Capítulo 8
Helen tuvo que aceptar lo que decía el médico; no quería provocarle otra crisis a su hermano.
—Está bien. No le diré esas cosas al hombre; de hecho, le diré que venga a casa la próxima semana... —declaró Helen. Sabía que eso no ocurriría de ninguna forma, pero era mejor esa mentira para salvar la situación que una verdad que matara a James.
—¿Tiene alguien a quien le envía cartas, milady? Eso es romántico... —afirmó William con curiosidad.
—Sí, lo conocí por casualidad, pero eso no importa. Pronto lo conocerán, es solo un amigo... —replicó para intentar salvarse, pero en los ojos del atractivo duque podía ver que entendía lo que ella había hecho para cubrirse.
—Lo mejor es que me retire. James, escríbeme una carta para avisarme si estás mejor para poder seguir conversando de lo que nos interesa... —habló William.
—Lamento mucho la situación, William. Helen te acompañará a la puerta.
—Por supuesto... Fue un placer saludarlos...
Ella tuvo que obedecer y llevar al duque hacia la puerta para despedirlo. Mientras tanto, en la habitación, James se sentó en la cama.
—Mi hermana terminará matándome, pero este susto de salud quizá sea lo que ella necesita para abrir los ojos y casarse. ¿Cómo podría cuidarla si me muero? Debe entender que la vida no es fácil para el que tiene que llevar la responsabilidad de otro ser.
—¿Susto de salud? Estuvo a un paso de irse de este lado de los vivos, su señoría —lo reprendió el médico.
—Fue la ira que se apoderó de mí, pero William es un verdadero caballero que ha tolerado a Helen. Me animo a creer que es el único que le tendrá paciencia en esta vida.
—También presiento que es así. No podemos dejar que este hombre se escape. Él debe casarse con Helen. Si hace falta, la dejaremos en la puerta de su casa —alegó el duque.
—No podemos ser tan evidentes. Debemos seguir la corriente y ser sutiles.
Si hacemos todo de manera sospechosa, solo ganaremos más desconfianza de Helen.
Por eso James ha vuelto a enfermar después de tanto.
Si no hubiese creído que orquestábamos un compromiso obligado, nada de esto sería real —dijo la duquesa.
—Es la primera vez que somos inocentes y todo ha salido trágicamente mal. Debemos hacer las cosas como dice mi madre, aunque si podemos convencer a William de que la acepte, todo sería mejor.
—¿Puedes encargarte de eso, James? Si hace falta que no ganes nada en esa asociación, pues que así sea. Ya vendrán buenos negocios. Lo importante es que Helen debe ser tan necia. Solo queremos su bienestar... —declaró su padre.
En la planta baja, Helen acompañaba al duque de Welberg a la salida.
—James saldrá de esto y usted y yo nos veremos en la taberna en un par de días...
—No le veo sentido a eso, excelencia, salvo que sea para ayudarme a conseguir otro falso candidato.
—Seamos buenos amigos, prometida. Quizá podamos llegar a un acuerdo conveniente...
—¿Acuerdo? ¿Qué puede convenirme con usted?
—Lo hablaremos en la taberna —insistió—. La esperaré, no falte, porque si lo hace, vendré a buscarla... Ya sé dónde vive. Ah, entonces no hace falta que envíe a su secuaz para espiarme. Es algo de mal gusto. Mis cuñados no soportan a los espías, tienen buen ojo para reconocerlos.
—Fue un accidente. Solo quería saber quién era el duque de Welberg; no había mucho más que averiguar...
—¿Querías saber si era joven y atractivo?
—No diga tonterías...
—Prometida, en tus ojos se ve la carnalidad... La veré en donde acordamos, llegue temprano para poder conversar como amigos... íntimos.
Él cogió la mano de la joven y la llevó a sus labios con clara intención de ser cortés y propasarse de forma disimulada.
Helen retiró la mano con presteza, sonrojada hasta la coronilla gracias a la atención del duque. Se apresuró a alejarse y cerrar la puerta.
Después de que le cerraran la abertura casi en la cara, William sonrió y asintió.
