Capítulo 22
La familia del duque de Albine abandonó la residencia para ir al baile que se llevaría a cabo en la residencia de lady Spencer.
Helen no tenía referencias sobre el lugar, pero tampoco le importaba, ya que ella no iba a hacer relaciones públicas, sino a comenzar una venganza.
Todo estaba planeado a la perfección y se sincronizaba con lo que habían previsto, sería un éxito y este asunto no llevaría más tiempo del necesario.
Pronto podría volver a su vida aburrida, aunque le costara un poco debido a que William se había metido en su mente poco a poco.
¿Cómo podría alejarse tan pronto de un hombre como él?
Era un verdadero actor lleno de encanto y emoción.
Le gustaba mostrarse vulnerable para ella al pedir sus favores cuando estaban solos.
Era el rey de la insistencia, mas todo eso solo sumaba para hacerlo aún más encantador.
Por un lado, estaba nerviosa por el principio del fin para alguien y, por el otro, porque quería ver a William. Quería ver cómo era su desempeño con la joven en cuestión.
La familia de Helen llegó antes que la de los Preston a la residencia de lady Spencer, que tenía un gusto exquisito en la iluminación y las guirnaldas que colocó en el salón.
Lady Spencer recibió a la familia como si fueran los más importantes en ese lugar.
Ciertamente, el duque de Albine era conocido por su riqueza y su honor.
Era un caballero virtuoso al que todos respetaban y apreciaban.
Ese fue el primer momento en donde su corazón comenzó a latir con más fuerza de la necesaria.
Esa sensación de que todos se burlarían de ella regresó a su mente.
Observaba la puerta con atención, como si quisiera escapar de su destino.
Por unos segundos se arrepintió de haber ido, pues se sentía incapaz de dar un paso; sin embargo, al ver al duque de Welberg que entraba al salón, el cielo cubierto por nubes de tormenta se disipó.
Él con su presencia hacía magia. Era aún más elegante que cuando fue a su casa.
Nadie en ese salón superaba a William en ningún aspecto, él cumplía con todos los requisitos para ser perfecto.
Ese hombre no fue solo al evento. Sus padres lo acompañaban. Eran personas igual de atractivas y se notaba que el dinero era solo un asunto convencional. Tenían clase y presencia.
—Es el duque de Welberg. James tenía razón al decir que estaría aquí. Hablaré con él para conseguir una pieza para ti. No se negará. Usaré el nombre de James hasta gastarlo si hace falta. El duque lo aprecia mucho —declaró su padre.
—El duque atrae demasiadas miradas, pero es común, pues él no es cualquier persona. Es su primera vez de manera oficial en un salón. Además, vino con su madre y el letrado —musitó la duquesa.
Los murmullos de las damas alrededor se extendieron.
Helen llegaba a escuchar que William era como un verdadero dios que descendió del Olimpo para deleitar a las mujeres con su presencia.
No estaba en desacuerdo, pero era indecente.
Le daba celos escuchar a otras referirse a él como si fuese el objeto de su concupiscencia.
El duque era suyo porque así lo habían acordado y nadie se lo robaría.
Le quitaría los ojos a quien se atreviera a desearlo más de lo necesario.
A los pocos pasos de entrar, William fue abordado no por damas, sino por caballeros con ropa demasiado elegante.
Era evidente que no querían conversar de negocios, porque si así fuese, ya lo hubiesen buscado en su casa, porque ahí todos lo encontraron.
Para su buena fortuna, John intervino para salvarlo y que él pudiese continuar con su camino hacia Helen, pues sabía que su hijo no estaba interesado en conversar con nadie más.
Aquel solo había ido a levantar polvo y no quería nada ajeno a lo específico.
William no perdió tiempo y fue hacia la familia Winston. No saludó directamente a Helen, no quería levantar sospechas, solo sería cordial con los duques y después conversaría con ella de lo importante.
Al poco tiempo, entró el marqués de Roosevelt en compañía de su esposa y su hija. Eliana agitaba su abanico con delicadeza, dejando la impresión de ser una dama refinada y cotizada.
