Capítulo 4
Ambos quedaron en volverse a encontrar en ese lugar en una semana para ajustar los planes.
William salió con una sonrisa en la cara.
Estaba dispuesto a muchas cosas por esa mujer.
Lo que ella me mostró fue suficiente para que cayera en lo que siempre dijo que no haría.
Una dama fría y calculadora lo metía en sus líos y él, en lugar de estar disconforme, se prestaba al hecho.
Cualquiera diría que era un tonto, pero su mente ya estaba operando a una velocidad alarmante.
Nada le saldría a esa joven como esperaba, porque su objetivo era pasar de ser el prometido falso a ser el verdadero y único.
No importaba que esa joven no tuviese dinero, pero esas dos personas que la acompañaron le hacían pensar que sí le sobraba y que era adinerada o quizá de una familia noble a la que querían casar a la fuerza.
Aún no sabía de qué se trataba el plan de ella, pues era evidente que fue a reclutar.
Si él cumplía con el asunto de verse, en un tiempo sentiría más confianza para contarle lo que pensaba hacer sin tener que esperar tanto.
Se sentía complacido al saber que no lo buscaban por su dinero.
Era un tipo de interés que podría tolerar sin ningún inconveniente.
La esposa perfecta le cayó del cielo y esto lo anunciaría en casa; con eso nadie más lo presionaría para casarse, porque William estaría muy ocupado intentando convertirse en el hombre real en la vida de su prometida falsa.
Fue hasta su habitación, se lavó la cara y se aseó el cuerpo después de haberse herido en medio de las disputas de la taberna y se puso un camisón.
Al estar acostado en la cama, no podía conciliar el sueño imaginando a la dama de cabellera oscura y ojos verdes.
Su belleza no salía de su cabeza y también su atrevimiento le hacía pensar en tantas cosas que prefería no recordar, como estaba a punto de pisotear sus propias palabras al decir que no quería alguien que se pareciera a su cuñada o sus hermanos.
Fue una equivocación tremenda. También se arrepentía de haber cuestionado sus instintos esa noche al esperar lo peor de una dama con capa.
No en todos los casos le tocaría una mujer con un encanto atípico.
A la mañana siguiente, cuando fue a desayunar, sus padres lo vieron al instante.
—Tienes un moretón en la mejilla, William. ¿En qué lío te has metido? —cuestionó John con autoridad.
—Le aseguro que el otro quedó peor y con más cuentas que pagar, padre.
—¡Oh, mi pequeño! Mira lo que te hicieron... Si le dices a tu madre quién te hizo eso, no dudes que saldaré esta cuenta de la misma forma en que ellos te golpearon.
—No me pasó nada, madre. Fue un asunto fortuito, fui a jugar a las cartas y comenzó todo… ¡No participé en peleas de gallos, madre, no me mire así! —se defendió—. Las peleas de grillos parecen ser más divertidas; es un hábito que algunos viajeros han traído de China.
—Tienes prohibido hacer cualquier tipo de apuestas, jovencito —advirtió su padre—. Si supieras la cantidad de casos de escrituras que he tenido que cambiar de nombre, sin duda no te volverías a sentar en una mesa con esa intención.
—Juro que no hice nada de eso. Estaba sentado, jugando cartas, cuando todo estalló. Después me alejé y estuve bebiendo solo en un rincón hasta que llegó una mujer con una capa...
—¿Una mujer en una taberna? ¡Qué indecencia! —expresó Martha, molesta.
—Mmm. Era una mujer noble buscando a alguien a quien chantajear o comprar. Quiere engañar a sus padres con un compromiso falso.
—¡Qué crueldad! Es una mujer sin escrúpulos —escupió su madre, indignada.
—Dime que no aceptaste nada —rogó su padre.
—Sí, acepté. Era una mujer demasiado bella y fina.
Admito que quizá no pensé con la cabeza correcta, pero en mi defensa, no sabe que soy el duque de Welberg.
Cree que soy un simple señor y que necesito dinero.
