Dueña de su destino (Hijas de la desgracia 7) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿En dónde buscará al caballero, milady? —curioseó Ingrid, que estaba poniendo mucha atención a lo que decía Helen.

—En una taberna. No iré a White's a buscar lo que no se me ha perdido.

Cuanto más bajo sea el sitio, más candidatos tendré.

Espero que todos sean atractivos o este plan fracasará y tendré que buscar a alguien más preparado a quien convencer de algo, lo que en teoría sería más difícil.

Un tonto desesperado es lo mejor que podría pasarme para montar esta farsa.

Nadie saldrá perjudicado; será una relación ganar-ganar.

—Milady, tiene razón. Es usted tan inteligente al pensar rápido. Si todo sale bien, es infalible... —alegó Harper.

—Aunque no me parece tan buena idea una taberna, no estaría mal, aunque, ¿no será mejor secuestrar a un caballero humilde para no tener que ir a un lugar tan feo?

—No puedo secuestrar a nadie, Ingrid. Esto debe ser un trato, algo de mutuo acuerdo, donde nadie tenga que ser perjudicado.

Estoy pensando no solo en mi bienestar; con esto alguien saldrá de la pobreza.

Harper, Ingrid... Ustedes llevarán mi dinero a sus habitaciones en caso de que mi padre venga a sacarme algo.

También esconderán algunas joyas de menor cuantía que pueda vender.

En esta casa solo se sobrevive con estrategias.

Quiero ver con qué intentan contrarrestar mi maravillosa idea.

Es a prueba de tontos. Pongo mi firma en que esta es la forma correcta de matar a mis detractores —comentó con orgullo.

Su padre siempre fue un hombre inteligente; de hecho, fue estratega para el monarca.

Ella heredó su inteligencia y astucia, mientras que James se parecía más a su madre en ciertos aspectos; era tierno y extremadamente sentimental.

Le dolía hacerle daño, porque él fue quien la crio.

Recordaba ir con él a todas partes, siguiéndolo como si fuese progenitor.

Aquel la consentía y jugaba con ella sin importarle la diferencia de edad ni el cansancio.

Era dulce y paciente. Le preocupaba que enfermara por su causa, porque su salud era débil en comparación con Helen, que era fuerte como un toro.

***

Con todos sus asuntos solucionados, William solo tenía que esperar tres días para ir a cenar a casa de James para mostrarle lo que él había calculado para que este negocio que pensaban hacer dejara ganancias.

Mientras estaba en el limbo sin mucho que analizar, se dedicaba a pasarla bien y despejar su mente.

No quería que nada lo perturbara, solo quería disfrutar de la buena vida y la poca vergüenza.

Una de esas noches fue hasta la taberna para beber y jugar cartas. Si bien con sus cuñados y hermano también podía hacerlo, ahí era hasta el amanecer y con variedad de conflictos. Le gustaba ese mundo distinto al de sus parientes. El encanto de la vida estaba en la variedad.

Cada vez que salía a esos lugares, iba con la ropa más sencilla y entraba ahí con su nombre, sin ningún título que indicara que era un hombre de familia adinerada y noble.

Le gustaba vivir al menos por un día como ellos y oír sus peripecias.

Muchos ni siquiera podían darse el lujo de comer tres comidas; sin embargo, podían beber y apostar; algunos tenían las prioridades desajustadas.

Su grupo y él no eran los únicos que jugaban; en otras mesas estaban otros que hacían barullo y estaban ebrios.

En un momento dado, una copa de la otra mesa golpeó a uno de los jugadores del grupo de William, lo que desató un verdadero infierno.

Tanto las mesas como las sillas volaban por los aires, al igual que los puños ciegos buscaban mandíbulas para golpear.

William se vio involucrado en el altercado, tomando la decisión de responder con la misma violencia que él recibía.

No solo se defendió, sino que también ayudó a su grupo a ganar la pelea, aunque quedó un poco magullado.

Con las pocas cosas que quedaron enteras, volvieron a armar sus mesas y continuaron su juego; mas William prefirió alejarse y continuar bebiendo tranquilo en un rincón más alejado del bullicio.

