Capítulo 6
El joven marqués se estrujaba las manos mientras esperaba ver unos faroles alumbrando el camino para el carruaje.
Si no sacaba lo que tenía en su cabeza, terminaría estallando.
Cuando oyó que unos cascos se acercaban, se sintió más nervioso, aunque también aliviado.
Era una mezcla de ansiedad y miedo que no lo dejaba estar tranquilo.
El cochero abrió la portezuela del carruaje y de él descendió el duque. James se acercó con presteza para recibirlo.
—Es un placer volver a verte, William —comentó con una sonrisa nerviosa.
—Buenas noches, James. Veo que eres un poco paranoico... ¿Te encuentras bien?
—No. Necesito tu compasión. Por nada del mundo le hagas caso a lo que pueda hacer mi hermana. Está desequilibrada. No es la primera vez que intenta avergonzar a la familia.
—Eso no es problema. He sido el duque de las ladillas por muchos años; nada puede hacerme daño. Tengo inmunidad a la tontería femenina.
—No sabes cuánto me alivia lo que me dices. Tengo palpitaciones nerviosas por causa de Helen. Un día de estos estoy seguro de que no despertaré del próximo desmayo que pueda provocarme.
—Considero que estás satanizando a tu hermana. Conociéndote, eres bastante exagerado. No te preocupes por lo que yo pueda pensar; vine a hacer negocios y no a juzgar tu vida familiar. Todos tenemos nuestro manicomio en casa...
James le dio unas palmadas al duque para invitarlo a pasar, para poder superar las pruebas que la vida les deparaba.
Ingrid subió las escaleras con presteza después de ver al marqués entrando con alguien. Necesitaba comunicar la noticia de lo que acontecía. Harper apenas podía subir con lentitud; por eso fue ella.
—¡Milady! ¡Milady! Ha llegado, ese hombre está aquí...
Helen sonrió frente al espejo y después le mostró la cara a su sirvienta.
—¿Cómo me veo?
—Encantadoramente fea, milady. Si esto no lo asusta, nada lo hará.
—Estoy lista para que el duque desista de cualquier tipo de relación conmigo. Por supuesto que no querrá alguien como yo. Su excelencia saldrá corriendo de esta casa y mi hermano quedará como el tonto que es.
—Baje en un rato, milady. Abajo están haciendo las presentaciones.
Juraría que estará feliz al ver la cara que pondrán todos ellos cuando se den cuenta de que usted es más astuta.
—Ingrid cruzó los brazos creyendo en verdad que todo lo que hacía la familia de la joven era un montaje para encontrarle esposo.
—Estoy segura de que esta noche no podré dormir, pero de la satisfacción que tendré con eso. Voy varias millas frente a ellos; cuando van, yo ya estoy de regreso.
La joven no podía dejar de jactarse de sus habilidades artísticas para la creación de partes de su cuerpo.
Con lo que llevaba puesto ese día, no había alma que quisiera verla como esposa.
Sabiendo que el duque de Welberg era un hombre joven, jamás desperdiciaría su vida en una mujer tan fea y despreciable como ella.
Podría continuar con sus planes con el falso prometido y darse un par de gustos con él; para eso tenía ahorros, para pagar por lo que deseaba.
William se sentó con la familia de James en el salón. La hermana ni siquiera se había dignado a aparecer. Todos parecían tranquilos al saber que no tendrían momentos difíciles con esa joven. También el mismo duque se sentía mejor al no tener que verla quejándose.
Mientras escuchaba lo que contaba el duque de Albine, William se fijó en un sirviente que estaba parado cerca de las escaleras.
Tenía moretones en el rostro y su postura parecía de alguien que se esforzaba por mantenerse de pie.
Estaba en la cueva del lobo. No podía hacer un movimiento en falso.
Para su suerte, tenía un arma en el frac.
Si alguien intentaba algo, lo mataría. Era demasiada incidencia un sirviente golpeado y que sus cuñados golpearan a un espía. La casa del duque era el problema.
Después vio a una doncella con una prenda más ligera que la mayoría; parecía usar pantalones bajo su vestido, que no era muy convencional.
