Capítulo 7
La estaban tratando peor que a un perro, pero ella estaba ahí por James, no para agradarle a nadie más.
—Sigues siendo grosera. Ve a atender a la visita. Tu madre y yo nos quedaremos aquí hasta que el médico venga —masculló el duque de Albine.
—Pero, padre...
—Vete.
Ella salió de la habitación enfurruñada, mientras que el duque estaba ahí sentado con una taza de té humeante.
—Es inútil, es como arar en el mar. Usted tiene malas ideas y me las cuenta para que caiga como una tonta. Es la última vez que le hago caso —gruñó quedándose de pie a su lado.
—¿Disculparse es una mala idea? Lo dudo, pero es evidente que están un poco sólidos con usted. Yo también lo estoy. Me ha engañado. Ahora que ambos sabemos lo que somos, las cosas se han complicado. No puedo continuar con el plan...
—¿Cree que no me di cuenta? —Helen se quitó la falsa verruga y el lunar.
—Esa sí es la bella dama a la que le dije que sí podía ayudarla en la taberna. Es demasiado hermosa para marchitarse en la soltería.
—¡Bah! Lo dice alguien a quien no le importa su reputación.
Damas y caballeros, somos distintos, juzgados con varas diferentes.
Usted puede jugar a la serpiente en la cueva cuantas veces quiera, pero pobrecita la mujer que, sin ser culpable es juzgada.
Ya he intentado ir a un salón una vez y no regresé.
Hablaron de mí como si fuese una prostituta.
.. ¿Cuál fue mi crimen? Que me llevaran unos chantajistas.
.. Si no fuese por esa tal lady Stell, las cosas podrían ser peores.
—¿La conoce?
—No en persona, pero es quien averiguó dónde estaba y pudieron rescatarme.
—Entonces quizá ella también pueda averiguar quién es el cerebro detrás de su secuestro.
—¿Qué más puede haber que no sea el motivo de la codicia? Mi padre tiene mucho dinero...
—A veces no es cuestión de dinero. Las damas en varias ocasiones son capaces de cualquier cosa para sacar a la competencia del camino. Si esto ocurrió antes de su presentación, créame que podríamos estar frente a un ataque de envidia...
Helen abrió los ojos de par en par. No lo había considerado de esa forma. Llevaba dos años preguntándose por qué... Por qué ella, pero tenía sentido de alguna manera; solo debía estudiar sus propios recuerdos para ver si podía encontrar algo en ellos.
—¿Quién podría ser tan malvado para hacerlo?
No le he hecho daño a nadie, lo único que deseaba era tener una temporada normal, conseguir esposo y nada más.
.. Con esto que ocurrió tuve que empezar de nuevo.
Fueron muchos años invertidos en estudios para ser una gran dama, pero ahora matar cerdos es lo que debo aprender para sobrevivir en el futuro.
—¿Está segura de que no le queda otra opción?
—También puedo soportar dudas, burlas y maltratos por el resto de mi vida si me caso con un hombre que no tenga dos dedos de frente y crea todas las tonterías que se dicen.
Prefiero evitarme el sufrimiento, porque sé que no podré seguir viviendo con eso y acabaré con mi vida.
La humillación para alguien tan orgullosa como yo es intolerable; prefiero la muerte.
—Eso es extremista. Créame que existen caballeros que comprenderán su situación.
—Es tarde, excelencia. Tengo veinte años y pocas ganas de tratar con tontos. Solo quiero vivir lo que queda de mi vida en paz y tranquilidad. No es mucho lo que me atrevo a pedir. Me estoy preparando para esa vida y, aunque mi familia no se resigne, yo lo hice.
—¿Qué hará ahora que no puede presentarme como su prometido falso?
—No lo sé... Buscar otro prometido, ¿tiene algún amigo de buena presencia que necesite dinero?
El duque rio al oírla. Esta dama era incapaz de renunciar a sus ideales por absolutamente nada.
No sería una tarea sencilla convencerla de que se fijara un poco en él; era necia y testaruda, pero para su sorpresa le resultaba algo agradable.
