Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 20
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Capítulo 20

Días después...

William recibió tres invitaciones para diferentes fechas.

Una tenía su nombre y la otra era para la familia Winston.

La eficiencia de su cuñado no le sorprendía; que con los años se volvió más astuto y capaz.

Era cuestión de informarle a Helen sobre su hallazgo para entregarle las tarjetas.

Debía enviarle una carta personal, ajena a la que estaba acostumbrada a recibir de él, que representaba el señuelo.

Suponía que con esas tres podrían empezar para sembrar discordia; solo era cuestión de que los malvados asistieran.

Escribió la carta y se la entregó a un lacayo para que este la llevara a la residencia de la joven con la orden estricta de entregar en su propia mano; si ella no se encontraba, no se entregaba.

En casa de Helen, ella ordenaba sus joyas para escoger las que le servirían, esas que eran más valiosas y la harían ver como si fuese una verdadera mina de diamantes.

Se probaba uno tras otro para elegir correctamente.

No podía desperdiciar la oportunidad de provocar la envidia en la hija del marqués.

Quería ver que la espuma brotara de su boca a borbotones cuando la viera caminando del brazo con el hombre más atractivo del mundo y al que tenía comiendo de su mano.

Por supuesto que cualquiera se moriría al saber que su acérrimo rival era feliz y no solo tenía belleza y riqueza, sino también el corazón de semejante caballero.

Su demonio interior se regocijaba con cada imagen que ocurría de acuerdo a los escenarios planteados en su cabeza.

La dicha no se podía ocultar y su buen humor se esparcía por toda la casa.

—Milady, en la puerta hay un enviado del duque. Dice que solo puede entregarle la carta a usted en la mano. Parece que su falso prometido tiene algo importante que comunicar... —habló Harper que entró a la habitación.

—Qué molesto. Tengo que bajar a recibir palabras extravagantes y halagadoras de un hombre... Bien, me sacrificaré... —Ella se puso de pie y se dirigió a la entrada de la residencia.

—Debe tener cuidado para que su madre no quiera leerla. Ella está rondando la zona como si fuese un buitre acechando.

—Es solo una mujer sin oficio, déjala distraerse. Lo único bueno que tiene es una hija saludable. Después de que mi hermano no obtuvo el visto bueno, es igual a un engendro demoníaco. Definitivamente, la falta de sol le está haciendo daño a su cabeza.

Una vez en la puerta, el lacayo solo hizo una reverencia, entregó la carta y se retiró sin más. Tenía una única tarea y la cumplió.

—¡Oh, querida! ¿Será que el hombre misterioso por fin dirá algo diferente y realista? Es muy idealista y con pensamientos etéreos —dijo la duquesa al verla entrar con la carta en la mano.

—No sé lo que dice, madre, pero lo más probable es que sean palabras repetidas o, como mucho, sinónimos de lo mismo, aunque me gusta, significa que soy alguien importante en su vida. Tal vez seamos amigos por siempre.

—Tonterías. Esposo, querida, esposo. No aceptes menos de eso. Si no te complace lo que dice en esa carta, dile que mejor paste en otra pradera.

—Se preocupa mucho, madre. Deje que las cosas fluyan a su ritmo. Envejecerá más rápido si no se controla. Lo mejor es no esperar mucho de las personas; mientras menos lo hacemos, la decepción es menor. Es algo tan sencillo de entender. La veré después; debo leer lo que me dicen en esta carta...

Mientras dejaba atrás a su madre, acariciaba el sobre y se dio cuenta de que era más grueso que de costumbre, al parecer él le había enviado más obsequios. Sonrió y fue a sentarse en la cama para leer con calma. Al romper el sello cayeron las tres invitaciones.

—¿Qué es esto? —preguntó confundida antes de mirar en el interior de cada uno. Al empezar la lectura de uno de ellos lo supo: El duque estaba cumpliendo a cabalidad. No sabía qué había hecho bien en la vida para ganar un aliado de ese calibre.

