Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 11
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Capítulo 11

—Prometo ser sensato y decente. Las cosas más pecaminosas podría decírselas aquí... —Él la cogió de las muñecas y la acercó a su cuerpo—. ¿No le parece un trato justo y perfecto? Conocernos más estrechamente es la forma de que esto perdure y terminemos casados...

—Usted está obsesionado con el matrimonio y no ve la cantidad de defectos que tengo. Soy vil, malvada, codiciosa, mentirosa, rastrera, cruel, miserable, insensible y...

—¡Perfecta! Dijo todas las virtudes aceptadas en mi familia. Usted creería que en mi casa querrían a una dama seria, recta y muy decente, pero puede estar tranquila, abrimos la puerta a lo peor de lo peor. No debería existir problema para casarnos. La querrán mucho...

—¿Está bromeando? ¿Qué familia me aceptaría? Dice cualquier cosa para acostarse conmigo. Es un libertino que lo único que tiene caliente son los calzones. Déjeme decirle que para eso están otras mujeres; yo soy de cuna noble, sin reputación o con ella, no calentaré la cama de nadie que no me guste.

—¿Y yo le gusto?

—¡Qué descaro!

William la soltó y prefirió optar por otra técnica: la carnada. Comenzó a aflojar su pañuelo y a agrandar la abertura de su camisa para mostrar un poco de piel.

Helen no pudo mantener sus ojos quietos. Los tenía fijos en el torso de William. Tuvo que pasarse la mano debajo de la boca para limpiar un poco de saliva que escapaba. Estaba siendo sometida a la tentación de la carne, de una de excelente calidad.

—¿Le gusto para que pueda calentar la mía o necesita ver un poco más? —William se atrevió a más y llevó la mano hacia su cintura para insinuar que se bajaría el pantalón.

La joven observó la mano de él que se movía hacia su ombligo. Abrió su boca con cierta ansiedad, al igual que sus ojos. Sabía que debía intervenir y decir que no hiciera eso, pero quería ver qué había más allá de la ropa. Cuando vio que su atrevimiento no pararía, su decoro hizo acto de presencia.

—¡Suficiente! Excelencia, nadie quiere ver lo que ocultan sus pantalones. Sea decente... Puede continuar con el torso; es menos deshonesto...

Él quedó sorprendido por el pedido. Ella era indecente, pero no demasiado.

—¿Le apetece tocar, milady? Soy un atleta y me gusta montar. Mis brazos son fuertes y mi torso marcado...

La joven se mordió los labios y después miró a cada lado de la habitación buscando a alguien que le guiara sobre la decisión. Sabía lo que debía hacer, pero saber que sería soltera para siempre le daba cierta indecencia y atrevimiento.

—¿Me puede dar un minuto? Necesito hacer algo primero... —se disculpó yendo hacia la puerta. La abrió un poco y sacó la cabeza. Ahí estaban apostados Ingrid y Harper con sus manos en la capa, apretando sus armas—. ¡Psss! Ingrid, Harper, necesito un consejo...

Los sirvientes oyeron a su ama y se acercaron.

—¿Qué necesita? —indagó Harper.

—El duque dijo que podía tocar su cuerpo... ¿Qué hago? ¿Me atrevo o no?

Ingrid miró a través de la puerta entreabierta y vio a aquel hombre tan atractivo ofreciéndose a su ama con las manos puestas bajo su camisa.

—¡Sí, por supuesto que sí, milady! ¡Toque y disfrute! Eso no es pecado. Si puede, dele una mordida y cuénteme qué sabor tiene.

—¡Indecente! Mereces que te cosan la boca —espetó Harper, indignado. Le prometió al marqués cuidar de su hermana, pero esto se estaba volviendo un gran problema—. Ha llegado el momento de irse, milady. Primero le ofrecerá arriba y después abajo.

—¿En dónde está el ave? Siendo un duque, debe tener a un fénix escondido —habló jocosa.

—¡Dios bendito! Su señoría la matará, me matará, nos matará, milady. Le ruego que lo piense con detenimiento. Además, él es el socio de su hermano; venga con nosotros, es lo correcto, no debe caer en tentaciones mundanas y...