Tendría que explicar la suciedad y los moretones si llegaba temprano a casa.

Mientras estaba concentrado en su bebida, alzó la vista y vio a tres personas que estaban en la entrada.

Vestían capas y no podía ver el rostro de aquellos. Eso le parecía un poco extraño.

—Milady, veo que hay sangre en el suelo. Considero que podríamos buscar una taberna menos violenta para que usted pueda escoger... —habló Ingrid, que seguía con la cabeza agachada para que nadie la viera, al igual que Helen. Las dos eran mujeres y podrían ser blanco fácil si eran reconocidas.

—He observado un poco y el más listo parece tener un diente menos, milady. ¿Está segura de que le van a creer que usted escogió a ese ser amago? —preguntó Harper con la duda tiñendo su voz.

—Inútiles, vean mejor... Ahí, justo enfrente, en la mesa más alejada, está alguien joven, atractivo y, si nos acercamos, veremos si tiene todos los dientes y si no huele a orinal como la entrada de este sitio. Acabemos con esto pronto, siento náuseas.

Con determinación, Helen fue hacia la mesa en la que se encontraba William.

Él abrió los ojos con sorpresa al ver que las tres figuras se acercaban justo hacia donde se encontraba. Tenía un mal presentimiento sobre esto.

La persona del centro tomó asiento junto a él, pero no le dejaba ver su rostro.

—Esta es mi mesa y pagué para estar solo —masculló William para que esa gente se alejara.

—Vine a ofrecerle un trato ventajoso, señor... —dijo Helen tratando de cambiar su voz.

Una sonrisa burlona se dibujó en la boca del duque.

—Una mujer que viene a una taberna, ¿qué clase de trato ventajoso podría ofrecer? —cuestionó.

—Uno que, sin duda, lo sacará de cualquier apuro que tenga.

Esto comenzaba a resultarle entretenido a William, por eso fingió interés con presteza.

—¿Qué es eso que quiere ofrecerme? La escucharé con atención y espero que en verdad pueda ser ventajoso...

—Lo será, por supuesto que sí, caballero. El trato es el siguiente: le daré mucho dinero a cambio de que finja ser mi prometido por un par de meses...

Lo que estaba oyendo era demasiado audaz para dejarlo pasar como una tontería. Esa mujer quería embaucar a alguien y aún no distinguía si la víctima sería él u otras personas de su círculo más cercano.

—¿Eso se supone que es dinero fácil? Dígame, ¿qué implica este asunto?

—Es exactamente lo que le digo. Solo quiero que me libre de un problema, ¿qué tiene eso de malo? Pagaré por ello y usted tiene la última palabra.

—¿Y si me niego?

—Tendré que buscar entre estos… caballeros que están aquí. Usted es el más atractivo. No me pondrá en un aprieto, ¿o sí?

—Ah, me escogió por ser atractivo…

—No, sino porque es el único que parece más entero. Tiene dos ojos, una nariz recta y todos los dientes. Eso es una gran bendición en esta clase de lugares.

—Excelente observación; sin embargo, solo aceptaré su trato si puedo verle la cara y me convence de que tiene dos ojos, una nariz recta y los dientes completos, ¿qué le parece?

Sus escoltas querían reír, pero sabían que, si se les escapaba algún sonido, ellos serían los primeros en sufrir un atentado contra sus vidas.

—Qué atrevimiento. Usted tiene necesidades, solo debe aceptar...

—¿Quién le dijo que tengo necesidades? Me parece que la persona necesitada es usted, ¿o me equivoco?

—Tiene una lengua muy hábil. Aquí no puedo mostrarle mi rostro... —Helen buscaba la forma de no sacarse el gorro de la capa. No quería ser reconocida. Nunca sabía si algún mozo de su casa andaba por ahí.

—Eso tiene una solución sencilla. Pagaré por una habitación sencilla para un rato. No me malinterprete, solo quiero ver su cara para hacer negocios, es justo. Sus sombras pueden venir con nosotros...

—¿Y si no voy?

—Siga escogiendo. A mí no me quita el sueño... —William se sirvió una copa y la bebió como si nada.