Una vez que terminó de observar cada invitación, leyó la carta de William.

Estimada prometida,

Mis palabras no alcanzan a describir lo mucho que te extraño después de la noche en la taberna.

Pude recorrer cada centímetro de ti sin arrepentimientos.

Espero que pronto me cite a una reunión para seguir conversando sobre cómo proceder.

He cumplido con las invitaciones, ahora dependerá de nuestra actuación.

Sea considerada y responda con una respuesta positiva. Los pequeños logros también se festejan.

Suyo,

Su prometido.

La lectura hizo que su cara se sonrojara.

Ese hombre no conocía el decoro y mucho menos que los caballeros no tenían memoria.

Lo que compartieron debería ser un secreto entre ambos.

Esa carta no podía verse. La enterraría entre sus hortalizas.

Pese a que no firmaba con nombre, sus padres podrían ponerse ingeniosos y comenzar una búsqueda, porque eran impulsivos y desesperados cuando se trataba de casarla.

Las palabras plasmadas en ese papel eran una sentencia de matrimonio.

El duque era capaz de medirse cuando se trataba de lo que pensabas, mas lo perdonaba porque era un hombre flexible que le dejaba acariciar su cuerpo como ella deseaba; además, lo consideraba muy diestro en el arte de la seducción.

De día se veía pulcro y elegante y, durante la noche, era la encarnación del deseo con su porte desaliñado y sensual.

Él sabía encantar y confiaba en que enloquecería a más de una dama en esos bailes a los que asistirían.

Antes de enterrar la carta, la llevaría guardada en el escote, pues debía responder a su secuaz y sería algo positivo, porque no pensaba negarse a un poco de compañía de un seductor.

Si tanto le gustaba la atención, ella se la daría y aprovecharía para sacar tajada de eso para después dormir y soñar con un mundo distinto, en el que ellos dos podían estar juntos sin ser juzgados.

William no tardó en tener una respuesta por parte de Helen. Ella también había solicitado que solo el duque recibiera la correspondencia. Harper fue el encargado de llevarla.

—Su excelencia, milady ha pedido que lo entregue en sus manos. No quiere que lo que dice aquí se filtre —dijo Harper con una reverencia.

—No se preocupe, sus secretos conmigo están a salvo. Dígame, ¿qué hace últimamente?

—Milady ha salido bastante, en especial a comprar joyas. Su señoría le dio mucho dinero para que gastara en lo que quisiera.

—¿Y vestidos?

—También los ha encargado.

—¿Cómo hace para salir de la casa si siente que todo el mundo la condena en la calle?

—Ella tiene un sombrero con velo. Nadie la reconoce en la casa, la llaman la doncella del velo. La gente no hace preguntas, pero presumen que debe tener la cara fea. Esos chismes la mantienen segura y en las tiendas las personas aceptan su dinero sin problema porque paga más que los demás.

—Pobre James, debe estar al borde de la bancarrota. Enfermo y arruinado, lo compadezco.

—No se preocupe por su señoría, tiene un feudo muy próspero y le va bastante bien como negociante. Es talentoso.

—Me temo que mi futuro cuñado no durará mucho tiempo.

Lady Helen acaba con todo. Dígale a James que me encargaré de todo lo que necesite su hermana.

Tome… —William extendió una bolsa de dinero hacia Harper—.

Es para lo que desee milady. Si quiere algo excepcionalmente más caro como un caballo, un carruaje o una mansión, venga usted a contármelo.

Harper se quedó boquiabierto por el ofrecimiento del duque.

Se notaba que él estaba enamorado hasta los huesos de su ama; sin embargo, lo compadecía, porque este estaba siendo utilizado por la joven para su venganza, después lo tiraría como trapo viejo.

Le daba vergüenza aceptar ese dinero, porque prefería que lady Helen lo aceptara antes que seguir por la senda incorrecta.

—Su excelencia, el dinero no es necesario. Además, no puedo justificarlo frente a milady. Me hará tragar cada moneda.