¿Creerán que se alegró al ver que tengo todos los dientes? Tiene un buen sentido del humor.
—¡En qué cosas te metes, William! ¿En qué estabas pensando? —lo cuestionó su padre.
—Acabo de decirlo. Pensé con la cabeza equivocada, ¿con qué más podría justificarme? Esa mujer me gustó y quiero saber quién es y cuál es su historia para querer engañar a su familia. El chisme me consume y este es interesante.
—Si te metes en un problema con una familia sin reputación, William, hundirás a la nuestra. Cuida lo que haces. Nosotros dependemos de nuestro buen nombre y lo sabes. Un paso en falso es un claro problema —afirmó su padre.
—Pensé que todo se solucionaba con dinero, padre.
—No, la reputación no se compra, por eso es tan valorada, querido. Solo no hagas tonterías. Es mejor que no te vean con esa mujer o matarás a tu amada madre... —pidió Martha a William.
—Tomaré mis precauciones; mientras nadie sepa mi nombre, estaré seguro. En una semana la volveré a ver y les contaré sobre este asunto. Les prometo no dejarlos a oscuras con esto; seré un buen hijo chismoso.
—No dudamos que seas comunicativo. Desde pequeño te ha gustado repetir como lo hacen las cotorras importadas que tienen algunas personas —recordó John con una sonrisa.
Sus padres eran cautelosos y entendía el parecer de ellos; de hecho, pensaba igual.
No tenía duda de que estuviesen en lo correcto al tomar precauciones.
Esa dama pudo haber averiguado sobre él y aparecer con una historia digna de lástima para acceder a su vida, ganarse su confianza y convertirse en la duquesa.
No había pensado en eso antes. No era algo descabellado de pensar; tenía razones suficientes para desconfiar de todos.
La noche anterior estaba demasiado emocionado para considerar la situación con claridad.
Fue un tonto al creer que lo apreciaban solo por su apariencia, cuando la realidad podría ser más tenebrosa.
***
Helen había regresado esa noche con la determinación en sus ojos y la duda en su mente.
Su hombre escogido era demasiado bueno para ser cierto.
Tuvo que pellizcar su piel en varias oportunidades para tratar de regresar a la realidad.
Aquel le parecía un sueño y eso sin contar que no era de su condición.
Por su ropa y su pinta solo podía presumir que era algún comerciante a quien no le iba tan bien, pero eso no le importaba; con todo lo que le daría, a ese caballero le sobraría éxito en el futuro.
—¿Está segura de que ese señor en verdad es pobre, milady? Me pareció demasiado elocuente y sus rasgos son muy aristocráticos... —habló Ingrid con desconfianza.
—¿Qué haría un aristócrata en un lugar como ese? Podría estar en White's u otro sitio de estatus, ¿por qué una taberna peligrosa para un hombre adinerado?
—Ay, milady, en verdad. Debe ser alguien caído en desgracia; no puede ser que tenga tantas bendiciones juntas. El diablo tiene algo oculto para usted... —siguió su escolta.
—Usted sabe que no me gusta apoyar a Ingrid, milady, pero debo darle la razón para que desconfíe. Este hombre ni siquiera preguntó por la cantidad de dinero. Cualquiera en esa situación preguntaría por el anticipo —Harper añadió más leña al fuego.
—Silencio. Parecen gallinas peleando en mis oídos. Tengo a uno a la derecha y a otro a la izquierda. No hay quien pueda tolerar tanta tontería. Vayan a descansar, nadie puede hacerme daño en mi habitación. Necesito pensar, pero con las voces de mi mente, no con la de ustedes.
Aquellos sirvientes se retiraron obedientemente para dejar a Helen poder pensar en lo que deseaba hacer.
Una vez que se quedó sola, pudo cuestionar con más seriedad lo que estaba haciendo.
Lo único que importaba era que no tendría que buscar a un candidato que al menos pareciera digno de presentar, porque el hombre de la taberna era atractivo y parecía muy inteligente; lo creía capaz de seguir un guion a la perfección.
Además, podría pagarle más por un poco de atención, quizá un par de besos.