—Tocaré un poco. Quiero lo mejor de ambos mundos. Lo toco y corro, ¿qué les parece? Los complaceré a los dos y nadie saldrá herido...

Ella cerró la puerta y caminó con rapidez hacia William. Le hizo un gesto con la mano para que levantase su camisa solo un poco.

Esto era divertido para William. Aquella joven fue a pedir opiniones y era evidente que no había conseguido el apoyo completo de sus consejeros.

—¿Se acercará o me acerco más? —La tentó con voz sensual.

Con una sonrisa en el rostro y moviendo las cejas de manera pícara, Helen corrió de puntillas hacia él y puso una mano en su pecho.

Algo dentro de ella estalló de emoción. Aquello era macizo y bien formado.

No podía creer que se aprovechara de la situación.

Ser solterona era toda una experiencia. Si seguía así, podría aprovecharse más con el paso del tiempo.

—Acepto el trato. Usted sabe negociar, excelencia, pero no crea que me tiene en sus garras...

—Lo importante es que se dio cuenta de que lo mejor es cooperar. Además, tengo más formas de persuadirla de que me acepte; este es solo un dulce para usted...

Con la emoción corriendo por sus venas, cogió una de sus bolsas de dinero que llevaba y se la colocó en la mano a William.

—Veo, toco y pago, no estamos en deuda, excelencia... Que tenga buena noche... —se despidió la joven antes de salir, porque si no lo hacía, terminaría dándole la mordida que sugirió Ingrid y eso sería pasar el límite de la decencia básica.

Se apresuró a salir de la habitación y no le dio tiempo a William de reacción.

—¡Oye, no soy un prostituto! ¡Qué dinero es este! —exclamó indignado. Nunca le habían pagado por desvestirse; de hecho, por nada. Esto era vergonzoso—. Esta mujer me las pagará en algún momento. Le guardaré su dinero para cuando la vea poder meterle cada moneda en la oreja.

Afuera, Helen acomodaba su capa, pero debajo de lo que nadie podía ver se ocultaba su sonrisa de satisfacción. Lo más probable era que no pudiese dormir en toda la noche o quizá tendría al duque en sueños.

—¿Al final cumplió con lo que dijo, milady? —preguntó Harper.

—Sí. Pobre de ti si se lo dices a mi hermano.

Ya sé que eres el pajarito que le cuenta todo lo que hago.

Si quiere conservar los huevos en el nido, es mejor que guardes silencio, ¿entiendes, Harper?

Si sabes que James es capaz de matarte, yo puedo hacerlo dos veces.

Siempre estoy un paso antes que mi familia y cualquiera.

—Sí, milady —aceptó Harper.

—¿Y qué se sintió, milady? ¿Era suave? —indagó Ingrid.

—Era suave, duro y firme. Su cuerpo es espectacular... Qué beneficio tan grande es no tener oportunidad de casarse. Además, este hombre dice que quiere ser mi esposo. ¿Soy tan hermosa para dejarlo tonto o él cree que soy tonta para caer en sus artimañas?

—Usted cayó en la ratonera, milady. Los hombres tienen la lengua dulce y las acciones amargas. Debería esperar un poco más para juzgar al duque como bueno o malo. Sabremos qué quiere con lo que pueda hacer por usted —afirmó Harper.

—Odio escucharte, Harper. Sé que pequé de tonta, pero ¿cómo podía dejar que se escapara la oportunidad de tocar un cuerpo masculino? Eso no es algo que deba dejar pasar en mi condición. Debía hincarle el diente. No creo que pueda dormir en toda la noche...

—Qué desperdicio, quizá no vuelva a tener esa oportunidad otro día, milady. Debió ser más osada.

—Me das malos consejos, pero para tu consuelo, el trato sigue igual, aunque no podré presentarlo en casa como tenía planeado en un principio; solo podré engañar a mis padres con las cartas y después decir que mi amado misterioso murió. Esta idea no tiene desperdicio.

—Espero que le salga bien lo que está pensando y que nadie vaya a cantar la canción equivocada frente a los duques, porque ahí estaría en un verdadero peligro de confiscación de sus bienes para obligarla a casarse, milady —musitó Ingrid, que culpaba a Harper antes de tiempo.