—Haz lo que hemos planeado, padre. Convenza al duque de que ponga su nombre en mi carnet —le recordó la joven con impaciencia.
—Ni siquiera pueden identificarlo entre esta multitud, ¿qué les hace pensar que podrán conseguir un baile? —alegó la marquesa, escéptica.
—Mi padre usará sus influencias, madre. Este asunto es sencillo. No hay nadie que se resista a eso...
El marqués quiso interceptar a William, pero este lo miró como si fuese una alimaña y continuó su camino. Él jamás le daría el gusto a ese hombre. Estaba enfocado en un solo objetivo: acompañar a Helen.
—La gente parece ignorar las ocupaciones ajenas —comentó William limpiando su brazo que había tocado el marqués de Roosevelt.
Después miró a ese hombre como si no fuese nadie—.
Es un placer ver a la familia del duque de Albine; sin embargo, falta alguien importante, ¿cómo está mi buen amigo y socio?
El marqués se quedó de piedra al ser ignorado de forma deliberada por el duque de Welberg.
Realmente creyó que este joven estaría impresionado al ser abordado por un hombre como él; no obstante, se dio cuenta de que a este no le importaba su presencia para nada.
Estaba sumergido en la presencia de la familia del duque de Albine.
Con rabia, el hombre colocó las manos en puños y regresó hacia donde estaban su esposa e hijas.
—Este marqués de Roosevelt carece de modales, excelencia, no le haga caso.
Estoy seguro de que lo busca porque su hija sigue soltera.
Hemos oído que ha corrido la voz de que usted buscaría esposa.
.. No se olvide de esta humilde familia, duque de Welberg —replicó el duque de Albine queriendo darle a entender que su hija también estaba soltera como el resto.
A Helen se le sonrojaron las mejillas al oír las atrevidas palabras de su padre. Este parecía haber perdido el juicio con ese comentario desesperado.
—Padre, no asuste a su excelencia, la única persona capaz de espantarlo soy yo... —intervino con una sonrisa nerviosa. Sabía que William comenzaría a replicar.
—Es un placer verla, lady Helen. No creí que fuese a venir a un baile... —comentó en tono despreocupado.
—Hemos recibido una afortunada invitación para este baile —correspondió con una media sonrisa cómplice.
—Veo que aún no han llenado su carnet. Seré el primero en hacerlo si usted lo permite, milady...
—¡Ella lo permite! Es más, puede bailar más de una pieza con ella, excelencia, ¿no es así, Helen? —La duquesa pellizcó el brazo de su hija para que esta respondiera.
Cerró los ojos al sentir el dolor del pinchazo. Sus padres habían perdido la compostura por completo. Si su hermano no estuviese enfermo, no estaría pasando por semejante vergüenza. Estaban a punto de tirarla a los brazos de ese hombre.
—Considero que con una pieza será más que suficiente para su excelencia. He oído que no está acostumbrado a bailar y puede que sus zapatos le hagan daño...
—¿Y sus zapatos no le harán lo mismo, milady? Me temo que ninguno de los dos tiene mucho recorrido en los salones, sería injusto solo decir que yo sufriría. También me compadezco de su dolor.
—Qué considerado. Un baile está bien para los dos, excelencia... —Ella le ofreció el carnet para que lo firmara y pudiesen librarse de ese momento incómodo.
William accedió con una sonrisa en el rostro. No la torturaría más, al menos por esa noche.
—¿Le apetece una bebida? Acompáñeme a la mesa del tentempié, milady.
Helen comprendió que él deseaba conversar en la mayor intimidad posible. Asintió después de que él terminara de colocar su firma.
El marqués de Roosevelt echaba fuego por la boca. Estaba iracundo después de que el duque de Welberg lo ignorara por completo. Llegó junto a su esposa y su hija. Ambas lo miraban sabiendo que había fracasado miserablemente.
—¿Qué pasó, padre? Lo hemos visto todo. ¿Acaso ofendió al duque? —cuestionó Eliana.
