Capítulo 10
En la taberna, el duque reservó una de las habitaciones para poder conversar con la joven de manera más íntima. Llegó ahí solo con un objetivo, pero la idea no estaba clara. Esperaba que el truco del chantaje tuviese el efecto deseado y que ella asistiera al encuentro.
Esperó al menos un cuarto de hora, suficiente para que su ansiedad le diera unos ligeros consejos desesperados y provocara escenas catastróficas en su mente.
La posibilidad de fracaso de su propuesta de amistad y colaboración era constante.
Si eso no resultaba, tenía la otra opción aún más desesperada: desnudarse y enseñar carne.
Eso podía ayudar a persuadirla de algo. Lo que tenía a su favor para mantenerla interesada era la ayuda para encontrar a la persona que planeó su secuestro.
Esa era la carnada, la forma de que lo necesitara y buscara.
Dentro de todo, se consideraba un genio para las pequeñas maldades.
Cuando oyó unos golpes en la puerta, no perdió tiempo para abrir, aunque antes de hacerlo, se arregló el cabello.
En el umbral estaban las tres figuras con capas de la última vez.
—Solo usted pasará, milady. Es un asunto privado. Su comitiva puede quedarse en la puerta. Conmigo estará segura —declaró William.
—Descarado. Primero me amenaza y después me prohíbe que las personas destinadas a mi cuidado fracasen en su objetivo —masculló la joven que dentro de sí estaba temblando de nervios al estar a solas con él.
—Pase y le explicaré... —dijo haciéndose a un lado. Después de que ella entrara, cerró la puerta.
Antes de comenzar a hablar más abiertamente, ella se quitó la capa y la colocó sobre la cama de la estancia.
—Le queda mejor la ropa de duque... —comentó Helen bajando la mirada.
—A usted le queda mejor la cara normal. Creí que en esta ocasión vendría con el lunar en la frente y la verruga bajo el ojo izquierdo.
—Es muy creativo. Estaba pensando en una nariz falsa, pero ya me conoce. El truco no resultará.
—Me agrada que tenga mil formas de librarse de los caballeros. Para su mala fortuna he sido yo la que descubrí sus artimañas.
—Solo reconoció mi rostro, no hay mayor mérito que el de una buena memoria en la penumbra. Es capaz de vanagloriarse hasta con un eructo, excelencia.
—Es otro talento que tengo...
—Bien... ¿A qué me ha citado aquí aparte de chantajearme?
—Qué palabra más cruel. Jamás ha sido mi intención. Lo único que deseaba era cumplir con lo que acordamos antes. Además, como soy socio y amigo de su hermano, pensé que sería bueno relacionarnos como amigos...
—Los amigos de mi hermano no son míos, su excelencia.
—¿Siempre es tan venenosa?
—No siempre, pero he aprendido a serlo por necesidad. ¿Cómo podría sobrevivir en el futuro si mi lengua viperina no está entrenada?
—Pues entrenarlos le asegura un futuro muy corto si se encuentra con personas impacientes. Mi propuesta es de amistad y colaboración...
—¿Colaboración? Usted recuerda que ya no sirve para mis planes, ¿no es así?
—Absolutamente, pero eso no me impide enviarle cartas más frecuentes, fingir interés mutuo y quizá hasta mentir sobre una muerte.
.. No cambia el plan inicial, solo se modifica un poco.
La esencia del engaño sigue intacta. Todo eso también incluye mi ayuda para averiguar sobre la identidad de su secuestrador.
Tengo contactos interesantes en el entorno de lady Stell y ella misma es parte de eso.
—Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía, excelencia, ¿qué es lo que en realidad quiere de mí?
Por fin se atrevió a lanzar esa pregunta para que pudiera escuchar una respuesta. ¿Por qué alguien querría ayudarla con algo que no solucionaría su problema, aunque tal vez le diera paz?
—Porque me gusta. Es una mujer muy bella... —confesó William, que con una mano alzó el mentón de Helen para observarla mejor en todas sus facciones.