—No lo haré. Tampoco quiero arriesgar mi cabeza como cómplice y menos enfermar aún más al marqués. Estoy al servicio de milady y en ocasiones él solo quiere que sus consejos lleguen más rápido.

—Deberías ser fiel a milady, Harper. Yo soy leal a ella —alegó Ingrid inflando el pecho.

—¿No eres tú la que se reúne con el duque en el estudio después de que milady se queda dormida? —cuestionó Harper.

Helen abrió los ojos como platos, viendo que nada de lo que ella hacía, sentía o pensaba era ajeno a sus padres.

—¿Tienes algo que decir, Ingrid? —preguntó Helen cruzando los brazos con indignación.

—Solo me hicieron preguntas puntuales, milady, jamás conté nada sobre sus planes de engañarlos porque estoy convencida de que lo que hace es correcto hasta cierto punto. Es comprensible...

—Cada uno de ustedes cree saber lo que es mejor para mí, pero parecen jugar en el lado del enemigo.

¡Ellos tres son enemigos! Mi único aliado es mi adorable duque de Welberg.

.. Es un hombre tan atractivo, con una labia que convence de pecar a cualquiera.

Quisiera retroceder dos años y no salir de mi casa para no ser secuestrada y poder conocerlo a él sin tantos impedimentos.

Estoy segura de que querría estar conmigo. ..

—¿Y ahora no quiere hacerlo? —indagó Harper.

—Dice que sí, pero no estoy segura de sus razones. Temo ser engañada, enamorarme y que después me usen y me dejen no solo soltera, sino también con el corazón destrozado. Puedo vivir sin pareja, pero no sé si mis sentimientos involucrados me dejen tranquila.

—¿Por qué se arriesga con este rufián, milady? ¿No le parece peligroso? Ya hasta está diciendo que es «su adorable» —curioseó Harper.

—Es que no quiero quedarme sin experimentar algunas cosas interesantes que me han contado los sirvientes y otras que escuchaba detrás de las puertas.

.. Tengo edad suficiente, dinero y un futuro incierto, pero de soledad.

Puedo dar el un parte gustos antes de perderme por completo en ser jardinera y carnicera.

Después de que sus sirvientes quitaron toda la información que podían de lo que ocurrió esa noche, Helen no podía evitar pensar en el cuerpo del duque y en que le dejó dinero como pago por dejarla tocar.

Se sentía culpable al hacerlo sin algo a cambio.

El beso que compartieron también le rondaba la mente y deseaba regresar y combinar ambas cosas: tocar y besar.

Nunca pensó que sería tan satisfactorio.

Cuando lo escuchaba de los sirvientes, sí le parecía interesante, pero al experimentarlo era aún más.

***

William regresó a su casa con la humillación en las entrañas.

Le dieron dinero por un poco de atención; lo hicieron sentir como un objeto.

Esa dama sí que sabía ofender cuando era necia y terca.

A ella le costaba leer las intenciones de las personas; era desconfiada, aunque no era poca cosa por lo que atravesaba, ya que su vida era complicada y sus pensamientos turbulentos.

Intentó por los medios conocidos conversar con la joven, pero se negaba a entender cómo pensaba.

Tendría que intentar ser más paciente y tragarse este momento incómodo por el beneficio futuro.

Esto era como una inversión. Los primeros tiempos solo vería pérdidas o quizá recuperara, pero la ganancia se vería con los años.

Si era inteligente y sabía cultivar todo lo que aprendió en su época de libertino para llevarlo a la mujer que le gustaba, podría conseguir su favor y sacarla del estanque en el que estaba sin poder ver la inmensidad del mar y las oportunidades.

Lo único que no debía hacer era perder el contacto o dejar que se enfriara lo que ambos estaban desarrollando.

Debía estar presente, que la viera como una figura interesante.

Con el apoyo de James, estar en esa casa era pan comido y con sus cuñados y hermanas sería más sencillo conseguir invitaciones, pero esto último sería después de averiguar sobre el secuestro.

Al día siguiente iría a la residencia de lady Stell para que pudiese ayudarlo en la investigación. Quería castigar a él o la culpable.