Capítulo 9
Tanto la joven como su sirvienta corrieron escaleras abajo y vieron a la duquesa con la carta en la mano, pero sin abrirla, solo la sostenía con una sonrisa en la cara.
—¡Oh, querida! ¡A ti te estaba buscando! Te ha llegado una carta. Debe ser de ese caballero. ¿Cómo hacías para recibirlas antes de que yo no me percatara? —indagó la duquesa.
—Es que lo mantenía en secreto a través de los sirvientes y, como ahora casi todo está descubierto, no vi sentido a seguir de esa manera... ¿No cree que si antes le hubiese dicho, sería público y no un secreto?
—Entiendo... Toma, ábrelo... —mandó su madre queriendo saber qué palabras le enviaría el misterioso pretendiente.
—La correspondencia es un asunto privado, madre. Lo atenderé en mi habitación y puede que para la hora de la cena le comente lo que me han escrito, ¿qué le parece?
—Eres injusta con tu madre, que ha rogado cada día por este milagro. Después ve a visitar a tu hermano en la habitación y llévale un té para congraciarte. Todavía le debes una por la vergüenza de la cena.
—Lo sé, madre. Iré después de leer la carta...
La joven llevó el papel con ella hacia la habitación. Ingrid no quería ir a hacer un par de quehaceres que tenía pendientes porque deseaba saber el contenido de la carta, pero su ama no parecía tan dispuesta a decirle nada.
—¿No te irás? Ingrid, la carta la leeré sola. Si necesito tu opinión o la de Harper, la pediré. Vete a cumplir con lo tuyo como lo hace él...
—Qué injusta, milady. Solo quería saber qué decía. Es usted tan malvada.
—Por supuesto que no lo soy, pero eso no es lo importante ahora, déjame sola...
Ingrid tuvo que salir refunfuñando. Una vez que Helen quedó solo, miró con atención el papel y este no tenía sello del remitente, ni siquiera decía para quién era. Comenzaba a pensar que era una treta de su madre para burlarse después de lo que le ocurrió a James.
Estimada prometida.
Le saludo a través de esta carta y también quería recordarle que hoy es nuestro encuentro en la taberna. Espero que no esté pensando en faltar, porque soy un duque que no tolera mentiras. Si incumple con el trato, cantaré mejor que un pájaro.
Este papel es para ayudarla a mantener su mentira un par de semanas más hasta que encontremos algo para solucionar su situación.
No olvides tirar su falso lunar y la verruga; están tan bien hechas que pueden engañar al mejor ojo crítico, si no la hubiese conocido antes, me habría engañado con su fealdad.
Atentamente,
Su prometido.
La joven se sonrojó al terminar de leer la carta. Ese hombre primero tenía la audacia de amenazarla y después hablaba como si fuese su institutriz, queriendo darle lecciones de vida que nadie le había pedido.
—Chantajista... —masculló—. Eso me pasa por juzgar por el cuerpo. Era demasiado atractivo, pero resultó tener un gran defecto: era un duque. Esa humillación todavía le resultaba difícil de digerir, pero estaba en manos de ese hombre que, por lo que escribía, era un rufián con título.
Colocó la carta en la chimenea para quemarla, pero después de considerarlo unos segundos, prefirió guardarla. Si algo pasaba, necesitaría pruebas para culparlo.
—Veremos quién es más inteligente, su excelencia. Me ganó en esta primera ronda, pero nadie sabe qué ocurrirá en la segunda; no se confíe —expresó doblando el papel en varias partes.
Cuando Ingrid y Harper regresaron, Helen se encontraba sola en la habitación jugando al ajedrez con su espíritu.
—Le traje un par de telas para bordar, milady. Debe acostumbrarse a la vida aburrida de una solterona. No todo se trata de matar animales todos los días, plantar y cosechar —dijo Ingrid con una cesta llena de telas, hilos y agujas para bordar.
—También sería bueno que practicaras, porque terminarás tan solterona como yo. Siéntate a jugar conmigo, Harper...
—¡Ay, milady! Qué injusta. Quería experimentar la vida de casada... —masculló Ingrid sentándose en la cama.
