Capítulo 21
—No he tocado opio este año, solo he bebido whisky y vino. No estoy alucinando ni borracho, la esperé para beber. Lo que dije es la teoría del pañuelo y, como nosotros no somos extraños, puedo presumir que le fascino por este presente tan íntimo…
—Usted sí que sabe fanfarronear, pero me agrada… —Ella acarició uno de los mechones de cabello de William y le sonrió.
—Estoy seguro de que milady desea un beso para recibirla, no dude de que se lo daré…
Al terminar de decir esas palabras, él se acercó a Helen para besarla con tranquilidad.
Quería disfrutar de la lentitud, porque las horas con ella pasaban demasiado rápido y de manera injusta.
Movió sus labios sin desesperación, solo esperando probar el néctar que desprendía.
Esa noche era para que estuviesen en perfecta sintonía antes de entrar en la batalla más dura y de la que dependía el futuro entre ambos, por más que sabía lo que pretendía esa joven deseando rechazarlo después de que todo terminara bien para ella.
Helen disfrutaba de ese momento insondable. ¿Cuánto tiempo más podría disfrutar de lo que él le ofrecía? No sabía la duración de su venganza, podrían ser días, tal vez semanas o meses. Sabía que podría vivir viéndolo en ese lugar cada semana.
—Es usted tan cariñoso, su excelencia... —Helen se alejó un poco y después se sentó a su lado.
—Debo aprovechar el tiempo con usted, porque no sé en qué momento podría cambiar de opinión. Este tratamiento tan frío no se ajusta a nuestra sociedad, milady. Puede llamarme por mi nombre, William, y yo le digo Helen.
—Mmm... Déjeme considerarlo. No quiero que esta intimidad que tenemos dañe nuestra relación de camaradería. Somos cómplices, socios, negociantes de la venganza... ¿Acaso se deberían albergar sentimientos?
—Ajá. Tiene dudas razonables; sin embargo, los sentimientos no son algo malo, son un activo valioso en nuestra sociedad, lo que nos convierte en socios leales.
¿Usted dormiría junto a alguien en quien no confía?
Pues yo tampoco. ¿Haría negocios con un hombre deshonesto?
Creo que no. Se necesita confianza y lealtad para hacer un camino a algo bueno y beneficioso para los socios.
—Bien. Lo haremos así, excelencia... Digo, William. Solo que frente a los demás siempre seguiremos siendo el duque y lady Helen.
—Con eso basta y sobra, Helen, soy feliz con las sobras que me das. Mi vida es mejor que la de un canino o una paloma que vive de migajas.
—Deje de burlarse o su vida terminará como la de una mosca.
—¿Qué tendría de malo ser una mosca y posarse en los manjares más exquisitos? De nuevo su corta visión la delata, Helen... Qué ventaja más descarada sería ser una mosca. Imagine los chismes que podría oír en un gran banquete.
—Sería una mosca con mucho ímpetu para las tonterías. Cuando lo pillen sobre la comida, será su fin.
—Oh, no puede dejar a un pobre insecto con vida. Siempre piensa en consecuencias catastróficas, creo que ese debe ser su mayor encanto.
—Entonces soy la criatura más encantadora de Inglaterra. Tengo sed... —La joven se alejó y fue a servir un poco de vino para ella.
—¿Acaso beberé de tu copa por eso no me sirves? —preguntó William con una sonrisa lobuna en el rostro.
Ella no protestó y solo sonrió por lo bajo.
—Siempre tan ansioso, excelencia. Solo tengo dos manos... ¿Acaso ser lenta es un crimen?
—Mi malvada favorita, solo quería que no se olvidara de mí. Tengo el corazón débil... —habló en tono meloso. Después, cuando ella se acercó, se recostó en el hombro de la joven fingiendo ser vulnerable.
—Usted es mi secuaz perfecto. Brindemos por nosotros y esta sociedad. —Ella le entregó la copa a William.
—Y por todo lo que vendrá después.
—Salud.
Los dos chocaron sus copas antes de darle un trago para que el brindis se hiciera efectivo. Dentro de la mente de cada uno, brindaban por cosas distintas. Ella por su venganza y él para conseguir su corazón después de la tormenta. La verdadera batalla sería en el primer baile.
