Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 18
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Capítulo 18

Después de aclarar los términos del plan, ambos comenzaron a cenar lo que estaba previsto y a beber vino.

Helen estaba recostada en el pecho del duque sorbiendo con lentitud.

—Si lo hubiese conocido años atrás, las cosas serían diferentes, excelencia... —sopesó pensativa.

—No creo que hubiesen cambiado mucho las cosas. Llevo años huyendo de la responsabilidad de casarme, por eso no se me ha visto en los salones. Soy una cara nueva. Solo iría por usted y para su venganza. No necesito conocer mujeres, porque no encontraré a alguien tan determinada como usted.

—No debería desperdiciar la oportunidad de tener una esposa de buena familia.

—Usted es de buena familia, milady.

—No es lo mismo de buena familia que de buena reputación. Para casarse, deben prevalecer ambos.

—Usted es demasiado limitada de mente. Además, le gusta llevarme la contraria todo el tiempo. Tiene alta negatividad durante nuestras conversaciones privadas.

—Excelencia, no es negatividad, es realidad. Lo señalarán en la calle por casarse con alguien sin virtud.

—¿Acaso no puedo cortar dedos que señalen y lenguas que hablen? Milady, es usted muy inocente.

—Y usted muy macabro si piensa hacer esas fechorías. La gente repite lo que oye.

—¿Teme vivir en Londres por eso?

—Dígame, ¿quién quiere ser señalado mientras pasea y escuchar cuchicheos incoherentes? Cuando cumpla la edad, me retiraré a una casa en el campo, en donde podré cultivar mis vegetales y criar animales. Ninguno de ellos me señalará ni dirá nada. Es el plan perfecto de una solterona.

—¿No ha pensado en casarse conmigo en algún condado lejano donde nadie la conozca?

—Su optimismo no sé si es de admirar o para asustarse. Usted sabe que un noble conoce a otro y los chismes llegan. Quizá en cuarenta años la gente olvide mi nombre.

—Le aseguro que nadie piensa en usted. Se sobreestima.

Usted y yo podríamos vivir en un idilio eterno sin salir de algún condado.

Solo vendríamos a visitar a nuestras familias.

Tendríamos una vida cómoda. Puede plantar sus vegetales y criar animales, pero no los matará.

No puedo verla en una actividad tan ruda.

Es una dama, una duquesa. Su única responsabilidad será darme herederos para mi título.

Le aseguro que le gustará la tarea, milady.

—No soy ninguna duquesa. Deje los desvaríos de lado, excelencia.

Ya no pienso en cosas que son lejanas. Me costó mucho tiempo aceptar esto.

No cambiaré de opinión, soy la dueña de mi destino y sé hacia dónde voy.

Este momento a su lado es solo eso: un momento que puede extenderse a días o semanas. ..

—¿Ha calculado las décadas en días? Eso podría ayudar a que su mente se abriera un poco y su corazón me dejara pasar. No debería tomárselo todo tan radical.

—No estoy siendo radical. Ahora a usted le gusta la novedad, pero con el tiempo se dará cuenta de que soy un problema...

—¿Qué mujer no es un problema? Ese es el encanto femenino. Si no diera problemas, sería un hombre con el que estaría jugando a las cartas.

Ella rio ante lo que él había dicho y después suspiró.

Le daba miedo enamorarse del encanto del duque de Welberg.

Quizá ella tuviese razón y aquel la olvidaría con el tiempo, pero esa no debería ser una preocupación para Helen, pues también estaba disfrutando de la compañía.

Se usaban mutuamente, no había engaños ni mentiras en el medio.

Era algo sincero, aunque en el futuro no sabría cómo enfrentar una separación. Se estaba acostumbrando a su presencia.

—Ciertamente es el encanto de una dama de verdad, si no causa problemas, no vale la pena. Mi hermano debe estar considerando esa frase, porque le dejé un gran problema de salud por mi arrebato.

—Debería evitar culparse por eso.

—No me culpo yo, lo culpo a él por tener la salud débil. A este paso yo terminaré cuidándolo en lugar de que sea al revés.

