Capítulo 17
Helen llegó hasta el lugar como siempre lo hacía: con sus dos sirvientes y con la capa cubriendo todo. Harper preguntó al tabernero por una habitación reservada y, cuando le dijeron que ya había alguien esperando, lo comunicó a la joven.
—Pueden quedarse en la puerta o sentarse a beber. Esta vez no saldré pronto de esa habitación. Tengo mucho que conversar con su excelencia... —dijo yendo por el pasillo de los aposentos.
—Por supuesto que conversará. ¿Qué te parece, Harper? —curioseó Ingrid.
—Con lo pervertida que se ha puesto milady por tu culpa, dudo que su excelencia salga ileso de entre esas cuatro paredes.
—¿Yo soy el problema? ¡Claro que no! El duque tiene la culpa de ser tan irresistible para milady. Ella ha perdido la razón por su causa.
—Ninguno de ellos está bien de la cabeza. Son tal para cual, la pareja perfecta. Desde el primer día de esta tontería ya existía algo entre ellos; ahora solo se acrecienta. Veremos en qué termina esto. Puede ser algo bueno o mucho peor.
La joven dama llegó hasta la habitación y entró.
La iluminación tenue hacía que el ambiente fuese más íntimo de lo necesario.
Buscó al duque con la mirada, esperando que estuviese sentado junto a la mesa bebiendo, pero no estaba ahí.
Lo distinguió sobre la cama, con su camisa de fiesta del pantalón y sin su frac.
—Buenas noches, milady... —habló en un tono más sensual y confiado. Además, soltó su melena rubia para darle más encanto a su momento.
Helen ni siquiera podía articular palabra. Cuando ese caballero se soltaba el cabello, era aún más atractivo. Su pelo, un poco por debajo del hombro, se veía agitado por las manos de aquel. No sabía qué quería hacer el duque, pero era evidente que sus intenciones estaban centradas en distraerla.
Ella siguió su camino hacia donde se encontraba e hizo una reverencia.
—¿Su excelencia está presumiendo de su atractivo? Si es así, es usted tan maquiavélico... —musitó Helen fijándose en la posición del cuerpo de William.
—Soy una mente perversa... Esta noche creí prudente acomodarla en la cama para que conversemos mejor. Esas sillas me hacen doler la espalda. Ya sabe, parezco más joven de lo que soy, pero mi espalda sí tiene una edad avanzada...
—Ajá. ¿Y el vino, los quesos, el pan y las uvas?
—Ah, un detalle de la taberna, por supuesto. Mencioné que desearíamos comer algo.
—¿Qué está tramando mi falso prometido?
Él se levantó de la cama y fue hacia ella. Comenzó a tocarle los hombros como si estuviese haciéndole un masaje.
—¿Cree que tengo una intención oculta?
—Absolutamente...
—Me descubrió, milady; sin embargo, ¿rechazará mis inocentes intenciones?
—No, pero debe apretar más mis hombros... Vivo bajo mucha tensión y usted tiene buenas manos... Ingrid no es tan capaz como usted...
William la guio hacia la cama; mientras ella se sentaba en la orilla, él subió y comenzó con su inocente masaje.
—Puede contarme todo en lo que ha pensado, milady.
—Lo he considerado mucho y decidí que quiero pulverizar su reputación. No quiero que quede nada. Deseo que su humillación sea tal que nadie pueda salvarla de tirarse a la fosa de la vergüenza.
—No esperaba menos de usted, aunque me sorprende que la sangre no sea parte importante de su plan…
—Lo haré ojo por ojo y diente por diente, excelencia. Al igual que yo no he podido poner un pie en un salón gracias a la vergüenza, ella tampoco podrá. Si un perro callejero me muerde, no me rebajaré a morderlo, pero lo mataré a patadas. Esa joven se metió con la familia equivocada.
—Y dígame, milady… ¿En qué parte de este plan entro yo?
—Usted es mi carta de triunfo… Dice que está enamorado de mí, entonces, seré sincera: me aprovecharé de su buena voluntad.
