Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 19
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Capítulo 19

—Qué sonrisa más amplia... —halagó Martha al ver a William entrando al comedor. Esa cara de satisfacción no la tenía con frecuencia. Sabía que él debió haber hecho una fechoría que le daba mucho ánimo.

—Es cierto, ¿qué estuviste haciendo anoche? Fui a tu habitación y la cama no estaba desordenada —dijo su padre.

—Me reuní con lady Helen para ayudarla con su plan.

—Te meterás en un gran problema, William. Trata de que no se sepa que estás detrás de esto. Dirán que nos aprovechamos de nuestra posición de poder y eso no es bueno para la reputación de la familia Preston —habló el letrado.

—Solo seré un personaje secundario en su venganza, padre.

No se preocupe. Milady está capacitada para tomar justicia por mano propia.

Estaré para apoyarla y así ganarme su confianza.

Esto es estratégico. Necesito que crea en mí para que me acepte como esposo, que entienda que la apoyo y que no la maltrataré.

Juzgarla es algo imposible para mí y menos por hecho que no ocurrió.

Deseo que limpie su nombre, no para que me regodee en que mi esposa no ha sufrido algún abuso, sino por ella, para que pueda estar tranquila al caminar por la calle.

—Eres tan empático, querido. Imagino que milady se comporta de cierta manera debido a que tuvo algún problema con una persona que la juzgó por algo que escapaba de sus posibilidades, solo que algunos no entienden los sentimientos ajenos.

Doy gracias a Dios de que tú sí puedas tener empatía y compasión por el sufrimiento de alguien —musitó su madre con entusiasmo.

—Soy un hombre justo, madre. Eso no debería ser un halago para todos los caballeros, sino que es una gran virtud necesaria para vivir sin ser arrogante, pero debemos aceptar que no todos pensamos de la misma manera.

La diversidad es lo que nos distingue entre nosotros.

Después del desayuno iré a ver a Cedric, necesito algunas cosas de él.

—No nos has comentado en qué consiste lo que ha pensado mi futura nuera desconocida. Estoy ansiosa por conocerla...

—Aguante un poco, madre. Ese día está más cerca de lo que imagina. El plan es sencillo: quiere destruir la reputación del marqués de Roosevelt y su hija. Si ella no tiene una vida feliz, ellos tampoco deberían tenerla.

—Oh, me recuerda a Maud. No descansó hasta que obtuvo su venganza. En ocasiones es justa. Amerita que sea apoyada por su familia y por ti —alegó su padre.

—Es justo y necesario...

Continuaron desayunando mientras conversaban sobre otros temas. Después, William salió de la residencia en compañía del letrado para ir a su despacho. Ahí encontraría a Cedric, siempre estaba ahí, enterrado entre papeleo.

Al entrar, como era de esperarse, su cuñado estaba en su escritorio con una taza de té, mientras mantenía la mirada fijada en unos papeles.

—Cedric, mi querido cuñado... —saludó William con una sonrisa zalamera en el rostro.

—¿Qué se te ofrece? No me llamas querido cuñado por gusto, de hecho, sé que me desprecias en el fondo... —replicó alzando la vista por un segundo.

—¿Despreciarte? No, eres mi mejor cuñado. Los demás no te llegan ni a los talones. Eres el favorito de mi padre, ¿cómo podría existir desprecio?

—¿Qué favor quieres? ¿Falsificación?

—¡No! Por supuesto que no. No quiero ir preso. Newgate no me necesita. Solo quiero un pequeño favor, uno inocente.

—¿Un favor inocente solicitado a un letrado? Déjame dudar de tus intenciones.

—¡Oye! No seas desconfiado. Quiero pedirte algo pequeño, ni siquiera sentirás que te hice un pedido... No seas tacaño. Te di a mi hermana en matrimonio.

—Y yo te di sobrinos. Ahí tienes los intereses. Dime, ¿qué quieres?

—Fue un golpe bajo lo de mis sobrinos, pero no importa. Quisiera que me consiguieras las mismas invitaciones que reciba el marqués de Roosevelt. Tú sabes cómo hacer eso...

—Ajá... ¿Qué más?

—Redactar un acuerdo de cooperación con letras pequeñas sobre matrimonio...

—¿Qué?