—James prefiere morir antes de que usted lo cuide y tiene razones suficientes para eso. Solo deje que se recupere y evite la confrontación, es el único consejo que puedo darle... Milady, ¿no quiere que le muestre algunos trucos de libertino que tengo? Prometo no tocar su virtud... Es solo un juego.

—¿Cómo sé que no hará algo indebido?

—Para no dañarla tengo estos labios tan jugosos como un manjar, ¿o qué cree usted?

La joven dejó su copa a un lado y alzó la vista para mirar a William.

Un mechón rubio y rebelde le cubría parte del rostro.

Esa visión era casi celestial. Dentro de ella se encendió la llama más voraz que nunca había sentido.

El duque la tentaba. Ella le había dado armas para que el mismo diablo la derrotara en su juego.

—No puedo negarme, somos socios en el delito. —Helen se recostó en la cama y esperó a que el duque le mostrara su dichoso arte de libertinaje sin arruinarla más.

Fuera de la habitación, tanto Ingrid como Harper intentaban oír algo del interior, pero aquellos parecían demasiado discretos hasta que en un momento comenzaron a escuchar gemidos de mujer.

Harper fue el primero en alejarse de la puerta preso del pánico, porque pensaba que si el marqués llegaba a saber lo que ocurría en esa habitación se moriría mil veces.

—Milady debe estar pasándola muy bien. Es que su excelencia es demasiado atractivo... —comentó Ingrid.

—Si sale embarazada de aquí, la estrangularán y después a nosotros. ¿Para qué servimos? ¿Por qué nos pagan?

—Eres un paranoico. Cálmate. Tú, que eres hombre, dime, ¿qué puede estar haciéndole ese hombre a milady?

—¿Por qué debo saberlo? Tengo veintidós años y no tengo tiempo para experimentar...

—¿Todavía eres virtuoso?

—¡Qué pregunta es esa! Los asesinos no somos virtuosos.

—Te pagaré un mes de mi salario si entras conmigo a una habitación y haces lo mismo que el duque.

—¡Estás demente! ¡Corrupta, perversa y pecadora!

—¿Qué tiene de malo? Solo quiero saber lo que se siente encerrarse con alguien de sexo masculino.

Cuando Helen salió de la habitación, apenas pudo acomodarse la ropa y la capa. No olvidaría esa noche por nada del mundo. Era capaz de vender a su familia y sirvientes por repetir algo semejante.

—¿Está bien, milady? ¿Nos contará lo que ha hecho? —curioseó Ingrid en el carruaje.

—Es algo muy íntimo, no puedo compartirlo con nadie, pero no he perdido mi virginidad, no se preocupen por eso. El duque da buenos masajes en el cuerpo. No puedo concebir que exista otra persona que lo haga mejor que él. Sus manos son grandes y suaves y su boca aterciopelada...

—Espere, milady, ¿le dio masajes con la boca? —interrogó Ingrid, mientras que Harper se tapaba los oídos, intentando no oír nada.

—Es hábil, puede dar masajes con cualquier parte de su cuerpo, incluso con las palabras. En realidad su excelencia es todo lo que alguien puede desear...

—¿Por qué no le pide que se casen, milady? Desde que lo conoce, usted es más feliz que nunca. Sería absurdo dejar ir a un caballero como él.

—Ingrid, soy una paria. Él es un caballero que viene de una familia con reputación.

No importa que sea la hija de un duque, estoy más sucia que un cerdo revolcándose en el barro.

Es inteligente, atractivo y rico. ¿Por qué arriesgaría su buen nombre por mí?

Dice estar dispuesto, pero es porque no mide sus palabras y lo que eso podría acarrearle.

Son ideas absurdas, sueños sin fundamentos, la realidad siempre pesa más.

—Es muy dura con usted, milady. Tal vez su excelencia tiene buen corazón.

—Lo tiene, pero no quiero ser yo la razón de su desprecio y caída. No quiero pensar que alguien como él podría mirarme como un ser despreciable. Deseo acordarme de él como lo que es: un caballero que me mira de una manera diferente.

