Capítulo 16
—Me hubiese decepcionado tanto si no hubiese dicho esa palabra mágica.
.. Piense en una manera y no dude de que este siervo la ayudará en lo que sea que piense.
.. —William acortó distancia con ella y se sentó a su lado; después, con un dedo, levantó el mentón de Helen—.
Usted diga muerda y yo lo haré, sin duda.
Helen miró a William a los ojos buscando algún destello de burla o falsedad y no lo halló. Sus ojos azules eran tan profundos como el mar, pero sinceros y sin intenciones ocultas. Aquel no podía callar lo que quería conseguir.
—Pensaré en una venganza digna de mi posición. No recuperaré mi reputación, pero dormiré tan bien al saber que esa maldita tampoco tendrá lo que yo perdí... —habló con determinación. Luego desvió sus ojos hacia los labios de William y se acercó a besarlo.
Este no se negó, sino que correspondió con ternura. No era el momento de ponerse animado. Ese beso más parecía un consuelo necesario de la persona que era su cómplice perfecto. En lugar de ser un duque arrogante, era un sirviente fiel que la buscaba con esmero.
La unión de la boca de los dos era un deleite compartido. Además, ambos compenetraban sus objetivos.
—Le escribiré una carta para decirle lo que pienso hacer... —musitó la joven que rompió el beso.
—La veré en la taberna en tres días... No quiero cartas, al menos no por lo que queda de la semana.
Para la siguiente, yo seguiré con el plan inicial de engañar a sus padres.
Ah, por cierto, James ya sabe sobre este asunto.
Puede ser sincera con él. A su padre y a su madre, puede comentarlo, pero temo que tomen la justicia por su mano y la dejen a usted deseando ver sangre.
—No me robarán la oportunidad de saldar cuentas. Es mi asunto y me encargo yo. Si meteré a alguien aquí, será a usted, porque es evidente que le gustan los problemas. ¿Cómo podría rechazar su ayuda?
—Veo que me está conociendo bien. Me temo que terminará casada conmigo...
—Por la boca se pide lo que se quiere, pero no es común pedir sufrimiento, excelencia.
—El sufrimiento sería estar lejos de la mujer más bella y terca de Londres.
—Creí que mi belleza era legendaria; cubrir solo Londres es una humillación que ni siquiera la hija de un burgués debería sufrir.
—Fue mi mente limitada la que me instó a decir semejante tontería. Usted es la más bella de todo el reino. No volveré a limitar mi cabeza a esta ciudad tan pequeña. Mis disculpas, milady.
Ella sabía que él quería congraciarse. Era imposible no aceptar sus falsas disculpas. Era demasiado encantador para ser rechazado.
—Lo disculpo solo porque me ha dado estos pendientes tan hermosos y valiosos...
—Ah, ya no son baratijas... Cuando le cuente a mi cuñado que han llamado baratijas a sus diamantes de alta pureza, estoy seguro de que morirá de coraje.
—Su excelencia... —Ella rio nerviosa. Con una mano acarició la mejilla del duque—.
¿No es mejor que este ligero malentendido a mi favor quede entre nosotros?
Si no le seguía las palabras a James, sería evidente que el hombre que descubrí solo existe en mi imaginación.
Pinté el panorama de un caballero sin fortuna; ¿cómo podría obsequiar semejantes diamantes?
Debo ser coherente. Mis relatos y mis acciones deben al menos corresponderse un poco, ¿no lo cree?
—Logró calmar la futura ira de un marqués. Si me pregunta si le gustó el presente, le diré que sí sin dar muchos detalles, o puedo extenderme a la parte embarazosa.
—Estaría muy agradecida. Me gusta comprar joyas y no quisiera que su cuñado me cierre las puertas...
—¿Cómo sabe que seguirá comprando joyas? Si sus padres pillan su complot, no le será fácil mantener los beneficios.
—La vista estrecha de su excelencia no se limita solo a comparar mi belleza con la pequeña Londres, sino que olvida que la mejor forma de ahorrar dinero es a través de las joyas.