—Vamos, Cedric. No me digas que algo tan sencillo no puede hacerse. Tú puedes hacer pasar lo ilegal por legal. Considera ayudar a este pobre cuñado a casarse...

Cedric aún seguía incrédulo sobre lo que escuchaba. No entendía bien lo que quería William.

—Déjame ver si mi mente acaba de resumir el asunto correctamente... Quieres forzar a una dama a firmar un papel para casarse contigo a cambio de invitaciones para bailes, ¿no es así?

—¿Por quién me tomas? Lo que dices es escandaloso. ¿Cómo un hombre como yo podría hacer algo semejante?

—Entonces, ¿me imagino cómo irá la situación o lo cuentas con detalle? No debes esconder nada cuando se arma tu defensa, William.

—No soy un criminal, solo quiero dejar constancia en un papel de lo que conversé con milady. Ella es capaz de estafarme. Ese papel será mi garantía. ¿No ves que estoy siendo previsor, cuñado?

—Por supuesto que sí, pero por ningún motivo digas que yo lo he redactado, de hecho, te haré uno y tú lo copiarás. No quiero verme involucrado en tonterías. De hecho, tú firmarás algo para mi garantía.

—Eres vil, Cedric. Un pequeño delincuente al que le abrimos la puerta...

—Soy una persona respetable, el heredero del negocio familiar, no seas rencoroso...

—¡Rencoroso! ¡Bazofias!

—¿Envidioso, belicoso, rencilloso?

—Los estoy oyendo desde mi despacho, bajan la voz y los echo a la calle —masculló John.

Los dos se miraron y guardaron silencio por un momento.

—Haré lo que pides, William, por la paz y la armonía familiar. Además, si te ayudará a conseguir una esposa, lo haré con gusto para que sepas lo dulce que es el matrimonio... —dijo en tono burlón.

—¿No es dulce?

—Mucho...

El duque no estaba tan convencido de las palabras de su cuñado, pero había hecho lo más difícil, que era pedirle dos favores de una vez.

Si no peleaban primero, no existiría un acuerdo, siempre era lo mismo entre ambos, se querían, pero las rencillas eran inevitables cuando estaban solos.

William salió de ese lugar, satisfecho. Le quedaba esperar la primera invitación para que comenzara el verdadero espectáculo.

***

En casa de lady Helen, ella fue a la habitación de su hermano a conversar. Puesto que él sabía lo que había averiguado el duque, tenía con quién hablar sobre sus acciones futuras.

—¿Ya decidiste lo que harás con esa gente? —indagó James con desprecio en sus palabras, refiriéndose a la familia del marqués de Roosevelt.

—Quiero que su hija sufra lo mismo que yo y deseo que sea tan atormentado como lo fue mi padre, James. No dejaremos nada en pie —declaró con malicia.

—¿Y cómo piensas llevarlo a cabo? Sé que William tiene la intención de ayudarte.

—Tomaré la ayuda del duque. Él hará la mayor parte del trabajo sucio.

—El impoluto duque se ensuciará por una mujer que no quiere casarse. Considero que mi socio es demasiada carne para tus dientes, hermana.

—Si él quiere ser presa, no tengo problema en cazarlo, que me coma lo cazado es otro asunto. Mi mente está concentrada imaginando la desgracia ajena. Lo saborea antes de tiempo. ¿Qué sentirán al ver a un muerto resucitando?

—¿Ya no le temes a la crítica? Si al menos este asunto te hace salir de esta absurda reclusión, es bienvenido.

—Estoy curtiendo mi piel para ese momento. Con el duque de mi lado pueden ladrar lo que quieran, yo no morderé perros de la calle. La familia Preston ofrece garantías y yo no estoy dispuesta a desaprovechar ese apellido por un tiempo.

—No estarás pensando en darle falsas esperanzas a William...

—No, ni se me ocurriría. No sobre pienses las cosas. Entre él y yo no hay nada ni lo habrá, salvo esta ayuda. Tal vez lo haga más por ti que por mí. Es muy compasivo cuando se trata de hablar de ti. Te ve como un mártir.

—Y lo soy. Alteras mi tranquilidad. Estoy aburrido de este lugar en el que entré por tu causa; sin embargo, también me estoy relamiendo los labios pensando en la ruina del duque.

Tú te encargas de vengar tu honor y yo de reducir sus cimientos a cenizas.

