Capítulo 14
William llegó a la residencia del duque de Albine poco después de la hora del desayuno. Su socio lo había invitado a almorzar y era más que evidente que él estaría feliz compartiendo en la mesa con la familia, porque tendría la oportunidad de ver a la joven.
Al dar unos pasos dentro de la casa, vio el rostro pálido del sirviente de Helen. No parecía muy feliz de verlo.
—¿Se encuentra lady Helen? —preguntó sin premura.
—Ella está... está en el jardín trasero —alcanzó a decir con un poco de temor.
—Ah. Iré a saludarla antes de ver a James.
—¡Excelencia! A milady no le gusta que la molesten cuando está en uno de sus pasatiempos favoritos.
—No importa. Si es un bordado feo, de todas formas, será bonito por haber sido hecho por ella. El amor es tan ciego que puede pasar un gato por liebre.
Harper quería agarrarse de los pelos al ver que este hombre testarudo iba a buscar a la joven.
Sabía que su ama lo mataría. Tenía demasiadas razones para terminar abonando tierra en el cementerio.
De todas maneras, lo siguió para alcanzarlo.
Este iba caminando a paso firme con una de sus manos en el frente y la otra atrás, digno de la elegancia de su rango.
El joven duque observó a la distancia, primero con una sonrisa al distinguir a Helen, mas se le borró tan pronto cuando vio una pequeña hacha en una mano y en la otra un pato desplumado.
Se detuvo en su caminata para analizar la situación.
Su mente le gritaba que era impropio de su condición, pero esa era su parte prejuiciosa, pues sabía que ella estaba preparándose para una vida solitaria y debía aceptar las actividades que practicara, por más que no le gustara.
Continuó la marcha hacia la dama y volvió a dibujar una sonrisa en su rostro.
—¡Milady! ¡El duque! —exclamó Ingrid, que quería esconderse bajo las piedras.
Al percibir la presencia del caballero, ella quiso esconder el ave muerta, pero era tarde: la habían visto.
—Vaya pasatiempo. Pensé que la encontraría bordando algo o cosiéndose el dedo, pero no imaginé que fuese la cocina. ¿Usted cocinará para el almuerzo?
—Buen día, excelencia. Solo mato el pato.
El resto lo resuelve la cocina de la casa —replicó avergonzada, queriendo sacarse un cabello del rostro.
No era exactamente la forma en que esperaba volver a verlo.
La buena impresión que quiso causar solo quedó en una intención; al menos esperaba que pudiese notar los pendientes que llevaba.
El duque se adelantó a Helen y retiró el mechón de cabello que cubría su frente y lo colocó detrás de la oreja.
—Lleva los pendientes. Sabía que le quedarían muy bien... Por otro lado, usted no es una dama convencional. Cocinar debería ser una de sus facultades si se está preparando para la vida de soltera o ¿acaso piensa comer carne cruda?
—Tal vez me falte práctica en la cocina, excelencia, pero no será hoy. Quiero que tenga una buena experiencia culinaria con el pato que crie y maté.
—Está bien, aunque recuerde que me gustaría probarlo. La veré más tarde, debo ver a su señoría.
Helen le dio una sonrisa nerviosa a William y, después de que él se fue, lloriqueó con los ojos cerrados, zapateando y zarandeando al pato.
—¡Oh, Ingrid! ¡He sido humillada! El duque me pide que le cocine... ¡Y yo no sé hacerlo! ¡No se me ocurrió aprender ciertas recetas! No puedo vivir de galletas y té, tampoco me sirve hacerlo de comida cruda. ¡Es un ser tan despreciable!
—Solo hizo una petición, aunque fue un poco audaz y hasta venenoso con su sugerencia, pero considero que lo importante es que fue comprensivo con sus hábitos. Es un caballero que vale la pena apreciar.
—Vale la pena... ¡Bah! Ningún hombre aparte de mi hermano y mi padre vale la pena.
