Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 23
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Capítulo 23

William esperaba cualquier cosa menos ese enfrentamiento.

Las palabras que dijo Helen eran como sentencias de muerte.

No solo echó tierra a su propia reputación, sino que enterró a la joven con ella.

Estaba sorprendido por cómo se daban los acontecimientos.

La hija del marqués estaba decidida a destrozar a Helen, pero ella no caería sola.

Sabía que no podía salvar su honor, mas arruinaría el de la otra.

Ambas estarían en el fango del deshonor.

Eso era lo que deseaba su futura duquesa.

—¡Cómo se atreve! Todos saben lo que ha hecho en el pasado. Está deshonrada y nunca se casará... —alegó colocando sus brazos cruzados bajo el pecho como la niña mimada que era.

—A usted qué le importa mi pasado, presente o futuro. Es mejor que se aleje de mí, su fracaso es tan nauseabundo como la osamenta... Vámonos, excelencia.

Helen se sintió orgullosa después de decir eso y darle la espalda a esa mujer, mientras que William quería alzar el mentón como cualquier engreído lo haría, pero se resistió a hacerlo porque no quería echar a perder el momento triunfal de su acompañante.

—Esa fulana sabe provocar, pero mi querida Helen se defiende como toda una leona. Considero que ella ha quedado más ofendida. La gente se fijará más en sus acciones presentes que en el pasado ajeno.

—Siempre halagándome, ¿no teme que la gente lo escuche y lo impliquen conmigo?

—Estoy más que implicado con la hija del duque... —insinuó alzando una ceja para escandalizar a la joven.

—¡Hijo! —exclamó una voz conocida.

Cuando William vio a su madre, sonrió para recibirla.

—Madre... —dijo cogiéndola de la mano.

—¿Esta es la hija del duque de Albine?

—Sí, es ella.

—Qué buen gusto tienes, querido. Deberías presentársela a tu padre, solo que ahora está ocupado intentando lidiar con quienes desean ofrecer a sus hijas para ti...

—No exagere. Helen, ella es mi madre... —habló para presentarlas.

—Es un gusto conocerla, milady... —correspondió con una reverencia.

—William no ha dejado de hablar de usted desde que la conoció. Tenemos una cita pendiente para que nuestras familias se conozcan más a fondo. Debemos pensar en una fecha propicia para el matrimonio...

Helen abrió los ojos con incredulidad y miró a William esperando explicaciones.

Una risa nerviosa escapó del joven duque.

—Madre, se equivocó. Usted quiso decir fecha propicia para la cena... Milady, no le haga caso, ella cometió un pequeño error. Siempre está ansiosa por casarme, espero que la disculpe.

—Entiendo a su excelencia, porque mis padres son exactamente iguales, no pueden ver un frac bien arreglado —afirmó la joven.

Martha entendía que aquellos dos estaban más que sincronizados, no insistiría más, dejaría que su hijo continuara como quisiera, pues estaba decidido a complacer a esa dama de cualquier forma.

No conseguiría obligar a un compromiso rápido solo porque ella ya quería una nuera nueva. Todo sería a su debido tiempo.

—Te veré después, querido, seguiré apoyando a tu padre con un par de copas de whisky mientras tú te escondes... Fue un gusto, milady. Espero volver a verla pronto.

La joven despidió a Martha con una venia y después miró a William.

—¿Qué tan suelta está su lengua en casa, William?

—Muy suelta. No tengo secretos con mis padres, jamás podría pagar su amor con agravios. Disculpe a mi madre, es muy entusiasta de los matrimonios. Mis cinco hermanas están casadas, al igual que mi hermano.

—James no puede ni con una hermana. Imagine que tuviese que casar a cinco. Estaría muerto sin duda.

—Para la quinta hermana él ya hubiese sido enterrado.

Tiene mala salud para gestionar problemas.

No creo que deba casarse en el futuro, una esposa es algo difícil de sobrellevar.

Su tolerancia a la frustración es nula y lo único que puede hacer es morir.

Es mi socio, pero entiendo que su salud es mala.