—No debe dárselo a ella, es para que se lo dé a James. Él se lo dará a ella en cuanto lo pida, ¿entiende? Será dinero disfrazado. No sienta remordimientos ni temores, esto es sencillo.

—Entiendo, excelencia. —Harper cogió la bolsa y la guardó en su frac—. Me despido.

Él observó al sirviente de ella mientras este desaparecía en la calle. Sonrió con la carta en la mano. La abrió y comenzó su lectura.

Estimado prometido falso,

He recibido las invitaciones. Debo confesar que estoy satisfecha con su compromiso a mi causa. Nos veremos en dos días en la taberna, daremos el festejo que ha sugerido.

Un asunto que tengo pendiente con usted es que anda escribiendo sobre nuestro encuentro. Se lo prohíbo, si alguien agarra las cartas que intercambiamos, tendremos problemas horribles. Sea prudente y queme este papel al terminar de leerlo.

Atentamente.

Su prometida falsa.

El duque sonrió y dobló la carta sin mayor problema.

—¿Quemarlo? Jamás. No temo que alguien la descubra. Eso es para la gente con la conciencia sucia… —alegó para sí.

***

Dos días después…

Como ya se había convertido en un culto, William preparó la habitación de la taberna para recibir a Helen.

Suponía que los papeles de su relación estaban invertidos, porque él se desvivía para encontrar una manera en la que ella estuviese contenta; no obstante, la joven solo se dignaba a recibir la atención que daba y no solía ser recíproca, pero lo entendía.

Sus sentimientos y sueños estaban custodiados por una gran coraza que no cualquiera podría romper.

La paciencia era elemental para conseguir resultados a largo plazo.

Él se arregló como lo hacía en ese lugar, necesitaba hacer que ella lo deseara para que pudiera disfrutar de unos efímeros instantes de pasión que podían compartir.

Cuando la puerta se abrió, él ya estaba listo, acostado en la cama con una pierna doblada y la otra recta.

—Buenas noches, su excelencia… —saludó la joven que se acercó a él en la cama. Le gustaba observar lo que ofrecía, no tenía ni un poco de decoro, de hecho, ninguno de ellos lo tenía.

—Qué placer tenerla hoy aquí, mi prometida querida…

—Debo felicitarlo por su eficiencia para conseguir las invitaciones. Créame, estoy impresionada.

—Eso es bueno. Espero que me sirva para ganar su respeto y admiración… —Él sacudió su caballera rubia y la observó como si la invitara a participar de algo, después, golpeó una parte de la cama para invitarla a sentarse ahí.

La conciencia de Helen festejaba al ver el gesto del duque. Deseaba correr ahí y arrojarse a sus brazos, pero eso solo sería algo que avivaría su locura. Se acercaría con tranquilidad, como si no estuviese ansiosa por compartir ese mismo espacio.

—Le traje un presente.

—¡Eso me gusta! —William se puso de rodillas sobre la cama y atrajo a Helen por el mentón—. ¿Qué tiene mi prometida para mí? No importa que sea una oreja de cerdo o una pata de gallina, se convertirá en mi tesoro más preciado.

—Exagera, excelencia. No soy tan excéntrica. Es solo un pañuelo… —Ella le entregó la tela suave y cara para que él la cogiera.

El duque no dudó en llevar aquel pañuelo perfumado directamente a su nariz. Al inhalar, percibió la fragancia que siempre acompañaba a Helen, aquel objeto casi se pierde dentro de sus fosas nasales por el disfrute que le producía olerlo.

—Esto es más valioso que lo citado con anterioridad. El pañuelo de una dama revela sus intenciones…

—¿Qué intenciones podría tener yo con usted?

—El pañuelo dice que, al entregarlo, también lo hace su corazón. No solo me está dando un presente, sino también eso que late dentro de su pecho. Es lo más valioso que tiene.

—¿En dónde leyó semejante tontería? Es para que se seque la frente en los días de calor. Ay, su excelencia, usted se arrebata con el opio que circula en este lugar.