Juntar la mayor cantidad, esconder las más valiosas y dejar los señuelos para el decomiso en caso de ser descubierta.
Siempre estoy a un paso de mis padres. Ellos tienen un plan, yo tengo dos. ¿Le sorprende?
—No, no lo hace. Es previsora y eso es lo que más me agrada de usted, solo que su genialidad se ve opacada por su terquedad. Casarse con un duque es la solución a todos sus problemas, la mejor forma de avanzar y de vengarse.
—Creí que comprendía mis temores, excelencia, pero veo que prefiere el beneficio de tenerme a escucharme.
—El beneficio sería mutuo. Puedo jurar sobre la tumba de mis padres que de mi boca no saldrá una mala palabra para usted.
—No sirve jurar sobre los muertos; ya no pueden morir. Es más divertido sobre los vivos, excelencia.
—Milady, es bastante supersticiosa, pero me atrevo a hacerlo. No caerá ningún rayo celestial a fulminarme ni a fulminarlos. La intención de mi corazón la sabe Dios y estoy seguro de que me envía recursos para ser paciente con usted. Vale la pena todo esto con tal de verla feliz.
—Casi le creo, pero soy desconfiada por naturaleza. No lo retrasaré más. Sé que los asuntos con mi hermano ya han sido resueltos y usted solo debe regresar a su casa.
—¿Está tan ansiosa por librarse de mí que no puede ocultarlo?
—Me ha pillado. No es cierto. Es que no puedo retenerlo aquí sin razón. Mis padres pueden pensar que está interesado en mí.
—Si lo hacen, claramente no están en un error, pero si le causo problemas, es mejor que me retire. La veré en tres días en la taberna a la misma hora de siempre. Piense bien en lo que desea para su venganza solo tiene ese tiempo para hacerlo.
—Lo haré...
Los dos se pusieron de pie e hicieron sus reverencias correspondientes para despedirse.
—Buenas tardes, excelencia...
—Nos veremos pronto, milady. Vaya a nuestro encuentro con sus pendientes...
El duque de Welberg salió de esa casa satisfecho, con los ánimos de esperar los planes de Helen.
No tenía mucho que hacer. Con sus hermanos casados y su socio enfermo, su vida era bastante aburrida y debía buscar maneras creativas de distraerse o se convertiría en un pedazo de madera inanimada.
Había pensado en retomar la pintura, pues le sobraba tiempo, demasiado, más de lo que le gustaría admitir.
Él sabía que sus pequeños acercamientos a Helen eran la clave para poder llegar a su objetivo.
El progreso no sería a pasos agigantados, sino que sería paciente y planeado.
Improvisar lo podía llevar a cometer errores y asustar a la joven, dejando su progreso en nada y perdiendo su confianza.
No podía dejarse llevar por cualquier lujuria que pudiese filtrarse por sus poros, pues William conocía su propio cuerpo, aunque estar cerca de Helen nublaba sus pensamientos de una manera que no era normal.
Esperar esos tres días sería un suplicio para el duque, pero como era un hombre que planificaba, pronto pudo comenzar a hacer actividades.
Pintar era lo que más le llamaba la atención.
Con sus recuerdos de Helen comenzó sus primeros trazos sobre el lienzo para darle forma a la mujer que le rondaba la cabeza.
Con el paso de las horas comenzó a parecerse a ella.
Por más que no era un pintor experimentado, su preceptor le dijo que tenía mucho talento.
Durante su infancia y adolescencia había pintado perros de caza, paisajes, la residencia de sus padres fallecidos en Londres y también en donde residía.
Ciertamente, sus capacidades eran innatas, aunque no perfectas por la falta de dedicación.
Unos golpes resonaron en la puerta del estudio de arte de la casa. Él estaba concentrado y no respondió, por eso la persona entró.
—¿Qué estás haciendo aquí, William? Llevas todo el día encerrado. No quiero que se te pase la hora del té —habló Martha, que se acercó para ver lo que hacía.