—Sí, siempre lo fue. Estuvo rodeado de médicos durante la infancia. Creímos que después de sus quince años se había recuperado, pero hemos visto que no es cierto. Fueron años de gloria que nos engañaron a todos. Ni el mismo James podía creer que una recaída fuese tan cruel.

—Cuando lo conocí no pensé que estaría tan enfermo, parecía saludable.

—Fue un engaño masivo. Ahora no sabemos si la familia tendrá un heredero para el ducado.

—Eso es preocupante. ¿No cree que pueda afectar los planes de su soltería?

—No, porque no puedo depender de ellos. Estoy ahorrando, ya lo sabe. No solo dinero, sino también en joyas. No puedo tener propiedades por ser mujer, por lo que tendré que rentar alguna por el resto de mi vida. Eso es suficiente para sobrevivir.

—¿No es mejor vivir que sobrevivir?

—Es lo mismo cuando se llega a cierto punto de la vida. En mi caso, solo me preocupa ser una carga más para mis padres y James. Ya es suficiente sufrimiento.

—Ya le he ofrecido mi ayuda de todas las formas posibles. Ser mi esposa resolvería cualquier problema y, además, es capaz de salvar a la salud de su hermano. El pobre se enferma porque está preocupado por su hermana.

—Sentí una pequeña acusación por su parte, William, ¿acaso quiere que me sienta culpable para casarme con usted?

—Un poco de culpa no hace daño. Me tendría siempre que lo necesitara. ¿No cree que sería bueno reconsiderar mi ofrecimiento?

—Me tome que su excelencia tiene intenciones ocultas al ayudarme, ¿es así?

—Nada de lo que dije está oculto para usted.

Sabe todas mis intenciones, desde las mejores hasta las peores.

Sabe que me gustaría compartir la cama con usted en otras formas, pero no lo hago porque espero que me ruegue para hacerlo.

Soy un caballero, alguien considerado como las incomodidades femeninas.

—Le agradezco por no presionarme, pero considero que se excede en sus expectativas. ¿En qué se basa para decir que le rogaré?

—Tengo muchas formas. De hecho, solo debo ser amable con una persona y me rogará que jamás la deje ir.

—Es usted un gran rufián, excelencia. Es difícil competir con usted al momento de ser cara dura.

—Me alegra que lo sepa. Creo que el beneficio es mutuo entre nosotros, ¿por qué resistirse?

—Eso lo definiremos después, llegó el momento de que bailemos para cerrar esta noche como un éxito.

—Mmm... ¿Está segura de que no quiere tirar un señuelo? Recuerde que, mientras más alto el vuelo, más dolorosa será la caída.

—¿Qué quiere hacer?

—Danza con la serpiente. Le daremos un dulce para mantenerla interesada y que cometa locuras.

—Eres más malvado que yo.

—Soy el espíritu de su venganza, no me culpe por la malicia. Estoy seguro de que no soy tan malvado como me pinta, milady. Considere lo que le digo, aunque quizá sus celos no la dejen aceptar que la invite.

—¿Celos? Intente su plan, me mantendré al margen para disfrutar de su caída.

—Está bien, Helen. Tengo permiso para ser malvado, aprovecharé esta oportunidad.

—Cuidado, no se exceda con el coqueteo, excelencia, puede ser contraproducente para su seguridad.

Él frunció el ceño al oírla decir eso.

—¿Por qué para mi seguridad? Me da curiosidad saberlo.

—Porque voy a golpearlo hasta dejarlo lisiado y sin posibilidades de coquetear con nadie más en lo que le quede de vida...

El duque se sentía realizado, la joven por fin lo comenzaba a valorar, por más que fuese de una manera tan posesiva.

Ese era un paso enorme para conquistar su corazón con el tiempo.

Ella sentía que él le pertenecía y ese era el principio de todo lo que tendrían en el futuro.

Su venganza era la bandeja perfecta para ofrecerse mostrando sus encantos e inteligencia.

—Me parece un excelente trato. Me cuida de maneras misteriosas, Helen.

—No agradezca y no cometa errores que lo lleven a quedarse en cama mucho tiempo, excelencia.

