Capítulo 5
James no era capaz de tragarse el cuento de que su hermana tuviese a alguien que gobernara su corazón. Algo no cuadraba.
—¿Por qué no nos contaste antes si lo conociste hace semanas? Eres sospechosa, hermana.
—Era por esta causa. ¿Te das cuenta de que no me crees? Solo me defendí para que no intentes presentarme a alguien que no llamará mi atención. Tuve que contarlo por causa de fuerza mayor, ¿comprendes? Es justo que no confiemos el uno en el otro.
—No importa de dónde ha salido este hombre, lo importante es que existe. Dime, querida, ¿han hablado de matrimonio? —curioseó la duquesa.
—Madre, él pensará que soy una persona intrigante. No quiero que tenga esa impresión de mí. Es muy amable y de buen corazón; le gusta ayudar a los demás.
—Un buen futuro yerno. Quiero conocerlo. Invítalo. Si te da miedo pensar que debes presentarlo como tu prometido, o como alguien que no ayudará a expandir el comercio, ¿qué dices? —preguntó el duque.
Con cada palabra que decía, ella se aseguraba de quedar en una posición más cerca del infierno.
Entre Helen y un mentiroso compulsivo no había mucha diferencia, pero se veía en la penosa necesidad de engañarlos.
En verdad creyó que sería fácil, mas se daba cuenta de que estaba jugando con las emociones y esperanzas de las personas que la amaban.
Esperaba que en el futuro sus corazones pudiesen superar lo que ocurriría, porque su mentira iría mucho más allá de solo inventar un pretendiente.
—Me parece muy pronto. Quizá en un par de semanas. Prefiero seguir conociéndolo un poco más; no quiero equivocarme.
—Dile que ofrecemos una prueba de virtud para que el asunto sea más fácil y que tu dote no tiene igual en toda la ciudad —dijo James.
—Esa carnada no funciona con los nobles. Tal vez lo haga con él. Lo consideraré para atraerlo a mi jaula y devorarlo —alegó la joven con una sonrisa confiada; de esa forma creerían mejor su actuación. Pronto iría a Drury Lane, pero no como espectadora, sino como la mejor actriz.
Siguió con la farsa durante toda la mañana respondiendo las preguntas curiosas de su familia.
Lo único que debía hacer era recordar lo que había dicho y por nada del mundo contradecirse, porque ese podría ser su final con esta idea.
No podía permitirse una equivocación en este asunto o se quedaría sin dinero y tendría que casarse con un ser despreciable.
—Harper, averigua quién es el duque de Welberg... —ordenó Helen a su sirviente.
—Sí, milady.
—¿Qué quiere saber de él? Su hermano dijo que hace negocios con este caballero.
—Mi hermano es un mitómano. No podría confiar en que sea verdad. Con esa misma excusa ha metido a muchos hombres que me han mirado por encima del hombro al saber mi situación. ¿Crees que debo tomar mis recaudos?
—Es cierto. Solo no creí que su señoría fuese a querer que pase por una situación similar en que la hicieron sufrir. Debería decirle cuánto daño le hacen —opinó Ingrid.
—No importa, él no me escucha. Cree que hace lo mejor por mí. Sé que me ama y yo lo amo mucho, pero sus acciones me han hecho daño sin querer; solo por esa razón está entero. Por el afecto filial no ha perdido la oreja por los fuertes estirones que le doy.
—Traeré toda la información posible esta misma noche, milady. Sé dónde buscar.
Helen asintió. Solo le quedaría esperar saber si ese hombre en realidad era un viejo con ánimos de hacer negocios o un jovenzuelo al que querían meterle por los ojos aprovechando que siempre supo apreciar la belleza masculina.
Ciertamente, siempre quiso besar a un hombre atractivo y también tocarle el pecho, pero por respeto a su padre no pagaba por algo así, sabiendo que existían muchas personas capaces de mostrarse por dinero.
Su falso prometido era guapo y quizá, por unas monedas más, hiciera la vista gorda si le pedía la oportunidad de tocarlo.