Los ojos de Helen recorrieron el lugar con un poco de desesperación.

Ese hombre era demasiado atractivo para dejarlo ir.

Además, sería creíble frente a sus padres y su hermano.

Ellos saben que le gustan las cosas bonitas, un hombre no podría ser la excepción.

Si llegaba con alguien incompleto, sabrían que ella los estaba engañando.

—Bien... Acepto, pero pagaré yo. No quiero que gaste su dinero si es que este negocio no sale...

William se encogió de hombros y se puso de pie, extendió la mano hacia la mujer para que le diera el dinero y pudiese pagar la habitación. Uno de sus guardias entregó el dinero y él sonrió antes de ir hacia el dueño de la taberna.

—¿Confía en que ese hombre no le hará daño, milady? Es muy alto y parece muy fuerte... —comentó Ingrid.

—Es demasiado atractivo. Mis ojos funcionan tan bien que debería felicitarlos por esta elección. Todos me creerán al presentarlo. Cuando le compre ropa elegante, parecerá sacado de un retrato de algún príncipe. Mis gustos son perfectos...

—Ay, milady, piense con la cabeza. Si va a una habitación, él verá que es hermosa, ¿y si quiere propasarse? —inquirió de nuevo Ingrid.

—Para eso estamos nosotros, tonta. Escucharemos desde la puerta si no nos dejan pasar. No nos falta ni fuerza ni destreza.

—Harper tiene razón, Ingrid. Para eso les paga mi padre, para que me mantengan a salvo...

Una vez que William pagó la habitación, regresó junto a la joven misteriosa y le enseñó la llave.

—Sígame.

El corazón de Helen latía desbocado. No podía creer que estaría a solas en una habitación con un hombre tan atractivo.

Lamentaba tanto haber sido secuestrada, de lo contrario, este señor sin estatus sería suyo y ella podría convertirlo en alguien rico con solo pedírselo a sus padres, pero no estaba lista para casarse ni con un pobre por miedo a lo que le dirían y cómo la tratarían.

En su casa estaba bien cuidada, fuera de ese lugar quedaba a merced de su esposo y de la familia de este.

No podía arriesgarse a sufrir más de lo que debería.

Al oír que la puerta se abría, sus piernas flaquearon.

Él le señaló el sitio para que entrara y después la siguió, cerrando a su espalda y dejando a Ingrid y Harper fuera del juego, aunque sin cerrar con llave.

—Bien, muestre su cara... —ordenó William con seriedad; quería ver qué escondía, quizá una verruga o le faltaba un diente. Este juego era divertido, pero tampoco estaba dispuesto a sacrificios si no existía algo bueno por ver.

Helen no tuvo más remedio que aceptar su destino. Bajó la gorra de su capa y dejó ver su rostro perfecto. Sus ojos verdes como la hierba, su cabellera marrón y su piel que parecía de porcelana no podían dejar indiferente a nadie.

Cuando el duque la vio, quedó boquiabierto. Ella era una mujer hermosa, la más bella que había conocido. No podía creer que esta dama quisiera utilizarlo para engañar a su familia.

—Vaya, tiene todos los dientes... —dijo para no ser tentado a halagarla y pedirle ahí mismo que se casaran.

—Ya que está satisfecho, ¿hacemos un trato?

—Por supuesto, aunque... ¿Ese trato incluye besarse para demostrar afecto en público?

—¡Qué insolente! —exclamó con las mejillas sonrojadas.

—Es solo una pregunta. Tal vez todo solo sea una fría transacción. No me enfadaré por eso.

—El precio de este teatro lo pondré yo. No quiero que mi buen colaborador se vuelva codicioso y quiera intentar algo; aunque, si lo intenta, sepa que las personas que están afuera le cortarán la entrepierna. ¿Entiende?

—Entendido. ¿Puedo saber cómo se llama mi ama?

—No. Solo dime prometida.

—Ah, qué coincidencia, me llamo prometido.

—Veo que es muy inteligente...

—Más que usted, que no le quepa la menor duda.

—En una semana volveré a buscarlo para hablar. Reserve esta habitación de vuelta. Le diré cómo será el plan y cuál es el objetivo.