—Pensé que no me incluiría, pero siento que, si no estoy en la mesa, estoy en el menú, ¿cierto? —Él rozó su mano por el cuello de ella, acariciándola con descaro.
—Qué inteligente. Esa mujer quiere un esposo y usted es un hombre soltero…
—¡Ah! No. No me caso con enanas feas y pobres. Si así fuese, usted no estaría en mi menú.
—¿Piensa que le obsequiaría semejante manjar a una mendiga como ella? Su excelencia, me decepciona… —dijo en tono burlón.
—¿Entonces? No me ponga en el altar de los sacrificios.
—Lo único que debe hacer es intentar conquistarme en público, frente a esa mujer. Si ella quiere todo lo que tengo, no dudará en perseguirlo y ahí podremos humillarla. Yo soy la mano, pero usted es el cuchillo. Al final, guio el arma.
Su plan era a prueba de tontos. La envidia de esa mujer la había condenado. La venganza llegaba un poco tarde, pero ella se encargaría de que no pasara de largo.
—Me gusta. Ahora hablemos de lo importante —afirmó William en tono condescendiente.
—¿Hay algo más importante que ayudar a esta lady, excelencia?
—Sí: la recompensa. No me diga que piensa que haré el trabajo sucio por usted y no piensa pagarme.
—Tan rico y codicioso. Dígame, ¿cuánto quiere por este favor?
—Oh, milady, me ofende. No quiero algo tan vil como el dinero.
—Ajá… ¿Y qué es lo que quiere?
—Favor con favor se paga. Si este plan sale bien, usted se casará conmigo.
—Usted parece sordo, excelencia. No es posible, pero podríamos hacer un par de arreglos beneficiosos.
—Soy todo oídos, aunque espero que la palabra «beneficioso» también me incluya como beneficiario. No se pondrá tacaña y egoísta, ¿verdad?
—¿Le parece que soy egoísta?
—Sí, un poco frívola también.
—¿Y con todos esos defectos insiste en el matrimonio? Usted es masoquista. Tenga un poco de decencia.
—Aún sigo esperando escuchar sobre los supuestos beneficios…
—Es cierto. No puedo eludir el tema. Le ofrezco un trato justo para los dos: ser amigos cercanos.
—Interesante. ¿Qué tan cercanos? Si solo tengo que cogerle la mano, es mejor que busque a otro tonto.
—Qué exigente. Podríamos hablarlo para llegar a un acuerdo satisfactorio.
—Todavía oigo vueltas sobre una promesa. Quiero lo concreto, milady.
—Está bien. Lo he considerado durante mucho tiempo y he decidido ser más solidaria con usted.
—No necesito beneficencia para que sea solidaria, milady.
—Usted y sus percepciones obtusas. Me refiero a que seré más flexible sobre estos encuentros y que incluyan besos…
—¿Besos? ¿Solo eso? ¿Piensa que soy un pajarito que se conforma con migajas de pan? Si no es la panadería, no quiero nada.
—La codicia es un antivalor, excelencia. ¿No era usted un hombre paciente y sencillo?
—Sí, por supuesto, pero quiero que me prometa que en algún momento de su retorcido plan se acostará conmigo.
Ella quedó boquiabierta al oírlo decir eso. Se sonrojó hasta la frente y sentía que el calor se le subía a la cabeza.
—Oiga…
—No, oiga usted —la interrumpió William—. Firmaremos un acuerdo. Lo redactaré yo para que no sea muy embarazoso. Mi padre es letrado, así que conozco cómo hacer que algo tenga valor legal…
—¿Me obligará a firmar un papel en donde le entrego mi cuerpo?
—Si lo dice de esa manera, parece que soy un cobrador de prestamistas; suena mal. Es solo un compromiso. Si usted incumple, simplemente me indemnizará con el valor de su dote, lo que la llevará a conversar con su padre para que le pueda dar ese dinero. Dudo que se atreva a pedirlo.
—Qué ruin. Pactar con usted es como hacerlo con el diablo, pero sin contactar con ningún chaman.
—No la obligaré. Es un asunto voluntario. Puede buscar a otro caballero atractivo en la taberna. Me avisa si alguno tiene la dentadura completa para poder ayudarla con su plan.