Cuanto más necesitado estuviese, más me permitiría tocar; al menos ese era su razonamiento.
Si lograba vivir lejos de todo y de todos, no le costaba divertirse un poco antes de la vida triste de una solterona que le esperaba después de sus veintitrés años.
Esa era la edad para emprender su camino en soledad.
Después de la cena, Harper regresó con información sobre el duque de Welberg, pero lo hizo cojeando.
—¿Qué te pasó, Harper? —indagó Ingrid al ver que este apenas caminaba.
—Lo más difícil del mundo es espiar a ese hombre... Está protegido por un verdadero perro —respondió acercándose a Helen.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —inquirió la joven.
—Estaba apostado frente a la dirección que habían dicho que era su casa: la del letrado Preston.
Mientras estaba ahí esperando ver algo, alguien me colocó una bolsa en la cabeza y comenzaron a golpearme.
No sé cuántos eran, pero sabían lo que hacían.
Uno parecía boxear y el otro era más taimado con los golpes de culata.
—Lo lamento. Tendrás el día libre mañana. ¿Pudiste averiguar algo?
—Sí, milady. El duque es un hombre de menos de treinta años; dicen que es joven y vigoroso, un verdadero libertino...
—¡Piensan meter a un prostituto adinerado en esta casa!
Mi familia ha perdido el juicio por completo.
No puedo creer que me obliguen a convivir con alguien con una reputación tan burda.
Prefiero matar cerdos toda la vida que compartir cama con alguien que ha explorado infinidad de cuevas. Tengo mis límites y ese es uno.
—¿Y qué piensa hacer para salvarse, milady? No le queda mucho tiempo... —alegó Ingrid.
—Si sabía cómo hacer unas orejas, ¿no crees que puedo saber hacer otras partes del cuerpo? Tal vez una nariz más grande, una verruga o un lunar tan feo como el demonio.
—Milady, usted sí que sabe cómo meterse en verdaderos aprietos. Cuando su hermano la vea, la castigará —advirtió Harper.
—Sí, lo sé, pero vale la pena perderse en este laberinto. Es mejor perderlo que encontrarlo.
***
En la residencia del letrado, los presentes se reían durante la cena.
—Ni siquiera supo quién lo golpeó. Aquí nuestro boxeador hizo lo suyo —señaló Charles hacia Roger.
—Lo hice pensando en que tu instinto era correcto —replicó Roger.
—¿Están seguros de que alguien estaba espiando la mansión? —preguntó William con curiosidad.
—Absolutamente. ¿Dudas después de que descubrimos que alguien quería matar a Dimitry? —Lo desafió Charles.
—No me atrevería a dudar de ustedes, son como santos, pero ¿cuál sería la razón?
—Tengo dos teorías —musitó Roger—. Mi concuñado me ha inspirado para entender mejor el mundo criminal; no ha sido difícil.
Lo primero sería que nuestro suegro tenga un caso muy valioso, importante y de mucha relevancia, y la otra es que una dama interesada quiere saber más sobre el último soltero de esta casa.
Charles asentía dándole la razón a Roger. Tantas horas de hablar de conspiraciones habían dado un buen resultado. Ser su probador de armas era algo beneficioso para los dos.
—No tengo ningún caso con ese nivel de importancia, pero sospecho que viene a por William. Él conoció a una mujer sospechosa la noche pasada —comentó John—. Aceptó un trato con ella.
—¿No viste si tenía cuernos y cola? Deberías haberte asesorado antes de aceptar tratos con desconocidos y más aún con una mujer —lo reprendió Charles.
William se quedó pensativo antes de responder sin pensar.
Era cierto que la mujer de la taberna era un tanto sospechosa y también era evidente que deseaba saber sobre su origen y solo Dios sabía con qué intenciones reales.
Podría ser que quisiera asegurarse de que fuera pobre o quizá para intimidarlo con alguna amenaza sobre él o su familia.