—Milady, no sé mucho sobre el ajedrez —se excusó Harper.
—Solo necesito que alguien más piense; no quiero pensar doble y mucho menos en cómo vencerme. Estoy cerca de terminar enloquecida después de leer la carta de ese hombre con la moral tan sucia como la taberna que frecuenta. Hasta su perfume debe apestar a orina.
—¿Qué le dijo en esa carta? —curioseó Ingrid. Había llegado el momento de enterarse del chisme.
—Que contaría todo si no iba a la taberna esta noche... Me chantajea; no puedo creer que exista alguien tan sucio y más con tanto poder como él. Es un duque, debería ser respetable... —se quejó pataleando.
—¡Qué osado! Tan perfecto y educado que se veía la noche pasada. Se ve mucho mejor con la ropa elegante... —alegó Ingrid.
—Sí, le da un aura más seria y atractiva. Digno de un duque seductor... ¡Pero qué disparate estoy diciendo! En lugar de ayudarme a pensar en una solución, tú riegas mis pensamientos indebidos para que crezcan y, aún peor, los comparto contigo.
—¿Moverá una pieza o sigo esperando, milady? —interrogó Harper con un suspiro agotado. No quería escuchar nada de ese duque después de que lo golpearan por tonto.
—Cierto... —Ella movió una pieza—. ¿Tienes una idea de cómo solucionar este problema, Harper?
—Ni siquiera tengo idea de lo que estoy moviendo en este tablero, milady, ¿cree que soy capaz de ayudarle? Como mucho puedo darle un consejo.
—¿Y cuál sería ese?
—Confiese. Cuente lo que hizo. Sus padres no se enfadarán o quizá no le hablen un par de días, pero la quieren mucho. De esa manera nadie podrá chantajearla. Contar la verdad es la única forma de liberarse.
—¡No puedo hacerlo! Mi orgullo, Harper. ¿Cómo podré seguir viviendo después de experimentar tanta humillación? Esto que tengo ya no es vida. Vivo en zozobra al pensar que me descubrirán intentando engañarlos...
—Solo debe ser sincera. Se evitará más dolores de cabeza. Si escuchan la versión distorsionada de este hombre, ¿qué cree que ocurrirá?
—Me temo que la única capaz de distorsionar los hechos es usted, milady. Miente como si fuese que recoge frutos de la mentira del suelo —opinó Ingrid.
—¡Es que no puedo hacer otra cosa! Si cuento la verdad, James podría volver a sufrir una crisis de salud y yo sería la culpable.
—Extender la mentira hará que la decepción sea galopante. Es mejor contar todo ahora antes de que crezca más y no se pueda atajar... —siguió Harper.
La mente de Helen se debatía entre lo que dijo el sirviente y su propio orgullo, que le impedía comprender lo que este quería decirle. Siguió pensando mientras movía las piezas de ajedrez hasta que se percató de que Harper hizo jaque mate.
—¡Maldición! —exclamó cerrando los ojos—. ¡Nada me sale bien! ¡Hasta un sirviente inepto para el ajedrez ha logrado darme una paliza! ¡Soy una calamidad, el infortunio me persigue!
—¿Le gané, milady? ¡Ja! ¡Le gané a milady! —Harper festejó como si hubiese encontrado un cofre del tesoro en el jardín.
—¡Qué tontería! ¡Volveremos a jugar y verás que te daré una paliza bien merecida!
La joven jugó con Harper dos partidas más que dieron como resultado que ella era la perdedora indiscutible.
Por la tarde, Helen cogió una bandeja con té y galletas para compartir con su hermano. Cuando entró a la habitación, lo vio sentado junto a la ventana con un libro en la mano y su camisón.
—Tú sí que sabes guardar reposo, James. Vives en camisón.
—Lamento avergonzar a mi hermana. Quizá con eso quedemos a mano —habló el marqués dejando su libro a un lado.
—Nunca podré remediar lo que hice. Con suerte sigues con vida. Debo agradecer la gracia divina.
—Si tú preparaste el té, me queda poco tiempo de esa gracia...
—Para tu buena fortuna, solo traje la bandeja. Tampoco escupí en el té; no existe rencor suficiente para hacerlo.