Ella lo miró altiva y desafiante; aunque se sentía muy halagada, una parte de ella quería dar saltitos y aplausos de emoción, pero era solo una ilusión pasajera por la que no debería dejarse llevar, porque al final terminaría sufriendo.
A Helen también le gustaba el duque, mas en ese instante las cosas eran buenas, aunque no sabía en qué momento podrían cambiar, al igual que la imagen que él tenía de ella.
—Podría creerlo, pero ¿por qué debería? Usted no es distinto al resto.
.. Primero me mirará con interés y después me desechará por mi defecto inexistente.
¿Acaso no sabe que fui a una velada y cuando supieron de mi secuestro me miraron diferente?
No volvieron a cruzar palabras conmigo, pero podía leer sus pensamientos a través de sus ojos y ninguno era agradable.
Hasta podía distinguir la palabra prostituta.
.. Dígame, ¿por qué debería creer en usted?
Admito que es más atractivo que cualquier otro caballero que vi en esta vida; sin embargo, eso me da aún más desconfianza.
—¿Quiere que le responda con una razón? Solo tengo esto... —Él se acercó a los labios de la joven y se aferró a ella con presteza.
Helen apenas podía reaccionar ante lo que ocurría.
El duque de Welberg se abalanzó sobre ella para besarla.
Era más fuerte que la joven y solo podía retorcerse en sus brazos y resistir, pero su voluntad no era inquebrantable; por eso cedió al poco tiempo e intentó corresponder de la misma forma, porque no podía perder su oportunidad.
Debía pensar con objetividad. Deseaba ese contacto y este hombre se lo estaba dando sin exigir nada.
Sería una tonta si no aprovechaba el obsequio para sentir lo que significaba ser besada.
Al descubrir lo que era esa sensación, sentía que deseaba eso cada día de su vida; podría simplemente vivir de los labios del duque; la comida era innecesaria comparándola con su sentir. Este elixir podría servirlo mil veces.
William logró que la joven cediera. Besarla fue la mejor decisión que tomó, pues ella se convirtió en una criatura dócil y colaborativa.
Ambos se perdieron en aquel vaivén de emociones que envolvían al beso que compartían.
La sensación para ellos era abrumadora. El calor de la pasión que fluía era tan ardiente que amenazaba con quemarlos; solo la falta de aire hizo que se detuvieran por un segundo para poder vivir.
Helen se tocó los labios húmedos e hinchados después de aquel contacto que tuvieron.
—Esto sale de un acuerdo normal, excelencia...
—¿Alguna vez dije que este sería un acuerdo normal? No recuerdo haberlo hecho. Le confesé que me gusta y que, si no fuese tan obstinada, la convertiría en mi esposa...
Ella quedó boquiabierta y retrocedió negando con la cabeza.
—¿Ahora me negará que el plan siempre fue que me comprometieran con usted? ¡Es más que evidente! Me niego por las buenas y me seduce para convencerme...
—¿Está funcionando?
—¡No!
—Debo seguir intentando, pero déjeme sacarla de su pequeño error.
Ellos no me pusieron en una taberna para seducirla; fue usted quien se acercó con su propuesta indecente.
¿Ahora los culpa a ellos? Todo esto no ha sido más que una coincidencia afortunada para mí y desafortunada para usted, pero podríamos hacer que este asunto fuese más llevadero.
Acepte lo que le digo, será libre, aunque para pensar en mí. Créame, soy irresistible.
—Sí que vuela alto, su excelencia. La arrogancia es parte de su identidad, al parecer. Me gustaba mucho el pobre de la taberna.
—¿Alguna vez le dije que era pobre? Ni siquiera hablamos de dinero y usted ha escrito una novela de odio en mi contra.
Desde que la conocí quise saber a qué familia pertenecía, pero no con malas intenciones, sino para conocerla mejor y casarnos.
Estoy en edad de hacerlo y no he tenido oportunidad de tratar a muchas damas por desinterés.
Usted es la única que ha despertado interés en mí en mucho tiempo.
—No quiero tener esa gracia. ¿Podría considerar dejar todo como está? Ya que estamos aquí, ¿puede ayudarme a buscar un buen prometido falso?