Si viviera soltera para siempre, no estaría mal darse un par de lujos antes de perderlos todos.
Sabía que la vida de una dama solitaria no era la más refinada.
Solo necesitaba cubrir lo básico hasta el último día de su vida.
Quería tener a sus sirvientes con ella y poder sostenerse sin ayuda de nadie.
Contaba con muchos conocimientos que ninguna otra jovencita de su edad tendría.
Estaba a punto de cumplir veinte años; a los veintitrés podría considerarse libre y que su padre le diera dinero para arrendar, ya que no podía tener propiedades a su nombre.
Las joyas que acumulaba junto al dinero que juntaba serían su retiro perfecto, en donde no viviría humillada, sino en una gran paz, regando plantas, matando cerdos y bordando manteles.
¿Qué podía ser mejor para alguien con la reputación arruinada?
Después de despertar y prepararse para el desayuno, llevaba un libro en la mano, no para leer, sino para ignorar a los demás.
—Jovencita, tus modales cada vez están peor —habló el duque al ver a su hija bajar por las escaleras sin saludar a nadie de los que la estaban esperando.
—Ah, no los había visto, estaba leyendo...
—Tenemos algo que discutir contigo —anunció James.
—¿Qué hice en esta ocasión?
—No se trata de lo que hiciste, sino de lo que puedes hacer.
Mañana tendremos la visita del duque de Welberg y no queremos que uses cosas extrañas.
Compórtate como la dama de esta casa y no nos hagas pasar vergüenza.
Tu hermano está haciendo negocios con este caballero, miembro de la familia Preston; es el sobrino del letrado al que ama como a un hijo. ¿Escuchaste? —increpó su padre.
—¿Por qué se preocupan por mí? No haré tonterías. Mis orejas de elfo ya me las quitó mi estimado hermano, ¿qué otra maldad puedo hacer?
—Cuando se trata de hacernos quedar mal, siempre puedes superar la idea anterior. No quiero que eches por tierra mi negocio. Quiero ser independiente y saber si soy tan inteligente como creo sin tener que usar las influencias de nuestro padre.
—Espero que sí sea alguien con quien negociar.
Solo piensen por un instante en la cantidad de veces que me han mentido con esa excusa.
¿Todavía creen que puedo confiar ciegamente en ustedes?
Yo creo que no. Tengo derecho a desconfiar de todo lo que hacen y piensan.
Si intentan meter a alguien por los ojos, se las verán conmigo. Además, ya conocí a alguien...
Ninguno dijo nada, se quedaron perplejos por unos segundos hasta poderse recuperar de la impresión.
—¡¿Por qué no nos has dicho nada?! ¡Oh, mi duque! ¡Nuestra hija se casará! Mis oraciones han dado frutos. El pedregullo es muy eficiente... —expresó la duquesa, que se acercó a coger las manos de su hija con afecto.
Helen debía fingir, pues estaba mintiendo como nunca lo había hecho.
Al ver los rostros de su familia llenos de esperanza, se sentía más miserable que otros días, porque sabía que los estaba ilusionando.
También sabía que ese había sido el objetivo de su idea, pero era cruel y despiadada al calcular todo un plan para ser soltera; mas preferiría hacerlos sufrir un rato que ella terminar sufriendo toda una vida con un esposo que jamás creería en su virtud, que desconfiaría de cada paso y hasta quizá le hiciera cosas que no deberían ni siquiera ser pensadas.
Todo eso le daba vueltas en la cabeza y valía la pena emocionarlos y romperles el corazón, porque, a fin de cuentas, la única que quedaría sola con las consecuencias sería ella.
—Espera un momento, ¿dónde lo conociste? No sales desde hace mucho... —indagó su hermano en tono suspicaz.
—Lo conocí hace semanas cuando fui a comprar joyas con Ingrid y Harper. Es un simple comerciante con el que escribo cartas... Estoy fascinada con él.
—¡No importa si es un mendigo, lo importante es que encontraste a alguien! —alegó la duquesa, emocionada.