—Me siento agradecido al saber esto, significa que no moriré por tu veneno...
Ella sonrió y tomó asiento cerca de él antes de servirle el té.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor, aunque un poco débil. Quedarme aquí sin pensar mucho es algo bueno.
—¿En qué tanto tienes que pensar?
—De la misma forma que tú tratas de quedar soltera, yo trato de hacer fortuna propia, independiente del título.
Cuando nuestro padre no esté, quiero saber administrar ese dinero y vivir muchos años por si acaso tus antojos de soltería se llegasen a cumplir.
Sin el apoyo de un hombre, tu vida será un desastre y eso no puedo permitirlo.
—Estuve a punto de matarte por un error, James...
—Fue un accidente, pero eso no hace que me sienta responsable por ti.
De ninguna manera permitiré que la hermana del marqués y la hija de un duque estén matando gallinas para vivir.
Ni hablar. Para mí, tu único camino es el matrimonio.
Hablando de eso, un pajarito me contó que has recibido una carta. ..
—¿El pajarito tiene el cuerpo cubierto de moretones?
—No puedo decirte...
—Ajá. Eso lo confirma. Tengo a Judas como mi mano derecha... Con razón sus palabras sonaban como si fueras tú el que hablaba. Sentía que era la voz de mi conciencia.
—Me temo que la ignoras, ¿no es así?
—Siempre o no sería Helen. Si hiciera caso a consejos buenos, no sería tu hermana y deberías comenzar a buscarme por algún sitio porque un impostor ocupa mi lugar.
—Qué ocurrente, querida hermana. Ni siquiera intentas ocultar tus intenciones de huir de lo bueno y defender lo malo.
—No es lo malo, James, es lo real. No seamos soñadores.
Este mundo dominado por los hombres no ve a una mujer secuestrada con buenos ojos porque lo primero que piensan es que ya no tiene valor.
Yo no lo creo así, pero la realidad es lo que impera.
No puedo competir con otras jóvenes que no han tenido este inconveniente.
¿Sabes que el duque dijo que quizá me secuestraron por envidia?
—Es posible, porque en esta familia no nos hemos hecho enemigos, ¿quién pudo haberlo hecho?
—No lo sé, pero desde que lo sugirió quiero saber la verdad, quiero una razón de peso para que mis ilusiones se perdieran.
—Eso no devolverá el tiempo atrás, Helen.
Casarte es la solución. Prometo encontrar a alguien que te aprecie por lo que eres; solo no debes comportarte como si alguien quisiera comerte viva.
William es una persona honorable, quizá no tenga las mejores referencias románticas para nadie, pero es bueno.
No quise que pensaras que quería que se conocieran, únicamente quería hacer negocios.
Le enviaré una carta para que venga dentro de dos días para conversar sobre lo que deberíamos hacer con la idea que teníamos. Espero que todo siga en pie.
—Su excelencia es excepcional, es cierto. Es educado, galante y atractivo... El sueño de cualquier soltera, aunque no me atrevo a soñar con él porque no es justo que lo manche con mi reputación.
—¿Te gusta William? ¡Esa es una gran noticia! Deja que hable con él... —expresó emocionado.
—¿Quieres que tu negocio termine en la basura? Pareces más sediento que un cobrador de impuestos en época de cobranza.
—La pobreza es atractiva cuando sé que conseguiré algo bueno para ti. ¿No te parece que para solucionar el problema de tu reputación un duque pueda ser la solución?
—No, no lo es. Dije que era atractivo y tú te cuelgas de las ramas como un primate. Deberías pensar antes de decir algo. No repitas esto frente a nuestros padres, porque será un problema. Recuerda que estoy conociendo a alguien por cartas, esa es la esperanza.
—Está bien... —Mintió el marqués sorbiendo un poco de su té, mientras su mente maquinaba sin parar sobre la situación de William y de su hermana.
Estaba dispuesto a todo por un poco de paz y eso incluía meter al duque en una bolsa de gatos y esperar que saliera intacto, todo eso sin que su hermana lo supiera, pues de lo contrario estaría en problemas.