Capítulo 15
—¿Amistad? No nos vendas humo, querida. Nadie te enviaría joyas, por más falsas que fuesen, solo por amistad, y si lo manifestó así es porque miente con descaro; es discípulo de la mentira.
Ningún caballero daría obsequios a una dama que no le interesara.
.. ¿O crees que lo hace por tu dinero? Te envía cartas a tu casa, entonces sabe que eres la señorita de esta residencia. .. —comentó su padre.
—Cree que soy una doncella, estoy segura de eso, solo que aquí se ha mezclado la correspondencia. Si supiera que soy la señorita de la casa, como dice mi padre, ¿cómo se atrevería a enviarme imitaciones de joyas? Deberían ser las reales, ¿o no? Eso sería usando la lógica de mi padre...
William solo podía guardar silencio mientras se debatían sobre el obsequio que envió.
Los diamantes tan caros eran hechos pasar por vidrios de imitación.
Su cuñado, Matthew, moriría si escuchaba esas palabras sobre los productos de su millonaria mina en América.
No se lo comentaría o la familia del duque de Albine tendría problemas por difamación y calumnia.
Este acontecimiento debía guardarlo en su memoria.
—Lo que importa es que existe un pretendiente real y que es una esperanza para que Helen se case.
A mí no me importaría cualquier profesión modesta, incluso si es un vago.
Nuestra familia puede hacerse cargo de todo, con tal de que ella no sufra peripecias en el futuro y que no atraviese este camino de vida en soledad —alegó su madre.
—En fin, no nos importa el pobre diablo al que escribas; si puede casarse contigo, que lo haga.
Estaré ansioso por conocer a mi cuñado. Cuando me recupere, organizaré una jornada en una de las propiedades y quiero que tu amigo acuda.
Va siendo hora de que también busque esposa.
.. —James mintió en la última parte, pero sabía que no tenía otra excusa para hacer una fiesta campestre.
Si no decía lo de casarse, no tendría el apoyo suficiente para poder unir a su hermana y al duque de Welberg.
Ese era un matrimonio importante y conveniente en todos los aspectos, no solo por la seguridad que le daría a su hermana, sino también porque los negocios serían más fluidos y confiables. Era una relación de ganar-ganar.
—No lo encontrarás en tu selecto grupo de aristócratas, hermano. Él es un hombre sencillo...
—Podríamos buscar a este caballero e invitarlo personalmente, milady.
Nadie le dirá nada por su estatus bajo. No somos personas tan estiradas para semejante tontería.
No juzgaremos a nadie. Además, yo ayudaré a James con su fiesta; no solo será para conocer a las damas, también será para que la gente conozca sobre nuestra asociación y eso nos dé más ventajas en el futuro.
¿Sabe que siempre se necesitan artesanos de cualquier cosa?
Son los que mueven el dinero y pagan sus impuestos con eso, lo que nos permite a todos un mayor uso de recursos, pese a que todo va para armamento y provisiones para el ejército —intervino William.
—Su excelencia es alguien de corazón abierto. Me alegra que no juzgue a nadie por su condición humilde...
Ambos parecían armar una pequeña batalla.
Sabían sobre lo que hablaban, pero mantener las apariencias era importante para que Helen consiguiera lo que deseaba.
William era su aliado y no pensaba traicionarla, pero conseguiría su mano por otras vías, ya que a ella le gustaba hacerle difícil el camino.
Sabía que sus padres podían ser mañosos hasta el punto de arrojarla a sus brazos y eso era lo que pretendía.
Él se haría tan indispensable, benévolo y amable, que lo apoyarían como fuera, al igual que James.
Sabía que él era su arma más poderosa en ese momento.
—Por supuesto. Los valores de mi familia siempre se han basado en el esfuerzo y el mérito.
No podría defraudarlos creyéndome superior a nadie.
Sería una osadía de mi parte y una completa falta de respeto.
.. Sé que debo escuchar a mis padres, ¿no cree usted que es importante lo que dicen nuestros mayores con toda la experiencia que tienen al hombro?