—Madre, estoy pintando a lady Helen. Es preciosa. Sé que mi pintura no le hará justicia, pero me sirve para recordarla cada día; es solo para mí.
—Quiero verla cuando termines. Ella debe ser demasiado especial para que tú quieras pintarla.
—Lo es. No hice nada para encontrarla; ella hizo todo el trabajo y me siento afortunado por eso. Usted sabe la situación en la que se encuentra y espero poder ayudarla con su venganza; solo me falta saber a qué conclusión ha llegado para proceder. Sé que me sorprenderá.
—Quiero conocer pronto a mi nuera. Estoy tan feliz porque todos mis hijos han encontrado el amor. Cuando te vea casado será el día en que podré morir en paz.
—Madre, usted es demasiado joven para pensar en morir. Debería estar considerando contar con más nietos.
—¡Oh! ¡Qué encantador cómo piensas! Por supuesto que sí. Decir que puedo morir en paz es un decir para dejar claro que hice todo lo que debería en esta vida y dejé los asuntos ordenados. Mis pequeños siempre serán mi mayor preocupación.
—Somos grandes, madre. Ya no deberíamos ser una preocupación para usted. Debería estar viviendo en paz. Ninguno pasará hambre o penurias; todos estamos bien.
—Explícale eso al corazón de una madre. No hay día que no piense en lo que ustedes pueden necesitar. Llegaron aquí siendo pequeños y sé que para ti y Dimitry ha sido más difícil de asimilar el cambio de padres.
—Siempre entendí lo que pasó, aunque nunca lo acepté como algo que debió ocurrir.
No era voluntad del cielo, fue una desgracia, pero nosotros tuvimos una vida feliz con padres maravillosos.
Usted siempre será mi madre. De hecho, tengo dos, una que me cuida desde el cielo y la otra en la tierra.
¿Quién podría ser tan afortunado como yo?
—Dimitry. Él tiene a dos madres en el cielo y a una en la tierra...
—¡Maldita envidia! —expresó William cogiendo la mano de Martha con cariño.
—Sigue pintando. Haré que te traigan un té. No quiero que te pongas delgado por andar pensando en una dama. Ya quiero conocerla. Le gustará nuestra casa.
—Veremos cuándo puedo presentarla. Tal vez sería bueno que planifique una cena, madre, pero en un par de semanas, cuando James esté más fuerte.
En este momento, no es prudente. No sabía que tenía la salud delicada.
Sé que es culpa de su hermana de algún modo, aunque tampoco es para culparla por todo. Milady es especial.
—La ves con los ojos de la ceguera, lo que significa que la aprecias de verdad. Me voy...
Martha se retiró con una sonrisa tranquila en el rostro, mientras él bajó el pincel por un rato para observar cómo iba su obra. Esperaba terminarla al menos en un par de semanas, ya que la pintura debía ir secando su base y los nuevos trazos.
El té llegó poco más tarde. Su madre había mandado hacer demasiadas masas dulces. Ella siempre quería llenarlo con comida y afecto.
***
Días después...
Había llegado el día en que debía acudir a la taberna para escuchar lo que Helen tenía que decirle sobre su venganza. Quería tener una participación pequeña, no algo abusivo.
Se vistió con la ropa que siempre llevaba a la taberna. No quería levantar sospechas de quién era. Además, reservaría la habitación para conversar mejor y pediría algo de calidad para comer y beber. Quería darle una noche distinta a esa dama. Esperaba que ella no saliera corriendo despavorida.
Al llegar a la taberna, hizo lo que tenía en mente y se sentó en la cama a esperar a la joven, aunque no sin antes aflojar su pañuelo y abrir un poco el cuello de su camisa.
Quería que viera un poco de lo que le gustaba.
Era consciente de que era muy atractivo y que aquella no podía evitar mirarlo con ojos codiciosos.
Él quería ver más de su cuerpo, pero ella era más recatada con su vestimenta.
Persuadirla de mostrar algo sería una misión suicida; podría morir al proponerlo. Solo debía insinuarlo.