Consideraré el asunto de la cocina para cuando necesite cocinar en el futuro.
Es importante hacerlo por si el dinero es escaso y corre por mi cuenta alimentarme.
No sería bueno vivir de bayas silvestres por muchos años. ..
El sirviente de Helen llevó a William hasta la habitación del marqués. Este último reservaría sus fuerzas para bajar las escaleras para la hora del almuerzo.
—Buen día, James. Te ha regresado el color al rostro... —habló William, que se sentó junto al marqués al lado de la ventana.
—Tal vez, aunque Helen dice que debo salir a tomar el sol como si fuese que soy una planta. Sabe que bajar las escaleras solo puede ser en ocasiones particularmente importantes. Nuestro almuerzo de hoy es para cerrar el trato si aún quieres a alguien como yo como tu socio.
—No solamente te quiero como mi socio, sino también como mi cuñado. Tu hermana es encantadora...
—¿Lo de mi hermana va en serio? Creí que mis oídos me engañaron la última vez que te oí.
—Sí, es encantadoramente extraña. Necesito tu apoyo.
—Tienes todo lo que necesitas de mí... Tú solo pídelo y así se hará. Puedes llevarte a Helen, nadie dirá nada, todo puede ser muy discreto.
—Las cosas a la fuerza no funcionan, pero lo hablaremos después de centrarnos en los negocios antes de que te vuelvas a enfermar.
—Después de saber que te interesa Helen, no se me ocurriría morirme de ninguna forma.
Ellos comenzaron a hablar de sus negocios pendientes al menos por una hora. Los asuntos por resolver eran muchos y no podían esperar más; debían firmar los papeles en donde se asociaban para negociar.
Una vez que acordaron cómo proceder, William decidió hablar sobre lo que había averiguado.
—Ahora que hemos resuelto lo que se relaciona con los negocios, puedo contarte lo que supe por medio de lady Stell.
—Lady Stell es una buena persona, nos ayudó cuando lo necesitamos. Ni siquiera da la impresión de ser una prestamista despiadada.
—Es cierto. Le pregunté sobre el caso del secuestro de tu hermana y lo que me contó no te dejará tranquilo.
—No me asustes. ¿Qué significa eso? —interrogó James con preocupación.
—Te lo diré si me prometes no preocuparte demasiado por el pasado y pensar en el presente.
—Tonterías, dime lo que tengas y decidiré qué hacer.
—Ella me dijo que no fue un secuestro normal, sino que lo único que los delincuentes querían era arruinar la reputación de tu hermana porque el marqués de Roosevelt tenía una hija de la misma edad que la suya y como no era tan bonita como ella, prefirieron sacarla del juego...
James se quedó pálido y en silencio, tratando de asimilar lo que le dijo William.
—Todos estos años creímos que fue algo fortuito...
—No, no fue así. Estuvo fríamente calculado desde un principio para echar a perder la vida de milady con dudas, cuchicheos y más. Esta información no la podía callar, porque es injusto que esas personas continúen por la vida como si nada después del daño que hicieron.
—Merecen mil muertes. Me encargaré de que así sea... —dijo el marqués apretando su puño con fuerza.
—Quiero decírselo a milady y aliviar su carga.
Ella sufre pensando que fue un infortunio, pero saber que existe un culpable le dará paz y, si quiere vengarse, la ayudaré.
Este asunto me concierne. Si puede limpiar su reputación, podrá casarse sin reparos y yo soy el primero de la lista y me encargaré de ser el único.
—Estoy seguro de que Helen tomará la venganza como camino.
No sé si recuperará algo, pero haremos lo posible para que los demás no queden impunes.
Dos años de malos ratos, tristeza, desesperación y preocupación son los que hemos tenido como familia.
Todavía no puedo imaginar los sentimientos de mi hermana, es indescifrable, porque en ocasiones parece desear una vida con alguien y en otras es reacia.
No sé qué creer respecto a eso. Tú le has llamado la atención y me alegra saber que correspondes a su atención.