—indagó William queriendo ver si se atrevía a decir algo contra sus padres.
—Estoy de acuerdo, pero cuando ellos respetan los límites que se les imponen. Buscar esposo para una joven casadera que no puede casarse es un acto criminal de presión social... Es un ejemplo. No acuso a mis padres... —dijo sorbiendo un poco de su sopa.
—Su excelencia, esta hija rebelde necesita que alguien le enseñe el respeto filial. Es una criatura desorientada que no sabe apreciar lo que sus padres hacen por ella —intervino el duque.
—Padre, no me llame malagradecida. Es que ustedes parecen moscas en verano.
Están en todas partes y en todas las cosas que hago.
No es difícil de entender que no puedo casarme.
Hasta el duque de Welberg lo ha comprendido y ustedes no pueden.
Mi amistad por las cartas es un asunto privado.
.. No quiero que espanten a este caballero.
¿Quién dice que no envejezca con un amigo verdadero?
¿Por qué necesariamente debe ser un esposo que puede hablarme mal y golpearme?
Con que me acompañe con frases y palabras de aliento es más que suficiente.
—Oh, niña ingrata. Los hijos no se hacen hijos con frases y palabras; necesitas a un hombre que duerma contigo. Un niño es la mejor compañía que podrías tener —habló su madre.
—Eso significa que tengo que casarme y es de lo que estoy huyendo, madre. No tiene sentido. Ahora me pondré a rezar por usted, para que su inteligencia deje de vagar y regrese a su cuerpo.
—Su madre tiene razón, milady, aunque para tener un hijo no es necesario casarse, solo buscar al hombre adecuado para el hecho. Es razonable... —alentó William queriendo una tajada de la tontería de la que hablaban.
—Qué atrevimiento, su excelencia. Eso falta a las normas del decoro. Jamás haría algo así, es impensable.
—Su excelencia, no queremos damas solteras y con hijos, eso sería restar la reputación de toda la familia.
Es un peligro darle esas ideas a alguien como Helen, aunque puedo ver que pensó más que usted para responder —alegó el duque de Albine que sorbió su copa de vino abriendo mucho los ojos por lo que había dicho.
William sonrió. Era evidente que una familia tan conservadora no aceptaría algo semejante.
Solo estaba poniendo a prueba las ideas de la joven que le gustaba.
Quería probar hasta dónde podría soportar sus ataques para seducirla y que terminara cayendo.
Podría ser vil y llevarla a una trampa para casarse, pero eso no lo diferenciaría de las personas que le hicieron daño y a lo mejor terminaría rompiendo la poca confianza que había conseguido hasta el momento.
Su avance era lento, pero satisfactorio hasta donde podía distinguir. Debía tener más paciencia.
—Era solo una propuesta tonta que me ayudó a ver los valores de esta familia. Es evidente que, para que no esté sola, no la obligarían a embarazarse de cualquiera y quedar sin respaldo. Ella también ha sido muy juiciosa en su respuesta —replicó William.
Helen no dejó de observar a William de reojo durante el almuerzo.
Temía que lo que había insinuado en realidad no fuese una tontería como dijo, sino más bien su objetivo real.
Tal vez quisiera meterla en su cama. Eso le asustaba, pero también la hacía pensar en que a él le gustaba y, como el matrimonio sería algo imposible, no necesitaba respeto y podía llegar a un acuerdo beneficioso para ambos; así podían cumplir cada uno con sus expectativas.
Podía ser arriesgado, mas ¿qué sería lo peor que le diría?
Tampoco él se haría pasar por un hombre decente.
Era un libertino más en el mundo; no tenía sentido que tuviese un ataque de decencia.
Al terminar el almuerzo, William se despidió de James, que fue llevado por los sirvientes a la segunda planta, y él se quedó en el salón. Quería conversar con la joven.
—Su excelencia, quisiera solicitar una conversación privada con milady. Sus sirvientes pueden estar atentos cerca de nosotros... —pidió William con una confianza más de la necesaria.