—Tengo varias estrategias para nuestra primera noche de baile, Helen —comentó William dejando su copa a un lado.
—Excelente, quiero escucharte.
—Utilizaré a mi madre.
—¿Y eso qué tiene de especial?
—No hay nada mejor que una matrona con un hijo sin casar para un público femenino. Le diré que corra la voz de que su hijo buscará esposa. Eso atraerá a más de una y se desatará una competencia infernal.
—Eso se escucha como exceso de confianza. No te decepciones si nadie te busca.
—¡Incrédula! Soy un Adonis de la creación, ¿quién no querría casarse conmigo?
—Tengo un nombre...
—Guárdeselo.
—Me rindo con usted... Siga contando.
—Si no me cree, lo verá con sus propios ojos, solo no debe ponerse celosa cuando las damas suspiren por mí. Sepa que usted me tiene en cuerpo y alma...
—Usted sí que sabe cómo cambiar el viento a su favor, William. Ver para creer, hasta que mis ojos no lo constaten, no podré confiar en sus habilidades masculinas.
—¿Duda de mis habilidades masculinas? Eso es un insulto, Helen... Le demostraré algo para que no le quede duda...
Él la estiró del brazo para que Helen cayera en el lecho y demostrarle lo que era su arte varonil. No quería dejarlos con las dudas.
Harper e Ingrid custodiaban la puerta y, como la última vez, los sonidos incómodos volvían a salir de la habitación.
—El duque es un semental, Harper. Siempre hacen delirar a milady. Ella sí tiene suerte. Lo suyo fue una bendición disfrazada de desgracia, porque si no la hubiesen secuestrado, quizá estaría casada con algún pelagatos.
—Le llamas bendición a ser una mujer soltera en la habitación de una taberna con un caballero adentro haciendo cosas indecentes.
Eso no es fortuna, es desgracia en su máxima expresión.
Estoy seguro de que el duque y su señoría estarían muertos al saberlo.
No me atrevo a mencionarlo, de hecho, esquivo al marqués dentro de la casa.
He tenido que decir que estoy enfermo para liberarme de contarle esto.
La lengua es débil y no quiero ser yo quien le ponga el clavo a su ataúd.
Después de aquella noche los planes se pusieron en marcha. William cumplió con lo que dijo que haría. Su madre cooperó sin inconvenientes y reclutó a su cuñada y sus hermanas para que esparcieran el rumor con ahínco.
***
El rumor de la entrada al mercado del duque de Welberg llegó hasta la casa del marqués de Roosevelt.
Lady Eliana Roosevelt estaba extasiada al pensar en la oportunidad que tendría cuando conociera a ese joven caballero tan importante.
Era lo que siempre había esperado después de no tener suerte en sus dos temporadas.
Su madre rodaba los ojos con incredulidad al ver que aquella no dejaba de hablar sobre lo que había oído.
—¿Qué te hace pensar que en tu tercera temporada tendrás posibilidades de ser la duquesa de Welberg? Dios te ha castigado por tus obras, jovencita. Dudo mucho que te premie después de lo que hiciste —la acusó la marquesa.
—¡Padre, defiéndame! —exclamó caprichosa.
—Esposa, no digas tonterías. Eliana hizo lo que debía y es todo. ¿Qué hay que juzgar? —replicó el marqués, que no dejaba de consentir a su única hija.
—¿Echar por tierra la reputación de alguien con rumores les parece correcto? Estoy agradecida al cielo de que no lograran cazar a ningún buen candidato, Eliana no merece nada bueno.
—Defiendes a esa tonta como si fuera tu hija, madre, pero te cuento una novedad... ¡Yo soy su hija y me debe sus buenos deseos! No hay día que no escuche que el diablo vendrá por mí solo por eso. Esto es competencia, el mejor esposo será para mí.
—Prepara tu bolsillo, señoría, porque pagarás muchos secuestros.
Esta temporada estará llena de beldades y esta niña absurda piensa que puede ganarle a una novedad.
¡Bah! Yo misma le cerraría la puerta en la cara a cualquier buen candidato para que no se case con esta mujer con corazón de serpiente que parí.
Si no hubieses nacido en esa casa, ni siquiera creería que eres mi hija.