Encontrar a su jovencita encantadora no había sido tan difícil como creyó.
Dentro de las maquinaciones que vio, todo era sincero por parte de Helen.
Si quería casarse con ella, debía convencerla de su verdadero valor y eso no estaba en un certificado de virtud, sino en su propia confianza para enfrentar las dificultades.
Aquella no podía dejar atrás el pasado y, tal vez cuando encontraran al culpable de su secuestro, pudiera abrir las alas y volar, pero hacia sus brazos.
Quería limpiar su reputación y eso no sería fácil de conseguir.
Mientras el duque se iba, Helen fue al sillón para tomar asiento y lo hizo como si alguien la hubiese golpeado mil veces.
—Necesito que me devuelvan mi dignidad. No puedo creer lo que ocurrió.
Mi falso prometido es el duque de Welberg.
¿Qué clase de maldición tengo encima para que exista esta coincidencia?
Todo era demasiado bueno para ser verdad.
Debí correr al ver a un hombre con los dientes completos, atractivo y elocuente en una taberna.
Soy una tonta con todas las letras mayúsculas.
¡Esto es tan humillante e indigno para alguien de mi posición! —se quejó con el ánimo en el piso.
—Debimos suponer que su ojo no era del todo confiable, milady... —opinó Harper.
—Tú cierra la boca. Me has avergonzado. Te ha llamado mi secuaz, pero ni siquiera puedo llamarte así. ¿Qué clase de asesino está pagando mi padre si dos nobles le dan una paliza?
Ingrid trató de aguantar la risa; le costaba porque se le escapaban chiflidos de vez en cuando.
—Esa fue una desatención mía, milady...
—¿Cuántas vidas tienes para perder? No eres un gato, Harper.
—Lo siento, milady. No tengo cómo excusar mi ineficiencia. Fue un descuido casi mortal.
—Es bueno que aprendas de tus errores. Aprovecha tu segunda vida. Ahora regresaré junto a James para cuidarlo. También espero no decir alguna tontería para no hacerle más mal. Mi pobre hermano ha tenido una mala noche por mi culpa, pero de la misma forma es suya por sus comportamientos anteriores.
***
William llegó satisfecho a su residencia. Encontró a sus padres cenando solos y se sentó a la mesa para acompañarlos.
—¿Qué haces aquí? ¿No estabas en una cena de negocios con el hijo del duque? —curioseó John haciendo un gesto con la mano para que le sirvieran comida a William.
—Mi socio enfermó y tuve que regresar. No podrán creer lo que presencié. Sé que el cerebro codicioso de mi madre juzgará la situación y usted también estudiará la conveniencia.
—Me interesa escuchar lo que tienes que decir... —declaró su padre.
—¿Recuerdan a la joven de la taberna? Resulta que es la hija del duque... La joven con la reputación arruinada por el secuestro...
John y Martha se quedaron atónitos ante la noticia. No sabían si era un premio o algún tipo de problema envuelto en seda.
—¿Te reconoció? —preguntó Martha.
—Sí, por supuesto. La veré de nuevo en la taberna en un par de días...
—¿Para qué lo harás? Toda su idea no resultará... —alegó John.
—Es cierto, pero la cité para pensar otras formas de ayudarla o, más bien, engañarla para que se convierta en mi duquesa.
—¡William! ¿Y si es cierto que ya no es una dama honorable? —interrogó Martha, preocupada.
—Te aseguro que sigue siendo virtuosa. Además, si no lo fuese, no me importaría. Ella es decidida, terca y hermosa. Encajaría en la familia. Es perfecta para llevarse bien con mis hermanas.
—Parece que has perdido la razón, pero al menos tienes una dama en mente. No podría importar menos su virtud más que su carácter —dijo John con tranquilidad—. Lo que dices demuestra que te hemos criado bien, haciendo honor a mi hermana y a tu padre.
—Ustedes han sido luz entre tanta oscuridad en nuestras vidas. Sin ustedes estaríamos perdidos.
—Los valores que les hemos inculcado los han llevado a todos por el mejor camino.