—Sus miedos son más fuertes que su afecto, milady. Y todo se basa en un supuesto de que la rechazará por su pasado. ¿No cree que estará en una peor situación si sigue encontrándose con él en un lugar como este?

—No, porque tenemos un trato. Él me ayuda con mi venganza y yo cedo un poco en el terreno carnal.

Harper seguía sosteniéndose la cabeza para no escuchar nada de esa conversación femenina.

—Harper, ¿por qué estás tan callado? —preguntó la joven, pero su sirviente no respondía, entonces lo golpeó—. ¡Demonios, Harper!

—Perdón, milady. Considero que, cuanto menos escuche, menos se me escapará alguna información para su hermano. Además, prefiero no saber los detalles más sórdidos de su encuentro con su excelencia.

—Entonces baja, irás con el cochero —gruñó empujándolo.

El carruaje se detuvo y el sirviente bajó para ir a sentarse junto al cochero. Fue expulsado de adentro, pero era mejor para él, escucharía menos porquerías de las necesarias.

La joven deseaba llegar a su casa y acostarse, no para dormir, pero sí para pensar en las cosas que habían ocurrido esa noche entre ella y el duque.

No estaba arrepentida de nada de lo que vivió esa noche, porque el placer era indescriptible.

Podría vivir haciendo eso todos los días, aunque esperaba que William no le pidiera que se pusiese más audaz.

Fue bastante tímida y solo se conformaba con tocar su torso como una verdadera pervertida.

Él no le dijo nada malo, pero suponía que esperaba más, porque no se le faltó ningún lugar por recorrer.

Trató su cuerpo como si fuese comida, la mordió y se relamió mil veces mientras lo hacía.

Al cerrar los ojos acudían a su mente las imágenes de lo que compartieron esa noche. El arrepentimiento no tenía lugar en su vocabulario; esta aventura la llevaría por siempre en su mente, cuando estuviese sola, esos recuerdos serían su máximo consuelo.

***

William regresó a su casa con la ropa revuelta y el cabello desparramado, pero con una inmensa sonrisa en su cara.

Había tenido un premio mayor al que esperaba, puesto que pensaba que Helen se negaría a darle más atención, mas se sorprendió al darse cuenta de que ella en verdad se había entregado.

Por respeto al pacto, no fue más allá de lo debido, porque tuvo oportunidades para propasarse; sin embargo, prefirió la lealtad y fortalecer la confianza entre ellos.

Si quería convertirla en su esposa, no solo debía ganar su corazón, también la confianza.

Él sí pudo disfrutar como debía de su cuerpo. Sabía que no necesitaba a nadie más para sentirse satisfecho, ella era la mujer de su vida. Hizo bien en no buscar a una dama, aquella llegó sin mayor esfuerzo, solo debía seguirle la corriente y pescar en aguas turbulentas.

El siguiente paso era conseguir las invitaciones a eventos.

Ese sería el menor de los problemas. Además, también debía averiguar a cuáles asistiría la hija del marqués de Roosevelt para que el plan de Helen tuviese el efecto deseado.

Quería que todo fuese lo más rápido posible para hacer su danza de seducción hacia la dama que le interesaba.

No quería perder tiempo, pero debía darle a la joven lo que esperaba para sentirse conforme.

Una vez que se pusiera el parche en la herida, continuar sería más sencillo para aquella abrirle su corazón y comenzar a ver el futuro con optimismo.

Por la mañana, William despertó renovado.

No les contaría a sus padres su hazaña, pues lo criticarían con dureza, si preguntaban algo, diría que solo hicieron el trato para la venganza.

No daría más detalles embarazosos que pudieran estar en su contra.

También debía hablar con su cuñado, Cedric, para que le consiguiera un par de movimientos con la élite en la que él se movía, para no decir las palabras: bajo mundo.

Por ese lado no solo tendría invitaciones, sino también información y formas de hacer más daño, aunque él no se ensuciaría las manos, dejaría que la familia del duque de Albine tomara la iniciativa para hundir al marqués de Roosevelt.

Quería ver cómo naufragaban los sueños de aquellos pedantes que ofendieron a Helen.