Ese lugar era sospechoso. Después distinguió la figura de una dama que iba con la cabeza agachada.
Esa era la función que esperaba el duque. Todo eso podía ser un teatro.
Cuando el marqués vio a su hermana con la cabeza baja, supo que no había nada bueno que decir, solo esperar que ella hiciera su jugada y no morir de ira.
El duque hizo un gesto de molestia con la boca porque imaginaba lo peor. No tenía orejas extrañas, pero si no mostraba su rostro, era porque el problema estaba ahí. Por cortesía debía presentarla con la visita.
—Helen, alza la cabeza —ordenó su padre con tono amenazante—. Su excelencia, ella es mi hija, lady Helen...
La joven alzó el rostro para mirar al duque y le sonrió con su enorme verruga en la nariz y un lunar negro encima del labio. Era una visión horrenda; sin embargo, cuando vio al caballero, esa sonrisa desapareció; quería que se la tragara la tierra.
Al darse cuenta de quién era la joven, William entendió lo que ocurría. Nunca hubiese sospechado que su falsa prometida era la hermana de su socio. Ya la había visto y sabía que sus inventos en la cara eran para evitar ser vista por su espléndida y codiciada belleza.
—Es un placer conocerla, milady... —articuló viendo que su rostro palidecía al reconocerlo.
La duquesa, al ver el disparate que su hija le había hecho a su rostro, le hizo señas para que saludara al duque con una reverencia.
Mientras a Helen se le subían los colores al rostro, Ingrid y Harper vieron que el duque en realidad era el hombre contratado para fingir ser su prometido. La situación era insalvable.
—Yo... —Ella no pudo decir nada. Miró a su alrededor y fingió desmayarse porque solo quería desaparecer después de saber que su atractivo prometido de mentiras era el duque al que no quería ver ni pintado.
—¡Voy a matarte, Helen! —exclamó James antes de desmayarse de la misma forma que su hermana.
Para ese momento, los gritos del duque y la duquesa hacían imposible que William pudiese concentrarse en algo.
Nadie sabía hacia qué desmayado debía correr.
Los sirvientes tampoco sabían a quién darle primero las sales.
Aquello era una verdadera catástrofe. Se sentía fuera de lugar, pero al menos tenía certeza de que nadie quería matarlo.
Lo que le quedaba pendiente por saber era: ¿por qué ese sirviente estaba apostado frente a su casa vigilando?
El caos había tomado por completo la residencia.
Helen no podía abrir los ojos por la vergüenza y ni se había dado cuenta de que su lunar se había deslizado al otro lado de su cara.
Le preocupaba que en verdad James estuviese desmayado.
Sabía que su salud era delicada porque desde pequeño fue débil y todos en la casa evitaban darle disgustos, aunque en esos últimos dos años, eso era casi una misión imposible.
Tuvo que tragarse la vergüenza y preocuparse por James.
Al ver que Helen se levantaba, William no pudo evitar negar con la cabeza; esa dama era muy manipuladora, pero le gustaba, luchaba por sus ideales.
—¡Que venga un médico! —exclamó la duquesa al ver que el marqués no despertaba ni siquiera con las sales. El disgusto era colosal.
—¡Mira lo que hiciste! No solo nos avergüenzas frente a la visita, sino que también atentas contra la vida de tu hermano.
Esto es imperdonable, Helen. Te dejé pasar muchas cosas, pero este es el límite.
Te castigaré y, si a tu hermano le ocurre algo, lo acompañarás en la tumba —declaró el duque, molesto.
—¡Padre! Lo siento, es culpa de ustedes que siempre se empeñan en presentar a alguien nuevo. Me culpan por no desear un matrimonio. No puedo hacerlo y quiero que lo entiendan.
—Si me permite, su excelencia, castigar a James con la presencia de milady en su muerte es demasiado.
Ya lo ha torturado en vida; considere no matarla.
.. —habló William mirando a Helen. No le estaba haciendo ningún favor, solo quería que viese lo injusta que había sido—.