Estoy muy orgullosa de ti al pensar de manera distinta y darle más valor a la persona y no a algo que no simboliza lo que se tiene adentro.
Eres digno de muchas cosas, William. Espero que esta dama sepa apreciar tus sentimientos. .. —musitó Martha.
—No es una persona fácil. Se niega a encontrar a alguien que la aprecie y es por miedo a lo que pensarán sobre su situación anterior.
Creo que ya ha experimentado el desprecio de su misma clase social.
Espero que no sea demasiado tarde para salvarla de sí misma.
Quiere ser solterona y matar cerdos por el resto de su vida.
.. No puedo dejar que lo haga. ¿Qué clase de caballero sería si dejo que una dama se dedique a la faena?
—Definitivamente alzas la moral de esta familia, querido. Tu bondad es inigualable y tu confianza, sin límites. Ves más allá de cualquier prejuicio. Espero que pronto podamos conocer a la afortunada hija del duque. Cuando tus hermanas sepan...
—Madre, si ellas se enteran, este lugar será peor que un gallinero lleno de gallinas y un lobo dentro; terminarán alborotadas, cacareando y volando.
Lo mejor es seguir manteniendo todo en el anonimato hasta que milady decida que soy su único camino.
Se dará cuenta después de que me conozca mejor.
Es desconfiada por naturaleza, pero una vez que note mis buenas intenciones, no habrá quien nos detenga.
Tanto Martha como John estaban tan conformes con los pensamientos de William que no podían evitar halagar sus buenos sentimientos y valores.
No se habían equivocado en la forma de criar a ninguno de esos niños que quedaron huérfanos.
Nunca les hicieron falta hijos propios porque ellos, aunque no llevaban su sangre, eran vivos reflejos de su educación casera.
Después de cenar con sus padres, William fue a su habitación.
Estaba satisfecho con su día porque las esperanzas de que esa dama astuta fuera suya aumentaban de forma abrumadora.
Solo debía planificar qué hacer y qué decir.
Lady Helen era como una fiera enjaulada: con los movimientos equivocados podría atacarlo o huir, y lo que él pretendía era ganarse su confianza para convertirla en su esposa sin que tuviese que obligarla a nada.
Su plan tomaría forma en la taberna, cuando pudiesen conversar tranquilos y sin que nadie pudiese oírlos o pillarlos en algo inconveniente.
Consideraba la idea de cumplir parte del relato fantasioso de la joven sobre recibir cartas.
Él no era muy romántico y tampoco sentimental, pero podía esforzarse por conseguir su objetivo.
Quería ser el erudito de la hija del duque para poder halagarla y abrirle los ojos para que dejara de perder tiempo en la soltería.
Sobre su cadáver, ella sería matarife hasta morir.
Debía tener la vida de una gran dama, como su duquesa.
La hija de un duque no puede dedicarse a esas aficiones extrañas.
En los días siguientes escribió la carta y se la envió. Deseaba ver la expresión de la joven una vez que la tuviese en sus manos para leerla. Imaginaba que primero se escandalizaría y que después tendría que acudir, le gustara o no, al encuentro en la taberna.
***
Helen pasó el resto de los días entre su habitación y el comedor.
Seguía sin poder soportar su tontería. Su orgullo no la dejaba dormir bien, porque en su mente recordaba una y otra vez que el duque de Welberg era su falso prometido, al que pensaba pedirle más de lo que necesitaba, pero en ese momento quería que la tierra se la tragara y la escupiese en otro continente.
—¡Milady, milady! —exclamó Ingrid, que entró a su habitación deprisa.
—¿Qué ocurre? ¿No ves que estoy revolcándome en mi propia miseria? —inquirió tirada en el diván de su habitación con una pierna colgada.
—Ha llegado una carta para usted y su madre la tiene en la mano...
—¿Una carta? —preguntó dando un salto.
—Sí. ¿Con quién se ha estado escribiendo?
—¡Con nadie! ¿Cómo puede ser posible? ¡El Diablo quiere apropiarse de mi alma por mentir y poner en peligro la vida de mi hermano! Estoy segura de que lo que dice dentro no es algo bueno. Necesito sacársela ahora mismo.