—¡Padre! ¡Escuche las cosas malas que su esposa dice de mí! —acusó la joven, enfadada.
—Esposa, eres muy dura con Eliana. Lo que ella desea, lo tiene. Ahora que encontró a un hombre que le agrada, te aseguro que lo tendrá. Usaré mis dotes de noble y me arrimaré para conseguir su favor. Mi hija está destinada a grandes cosas, será duquesa.
—Tu castigo se extiende un año más por ciego —espetó la marquesa, molesta.
—¡No, querida! ¡Todavía me faltan tres años para cumplir mi condena de cinco!
—Pues se te ha sumado uno. Deja de alentar a esta jovencita en sus delirios, eres una pésima influencia, marqués...
—¿Qué castigo le ha puesto mi madre, padre?
—Son cosas de adultos, Eliana —replicó decepcionado. Él contaba cada día para disminuir su castigo, pero por tonto ganó un año más. No podría meterse en la cama de su esposa por muchos años.
La marquesa estaba disconforme con el proceder de su hija y de su esposo.
Este no era capaz de ponerle límites a la hija de ambos.
Era débil de carácter, pero fuerte para apoyar las fechorías de su hija.
Este la secundaba en todo, sin importar lo correcto o incorrecto.
Su hija era capaz de matar si le daban alas y el marqués caería como tonto con tal de darle gusto.
—No importa. Lo que realmente interesa es que pronto conoceré al joven duque. Me pondré mis mejores galas para agradarle. Además, le pediré a esa bruja que haga alguna poción para que se enamore de mí hasta perder el juicio.
—Dos años usando esas porquerías, Eliana. ¿Te han servido? Si fuera real tendrías al menos diez esposos —le recordó su madre.
—Esos eran peleles. Me aferré a cada uno por temor a quedar como ahora, pero se ha presentado la mejor oportunidad y no puedo desaprovecharla.
—Esa es la actitud de ganadora, querida. Es momento de mostrar todo tu encanto —apoyó su padre a Eliana.
***
Había llegado la noche en que Helen se presentaría en un salón de baile.
Sus padres aún no podían creer que ella misma hubiese pedido que la llevaran.
Lo que más les sorprendió fue que tenía la invitación para asistir y no sabían de dónde la había sacado, les daba igual, porque lo importante era asistir.
Si la hubiese robado, tampoco era un problema para la familia del duque de Albine.
—Si me hubieses avisado con tiempo, habría renovado mi guardarropa, Helen. Ahora iré con estos harapos —se quejó la duquesa.
—¿Qué harapos, madre? Esa ropa la compró el mes pasado. No puede quejarse.
—Pero tú compraste ropa nueva hace un par de días. Es injusto. Le diré a tu padre que no me da suficiente dinero y que se ha vuelto tacaño.
—Lo único que logrará es hacerlo sentir culpable y no podrá dormir... Piénselo bien, madre. Después lo tendrá en la puerta toda la noche arañando por entrar para conversar y solucionar el problema. Ninguno de los dos dormirá.
—No importa. Necesito vestidos. Recé tanto para que mi hija quisiera ir a un salón que, ahora que lo conseguí, no estoy a la altura de la situación. La vida es tan injusta —se lamentó su madre.
—Injusta es para mí que no he podido salir más allá del jardín.
Literalmente, el médico dijo: «O la fiesta o el cementerio».
Le dije que prefería quedarme en casa. Es lo malo de estar enfermo, nadie me lleva a ningún lugar.
¿Creen que podría ir con una silla de ruedas?
—indagó James—. Es para no fatigarme por unos meses y solo será para salir. Este encierro me está volviendo loco.
—La idea de la silla de ruedas es buena, hijo, solo que no podemos conseguirla ahora, estamos saliendo.
—Soy tan miserable que debo quedarme a ver cómo suben al carruaje sin mí. Me tocará imaginar todo lo que bailará mi hermano con el duque de Welberg.
—¿El duque de Welberg irá? —indagó el padre.
—Supongo que sí... Él está encantado con Helen.
Ella quería fulminarlo con la mirada, pero sus padres la observaban como si fuese parte del menú. No se salvaría de algunas preguntas indiscretas.