Debía estar volviéndose loco después de convivir con tantas personas con un carácter bastante especial.
Sabía que en cualquier momento podría contagiarse de la tontería familiar.
Se creyó inmune durante mucho tiempo, pero la señorita Bruster dijo que mientras peor fuese el candidato, más uno se enamoraría.
No le quitaba razón a esa frase, sino que se la daba.
—Mmm... Lo pensaré. Cuando nos encontremos en la taberna se lo diré...
—¿Por qué regresaría a ese lugar? Aunque sí podría para buscar a otro caballero. Tal vez tenga mejor suerte y no sea un duque que se asocie con mi hermano. No puedo tener tanta mala fortuna dos veces, ¿o sí?
—Debería considerar a los que tienen un diente menos. ¿Qué le parece? El resto no son tan buenos, milady.
—Quiero un hombre completo, no uno a medias.
Es difícil conseguir a un buen falso candidato.
Creí que usted era una bendición, pero no vi las señales de alerta.
Era demasiado atractivo e inteligente; eso debió ser suficiente para salir corriendo, mas su porte pudo más que mi razón y no pude pensar con claridad en ese instante.
—Lo mismo puedo decir de usted. Su belleza nubló mi buen juicio para participar de esto. ¿Qué le parece si me deja ser su amigo más cercano? Tal vez pueda convertirme en algo así como un cómplice...
—¿Un compinche? Eso suena bien, aunque dudo que un trato en este momento haga que me vea más inteligente. Fui una tonta que dañó a su hermano por creerme el ombligo del mundo. Lo lamento.
El médico llegó en ese momento y el mayordomo de la residencia lo metió en la habitación de James con presteza. Helen también lo siguió para oír lo que ocurría, mientras que William trataba de mantenerse al margen para no incomodar a nadie de la familia. Después tendría tiempo de informarse.
Helen no perdía de vista al médico que le tomaba el pulso a su hermano y se agachaba sobre él para oír su corazón. Deseaba que James estuviese bien.
Después de una exhaustiva evaluación y de que James despertara, el médico observó a los presentes.
—¿Qué tiene James, doctor? —interrogó el duque de Albine.
—Su señoría tuvo una recaída de su vieja dolencia del corazón. No debería alterarse. ¿Él ha estado bajo mucha presión?
Al preguntar eso, los ojos de todos se dirigieron hacia Helen. Todos la culpaban por el estado de salud de su hermano y tenían muchas razones que los avalaban.
—¡Tú! —La señaló James con la mano en el pecho.
—¡Hermano! ¡No te alteres! Lo lamento mucho, perdóname por no haber creído en ti —rogó corriendo hacia él.
—Estoy seguro de que ya cavaste mi tumba en el jardín. Ni siquiera merezco ir al mausoleo de nuestra familia por tu crueldad... —acusó James con los ojos cerrados.
—No es así. Lo siento, James. Es que soy tan caprichosa. No quiero que te pase nada, me preocupo por ti y te quiero mucho...
—Me quieres, pero muerto. Te preocupas por mí, pero más por ti y tus tonterías...
—Su señoría, por favor, cálmese. Lady Helen está intentando calmarlo —intervino el médico.
—¿Qué diferencia hay entre calmarme y empujarme a la tumba? No puedo con tanta preocupación e ingratitud... —dijo James golpeándose el pecho con debilidad.
—¿Ves lo que haces, Helen? ¡Oh, qué tragedia! Mis hijos no pueden vivir en armonía... —se quejó la duquesa en tono lastimero.
—Qué despiadada, madre. Me culpa de todo, pero olvida a su conveniencia que en esta casa me han tendido infinidad de trampas para casarme; es algo tan común que desconfíe.
—¡Pero este es el socio de tu hermano! ¡No intentamos nada! Ni siquiera te hubiésemos pedido compostura si no fuese por algo importante —la reprendió su padre.
—¡Ya lo sé! Me confundí y pido disculpas.
Me he disculpado con su excelencia. Él ha tenido la cualidad para perdonarme, ¿ustedes no lo harían?