—Bien, en esta ocasión han logrado captar mi atención. Prometo pensar con la cabeza correcta la próxima vez... Admito que no tomé este asunto con la seriedad correspondiente y lo hice a la ligera. No quiero poner en riesgo a nadie de la familia. Es mi deber protegerlos y no arriesgarlos.
—Es una teoría, no significa que sea verdad, pero, siendo sincero, has corrido un riesgo absurdo.
Las damas que conoces fuera de un salón no tienen nombre ni apellido y son peligrosas —advirtió Charles—.
Incluso pueden ser espías. Roger y yo sabemos información confidencial y podrían estar buscando algo a través de otras ramas de la familia.
—¿Están intentando consolarme o asustarme?
Todavía no sé cuál es la diferencia entre esas dos.
De los males, supongo que el menor sería una mujer común que quiere engañar a sus padres y me paga con dinero por ello; me persiga.
No puedo creer que una espía esté detrás de esto. Los espías reales no son tan obvios...
—Los espías no, pero los asesinos lo son.
La persona que pudo escapar de nosotros tenía habilidades de combate más allá de lo que podría tener un soldado.
Quizá hasta puede que sepa más de artes marciales, manejo de lanzas y un poco más.
No pudo darnos una paliza porque lo redujimos, pero el riesgo es alto por cómo logró escapar.
.. Es alguien preparado para matar —afirmó Charles.
—Debiste haber empezado por ahí. Me sigue un maldito asesino y yo estoy cenando como si nada en lugar de buscar un par de lacayos armados que me custodien... ¡Por el amor de Dios! Me volví paranoico. Después de tantos años conviviendo, por supuesto que iban a lograr convertirme en un demente.
—Llegamos al instante en que estamos repartiendo una gran rebanada de pastel de culpa para cada uno de nosotros. William, recuerda, son teorías... —insistió Roger.
—La experiencia dice lo contrario, que las teorías de esta familia se vuelven una triste realidad.
—Solo debemos tomar recaudos. Este asunto no puede ser tan grave.
Todos estamos paranoicos, ¿no les parece?
Es cuestión de mantener la calma y esperar.
Mantendremos vigilada la casa si hace falta.
Si ellos pueden espiar, nosotros podremos contrarrestar de la misma manera.
Mantengamos la calma y la paz mental —pidió John.
De cierta manera, William se culpaba aun sin tener certeza de la situación.
Estaba seguro de que lo estaban siguiendo a él, porque llevaban tiempo en paz y coincidía desde que él se había metido en la boca del lobo.
Poner en riesgo a su gente era algo imperdonable.
Debía encontrar la forma de que esto no escapara a algo peor y alguien no terminara dañado.
Durante el resto de aquella jornada no pudo dejar de pensar en lo que había dicho su cuñado.
Quería creer que era un hombre al azar al que confundieron con un delincuente, pero para que el olfato de Charles terminara equivocado era improbable.
Mantener la calma era lo único que haría que no terminara buscando por toda la ciudad a alguien golpeado.
Al día siguiente, el duque cogió sus papeles para poder dirigirse a la casa de su socio James.
Aquel era un poco nervioso con todos los asuntos, quizá hasta un poco tembloroso.
Se preocupaba demasiado y lo veía como a alguien digno de ser protegido y no de proteger.
Era de esos caballeros demasiado cuidados y finos; este no debía conocer las peripecias físicas, solo las psicológicas con una hermana problemática; mas ella tampoco tenía la culpa de lo que le ocurrió, fue un evento fortuito.
Cuando llegó la noche, subió a su carruaje y fue a la residencia del duque de Albine. Tenía mucho que conversar con James para saber si lo que estaban haciendo los llevaría por el camino del éxito o tendrían que reinventar el plan.
En casa del duque de Albine, Helen se preparaba para bajar, mientras sus sirvientes cuchicheaban en la planta baja.
James tenía el corazón en la garganta pensando en qué calamidad estaría pensando su hermana para hacer esa noche y avergonzarlo.
Debía advertir a su socio. Por esa razón salió de la casa a esperarlo o su pecho estallaría por los latidos desbocados que lo perseguían sin descanso.