que fingir amabilidad. No sabía que fingir con alguien a quien despreciara fuese tan difícil, era un verdadero esfuerzo.

—No se preocupe... —dijo sin hacer mayor esfuerzo por acercarse, si ella deseaba algo, que buscara la manera de conseguirlo.

—Mi nombre es lady Eliana Roosevelt, hija del marqués de Roosevelt, ¿y usted?

—William Lowther, duque de Welberg...

—¿Usted no baila?

—En este momento no, pero tal vez en la próxima velada. No estoy acostumbrado a tantas personas en un mismo salón. Me agobian.

—Es entendible... Lo vi con cierta dama. Ella no tiene buena reputación, debería alejarse, no sea que termine salpicado por su suciedad.

—¿Está hablando de lady Helen? Ella es la hermana de mi socio de negocios, una mujer con todas las letras. Dudo mucho que cualquier cosa que se diga sobre su persona sea cierta.

—Es comprensible la razón por la que tiene un buen concepto de la hermana de su socio, porque justamente es eso. Nadie pierde un buen negocio por faltar al respeto —sopesó Eliana—. Lo mejor es obviar la condición de paria de un miembro de la familia.

La mente de William pedía a gritos que la matara por ser despreciable, pero dejaría que Helen se encargara, porque si de él dependiera, esa mujer no pasaría de esa noche.

—Me recuerda a algo así como: el ladrón que grita ladrón para despistar a la gente. Milady, no debería atacar a nadie, nunca sabemos cuándo se nos acabará la suerte.

—Es cierto, excelencia. ¿Me invita a una copa esta noche?

Él quería responder que la cogiera ella misma; sin embargo, no podía ser vil si deseaba llevarla hacia la destrucción.

Tuvo que ceder. Cogió una de las copas y se la entregó con una sonrisa.

Al terminar de haberlo sentido, como si algo le ardiera en la nuca.

Al voltear, notó que los ojos de su querida Helen lo estaban calcinando como si no existiera otra cosa que pudiese quemar.

Sentía arder su propia carne gracias a su mirada asesina.

Al parecer, ella no estaba comprendiendo la razón de su amabilidad.

No era porque la joven le gustara, era para el beneficio de la misma Helen.

No podía hacerle entender nada. Lo único que sabía era que debía buscar nuevas técnicas de seducción para que el enfado no le durara mucho.

Cuidar sus palabras era lo primordial desde ese momento.

—Gracias, excelencia, es usted muy amable. Espero verlo pronto por otra velada. Si le interesa, sabe dónde puede encontrarme.

—Lo tendré en cuenta, milady. Continúe con su noche. En esta ocasión me retiraré...

William hizo una inclinación de cabeza antes de retirarse. Una vez que se apartó, cerró los ojos con fuerza.

—Estoy muerto, estoy muerto, estoy muerto —repitió sabiendo que Helen lo había visto y, como mínimo, exigiría su cabeza como compensación por la ofensa de conversar con esa mujer.

Lo único que podía hacer era huir pronto.

No quería encontrarla en algún lugar o darle un resquicio para que lo condenara.

Intentaría apelar a sus sentimientos por una carta en la semana.

El duque creyó con ingenuidad que podría huir de Helen, pero esta lo encontró caminando a hurtadillas por un pasillo.

—Su excelencia, ¿por qué parece tan sospechoso? —cuestionó la joven con los brazos cruzados.

Él se colocó firme al oír la voz de la joven.

—Pensé que se había ido, Helen...

—Lo he visto coqueteando, William. ¿Qué tiene que decir en su defensa?

—¿Cuál coqueteo? No hice nada indebido.

—Ser amable con esa culebra es lo suficientemente malo para heredar el infierno.

—Todo es por una causa. Le recuerdo que lo hago por usted.

—Intente no sacrificarse tanto, excelencia.

—¿Está siendo sarcástica?

—¿Sarcástica? ¡Sí! Tenga sus manos detrás de la espalda o tendré que dejarlo de lado en este asunto.

—¿Por qué, si esto lo ideamos juntos?

—Usted es demasiada tentación para ella y mucha preocupación para mí. Necesito paz y verlo cerca de esa mujer no me la da.

Él miró a su alrededor antes de coger las manos de la joven y llevarlas hacia su pecho.

—Parece que lady Helen está celosa. Podríamos ahorrarnos este problema casándonos, así solo usted será mi dueña. Puedo ser más fiel que un perro.

—Lo malo de los perros es que de vez en cuando le mueven la cola a cualquiera. Escoja otro animal más fiel...

—Siempre encuentra una excusa para que yo no sea el hombre perfecto. Es un poco odiosa, pero lo tolero porque me agrada mucho. La esperanza del matrimonio todavía sigue encendida en mi ser.

—Pues apáguela. Si antes no quería, ahora que he comprobado que es un libertino, mucho menos se me antoja.

—Es rápida para juzgar y olvida mis favores. Por esta vez se lo dejaré pasar y no utilizaré tácticas sucias para conseguir lo que quiero. Este duque prefiere el camino del bien, pero no tiene inconvenientes en usar el del mal si alguien me pone trabas.

La joven lo miró con determinación. Sabía que él hablaba en serio y que también ella estaba abusando de su paciencia.

El duque era magnánimo, pero Helen no se resignaba a perder el control de la situación, quería dominarlo todo por temor al futuro, al rechazo y a la soledad.

Siendo una tirana, era la forma más acertada de evitar que las emociones la dominaran, aunque con los celos no podía hacer mucho.

Era inevitable. Ese hombre le gustaba y algo en su corazón le indicaba que era suyo, por más libertino que pudiera ser.

—No se atrevería a ponerme entre la espada y la pared, William, porque puedo ser como una criatura acorralada, muy peligrosa.

—Puede ser peligrosa con otros, pero no conmigo. Hablaremos pronto. Tenemos los tres lugares a los cuales acudir. Le enviaré una carta para continuar con la farsa. Hasta pronto, milady. No deje que sus celos nublen su juicio.

Ella lo vio irse y se quedó en ese lugar por un rato, después fue junto a sus padres y les pidió para que pudieran retirarse, pues ya no tenía nada que hacer ahí.

Al llegar a su residencia se sentó con pesadez en la cama.

—Milady, ¿cómo le fue? —indagó Ingrid con curiosidad.

—Bien por un lado. Pensé que sería peor. Nadie me dijo nada del pasado, salvo esa serpiente que quiere enroscarse por mi duque, pero no la dejaré. Soy capaz de matarlo a él para no dejarme ni un cabello... —alegó Helen, molesta.

—Muerto no sirve, milady. ¿Dejará que los gusanos devoren su cuerpo?

—Imaginaré que soy un gusano, Ingrid. ¿Qué más me queda?

—¡Milady, milady! Ha llegado una nota extraña a la casa, me la acaba de dar el cochero. Dice que un joven desconocido se la entregó cuando se disponía a meter el carruaje —anunció Harper.

—Debe ser alguna treta de su excelencia. Es un experto en rarezas...