—Su prometido soy yo y eso no va a cambiar.
—Un prometido falso, excelencia. Usted lo fue por menos de una semana y ni siquiera habíamos empezado el juego...
—Jugaremos, pero con mis reglas. Nos conoceremos en este tiempo y, si después de unos meses todavía desconfía de mis intenciones, me alejaré.
Sabe que no me importa su pasado, si es inocente o si es culpable; no me interesa lo que digan los demás, solo lo que veo en usted.
Mis padres están al tanto de todo sobre usted y me apoyan sin dudar.
Conmigo sabe que tendrá una gran vida y una familia. ..
La joven le dio la espalda porque no quería que él viese su cara de sorprendida al oírlo.
Era un sueño demasiado bueno para ser verdad y no podía asimilarlo; únicamente quería paz en su vida y no pensar en lo que no tenía y nunca tendría.
No quería pensar en que podría volverse ilusa para que al final terminaran diciéndole que tenía poco valor.
—Tonterías. Usted dice eso porque sabe que todas las damas desean un futuro estable. ¿Quién rechazaría a un hombre de su estirpe? La única soy yo y sabe mis razones y dijo que empatizaba con ellas. Esto me parece una verdadera burla...
—Para mí esto es importante. No les hablaría a mis padres si no fuese algo que realmente me interesa.
Ellos me conocen y saben que hasta el último momento me he negado a conocer a todas las damas que me han sugerido porque dije que yo mismo quería escoger y depender de la suerte.
Esa misma suerte me llevó a la taberna y a conocerla.
Usted ve sus peripecias, milady, y es incapaz de notar la franqueza en las personas. Es desconfiada por naturaleza.
—No, está equivocado. Nunca fui desconfiada; la gente me hizo así.
Antes iba confiado por la vida, no tenía a dos escoltas, excelencia.
Mi vida era normal, llena de ilusiones por el futuro.
Estudié, me arreglé, practiqué mis bailes y el pianoforte, todo eso para tener un esposo y una vida con la que cualquier casadera soñaba.
.. Siempre estaba tan arreglada y cargada de joyas; ¿cómo podría verse tan simple la hija de un duque?
¿Todo eso para qué? ¡Para nada! Me espera la soledad, bordar, ser carnicera y jardinera.
.. No suena tan mal después de que uno se acostumbra a comer lo que cría. Dos años de práctica son buenos...
—Es inconcebible justamente por su estatus. No puedo permitir que la hija de un duque, hermana de un marqués y prometida de un duque haga esas cosas...
—No existe un compromiso entre nosotros...
—Usted hizo un trato. Pactar conmigo es peor que hacerlo con el diablo. ¿Ha oído de los contratos verbales? Creo que no, pero es útil ser hijo de un letrado. Todo en esta vida es válido y más aún un compromiso...
—No está hablando en serio... —Rio nerviosa—. ¿Verdad?
—Es muy serio. No juego con compromisos de matrimonio. Imagine escoger mal a su esposo y pasar el resto de su vida a su lado.
—¡Eso es! ¡Le ha dado en el clavo! Parece que por fin logra entenderme...
—Pero no soy el equivocado, milady. Soy un excelente partido que será devoto de usted...
—Necesito una copa... —dijo temblorosa. No podía razonar con ese hombre. Estaba en una habitación de una taberna con el caballero más atractivo de Inglaterra y ella no podía pensar con claridad porque no creía que alguien tuviese buenas intenciones.
Cogió el whisky y se sirvió. De un trago se lo bebió.
—No le aconsejo que lo haga. No tendrá una explicación razonable para el aroma que desprenderá mañana.
—Diré que tuve una pelea con mi prometido de las cartas...
—Es una buena idea. Le enviaré una respuesta consoladora, disculpándome por adorarla...
Ella gritó al oírlo decir eso. El calor se le subió a la cabeza. Nunca había escuchado algo tan osado.
—¡Ni se le ocurra! Me vigilan como águilas. Estoy segura de que en cualquier momento leerán alguna.