—Se nota que no has visto nada. Me acerqué para hablarle, pero este me ignoró sin gracia alguna.
—¿Pensaste que tu cara arrugada haría que él se fijara en ti, querido? ¿En qué estabas pensando? Es absurdo. Es evidente que tu intromisión le pareció un insulto.
—Tonterías. Debería estar agradecido de que me fijara en él para mi hija.
—Deja que me encargue, padre. Estoy segura de que no podrá rechazar a una dama que se le acerca de forma accidental.
.. —Eliana se enfocó en buscar al duque y vio a aquel hombre tan atractivo en compañía de la mujer que más odiaba: lady Helen—.
¡Está con ella! ¿Qué está haciendo ella aquí? ¡Padre! ¡Es esa fulana!
El duque, que no se había fijado en nadie más que en el duque de Welberg y de reojo vio al duque de Albine, se dio cuenta de que era cierto. La hija de ese hombre estaba en el salón. Creyó que nunca saldría a la calle después del secuestro, pero ahí estaba, compitiendo contra su hija.
—¿Cómo es posible? ¿Qué hechicería hizo esa mujer para poder hablar con él? —preguntó el marqués, enfadado.
—El duque de Albine es la explicación, padre. Ambos son duques, tiene sentido que tengan algo en común, pero no debería estar con ella. Es una paria a la que nadie quiere.
—Yo veo al duque bastante entusiasmado con esa joven. Dejen esta tontería y regresemos a casa, tengo sueño —musitó la marquesa.
—Me encargaré de que, si el duque no sabe sobre la reputación de esa joven, lo sepa. —Eliana infló el pecho con determinación. Si esa mujer no tenía la reputación muerta, se encargaría de matarla...
El duque y Helen caminaron entre las personas del salón con tranquilidad. Iban hacia la mesa del tentempié para buscar copas de vino para la familia Winston.
—¿Qué le parece esta noche, Helen? —indagó William.
—Usted es sumamente inteligente. Su acto de rechazar al marqués de Roosevelt fue algo digno de un aplauso. Es evidente que se acercó porque oyó las excelentes referencias del chisme que regó su madre.
—Cayó en la trampa. Ahora debemos esperar que la maldad actúe. Tenga cuidado, porque estoy seguro de que atacarán su debilidad. Hablarán mal de usted...
—Es algo que, por más que no me guste, tengo que aceptar. Estuve dos años aceptándolo; creo que tengo suficiente paciencia para poder tolerar un par de horas y más de una decena de ojos viéndome. Estoy lista para la humillación que pueda venir.
Poco tiempo después, Eliana se acercó a ellos y los chocó con fuerza. Su intención era tirar al dueño a Helen, pero el duque, en un acto reflejo, cogió a la joven por la cintura y la acercó a su hijo, y quien terminó cayendo fue la hija del marqués.
Una sonrisa de satisfacción cruzó los labios de William y después hizo como si no hubiese visto nada. Tenía en brazos a Helen y ese era el mayor premio que podría obtener esa noche.
—Sigamos, milady... —habló William que tuvo que soltar a Helen, que lo observaba con admiración.
Ella quedó fascinada al notar la habilidad de William para evitar que cayera al suelo. Fue un momento mágico y casi eterno en donde sus cuerpos estuvieron cerca, pese a que en la taberna eran más cercanos, lo que vivieron en público era considerado indecente.
La joven hija del marqués se vio tirada en el piso, se levantó de un salto y señaló hacia Helen.
—Usted, que es una paria, ni siquiera se fija por dónde va. Es la primera vez en años que se la ve en un salón después de sus indecencias y tiene la osadía de presumir su mala educación... —escupió.
Helen giró sobre sus talones y la observó.
—Disculpe, ¿quién es usted? Ah, ya recuerdo, es la hija fracasada del marqués de Roosevelt. Puedo ser una paria y tener una cruz en mi hombro, pero jamás podría ser una fracasada que, sin nada en la espalda, es incapaz de conseguir esposo.