No se da cuenta de lo afortunada que es teniéndote a su lado.
—Ella no ve el horizonte; la luz al final del túnel no es fácil de encontrar para todos. Es comprensible que esté cerrada de mente. Quiero comprenderla, aunque en ocasiones me cueste. Una persona herida necesita paciencia.
—Debo reconocer tu humildad y honor, William. Eres un hombre de valores que sabe cómo tratar a las personas. Te han criado para hacer el bien.
—Mis padres son personas maravillosas que se hicieron cargo de cosas que no les correspondían.
No tendré toda la sangre de ellos, pero sí lo que me enseñaron; eso une más que un simple lazo sanguíneo y perdura toda la vida.
Quiero una vida como la de ellos, en donde el amor y los valores se traducen en prosperidad.
Ambos estaban de acuerdo con lo que el otro decía.
En donde convergían era en ayudar a Helen y hacerla feliz, por más que ella desconociera lo que hablaban y conversaban.
Pronto sabría lo que decían y ella tomaría sus propias decisiones, aunque suponían que la venganza era el único camino a la redención.
Horas después fueron llamados para el almuerzo. William ayudó al marqués a bajar las escaleras sin hacer ningún esfuerzo; faltaba poco para que lo sentara en la silla para que no se fatigara.
—Qué bueno que puedas bajar con nosotros... —comentó la duquesa con una sonrisa.
—Sí, madre. Llevaba tiempo sin salir de esa habitación, pero debo confesar que me he cansado. Después regresaré a descansar, pues venir ha tenido un efecto un tanto adverso —exageró. Su idea era dejar al duque de Welberg a merced de su hermana o viceversa.
Helen se presentó unos minutos después con una ropa más elegante. Se arregló el cabello para que el duque no se fijara en otra cosa y se bañó en perfume para que el olor a pato mojado se le quitara de la piel.
William quedó complacido al verla en todo su esplendor, luciendo la joya que le había obsequiado.
—Oh, querida. Esos pendientes los he visto en estos días. De hecho, te has arreglado demasiado durante este tiempo... —comentó el duque de Albine.
—Son un obsequio del caballero que me envía cartas... —contó.
—¿Recibes esas baratijas de un desconocido, Helen? Debes tener cuidado con eso... —advirtió su hermano, que cogió una copa de agua.
El duque de Welberg se quedó de piedra al oír que el marqués llamaba a su obsequio «una baratija».
Esa «baratija» era de primer nivel. Otros nobles pagan fortunas para tener un pedazo del diamante más puro de la mina de su cuñado, mientras él lo compraba a menos de la mitad de precio.
Para su familia, tener joyas valiosas era una diversión.
Sí que su amigo lo ofendió, pero no podía culparlo; ignoraba que él era el caballero de las cartas.
—Ese hombre debe tener dinero para comprar diamantes. No parece un hombre tan humilde... —alegó la duquesa, desconfiada.
—¡Oh, madre! Como dice mi hermano, es solo una baratija, una imitación que puede comprar un hombre común de la ciudad.
Usted sabe que existe la bisutería... —Helen quería que se la tragara la tierra al ver el rostro sonrojado de William.
Este parecía a punto de estallar para decir que no era eso, pero era evidente que se contenía para no matar a nadie.
—Debes valorar el esfuerzo de alguien sin recursos.
Espero que le respondieras con respeto, sin importar el valor de la joya.
La intención es lo que siempre cuenta. Nosotros podemos decir que son baratijas, pero el valor sentimental es lo que al final importa.
Si rompo una de tus horquillas caras que no aprecias, no sentirás dolor, pero si por alguna razón se extravían esos pendientes, tú te morirás.
¿Sabes por qué? Por usar eso desde que lo recibiste.
Ese par tiene tu atención completa. Espero que pronto podamos conocer a este valiente caballero de las sombras que se atreve a conquistar a mi hija. ..
—No es nada serio, padre. Intercambiamos palabras de amistad...