Ah, milady, yo sí vine por negocios. Nadie me habló de intenciones ocultas.
Usted ha tergiversado el carácter de esta cena como quiso.
El rojo vergüenza cubría su rostro al oírlo hablar. Por supuesto que el hombre de la taberna no era un hombre cualquiera, era el duque de Welberg y esa noche se enteraba. La sospecha sobre sus modales tenía fundamento.
—Es mejor que usted no hable... —masculló enfadada.
—No pienso callarme, usted y yo tenemos mucho de qué hablar... —dijo el duque con determinación.
Los sirvientes ayudaron a subir a James a la habitación para ponerlo en la cama en el tiempo que llegaba el médico. Los padres del joven se quedaron con él, mientras le impedían la entrada a Helen para que no perturbara la recuperación de su hermano.
William se quedó cerca de ella y, cuando no vio a nadie que pudiese murmurar sobre ellos, decidió hablar.
—Con que usted es la hermana malvada de mi socio.
No podría haberlo imaginado. Mi prometida de mentira, a la que debería ver en un par de días en la taberna, es la hija del duque de Albine.
Debería darle vergüenza intentar mentirles a estas buenas personas —la reprendió—.
Por cierto, su lunar se movió del lugar.
Su talento para el maquillaje deja mucho que desear.
Ella se arregló aquello antes de contestar.
—¿Solo yo estoy intentando timarlos? ¿Y qué hay del duque de Welberg que aceptó el trato? Dime, prometido, ¿cuándo pensabas decirme que me usabas a tu antojo?
—¿Qué demonios bebió, milady? Usted quiere pagarme por esto y yo ni siquiera he aceptado. No hemos pactado nada. Es una sinvergüenza que ha enviado a su sirviente a espiarme, ¿acaso sabía que era el duque de Welberg?
—No, no lo sabía. Lo envié para que averiguara quién era el hombre que vendría a casa.
Usted, al igual que los demás, no entenderá lo que yo sí.
Mi familia ha traído a tantos hombres aquí que me siento como una suripanta.
Me han ofrecido como si fuese mercadería para que me case con quien sea.
Si es socio de mi hermano, conoce mi historia.
Nadie quiere casarse con alguien que se supone que está deshonrada. Si lo hago, solo me traerá desgracias.
—Su hermano ofrece un certificado de virtud, eso debería ser suficiente, es comprobable...
—Usted, en su infinita sabiduría, quizá lo comprenda, pero los demás no.
Soy la princesa de esta mansión. Me han tratado como un cristal durante toda mi vida.
No podría tolerar un solo maltrato. Mis pobres padres y mi hermano han sido generosos, pero me están matando.
Solo quería espantar al supuesto candidato.
—Nunca fui un candidato. De hecho, su hermano me pidió que ignorara cualquier cosa que usted hiciera y me explicó lo que pensaba. James la quiere mucho y ahora está sufriendo por su causa; debería sacarse la verruga y el lunar e ir a verlo.
—¿Quiere que me maten?
—No le harán nada. Entre y pregunte por él. Las familias tienen conflictos; solo la muerte podría separarlos...
—¡Ay, su excelencia! Le pido que no me consuele. Mi hermano está al borde de la muerte por causa de mi insensatez y usted me golpea en donde me duele. Su especialidad es golpear cuando el otro está en el suelo.
—Después tendremos tiempo de conversar sobre nosotros y su plan para engañar a su familia. Ahora preocúpese por lo importante. Si James se muere, me quedaré sin socio y todavía no le he mostrado el proyecto. Discúlpese con él de corazón y entenderá sus motivos.
Aquella se sintió conmovida por las palabras del duque y asintió. Decidió entrar a la habitación en la que estaba su hermano. Al abrir la puerta, los ojos de sus padres se dirigieron a ella con la furia asesina apuntada en sus pupilas.
—¿James ha despegado? —preguntó con la voz temblorosa.
—No. Helen, en esta ocasión no tienes perdón de nadie. Reza sobre sal o pedregullo para que él salga bien librado de esta. Cometiste un grave error y lo tiene que pagar un inocente —la acusó su madre.