—Está bien, está bien...

Los dos cogieron sus propias copas y las que eran para los padres de Helen.

Ambos evitaban mirar hacia donde se encontraba la malvada lady Eliana, pero su mirada los llamaba porque aquella no dejaba de exigirles que se fijaran en ella.

La envidia era malvada y la estaba torturando.

Helen lo disfrutaba como pocas veces lo hacía con algo.

—Estoy esperando que se desmaye. Una vez que tú y yo vayamos al centro del salón a cumplir con nuestra pieza pactada, terminará en el piso, echando espuma por la boca. Al menos lo imagino como un pequeño placer… —comentó Helen a William, que estaba a su lado.

—Yo disfruto sabiendo que usted lo hace. Me siento útil en esta ocasión. Puedo darle felicidad a la dama más hermosa de este salón. ¿Se ha dado cuenta de que nadie habló de usted?

—No me había fijado en eso, estaba absorta en hacer maldades.

—No puede hacerlas si no disfruta de ellas. Cada detalle es importante. Además, saber que las personas de aquí están interesadas en el pasado que usted tanto menciona como forma de muerte social para justificar su ostracismo.

—William, parece la voz de mi conciencia. No la escucho con frecuencia, porque habla sin que se lo pida y pocas veces dice algo que merezca la pena considerar.

—Entiende lo que quiero decir, pero prefiere ignorarlo. Esa es su naturaleza testaruda, no podemos hacer nada contra esas mañas más que aceptarlas y convertirlas en parte esencial de su temperamento.

—Ha llegado la hora. Quiero contemplar la lenta caída del ave de alto vuelo, excelencia… —Ella lo cogió del brazo para llevarlo hacia el centro del salón. Estaba ansiosa por ver cómo la cara de esa mujer se hacía pedazos por causa de la envidia.

Los demás invitados debían admitir que William y Helen eran la pareja perfecta. La mitad de los asistentes no sabía quién era la joven y la otra quién era el caballero, solo sabían que juntos eran como un día espléndido en primavera.

Una vez posicionados para bailar, los dos hicieron las reverencias correspondientes antes de iniciar.

Una contradanza era lo que todos bailarían en esa ocasión.

Helen pondría en uso sus habilidades polvorientas que practicó durante tantos años en su infancia y adolescencia, mientras que William no le tenía miedo a nada, ni siquiera a hacer el ridículo si no recordaba algún paso de la coreografía.

Ambos se desempeñaban muy bien entre los pasos repetitivos y sencillos en el grupo.

Era una forma de divertirse mucho. Esa noche Helen descubrió que le gustaba bailar con el duque de Welberg.

A la par que ellos bailaban, la mirada de Eliana se ensombrecía al verlos sonrientes repitiendo un paso tras otro.

En la mente de esa mujer recorrían más ideas para acabar con Helen.

En el pasado creyó que la había devastado, pero renació de las cenizas para arruinar su vida otra vez.

Ella, con su rostro angelical, su porte elegante y sus joyas costosas, era la imagen de la perfección, mas nunca aceptaría estar por debajo de aquella, pues tenían lo mismo, solo que a Eliana no parecía quedarle nada de la misma forma.

—Padre, debe hallar una forma de alejar a esa mujer del duque. He dicho que era una paria, pero nadie pareció escuchar lo que dije. Mire cómo lo acapara —se quejó Eliana.

—La casa del duque de Albine debe tener alguna relación estrecha con la residencia de la familia Preston, de lo contrario, nadie en su sano juicio se arriesgaría a pegarse a una mujer con su reputación.

—No me importa que esté con ella por lástima, lo único que quiero es que no se le acerque. Es una bruja que quiere robarme todo lo que me pertenece. Ese caballero será para mí. Quiero que tenga un peor destino que el secuestro, padre, deseo verla muerta para que no vuelva a meterse en mi camino.

—Debemos pensar en una forma de hacerlo. Como sabes, no sale de su casa en años…

—No importa, se vienen más bailes. Bajará la guardia y esa será la oportunidad perfecta.