Es cuestión de hablar con la gente correcta.

Puedo ser enfermizo y no me quejo, cuando muera, créeme, Helen, no iré al cielo.

Mis pensamientos me llevarán al infierno sin demora.

—Nos llevarán al infierno, James. Lo bueno es que nos haremos compañía y tal vez arrastremos a un par con nosotros. Podríamos atormentarlos... ¿Qué te parece?

—Me haces desear el inframundo si ahí podré moverme tranquilo. La compañía siempre es bienvenida. ¿Por qué no vienes a tomar vino esta noche? Podríamos conversar de cómo Harper puede matar a esa gentuza. Créeme, él parece tonto, pero no lo es del todo.

—Matarlos sería muy fácil, pero ¿y el sufrimiento, los años perdidos, las desgracias, las lágrimas? Necesito una compensación. Cuando esa mujerzuela codicie al duque, será su fin. Fue una suerte haberlo conocido. Cuenta con gran atractivo, es la trampa perfecta para cualquiera.

—Cuídate de no caer en tu propia trampa con tu señuelo. Recuerda que el pez está en el estanque, no en el puente.

—Lo tengo en cuenta. Su excelencia no me distraerá del objetivo. Despreocúpate, no olvides que la ira le hace daño a tu corazón.

—Es tu culpa, solo tuya, malagradecida. Así me pagas la preocupación que tengo por ti.

—Yo no te lo he pedido. Me culpas porque eres enfermizo.

—Me empujas a la tumba cada segundo, ¿no te conformas con tu malicia?

—Exageras. Lo que te hace daño es no soplar el té... Hermano, me hacen falta más joyas... ¿Me das dinero?

—¿Joyas? Si ni siquiera sales, ¿para qué las necesitas?

—Hombre de corta visión. ¿Acaso crees que estos bailes a los que iré no necesitan que me embadurne con brillantes? ¿Tu queridísima hermana no merece tu favor? —Ella fingió sollozar.

—No llores... ¿Cuánto dinero quieres? Puedes tomar lo que quieras. Debajo de mi almohada tengo un poco.

—¿Un poco? Tu pobre hermana no solo es pobre, es miserable... ¿Solo un poco?

—¿Por qué no observas antes de criticar?

Ella dejó la silla en la que estaba sentada y fue hacia la almohada de su hermano. Tenía cuatro bolsas rellenas de monedas.

—Los muertos no se llevan nada, James. ¿Por qué guardas dinero? —interrogó.

—Costumbre de hombre rico en tiempos de caos.

Estamos en guerra. La capital puede ser blanco de todo tipo de cosas.

Con el dinero bajo la almohada podemos huir más rápido.

Tu hermano piensa en todo. También hay un carruaje ligero para cuatro caballos, un cofre de joyas, un baúl de ropa para todos y sedas para vender.

—Estar mucho tiempo en cama te hace daño. Le diré a su excelencia que te visite con frecuencia. A lo mejor ayuda a disminuir tu paranoia.

—Las damas no toman en serio esto. Las primeras en caer serán las mujeres en manos de extranjeros. Considéralo. Debo proteger a dos en esta casa y no me importa que me llamen loco. Si hace falta, lucharé contra todos.

—Me tocará salvarte porque eres un debilucho. Como tu hermana saludable, debo velar para que no hagas tonterías.

—Espero que esto que decimos no pase en realidad y que solo sea un poco de ficción en nuestras mentes. Pese a que no soy tan fuerte, considero que mi vida es plena con usted.

—Tanta cursilería. Si me quedo un minuto más, terminaré atragantada o llorando por tu infortunio. Mi corazón es demasiado duro para soportar esto. Dejaré que descanses. ¿Cuándo volverá a verte el médico?

—Mañana. Espero que me permita caminar en el jardín, porque si me sigo quedando aquí, terminaré pareciendo un mueble de esta habitación. Quiero que estos días de descanso terminen para volver a mis actividades. Las crisis siempre existirán y hay que saber sobrellevarlas.

—Entonces aprovecha tu último día. Creo que mañana te dirán que ya estás apto para que te vuelvan a torturar las escaleras...

Helen le dio un beso en la frente a su hermano y salió de la habitación. Buscaría algo que hacer para pasar el tiempo esperando noticias del duque.