Mi propia familia me arroja a los lobos y, por temor, me he defendido.
.. ¡Qué vida tan miserable! —expresó la joven tan audaz como su familia.
Si ellos podían ser buenos actores para las acusaciones, ella podría serlo para el drama crudo.
El médico cerraba los ojos como si eso le permitiera no escuchar lo que se le estaba metiendo en los oídos.
—Madre, padre, no sean tan crueles con Helen... Mi preocupación excesiva ha hecho que mis planes se volvieran en mi contra. No debí intentar hacer nada las veces anteriores. Gracias a eso, estoy seguro de que ahora perdí a un socio.
—James... —pronunció una voz desde el umbral de la puerta—. No has perdido a tu socio. Guarda reposo; continúa en pie. Tu hermana ha sido encantadora conmigo en este tiempo que estuviste inconsciente; no debes sentir vergüenza.
La joven lo miraba con los ojos brillando de admiración hacia ese hombre.
Él era tan educado y mentiroso como pocos podrían serlo para salvarla.
En ese instante lamentaba que su hermano no quisiera servirle a ese caballero en bandeja de plata.
El único que podía llegar a su corazón era el objeto prohibido. Eso sí era mala suerte.
—Eres muy considerado, William. Me avergüenza esta situación. Debo guardar reposo un par de días y estaré recuperado.
—No te preocupes por nada. Puedo cuidar de tu hermana si lo necesitas. Estoy seguro de que milady estará en buenas manos conmigo y que podré convencerla de muchas cosas...
William sabía que estaba arriesgando mucho, pero valía la pena por estar cerca de Helen.
Desde el primer día había decidido que esa sería su esposa y no desistiría hasta lograrlo, pues esta joven era necia como muchas, pero arrogante como pocas.
Si lograba seducirla, quizá su camino se haría más corto para llegar a su corazón.
—Es usted tan honorable, su excelencia..
. —La duquesa fue a cogerlo del brazo cariñosamente.
Ella aún no se había resignado a que su hija fuese solterona y este caballero era demasiado rico y atractivo para que cayese en manos de cualquier otra dama sin el linaje adecuado.
Helen era la mejor candidata para un duque, porque era hija de otro.
—A Helen le falta un poco de estructura de otra casa. Tal vez al letrado y a su esposa no les importaría conversar con mi querida hija. Ustedes han sido tan exitosos al casar a sus hermanas que no puedo escoger mejor benefactor para mi retoño que ustedes...
El rostro de Helen era pura poesía; ni siquiera podía articular palabra debido a la falta de decoro de su familia. La estaban dando en adopción a la familia Preston solo porque su falso prometido comenzó a decir un par de palabras dulzonas con intenciones ocultas.
—No hace falta que su excelencia se moleste por la falta de matrimonio de esta dama, excelencia... —La joven mostraba una actitud de sierva arrepentida que buscaba indulgencia, porque si no lo hacía, no sabía qué podría ocurrir. Ella era peligrosa cerca de un hombre tan guapo.
—Tu generosidad me está devolviendo las ganas de vivir, William. Confío en ti para que observes a mi hermana. Estoy seguro de que contigo tal vez quiera ir a una velada... —musitó James desde su cama.
—Oigan, su excelencia es muy generoso, no pueden aprovecharse de eso. Además, no hace falta que vaya a ningún baile. Está decidido que no iré y que no me casaré...
—¿Y el hombre de las cartas al que ibas a presentarnos? —cuestionó el duque.
El duque de Welberg quería escuchar la historia que ella estuvo construyendo alrededor del falso prometido. Era probable que pudiese aprovechar ese pequeño resquicio para meterse de una manera mucho más invasiva, aunque sin hacerse notar demasiado.
—Le enviaré una en la que le diré que no puedo creer en las palabras de alguien a quien no veo con frecuencia... Eso será todo...
—Milady, esas palabras no son aptas para que las escuche el marqués. Debería guardarlas para otro momento; ahora solo intente ser un poco empática y serena para no agravar su condición... —pidió el médico.