—¡Lo sabía! Es tan hipócrita. Sabía que cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía, pero creí que usted me quería.
—Si hablamos de hipocresía, ¿en dónde quedamos? Usted quiere aprovecharse de mi enamoramiento. ¿Por qué yo no podría aprovecharme de su necesidad?
—¡Está bien! Ganó esta partida, pero créame, esto no se quedará así.
—No se confunda, el enemigo es otro, yo soy su amigo…
—Silencio. Deme un par de uvas. Se ven apetitosas.
Él sonrió para sí y fue a obedecer. Llevó el plato de uvas a la cama y desprendió una del racimo para meterla en la boca de la joven.
—¿De dónde una taberna podría quitar este manjar? —curioseó la joven al meter la uva en su boca.
—¿Cree que la gente de aquí es capaz de tener esto? Es evidente que este caballero tenía ese manjar en casa, solo que lo guardó el dueño de la taberna.
—Lo suponía…
—¿Cuándo empezamos con la venganza?
—Necesito invitaciones para asistir con usted…
—Ese no es un problema. Déjelo en mis manos; usted y yo seremos tan cercanos como la tela y la mancha. Recuéstese un poco en la cama; yo la alimentaré.
—Se nota que quiere algo, excelencia. ¿A dónde quiere llegar con esto?
—¿No es evidente que quiero ser su amante? No se preocupe por los hijos, tengo intestino de oveja en remojo.
La joven no pudo continuar recostada en la cama observando a ese sinvergüenza de cuerpo sensual.
—Debería tener un poco de decoro. ¿Cómo se le ocurre decir algo semejante?
—¿Para qué pregunta si no quiere saber la respuesta? Preguntó y yo respondí. Parece ser que la sinceridad es un pecado imperdonable para lady Helen.
—El problema no es la sinceridad, es la osadía. Soy una joven virtuosa que no se entregará a nadie, al menos no hasta que cumpla con el trato.
El duque suspiró. Sabía que había llegado a la última instancia de insistencia. Si seguía estirando la cuerda, quizá terminaría rompiéndose.
—No soy alguien que no cumple su palabra, milady. Ya me comprometí a ayudarla de antemano sin saber si lo que usted quería era matar a alguien o no. Soy bastante más fiel de lo que parezco. Si me tratan bien, me convierto en la fidelidad encarnada.
—Por supuesto, toda una deidad.
—¿Acaso no sellaremos el acuerdo con un beso?
—Desconfío de sus besos en este instante, pero no puedo negarme. Aparte, es atractivo, no será un sacrificio... —Ella se acercó a William y pegó sus labios con los de él como si fuera que se conocían desde siempre.
William dejó que ella tomara la iniciativa.
Deseaba saber hasta dónde era capaz de llegar Helen si tenía el control de la situación.
Él confiaba en que perdiera el juicio y quisiera entregarse, pero mentalmente estaba listo para la decepción, porque era parte del resultado probable de algo.
Por el momento solo le quedaba seguir, cruzar los dedos y rezar por una noche apasionada.
Mientras él pensaba en eso, la cabeza de Helen era un verdadero torbellino de duda y satisfacción.
Dudaba porque nada podía ser tan bueno, pero estar satisfecha con besarlo era algo que no tenía precio.
Además, el duque volvió a asegurar sobre su interés por ella.
Su ego crecía cada vez que ofrecía más y Helen intentaba que quedara en nada, pero no podía resistirse.
Esta noche aquel hombre la estaba provocando.
Sabía que no era decoroso lo que hacía, mas siempre se cuestionaba: ¿Para qué guardarse virtuosa si terminaría soltera?
Además, por fin podía darles algo a los malvados para que pudieran hablar mal de ella a sus espaldas y con justa causa.
Dejaría que la destrozaran; ya no había mucho que hacer.
Lo perdido, perdido estaba. Por más que se esforzara, su reputación no resurgiría como el fénix y no importaba que se encontrara al culpable de su secuestro; la duda y el hecho no cambiaban nada.
El único consuelo que le quedaba era el de obtener una venganza que la compensara al menos en alguna medida.