—¡Oh, por supuesto! —expresó el duque sobándose la mano como una mosca sobre el festín. Claro que deseaba dejar a su hija con ese hombre y que se la llevara como su esposa.
—¡Sí, sí, sí! —secundó la duquesa—. Helen, sé amable con el duque. Pórtate bien, querida...
La joven miró a sus padres sin creer que la estaban obsequiando, pero no les daría el gusto de escuchar su conversación.
—Iremos al jardín, su excelencia. Tenemos un banco en ese lugar. Si la conversación es privada, no queremos que las paredes tengan oídos y en mi casa, hay muchos... —manifestó poniéndose de pie.
William siguió las acciones de la joven y asintió.
—Ingrid, Harper, sígannos, pero se quedan a sesenta pies de nosotros —ordenó Helen dando el primer paso hacia el jardín.
El duque de Welberg la seguía con ambas manos detrás de la espalda. No quería que ella pensara que tenía alguna mala intención; por supuesto que la tenía, pero en esa casa no podía hacer nada.
—¿Sobre qué quiere conversar conmigo, su excelencia? —inquirió sin preámbulos.
—Tengo muchas cosas, pero la más importante es sobre lo que pude averiguar de su caso.
—¿En tan pocos días pudo conseguir la información? Déjeme dudar de su veracidad.
—No me está cuestionando a mí, sino a lady Stell quien fue la que me contó lo que ella misma estuvo averiguando sobre las razones de su secuestro.
El corazón de Helen comenzaba a latir más rápido que nunca. Se sentía agitada, por lo que tomó asiento en el banco.
—¿Debía existir una razón que no fuese dinero? Quiere decir que sus teorías...
—Eran correctas. No era un asunto de dinero, era competencia desleal por parte de alguien...
—¡Pero por qué yo! ¿A quién quería hacerle daño? ¿A mi hermano, a mi padre?
—A ninguno de ellos, sino a usted. Siempre fue el objetivo de esta familia...
—¿De una familia? Hable, por favor, excelencia. Dígame más. ¿De quién es esa familia?
—La del marqués de Roosevelt...
La dama trataba de buscar en sus recuerdos alguna conexión con esa gente, pero no encontraba sentido. Para ese punto pensaba que la información del duque era falsa.
—Su excelencia, no tengo relación con esas personas, ¿por qué querrían hacerme daño?
—Por envidia... El marqués de Roosevelt tiene una hija de su edad que estaba celosa de usted por su carisma y belleza... Intente recordar, milady...
En ese instante, la memoria de ella parecía recuperarse.
Solo recordaba un enfrentamiento en la tienda de vestidos dos años atrás.
La modista halagó su figura y eso fue suficiente para que una joven la mirara con el rostro más indescifrable jamás visto.
También la recorrió de pies a cabeza y en aquel momento, Helen era bastante altiva y la reprendió por observarla como si tuviese una segunda cabeza.
Le dijo que era insignificante y fea. No imaginaba que eso le llevaría a tener tantos problemas.
—Por su cara creo que ha recordado... —comentó el duque, burlón—. Usted puede reconstruir el resto de los hechos, pero ¿tengo razón en lo que dije?
—En la modista, a una joven le dije que era insignificante y fea. Me estaba mirando y no quería que lo hiciera... ¿Fue eso lo que me condenó? ¿Fue eso lo que echó por tierra mi brillante futuro? ¡Solo dos estúpidas palabras!
—No, fue la envidia. Por una humillación puede cobrarse, pero la envidia no conoce códigos.
Una vez que existe, no se erradica con nada, al menos no hasta lograr el objetivo.
Sin embargo, no debería preocuparse; ni con todas las artimañas del mundo esa mujer ha logrado casarse.
Lo más probable es que usted tuviese la razón y ella fuera insignificante y fea.
—Vaya consuelo. Está tan arruinada como yo, pero no es suficiente para mí. Quiero venganza...